El sol se colaba entre las cortinas del salón, iluminando suavemente el rostro de Sandra, quien miraba a través de la ventana como si esperara a alguien, claro que ya había recibido la orden de Joaquín para acompañar a Sara al centro comercial y eso hizo. Sus ojos brillaban con una mezcla de arrogancia y satisfacción, como si hubiera ganado una batalla invisible. Hoy, el escenario era perfecto para lo que tenía en mente. No necesitaba excusas, ni pretextos; era una experta en hacer que las palabras dolieran sin necesidad de levantar la voz. Todo lo que necesitaba era el momento adecuado y la víctima perfecta. Y ese día, la víctima era Sara, su pequeña cuñada, puesto que en la Familia Santander, nadie estaba de acuerdo con la unión matrimonial entre Un Serrano y un Santander.
Sara entró en el campo de visión de Sandra con paso ligero, como siempre. Su cabello rubio, recién peinado en suaves ondas, caía sobre sus hombros, y sus ojos reflejaban esa luz inconfundible de quien no tiene malicia en el corazón. Vestía un vestido corto, de un tono rosa pálido que destacaba su piel clara. El vestido era sencillo, pero a Sara le encantaba. Era cómodo, fresco, y le hacía sentir… bien. Nada demasiado llamativo, nada demasiado adulto. Solo un vestido que, para ella, era perfecto, y ella se lo iba a llevar
Pero para Sandra, todo eso era un blanco fácil.
—¿De verdad te vas a poner eso, vas a comprar eso? — La voz de Sandra rompió el silencio, hiriente, casi burlona. Sara, que había entrado con una sonrisa en los labios, se detuvo en seco. Sus ojos se alzaron hacia Sandra, confusa, sin entender qué había hecho mal.
— ¿Qué pasa?— Preguntó Sara, sin sospechar siquiera la tormenta que se estaba desatando en el interior de su cuñada.
Sandra, que estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la silla de terciopelo, levantó una ceja de manera calculada. —Ese vestido, Sara… Es el típico vestido de niña. ¿Acaso te olvidaste que ya no eres una niña? — Su tono era suave, pero la burla se colaba entre cada palabra — ¿Acaso te has olvidado de con quién estás casada? Para nuestra familia es una vergüenza que la nuera de la Familia Santander utilice vestidos de una niña de 3 años.
Sara, que hasta entonces no había pensado en el vestido más que como una prenda cómoda, parpadeó y miró hacia abajo aunque recuerda las palabras de Joaquín, pensaba que este vestido sí era acorde al acontecimiento. El rosa pálido, las pequeñas flores bordadas en el borde, el corte simple… Era cierto que no era lo más sofisticado, pero… ¿Era realmente un “vestido de niña”?
—Es solo un vestido — murmuró Sara, sintiendo cómo un leve rubor empezaba a subirle por las mejillas. No entendía lo que estaba pasando. Sandra siempre encontraba algo para criticar, pero nunca había atacado algo tan… inocente, tan cotidiano —No creo que sea para tanto.
Sandra se levantó con calma y caminó hacia ella, sus tacones resonando en el suelo de madera. Con cada paso, el aire de superioridad que la rodeaba parecía hacerse más denso, más palpable. Llegó hasta Sara y la observó detenidamente, como si la estuviera estudiando, las encargadas de la atención sienten la tensión.
—Te lo diré de manera clara, porque a veces parece que no entiendes o no recuerdas quién te acogió cuando en realidad no lo merecías, y deberías de ser un poco agradecida — Sandra dio un pequeño suspiro, como si estuviera lidiando con un problema menor — Ya no estás en la primaria, Sara. Ya no tienes cinco años, ni siquiera diez. Tienes 24 y estás casada. Y con 24 años y siendo mujer casada, no te pones vestidos de niña, ¿me sigues? O al menos, no si no quieres que todo el mundo se ría de ti, y de paso de mi hermano por tener una niña a su lado, deberías de vestirte como yo ¿Quieres que te dé clases?
Sara intentó no mirar la burla en los ojos de su cuñada, pero era inevitable. Aquella mirada, cargada de desdén, la calaba hasta los huesos. ¿Cómo podía ella ver algo tan simple como un vestido de esa manera? Para Sandra, todo parecía tener un propósito más allá de lo evidente. Si algo no era lo suficientemente maduro o sofisticado, inmediatamente se convertía en un blanco fácil.
— Pero yo no quiero vestirme como tú — dijo Sara, levantando la barbilla, tratando de ser firme. La inocencia de su tono contrasta con la dureza de las palabras de Sandra, y algo en esa diferencia lo hacía aún más doloroso.
Sandra soltó una risa suave, casi condescendiente. — No, claro que no. Tú prefieres seguir viviendo en tu mundo de fantasía, como siempre — la cuñada Se cruzó de brazos y observó el vestido de nuevo, como si estuviera ante un espécimen raro — ¿Sabes qué es lo peor? Que ni siquiera te das cuenta de lo que estás haciendo. No entiendes que al ponerte eso, todo el mundo pensará que aún eres una niña. Nadie te tomará en serio, Sara. Nadie. Y ni siquiera el apellido Santander te va a salvar.
El aire se volvió espeso, y aunque Sara intentó hacer frente a las palabras de Sandra, no pudo evitar sentir que algo en su interior se encogía. El vestido, tan sencillo y tan inofensivo, se volvió un símbolo de su supuesta inmadurez. ¿Era cierto? ¿Estaba ella equivocada al sentirse cómoda con algo tan simple? Sus ojos se humedecieron, pero luchó por no dejar que las lágrimas cayeran. No quería darle esa satisfacción a Sandra.
—Lo que no entiendes — comenzó Sara con voz temblorosa — es que me gusta. Me siento bien con él. ¿Por qué tendría que vestirme como tú para que me respeten?”
Sandra frunció el ceño y dio un paso hacia atrás, casi como si le diera más rabia la ingenuidad de Sara.
— “¿En serio? ¿Eso es todo? ¿Te sientes ‘bien’? ¿Eso es lo único que te importa? Qué triste. No sé qué pensarán los demás, pero te aseguro que, mientras sigas poniéndote esas cosas, nadie te va a tomar en serio. Es más ni siquiera debiste casarte con mi hermano, siempre tenía que ser Clara la mujer que portará nuestro apellido, ella si es culta y sabe ser una dama y no una niña — Exclama Sandra Santander.
La discusión se desvaneció, como si las palabras de Sandra fueran un veneno que ya había comenzado a hacer efecto. Sara no decía nada más. Sabía que no podía ganar esa batalla, ni siquiera si sus palabras eran las correctas, porque después de todo Sara también pensaba que aquel lugar que ella estaba tomando era de Clara.
Sandra tenía la capacidad de transformar cualquier detalle en una tragedia, de convertir lo sencillo en algo ridículo. Y mientras ella hablaba, Sara sentía que todo a su alrededor se desmoronaba lentamente. Su cuñada se acerca a Sara con una mirada fría y llena de desprecio, y le dice:
— Dejemos las formalidades ¿De verdad crees que perteneces aquí? Solo estás usurpando el lugar de Clara. Tú no debiste casarte con Joaquín; ese siempre fue el sueño de ella, no el tuyo. Solo eres una sustituta, Sara. Cuando Clara regrese, espero que tengas la decencia de dar un paso al costado, porque ese lugar nunca fue para ti. No sé cómo te atreviste a meterte en algo que no te corresponde, no debiste hacer eso, venderte al ex prometido de tu mejor amiga es sucio de tu parte.
Sara siente un escalofrío recorriendo su cuerpo. Las palabras de Sandra le duelen, especialmente porque su matrimonio con Joaquín no ha sido por amor, sino por obligación. La inocencia que le quedaba parecía ahora algo frágil, casi como si estuviera siendo arrancada a pedazos.