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David la vio abrir la puerta y algo se disparó dentro de él. Fue como un estallido que lo impulsó, y al instante estuvo tras ella, cerrando de golpe la puerta e impidiendo que ella saliera. —¿A dónde vas? –preguntó, y la escuchó reír. —¿Cómo que a dónde? A mi apartamento, claro. No quieres que esté aquí. —Dios, Marissa… —apoyó su frente en su cabello, e inspiró fuertemente. Ella se quedó quieta, esperando. Los segundos pasaron, y ninguno de los dos se movió. Ella no hizo ademán de abrir de nuevo la puerta, y él no dijo “vete”. Sólo se quedaron allí, el uno esperando las reacciones del otro, sabiendo que cualquier cosa que se decidiera aquí sería definitivo, y marcaría para siempre el rumbo de las cosas entre los dos. David tenía miedo. Realmente, estaba temblando. La fuerza de sus

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