La puerta se cierra con un golpe seco, y el sonido parece rebotar en las paredes, haciéndome sentir más sola de lo que estoy acostumbrada. Brandon se ha ido, dejando tras de sí esa misma energía que siempre me arrastra y me deja en ruinas. Quisiera decir que me siento aliviada, pero en lugar de eso, me encuentro de pie en medio de su apartamento, mirando la ciudad a través de la ventana como si ella pudiera darme una respuesta.
Claro, Valeria, felicidades. Lo lograste. Ahora tienes exactamente lo que querías: caos. Una mezcla perfecta de "no puedo elegir" y "quiero a los dos" que, sorpresa, no le sienta bien a nadie.
Me dejo caer en el sofá, y mientras lo hago, suena mi teléfono. De todas las personas que podrían ser, claro, es Patric. No me molesto en responder de inmediato. Me quedo mirando la pantalla, donde su nombre parpadea como un recordatorio de la parte de mí que siempre busca algo más calmado, más sensato.
"¿Cómo estás?" es lo primero que leo en su mensaje, y no puedo evitar una carcajada amarga. Siempre tan considerado.
Patric nunca me exigirá nada, nunca me pedirá una decisión rápida o me hará sentir que estoy atrapada entre dos mundos. No, él simplemente esperará, como siempre lo hace, con esa tranquilidad que a veces es más desesperante que la urgencia de Brandon. Y ahí está el problema: lo perfecto se vuelve insoportable cuando sabes que, en el fondo, no puedes conformarte solo con eso.
Genial, Valeria. De verdad te estás luciendo.
Levanto el teléfono y escribo un mensaje antes de pensarlo demasiado.
"Estoy en el departamento de Brandon. Las cosas se han puesto tensas... no sé qué hacer. ¿Podemos vernos?"
Una parte de mí siente un pequeño escalofrío al enviar eso. Es como si estuviera jugando con fuego, pero lo hago de todos modos. Porque, claro, ¿qué mejor manera de manejar este desastre emocional que arrastrar a Patric directamente al campo de batalla?
Cierro los ojos y me recuesto en el sofá, intentando aclarar mi mente, aunque sé que es una causa perdida. El silencio en el apartamento me abruma. Con Brandon todo siempre es tan ruidoso, lleno de adrenalina, y ahora, sin él, el vacío es ensordecedor.
No pasa mucho tiempo antes de que escuche un golpe suave en la puerta. Abro, y ahí está Patric, con esa mirada comprensiva que ya me empieza a irritar un poco, aunque lo aprecio de una forma extraña. Lleva un suéter gris y jeans, tan distinto a Brandon que el contraste me golpea de inmediato. Aquí está, el escritor romántico, la voz tranquila en un mar de caos.
—Sabía que me necesitarías —dice, sonriendo de una manera que no puedo evitar encontrar encantadora. Pero en lugar de sentirme reconfortada, me siento más confundida. Como si tenerlo aquí solo agravara lo que ya no puedo controlar.
—No estoy segura de si te necesito o si solo necesito a alguien que me dé un golpe en la cabeza —respondo con un sarcasmo del que no puedo escapar.
Patric se ríe, suave y sin juicio. Claro, siempre tan zen. Pero puedo ver en sus ojos que está evaluando la situación, buscando alguna manera de salvarme de mí misma. Lo odio un poco por eso, pero al mismo tiempo, lo adoro.
—¿Brandon se fue? —pregunta, como si no fuera evidente. Se pasea por el apartamento como si buscara signos de caos físico además del emocional. Oh, querido Patric, si solo supieras.
—Sí, se fue. Con ese típico drama de telenovela que a veces parece que disfruto —murmuro, aunque sé que no es cierto. No lo disfruto. Estoy agotada.
Patric se detiene frente a mí y me mira con esos ojos que siempre parecen ver más allá de la superficie. Es como si pudiera leer entre líneas, encontrar las partes de mí que ni yo misma quiero admitir. Y, por supuesto, aquí viene su análisis filosófico. Puedo sentirlo venir.
—Valeria, sabes que esto no puede durar para siempre, ¿verdad? No puedes tener ambos mundos. Y cuanto más lo alargas, más daño te haces a ti misma. Y a nosotros.
Ah, ahí está. El "nosotros".
—Sí, bueno, odio ser la que arruina la fiesta, pero ya lo he intentado, Patric. Cada vez que me acerco a decidir, algo me arrastra de vuelta. Quiero lo que tú ofreces, lo quiero más de lo que te imaginas, pero... hay una parte de mí que no puede renunciar a lo que tengo con Brandon. Es una locura, lo sé.
Me siento un poco culpable diciendo eso en voz alta, pero también liberada. Al menos con Patric puedo ser honesta, aunque esa honestidad lo esté matando lentamente por dentro.
—No es una locura. Es... humano —dice con una leve sonrisa, como si eso lo explicara todo. Claro, humano. Porque esa es la palabra mágica que soluciona todo. Qué fácil para él, con su filosofía de vida.
Pero su paciencia, por primera vez, no me consuela. Me irrita. Siento que todo su afán por ser comprensivo solo me deja más atrapada, como si estuviera atada a una decisión imposible. Necesito una reacción más fuerte, algo que me sacuda.
—¿Sabes qué es lo que realmente odio, Patric? —le digo, levantándome para poner algo de distancia entre nosotros—. Que no luchas. No peleas por esto. Tú simplemente... esperas. Y mientras tanto, me estoy volviendo loca tratando de decidir entre un incendio y un maldito refugio."
Él parpadea, claramente sorprendido por mi arrebato, pero no pierde su compostura. Por supuesto que no. Incluso cuando lo estoy atacando, sigue siendo tan calmado como siempre.
—Pensé que lo que necesitabas era tiempo para decidir. No quería ser otra presión más.
—¿Y si lo que necesito es que me digas que luche por ti? ¿Que me des un maldito ultimátum?
Mis palabras caen pesadamente entre nosotros, y por un segundo, creo que tal vez he llegado a él. Tal vez esta vez, finalmente lo veré explotar. Pero no. En lugar de eso, me mira con esa maldita calma y me dice:
—Si eso es lo que quieres, Valeria, entonces aquí está: elige. Ahora.
Mi corazón se acelera, pero en lugar de sentirme aterrada, me siento enfurecida. Porque esto no es lo que esperaba. No quería que él me lo dijera tan tranquilo. Quería una pelea, quería pasión, quería... lo que nunca obtendré de él. Y lo sé.
—Sabes que eso no es justo —murmuro, sintiendo cómo todo dentro de mí se desploma.
Patric suspira, y esta vez, finalmente, parece agotado. No por mí, sino por todo este enredo que he creado.
—No, Valeria. No es justo. Pero tampoco lo es para mí seguir siendo parte de esto si no estoy dispuesto a competir en un juego que nunca quise jugar.
Y ahí está, finalmente. No una explosión, sino la rendición. Una rendición que, al final, duele más que cualquier confrontación que hubiera imaginado.