La brisa marina se cuela por la ventana, trayendo consigo el aroma salado del mar y una sensación de libertad que no quiero perder. Estoy tendida en la cama, entre Brandon y Patric, cada uno en su propio espacio, pero de alguna manera, todos conectados. Las risas suaves y los susurros de la noche anterior aún resuenan en el aire, pero ahora hay un silencio cómodo, uno que refleja el agotamiento de la pasión y el descubrimiento. Brandon se mueve primero, siempre el más impulsivo. Se incorpora, estirándose con esa despreocupación que lo caracteriza, sus músculos tensándose a la luz suave que entra por la ventana. —Cielos, me siento tan bien acá —dice, con voz ronca por el sueño, mientras me lanza una mirada cargada de esa energía salvaje que nunca parece desvanecerse —. Deberíamos quedarno

