Patric me mira desde el sofá con esa calma que parece impenetrable, pero esta vez no puedo evitar notar algo más. Hay una ligera tensión en sus hombros, un brillo en sus ojos que no había visto antes. Como si, detrás de esa paciencia infinita, hubiera un cansancio oculto. Tal vez siempre estuvo allí y yo nunca quise verlo. Me siento a su lado, aunque me mantengo a una distancia segura, como si ese espacio físico pudiera evitar el choque inevitable que se avecina. Porque sé que algo está a punto de romperse. —Gracias por venir, —le digo, aunque las palabras se sienten vacías. No es gratitud lo que siento en este momento; es culpa, es incertidumbre. ¿Qué se supone que debo decirle? ¿Cómo explico lo que está pasando dentro de mí cuando ni siquiera yo lo entiendo del todo? Patric asiente, p

