La noche nos envuelve en una atmósfera completamente distinta a la calma del día. Mientras nos acercamos al bar, las luces titilantes de la ciudad y el murmullo constante de conversaciones se entrelazan con el bullicio de risas y música que flota en el aire. El contraste es palpable. Brandon, siempre carismático, camina adelante con esa confianza innata, como si ya hubiera conquistado el mundo. Patric, a mi lado, lleva su calma habitual, pero noto cómo sus ojos brillan con una emoción que rara vez muestra en público. Entramos al bar, un lugar con luces bajas, paredes de ladrillo a la vista y una música suave que apenas logra sobreponerse al ambiente cargado de energía. El aire huele a whisky, madera y algo más, una mezcla de promesas no dichas. —Esto es lo que necesitábamos, —dice Brando

