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Besos en Pausa y Promesas en Línea

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Blurb

A sus más de treinta años, Lisa está convencida de que el amor es un cuento de hadas con un final de película de terror. Acaba de llegar a Nueva York huyendo de una relación fallida y de la rutina que la hacía sentir más rota que nunca. Su única compañía, además del café y el vino, son los pensamientos sarcásticos que comparte consigo misma y el tic nervioso en su ojo cada vez que ve una pareja feliz en la calle.

Pero su mejor amiga, Anto, una mujer experta en el amor moderno, le insiste: es hora de volver al ruedo. Con una mezcla de escepticismo y un poco de desesperación, Lisa se deja convencer y se aventura en el mundo de las aplicaciones de citas. Entre perfiles ridículos, promesas de "amor genuino" y la constante guía de Anto, Lisa descubre que el amor en el siglo XXI es un campo minado, lleno de "princesos" con egos inflados y cero compromiso.

Sin embargo, justo cuando cree que lo ha visto todo, un "match" inesperado y un mensaje simple la hacen dudar. ¿Será este el comienzo de un nuevo capítulo o solo otra historia para su colección de fracasos amorosos?

"Besos en pausa y promesas en línea" es una novela cómica y honesta que explora el caos de las citas en línea y la valiente decisión de volver a creer, incluso cuando parece que la única opción sensata es adoptar otro gato.

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Capítulo 1
Lisa Siempre me ha parecido terapéutico caminar sin rumbo. Dejar que mis pies decidan el camino mientras la ciudad se mueve a un ritmo que no intento seguir. Las calles de Nueva York tienen esa mezcla de ruido, prisa y vida que me hace sentir pequeña, pero curiosamente, también me calma. Me gusta observar a la gente pasar (cada uno metido en su propio mundo, cada rostro cargando su historia) mientras el sol se esconde poco a poco entre los edificios y el viento me golpea las mejillas con ese frío que me recuerda que estoy viva. Acomodo mi bufanda y me abrazo a mí misma para entrar en calor. Me cruzo con adultos que salen del trabajo con caras de agotamiento, madres que corren apuradas con bolsas en las manos, parejas que se reencuentran después de un día largo y se besan con ternura. Me detengo un segundo. Los observo. Y siento un nudo extraño en el pecho. Eso. Eso que ellos tienen. Eso que hace mucho no tengo. No puedo evitar una sonrisa amarga. “Tarde o temprano van a terminar”, escucho la voz de mi mejor amiga resonando en mi cabeza. Anto siempre tiene la frase justa para arruinar el romanticismo de cualquier escena y aunque podría decir que exagera… a veces pienso que tiene razón. Las relaciones hoy parecen un campo minado. Todos quieren amor, pero nadie quiere quedarse quieto lo suficiente para construirlo. A veces pienso que lo mejor sería rendirme, quedarme sola, criar gatos y dedicarme a ver series con una copa de vino en la mano. Al menos los gatos no te mienten. Solo piden comida, caricias y un poco de espacio. Suspiro con melancolía y añoranza... Y justo frente a mí, como si el universo quisiera burlarse, hay una pareja besándose en plena vereda. Con pasión, con ganas, como si el mundo no existiera. Frunzo el ceño, ya que odio estas demostraciones de cariño. Intento mirar hacia otro lado, pero mis ojos vuelven una y otra vez hacia ellos, como si estuvieran allí solo para recordarme lo que no tengo. “Respira, Lisa”, me digo. “Ignóralos”. Pero no puedo. Mi ojo izquierdo empieza a temblar, ese tic nervioso que aparece cada vez que algo me irrita y antes de poder contenerme, lo suelto: - ¡No les creas! ¡Todos mienten! - Suelto a todo pulmón. La pareja se separa y me mira como si estuviera loca. Probablemente lo esté, pero en la locura esta la gracia de la vida o no? - Cuando menos lo esperes, ¡vas a estar llorando porque te dejó! - añado, con un dramatismo digno de telenovela y que me corroborar que debería ser actriz. Ellos se quedan congelados, sin saber qué decir, y yo remato: - ¡Son todos iguales! - Les doy la espalda claramente indignada y sigo caminando, con la dignidad de quien acaba de liberar años de frustración contenida. Anto estaría orgullosa. De hecho, puedo imaginar su voz riéndose a carcajadas: “¡Así se habla, amiga! ¡Por fin dijiste lo que todas pensamos!”. No estoy orgullosa, pero tampoco arrepentida. Quizás sea el frío, o el cansancio, o la soledad acumulada… pero necesitaba decirlo. Camino un par de cuadras más, y mientras el cielo se tiñe de tonos anaranjados, me doy cuenta de que (pese a mi rabia) sigo enamorada de esta ciudad. Nueva York me sigue pareciendo un sueño, un recordatorio de que, al menos en algo, la vida me ha dado la oportunidad de empezar de nuevo. Llegué hace un par de meses a este maravilloso lugar. Dejé mi país, mi rutina y mi historia atrás, buscando ese famoso “nuevo comienzo” que todos recomiendan después de una ruptura y cuando quise hacer un cambio, decidí salir del país, esa mas fácil. Lo logré. Estoy aquí pero, siendo honesta, no todo cambió tanto. Hay días en que sigo sintiéndome igual de rota, solo que con un mejor paisaje de fondo y con un sueño cumplido. La verdad es que me fui porque ya no podía más. Después de años de relación, de compartir una vida, una casa, un proyecto… todo se vino abajo. Durante un tiempo creí que estaba viviendo un cuento de hadas. Pero el príncipe se quitó la máscara y resultó ser más un villano de película de terror, donde el último año juntos fue un infierno silencioso: discusiones, distancias, miradas vacías. Supongo que el amor murió mucho antes de que lo admitiéramos. Quizás fue la pandemia, quizás fue el aburrimiento, o tal vez simplemente dejamos de querernos. Recuerdo las noches en que él prefería quedarse en otra habitación, los desayunos sin palabras, los días en que yo ya no esperaba a que me mirara. Y cuando finalmente me dejó, dolió… pero no tanto como debería. Creo que ya estaba anestesiada y como dicen por ahí, quizá viví el duelo de la separación en la relación. No intenté que volviéramos. No le pedí explicaciones. Solo seguí con mi vida. Durante meses, me repetí que estaba bien, que disfrutaría mi soledad y lo hice, de verdad. Dormir sola, decidir qué cenar, salir o quedarme sin dar explicaciones alguna en casa vistiendo de indigente o cuando no deseo maquillarme y simplemente disfrutar de mi soledad. Son momentos únicos. Era libertad pura. Pero con el paso del tiempo, esa libertad empezó a sentirse como una cárcel con buena vista. Me gusta mi soledad, sí. Pero últimamente se siente diferente… Más vacía. A veces, cuando llego a casa y todo está en silencio, tengo la absurda costumbre de hablar conmigo misma. Y en esas conversaciones internas, me descubro deseando algo más. Un mensaje inesperado, una voz que me diga “¿cómo estás?”, una presencia que rompa la rutina. Anto dice que lo que necesito no es amor, sino sexo. “Y del bueno, del que te deja sin aire”, suele repetir con su tono descarado. Yo me río, aunque en el fondo sé que tiene algo de razón. No soy una mujer de aventuras fugaces, pero tampoco soy de piedra. Llevo demasiado tiempo sin sentir la piel de alguien más, sin esa chispa que te hace temblar de emoción… y de deseo. Tal vez sea hora de volver al juego. De abrir la puerta, aunque sea solo un poco. Claro, hay un pequeño detalle: no tengo idea de cómo se juega ahora. Hace años que no tengo una cita. No sé qué se dice, qué se espera, ni cómo funcionan esas aplicaciones que mi amiga domina como si fueran su segunda casa. Ella me insiste todo el tiempo: “Lisa, tienes que bajar una app, hacer match, conversar, probar. ¡Es lo que se hace ahora!”. Yo, por mi parte, leo historias de terror sobre esas citas y me dan ganas de esconderme debajo de las sábanas. Pero hoy, algo en mí se ha movido. Quizás fue el impulso de gritarle a esa pareja o el cansancio de hablar sola, pero cuando llego a mi departamento, decido llamar a Anto. - ¡Hola, hermosa!...- responde con su entusiasmo habitual -...¿Dónde estás? ¡Hace siglos que no sé de ti! - me dice como la Drama Queen que es. —Acabo de llegar a casa. Pero dime tú, ¿dónde estás que se escucha tanto ruido? - puedo imaginar donde estará. - En una cita...- dice con total naturalidad -... ¿Te acuerdas del moreno con el que salí hace unos meses? - Suelta mientras yo intento hacer memoria. Es imposible seguirles el ritmo a sus conquistas. - Algo… ¿qué pasa con él? - respondo aunque no estoy tan segura. - Está en la ciudad y me invitó a salir. Así que lo estoy esperando. Esta noche va a haber fuegos artificiales —su tono pícaro me arranca una sonrisa. Amo a esta mujer. Su desparpajo es contagioso. - Recuerda, “sin casco no se va a la guerra” - le digo, y ambas reímos. - ¡Jamás, amiga, jamás!... - responde, y luego agrega -...Pero dime, ¿para qué me llamas? - Dudo un instante, pero me lanzo con lo que tengo en mente. - Estaba pensando en abrir una de esas aplicaciones que mencionas, eemmm esas famosas Apps de citas. Quiero… conocer a alguien - El grito que pega del otro lado del teléfono me deja medio sorda y no se si ahora es buena idea... mi idea. - ¡Hasta que por fin!... - chilla -...¡Mi Lisa vuelve al mercado! - dice como si llevara décadas en la soltería. - No exageres, no estoy tan oxidada - le digo rodando los ojos y un poco ofendida. - Por favor...- replica entre risas -...llevas tanto tiempo sin acción que tu pobre cuerpo debe haber olvidado lo que es un buen revolcón - puedo imaginar su rostro al decir aquellas palabras. - ¿Me vas a ayudar o solo vas a burlarte de mí? - ruedo los ojos aunque no me pueda ver. - ¡Por supuesto que te ayudo!...- responde -...Mañana voy a tu casa. Llego a las siete. Tú pones la comida y yo llevo el vino - No esperaba menos de ella. - Hecho - acepto, riendo. - Prepárate, amiga. Mañana empieza una nueva era para ti - Intentaré no pensar en aquello, porque me dan escalofríos. Cuando cuelgo, me quedo mirando el techo, sonriendo. No sé si esto será buena idea. Tal vez termine arrepintiéndome. Pero por primera vez en mucho tiempo, siento algo parecido a la emoción. Quizás sea eso lo que necesitaba: una pequeña chispa. Una posibilidad. Me sirvo una copa de vino, me dejo caer en el sofá y miro por la ventana. La ciudad brilla allá afuera, caótica, viva, indiferente a mis pensamientos. Y mientras las luces parpadean en la distancia, me prometo algo: Esta vez, lo voy a intentar. Voy a abrir mi corazón (aunque sea un poquito) y ver qué pasa. Claro, no tengo ni la menor idea de que estoy a punto de entrar en un mundo donde los príncipes parecen encantadores al principio… hasta que te das cuenta de que son solo “princesos” con ego inflado y cero compromiso. Pero por ahora, no pienso en eso. Solo en el vino, en Anto, y en la loca idea de volver a creer que, tal vez, todavía queda algo de amor allá afuera. Y si no… Bueno, siempre puedo adoptar otro gato.

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