5 | No comparto mis juguetes

1671 Words
El vuelo de Boston a Nueva York era el epítome del lujo y la incomodidad forzada entre los nuevos esposos. El jet privado de Nikolai era un santuario de cuero blanco y maderas oscuras, que contrastaba con el aire tenso que llenaba la cabina. Karenina se había cambiado de la vestimenta de novia rasgada a una de las mantas de cachemira del avión, envuelta en ella como un tamal de alta costura, mientras Nikolai trabajaba en una tableta. Dos de sus guardias estaban en los asientos traseros, silenciosos como estatuas de piedra y Karenina odiaba el silencio. El hambre y la furia de Karenina se habían disipado, dejando un vacío incómodo por haber interrumpido su tortura. Se sentía agotada, pero la adrenalina de haber interrumpido una sesión de tortura, y haber conseguido un helado, no la dejaba en paz. —¿No vas a perdonarme dándome una sonrisa? —preguntó Karenina, golpeando el reposabrazos con un dedo. —No. Y la próxima vez que salgas de la camioneta para pedir helado, te ataré a la mesa de torturas —respondió Nikolai sin levantar la vista—. No me tientes, devochka. Ella hizo un mohín con los labios. —¡Qué grosero! El prisionero estaba sangrando y necesitaba un poco de helado para soportarlo. ¿Qué tipo de esposa crees que soy? ¿Una sin corazón? —replicó ella, indignada. —Una que causa caos y me interrumpe en una negociación crucial por un cono de vainilla —dijo sin mirarla. —¡Pero conseguí que te relajaras un poco! Además, si ese hombre era un policía topo, ¿no crees que deberías darle un premio de consolación? ¡Está perdiendo dientes por tu causa! —No te atrevas a mostrar simpatía por mi enemigo —dijo Nikolai, y por fin levantó los ojos. Había un brillo de advertencia fría, peor que a ella le parecía divertida. Mo sabía porque, pero le encantaba molestarlo. Quizá porque él se dejaba molestar. En ese momento, una de las azafatas, una rubia alta con una sonrisa perfectamente ensayada y una camisa impecable, se acercó a Nikolai con sus largas uñas nude de zorra en potencia. —Señor Xeniv, ¿desea algo? ¿Un café, un trago fuerte? —preguntó cortés al principio—. Puedo prepararle algo fuerte y caliente que lo ayude a relajarse. ¿Quizás un coñac? O algo más... La azafata se inclinó más de lo necesario y el escote de su camisa de algodón se ajustó un poco, revelando un atisbo de piel y el corpiño más vulgar que Karenina vio. Karenina, que estaba a punto de pedir un café, notó la mirada descarada de la mujer sobre lo que era su nuevo marido. ¿Era en serio? ¿Coqueteaba con ella ahí? «Oh, no. Ni en tus sueños, querida. Él puede ser un psicópata secuestrador, pero es MI psicópata secuestrador.» Una punzada de celos, absurda y caliente, la recorrió. Era ridículo. Había pasado de la negación total a la territorialidad en menos de doce horas. No podía sacar el veneno tan pronto. Tenía que dejarlo conocerla antes de sacar a la loca celosa que quebraba platos. —Mi esposo no necesita nada, querida —dijo Karenina, con una sonrisa dulce y mortal, arrastrando la palabra querida, La azafata se enderezó, ignorando a Karenina. Su atención estaba en el hombre que podía torcerla en la cama y ella aceptaría. Se dirigió exclusivamente a Nikolai, poniendo una mano ligera sobre el reposabrazos de su asiento, cerca de su hombro. —¿La señorita necesita algo? —Solo espacio para mi esposo —dijo Karenina. Y la ignoró de nuevo, esa vez peor. —Señor Xeniv, he notado que tuvo un día difícil. Necesita que lo consientan —dijo al llegar a su hombro—. Le aseguro que tengo muchas maneras de ayudarlo a liberar tensión. Si me permite... La mujer hizo una pausa, esperando una mirada, una sonrisa, una negación. Nikolai no hizo nada. Simplemente la miró con sus ojos oscuros, inexpresivos, sin romper el contacto, como una esfinge de hielo y deseo. El silencio de Nikolai era ensordecedor. No la rechazaba, pero tampoco la aceptaba. La estaba evaluando. «¡Oh, no! ¡Ni en tus sueños, rubia tonta!» El silencio de Nikolai fue la gota que colmó el vaso para Karenina. Ella lo miró esperando que la empujara o la matara, pero se quedó viéndola. «¿Qué ves, estúpido? Se te esta insinuando como gata en celo. Dile que no». Era una falta de respeto hacia ella, y una prueba de que él no la veía como su esposa, sino como un juguete caro. Sin pensarlo dos veces, Karenina se soltó la manta y se levantó, quedando solo en ropa interior. El vestido estaba tirado en algún basurero, y ella montaría a ese hombre para marcar territorio. Saltó con poca dignidad a los muslos de Nikolai y se sentó sobre él. Con un movimiento rápido que lo tomó por sorpresa, y que hizo que uno de los guardias casi se atragantara, Karenina se sentó sobre las piernas de Nikolai. El calor de su cuerpo era inmediato y chocante. La hizo erizarse al toque de su calor. Se inclinó, puso un brazo posesivo alrededor de su cintura y lo miró a los ojos. El rostro de Nikolai estaba en shock, lo que era una rareza. —Mi esposo y yo ya estamos muy bien acompañados. Y no, no necesita nada más fuerte que mis besos —susurró Karenina a la azafata, pero sus ojos estaban fijos en Nikolai. Su cuerpo se movió ligeramente sobre el regazo de Nikolai, y antes de que la azafata pudiera reaccionar, Karenina selló sus labios con los de Nikolai. No fue un roce ni un desafío; fue un beso profundo, territorial, exigente. Sus labios se abrieron bajo la presión y su lengua buscó la suya con una audacia recién descubierta. La azafata y los guardias se volvieron de piedra. El beso fue un estallido de sabor a vainilla y rabia. Karenina sintió un temblor recorrerla, como un escalofrío que la dejó sin aliento y deseando más de la oscuridad que emanaba de él. Nikolai, que había permanecido quieto, respondió con una fuerza salvaje y hambrienta. Dejó caer su tableta y sus manos abandonaron la inmovilidad forzada. Agarró el rostro de Karenin y le devolvió el beso con una intensidad que casi la hizo gemir, o que en realidad la hizo gemir como gatita. Su boca se movió contra la de ella, más violenta y profunda, devorándola. El mensaje era claro: tú me has provocado, ahora lo tomas. Karenina apretó su brazo alrededor de la cintura de Nikolai, aferrándose a él, sintiendo el duro músculo de su erección bajo su muslo. La cabeza le dio vueltas cuando se separó, y con la boca de Nikolai en su mejilla, miró a la azafata que quedó de piedra. —Tenemos todo lo que necesitamos, ¿verdad, esposo? Él ya estaba duro y no podía pensar o responder, así que gruñó. La tela del pantalón de su traje no podía ocultarlo y Karenina miró a la mujer y le sonrió. Ella apenaba bajó la cabeza y se retiró. Nikolai, con el ceño fruncido y los ojos ardiendo, sintió el deseo chocar contra el cuerpo de Karenina. Estaba a punto de apartarla cuando ella se inclinó más y su aliento a menta golpeó su oreja. —Oye, ruso. Ella te estaba poniendo ojos de “te voy a chupar el pene hasta que te desmayes”, y yo no comparto mis juguetes, no delante de mí —le susurró en el oído, su voz divertida y grave. Nikolai apretó la cintura de Karenina con una fuerza que no dejaba dudas sobre su posesión. La levantó un poco y la dejó caer de nuevo sobre su regazo, haciendo que su m*****o impactara directamente en su punto sensible entre sus piernas y sobre su ropa interior delgada. El gemido de Karenina fue apenas audible y Nikolai metió su mano bajo su cabello para tocar su nuca. —¿Mis juguetes? —preguntó Nikolai, y su voz baja y peligrosa, sin rastro de enojo, era de control—. ¿Ahora soy tu juguete, Kary? Ell pasó sus manos por su pecho hasta su cuello. —El mejor —respondió. Respiró profundamente. Olía a whisky, pólvora, sangre y ahora a algo vagamente delicioso y masculino. Nikolai metió sus manos bajo la tanga y masajeó sus nalgas. —Te estás comportando muy mal —le dijo él, sin hacer el menor esfuerzo por apartarla. Su mano se deslizó más profundo y Karenina casi sintió que le rasgaba la ropa interior. Lo odiaba por hacerla que se casara con él sin saber siquiera quien era, pero también odiaba que despertara ese profundo deseo en ella que solo él podía satisfacer. —Me estás castigando muy mal —replicó ella, moviéndose un poco—. Creo que tendré que recordártelo. Nikokai miró sus labios apenas hinchados por sus besos y sonrió. —Tu castigo está pendiente —susurró. Justo cuando la tensión s****l estaba a punto de explotar, el piloto anunció por las bocinas de la cabina: "Señores, estamos iniciando el descenso sobre Nueva York". Nikolai maldijo en ruso y Karenina palmeó sus hombros. —El destino siempre es un aguafiestas —dijo Karenina, y le dio un rápido beso en el mentón. Se levantó de un salto y se envolvió de nuevo en la manta, sonriendo—. Me he divertido, esposo, pero ahora, me largo a mi casa, y tu no lo evitarás. Nikolai tiró de su manta y la volvió a sentar de golpe sobre su erección. Karenina sintió sus manos en su cuello y nuca, llegando a su cabello. Sus labios se desplomaron sobre su pecho y sus dientes tiraron del encaje de su ropa interior. Karenina cerró los ojos y cuando los abrió solo vio un fuego oscuro en los de él. —Entonces tendré que castigarte ahora.
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