4 | No hagas locuras

2165 Words
Karenina estaba amarrada al asiento, no con seda, sino con cuerdas de nailon industrial que se sentían ásperas y crueles contra la piel sensible de sus muñecas, que sospechaba eran las mismas que usaban para remolcar camiones de contrabando. Era una cadena de castigo que contrastaba grotescamente con el lujo del jet privado y de ese olor a cuero y queroseno de la cabina. Ella miraba por la ventana. Los cielos eran vastos y azules. Estaba atada a un asiento como una novia secuestrada, sintiendo la tensión del nailon cortarle la circulación y la dignidad. «Por eso lo mordí» Nikolai estaba sentado frente a ella, observándola con una intensidad que la hacía sentir más desnuda que en la ducha. El traje no estaba impecable; tenía manchas de sangre seca en el antebrazo mordido, y ella sonrió orgullosa por ello, mientras su cara tenía un aire de frustración masculina que se podía oler como la pólvora. —¿Puedes parar? Me incomodas —dijo Karenina, con una queja real. La voz le salió seca y su vista se acentuó en sus ojos intensos. —No te volveré a perder de vista —respondió Nikolai con su voz profunda y resonante, chocando con el silencio amortiguado del avión—. Cuando te pierdo de vista, las cabras se te sueltan. Karenina bufó. «Genial. Soy una cabra de boda, secuestrada por un hombre que habla en metáforas de granja.» Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. No era solo la locura de la situación; era el temblor palpable de un poder indomable sentado a tres metros de ella, mirándola como si fuese la última maravilla universal. —Iremos a Boston y luego a Nueva York —informó Nikolai—. Iremos por tus cosas a casa y te mudarás conmigo. —¿Mudarnos? Acabas de decir que estoy loca. ¿Qué te asegura que en uno de mis momentos de locura no te mataría con una tostadora mientras duermes? —preguntó, probando los límites de su paciencia—. Podría hacerlo… No lo he hecho, pero podría. Nikolai frunció el entrecejo, la sangre drenándose de sus nudillos. —¿Me quieres matar? —Aún no lo decido —respondió Karenina y la mentira fluía con facilidad en medio del caos mental—. Depende de la calidad del café que prepares. Si es terrible, te mataré sin advertencia. Nikolai suspiró; el sonido de un hombre al que se le acaba la cordura cada vez que hablaba con su esposa. —Hagamos un trato: si te comportas, yo me comporto. Eso le intereso a Karenina. —¿Y qué gano yo? Además de evitar la prisión por apuñalamiento con utensilios de cocina. Nikolai se inclinó y evitó sonreír. Estaba loca, demasiado loca, pero era la loca que bajó del escenario por mostrarle el culo a los borrachos, y era la mujer por la que mataría. El movimiento fue lento, deliberado, y el asiento de cuero gimió bajo su peso. La distancia se acortó, y el olor a sándalo y peligro la envolvió. —Ganas lo que quieras, Kary. El límite es tu mente. Karenina lo miró. Su corazón golpeaba fuerte en su caja torácica. «Lo que yo quiera... ¿Un chef personal? ¿Un jet solo para mis zapatos? ¿Un pony blanco?» Las posibilidades eran infinitas. —¿Incluido el divorcio? —preguntó ella. Nikolai regresó a su asiento y cruzó la pierna. —No me tientes, devochka —respondió mirándola a los ojos. Karenina miró como sus labios se alzaron a un lado casi como una sonrisa y sus hormonas parecieron explotar en su vientre. Sentía un impulso salvaje e irracional de decir: "Quiero que me desaten y me beses hasta que olvidemos que estamos aquí”, pero se contuvo. «No, Karenina. Tienes que controlar tus cabras.» Horas después, en Boston, el aire frío y húmedo del puerto se coló en la camioneta blindada, reemplazando el aire seco del jet. El vehículo olía a metal, a cuero nuevo y a los cigarros que los hombres de Nikolai fumaban. Solía ir muchas veces a Boston con sus padres antes de que decidieran que debían recuperar el dinero que papá perdió casándola con Matthew. La simple idea le revolvía el estómago, y aunque fue humillante el dejarla en el altar, fue menos humillante que pasar el resto de la vida con Matthew. —¿Por qué me traes? —preguntó Karenina, frotándose las muñecas. El roce de su piel con el diamante n***o era una irritación constante—. Pudiste dejarme en el avión en el hangar. —No te perderé de vista —dijo girando para verla a los ojos y que su voz resonara en la cabina—. Hablo en serio. Ella giró la cabeza y Nikolai también. Karenina estaba aburrida de ser llevada como llavero, pero cuando miró de reojo a Nikolai, parece que lo olvidó. Estudió los tatuajes en sus dedos, las líneas de poder en su rostro, los surcos que provocaban las venas hinchadas en sus manos. Miró las cejas fruncidas en ese enojo perenne y esos labios… ¡Dios! Los puntos labios que la devoraron en la ducha. Su cuerpo respondió con un suspiro inaudible, casi un gemido. «Es malo, malo, malo, como la carne de puerco, pero Dios, ¡qué maldito físico! Es un puerco bien apetitoso». Se obligó a mirar por la ventanilla, sintiendo el calor ascendente en su pecho, y sacudió su cabeza justo cuando Nikolai también la miró de reojo. Finalmente, llegaron a una especie de tienda de ladrillo oscuro. El lugar rezumaba secretismo y actividad ilícita, y el chofer abrió la puerta para el señor. Nikolai bajó de golpe, no sin antes decirle: —Quédate en el auto y no hagas locuras —ordenó. La puerta se cerró con un sonido final y sordo y ella no pudo responder. Karenina lo vio entrar a una puerta roja y frunció el entrecejo al ver que uno de sus hombres se quedó en la puerta observando un minuto antes de abrir y entrar. Desconocía qué era el lugar y al momento no le importó. Tenía mucho tiempo para pensar en su siguiente jugada, y como joder aún más a Nikolai. Mientras tanto Nikolai se reunió con sus hombres delegados en Boston, Salem y Newport, quienes habían atrapado a un topo de la policía local y lo torturaban para saber qué le informó a la policía. Nikolai se quitó los guantes al entrar en el lugar oscuro y preguntó qué había dicho. Uno de ellos le dijo que nada, y Nikolai miró al hombre. Tenía varios dientes faltantes que estaban en el suelo y en la "mesa de operaciones", al igual que varios bisturí, un alicate, más cuerda, una pequeña sierra y una batería de auto. No estaban en una de sus bodegas donde podían hacer lo que quisieran. Se expusieron en el corazón de la ciudad para que la policía, si sabía de sus lugares, no llegara a encontrarlo, así que debían ser rápidos. Nikolai pidió la pequeña sierra, se la colocaron en la mano y lo miró a los ojos. Tenía un ojo morado e hinchado completamente cerrado, y Nikolai subió la sierra encendida. —Hablarás o te abro el ojo. Karenina miró la hora en la consola de la camioneta. Una hora y media de espera. «Esto es peor que el dentista.» El chofer la miraba por el retrovisor, cuando la vio abrir la puerta. El hombre de inmediato le preguntó si sucedía algo. —Tengo mucho calor —se quejó, saliendo del auto con un movimiento dramático de su vestido rasgado. El chofer la miró con exasperación controlada y abrió la puerta. Karenina ya había calculado los tiempos, pero sobre todo, la manera de vengarse de Nikolai. Karenina, con una sonrisa diabólica, tiró de la puerta y taconeó al interior. El sonido de sus tacones era un himno a la insubordinación en el silencio del almacén, y la oscuridad y el mal olor del lugar le golpeó la nariz. El lugar estaba frío y olía a humedad, moho y óxido, y una luz desnuda al fondo iluminaba la escena. Nikolai tenía sangre en las manos y cuando escuchó los tacones cerró los ojos y gimió. «¡Dios, la cabra!» Karenina tuvo que esforzarse para no sorprenderse. La escena era grotesca, y entendía porque la dejó en el auto. Karenina salió de la oscuridad y corrió hacia la luz, y todos los hombres la apuntaron. Había cerca de ocho personas que subieron sus armas hacia ella. —¿Quién carajos eres? ¡Habla o disparamos! —rugió Lionel, un hombre con una cicatriz cruzando su ceja—. ¡Habla! Karenina subió las manos y Nikolai giró. En efecto, era la cabra. Karenina contuvo el aliento, y antes de que pudiera disparar, Nikolai le quitó el arma, le sacó las balas y la estampó en su pecho. —¡Es mi esposa! Todos en el lugar quedaron paralizados, patitiesos. ¿Esposa? Lionel miró a la mujer con el vestido de novia rasgado y se pasó la mano por la barba. ¿En serio? No, no lo podía creer. —¿Te acabas de casar o por qué está vestida de novia? —preguntó Lionel, con una confusión sincera que hizo que Karenina se sintiera absurda—. ¿Ya fue la luna de miel? Nikolai lo miró con una dura expresión de confusión. —Cierra la boca —dijo, y pidió a todos que bajaran las armas. Karenina miró a los lados y bajó lentamente las manos, al tiempo que Nikolai se separaba de sus hombres para acercarse a ella. —¿Qué te dije sobre no hacer locuras? —le preguntó. —Moría de calor —respondió mordiéndose el labio. —Enciende el aire acondicionado del auto. Sí, esa era una excelente respuesta. Segunda ronda. —Quiero un helado. Nikolai apretó la mandíbula y el aire se hizo eléctrico. «¿Interrumpió la tortura por un puto helado?» —¡Ve por un helado! Pero déjame trabajar. Karenina ladeó la cabeza y vio al hombre atado a la mesa, sangrando por el costado de Nikolai. Vio los instrumentos en la mesa, incluso los dientes en el suelo. Un escalofrío de realidad helada la recorrió, recordándole el peligro real de su "esposo". —Estás ocupado. —¡¿Te parece?! —replicó Nikolai sin paciencia—. Karenina Evangeline Ryzhova, vuelve a la camioneta ahora. —Pero quiero un helado —dijo haciendo pucheros. Nikolai se controló y respiró profundo. —Entonces ve por el helado. Ella dio un paso atrás, pero antes de irse, volvió hacia él. —¿Quieres que te traiga algo? Quizás un batido para el prisionero —preguntó y su humor era el único escudo contra el pánico, y mirando a los hombres alzó la voz—. ¿Alguno de ustedes quiere helado? Lionel intentó subir la mano y Karenina lo señaló, pero cuando Nikolai lo miró bajó la mano y la cabeza. —Nadie quiere helado —dijo Nikolai. —Yo quería un poco —susurró Lionel para sí mismo—. El de pistacho es rico. Nikolai ni siquiera respondió y ella sonrió y regresó sobre sus pasos, gritándole que iría por su helado. Karenina salió de lugar sintiendo el triunfo de la distracción. —Señora —llamó el chofer—. No vuelva a hacerlo. Karenina le tocó el hombro, le sonrió, y le dijo. —A los esposos también hay que enseñarles quien manda —dijo guiñándole—. Ahora el señor quiere que me lleves por un helado. Nikolai cerró los ojos y la frustración era un peso físico en su pecho. Karenina no solo rompía todo lo convencional, sino que parecía sacada de una caricatura de un viejo periódico. Nikolai intentó volver al asunto de la tortura, pero el ruso que tuvo que recoger sus balas del suelo, lo miró por el rabillo del ojo. —¿La castigas, jefe? Porque no parece —preguntó—. Tal vez unas nalgadas, o unos azotes, y si usted no quiere, yo me ofrezco. Nikolai, enojado como estaba, sujetó el bisturí y le colocó la punta a Lionel a tres centímetros del ojo. —Si vuelves a mirar a mi esposa o a hablar de ella, te envío directo al infierno. ¿Entendido? El hombre le dijo que estaba claro, y Nikolai siguió, pero no tardó mucho en decirles que terminaran. Se limpió la sangre y salió del lugar, y la imagen frente a él lo golpeó, despertando su deseo primitivo. Karenina estaba recostada en la puerta de la camioneta, lamiendo un cono de vainilla que se derretía en sus dedos. La vainilla contrastaba con el diamante n***o. Nikolai miró el helado escurrirse, luego su lengua deslizándose, y Karenina bajó el helado y chupó su dedo índice con morbo. Sus ojos se encontraron y su sonrisa se hizo depredadora. —¿Nos vamos, moy muzh?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD