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El timbre me avisó, deslizadas las dos puertas al compás de mi paciencia; mi vista es testigo de las bombillas de barra en el techo defectuosas, baldosas rotas mostrando una cara de material de construcción enmohecido por el agua que escurre de las tuberías del techo. Marcas de manos carbonizadas hacen de petroglifos en lo largo de las paredes. Camino por el panorama de manicomio abandonado. Debo tener cuidado, uno de los techos se desprende y cuelga a punto de ceder. Reviso las puertas, cerradas las tres en fila. Apartando la cacofonía del deterioro, percibo el sofocado aullido de una persona. Me cuesta identificar el género. ¿Las mujeres y hombres lloran igual? Tienen diferencias sonoras, pero es igual. Lloran y el llanto no tiene sexo, es igual que el raro sollozo, es cortado, asfixia

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