Se puso la hermosa falda, su brassier y la blusa. El sexy bikini y las medias de seda, que también estaban húmedas fueron a parar a su cartera, la cual recogió del suelo en el camino de la salida de la habitación, que por cierto era más grande de lo que pensaba, porque era una suite que contaba con una sala recibidor y un pequeño comedor, y algo más allá, una especie de oficina biblioteca.
Sharon cerró la puerta con suavidad para no despertar al extraño dormido en la cama y salió a toda prisa hacia los ascensores o las escaleras, de lo que supuso era un hotel de lujo moderno, por el decorado y la arquitectura. Todo el pasillo estaba alfombrado con una gruesa alfombra con dibujos persas.
Llegó a las puerta de los ascensores y apenas pulsó el botón se abrió la puerta, dando gracias a Dios en su mente se subió y pulsó para bajar. Cuando se abrieron las puertas se encontró en un amplio y lujoso lobby, era el Hotel Marriot de Manhattan, así lo proclamaba un cartel portátil que estaba al lado del amplio mostrador de la recepción.
Salió dispuesta a tomar un taxi, pero no tuvo que llegar a la calle, el botones de recepción le preguntó si necesitaba un vehículo, y, al ella decirle que sí, éste llamó a un conductor quien la condujo a un taxi de lujo. Ella le dijo que iba al Waldorf Astoria y el sujeto asintió sin decir más nada, en cuanto ella estuvo cómodamente sentada en el asiento trasero el auto arrancó llevándola en cuestión de minutos hasta el hotel.
La carga de su celular estaba en cero, por lo que no pudo llamar a Abigaíl. Cuando llegó al hotel subió a su habitación, al entrar, casi sin detenerse, se fue quitando la ropa y la dejó en el camino hacia el baño. Sharon abrió las llaves de la tina mientras se duchaba, se dió un baño meticuloso como si quisiera borrar lo que había sucedido esa noche, aunque no recordaba nada.
Al salir del baño se recostó en la cama.
¿Qué demonios le había sucedido? No tenía una idea clara de lo que había pasado el día anterior, y el dolor de cabeza no la dejaba concentrarse, el sueño acudía a sus ojos de nuevo, se sentía somnolienta y cansada, miró su reloj y vio que eran apenas las diez de la mañana por lo que no había dormido ni siquiera unas cuatro horas. Sharon se dejó vencer por el sueño.
……….
En la lujosa suite del hotel Marriot de Manhattan, James Taylor, el duro e imponente CEO de la mega corporación Infinix Corp, dueña de la mayor parte del comercio de bienes provenientes del medio y lejano oriente, se despertaba un poco deshubicado.
Los ojos le escocían un poco por la claridad que entraba por la ventana cuyas cortinas estaban descorridas, como había llegado tan tarde en la madrugada (recordaba haber visto el reloj antes de entrar en la habitación) no se había preocupado de correr las cortinas.
James recordaba que se había besado con la chica apenas entraron a la habitación… ¡La chica! se levantó sobre su torso y vio una de las sábanas tirada en el piso, pero no había nadie durmiendo al lado de él.
¿Dónde rayos se había metido esa chica? ¿Estaría en el baño?
Luchando contra la terrible jaqueca y la resaca que tenía se levantó y fue hasta el baño, no había nadie. Salió hacia el pequeño recibidor de la suite y luego fue a la oficina, de allí salió a la terraza y nada, no estaba por ningún lado, así como tampoco ningún rastro de su ropa.
Regresó al cuarto y miró hacia todos lados, pero no había ni el menor rastro de la chica o de su ropa, se agachó para mirar por debajo de la cama y allí vio algo que relucía en el piso, metió el brazo lo más que pudo debajo de la cama hasta que lo alcanzó.
Cuando lo sacó se quedó bastante sorprendido, era una hermosa pulsera y debía ser muy fina y cara. James no era un experto en joyería auqnue si conocía del negocio de venta de joyas, pero para eso utilizaba expertos en la materia, como el viejo Simón, un antiguo joyero judío que erab un exsperto en casi cualquier joyería del mundo moderno y antiguo,. debería de tener unos setenta años y trabajaba con joyes desde que tenía diez y siete.
La pulsera era de oro de varios colores, pero no como el Cartier común, porque su hechura parecía más antigua, tenía diamantes de diversos tamaños formando una hermosa filigrana alrededor de la pulsera. Los diamantes eran muy brillantes y puros, así que no parecía unos simples circones, que eran los que se utilizaban para imitar a los diamantes.
También tenía unas iniciales grabadas en el interior de la pulsera, así como un escudo de armas.
«¡Caray! —pensó medio divertido— Anoche como que pasé una noche de pasión con una rica y noble dama»
Se quedó mirando la joya con admiración, y decidió que se la llevaría al viejo Simón después, quizás él podría decirle el origen de la misma.
Trató de recordar a la chica, ella había bebido bastante, y él también había bebido mucho en contra de su costumbre, porque James Taylor no era un hombre que se dedicara a ir de fiesta en fiesta y mucho menos era hombre de andar metido en discotecas, pero había tenido una severa discusión con su padre por el asunto de su soltería.
Por eso se dejó convencer con su querido amigo e impenitente playboy, Jonathan Davies. Este siempre andaba tras él insistiendo que no se divertía sino que lo que hacía era trabajar como un animal todos los días.
Y eso era verdad, James Taylor era más bien un hombre ortodoxo, que le gustaba el trabajo, se había graduado con honores en una prestigiosa universidad norteamericana y se había metido de lleno a trabajar en la empresa familiar y en tan solo cinco años había duplicado el capital general de la empresa mediante astutas y hábiles negociaciones.