Capítulo 2 - Llegada II

1241 Words
Entramos en una de las casas adosadas, con su decoración provinciana y su lujoso mobiliario. En la pared, la imponente figura de un Chacal y dos guardias de seguridad me miraban con curiosidad. El hombre que me conducía hablaba en otro idioma con los demás, no parecía ser italiano. Cuando uno de ellos entró en la habitación, asintieron con la cabeza y me llevaron al interior, donde le vi sentado en una hermosa silla. - Habla portugués, señor. - ¿Quién es usted y qué hace aquí? - preguntó el apuesto, enigmático e imponente hombre vestido de n***o. - ¡Me llamo Paulah, soy fotógrafo y estaba en el país para cubrir la boda de un concejal! Gobernador, en realidad... ¡Algo así! - Las palabras no me ayudaban, nerviosismo, miedo y cansancio se mezclaban en mi interior. - Pareces muy confundido para ser alguien que está aquí por negocios. - preguntó el jefe, entrelazando los dedos sobre la mesa. - Acabo de tener un accidente de coche, ¿querías que estuviera sonriendo? - ¡Eres muy petulante! ¿Sabes con quién estás hablando? - No lo sé, me trajeron contra mi voluntad a punta de pistola. Dígame, señor, ¿quién es? Mi respuesta hizo que el tal Benicio se levantara de la silla como un rayo, vino a mi lado y pude sentir el calor de sus palabras. - No me creo ni un fragmento de tu historia, ¡nos hemos pasado toda una vida ocultando este lugar para que alguien lo encuentre y lo revele al mundo! - se volvió entonces hacia el otro hombre. - ¿Ha encontrado la cámara de ese fotógrafo? - No, señor, pero no miente cuando dice que tuvo un accidente. ¡El coche estaba hecho pedazos y había el c*****r de un hombre fuera! - Realmente eres inocente, querida, tenemos innumerables enemigos y todos son lo suficientemente astutos como para fingir una situación. ¡Matadla! Mientras intentaba procesar todo lo que estaba ocurriendo, Benicio me observaba con una mirada curiosa, como si estuviera estudiando cada una de mis reacciones y considerando su decisión final. - Sí, señor. - respondió el otro hombre. Me quedé de piedra; mi palabra no valía absolutamente nada para aquella gente. - ¡Un momento! - tartamudeó Benicio, arreglándose la corbata-. - Llévenla a la mansión, pero antes quiero interrogarla. Se llevaron mi teléfono móvil, era inútil sin señal, pero al menos lo tenía. No sé en qué lío me he metido esta vez, pero no ha hecho más que empeorar por momentos Caminamos de nuevo, esta vez hasta el centro de aquella ciudad... Definitivamente puedo llamarla ciudad porque era enorme, allí había al menos cincuenta casas y una de ellas destacaba por su belleza y grandeza. Sin duda pertenecía a Benicio... - ¡Encárgate de ello, Medelerr necesita respuestas! El hombre que me llevaba abrió paso, más esbirros y ahora me llevaron al interior de la casa a una de las habitaciones donde me encerraron. Viejos muebles de madera, todos muy bien conservados, con un aspecto vintage que parecía haber sido elegido por una mujer clásica. No estaba allí para admirar la belleza, necesitaba encontrar una forma de escapar antes de que aquel hombre llevara a cabo su decisión de quitarme la vida. Para mi sorpresa, había una gran ventana en la habitación. Fuera, pude ver cómo muchos hombres paseaban por la zona, todos ellos portando armas, niños jugando como si el lugar fuera un pueblo más detenido en el tiempo. Así que no había miedo por su parte ante una posible huida, todos estaban allí con el mismo propósito... ¿Pero cuál era? La gran cama a mi lado parecía pedir a gritos mi cuerpo, cansado y dolorido. Lo necesitaba más que nunca y ni siquiera pude lavarme antes. - ¡No podía huir con tantos ahí fuera! Tendría que estar recuperada para intentar cualquier cosa, así que acabé tumbada en aquella enorme cama blanca y manchándome de sangre. No sé exactamente cuánto tiempo pasó, pero cuando abrí los ojos ya había llegado la oscuridad de la noche. Fui al baño e intenté lavarme las heridas lo mejor que pude... Hasta que oí la llave que abría la puerta del dormitorio y era él, Benicio Mendelerr. - ¡Se te ve bien instalado en tus aposentos! - Gracias por darme un último descanso... - entró en la habitación y cerró la puerta. - Si me dices la verdad sobre quién te envió a espiar a Culla del Crimine, ¡quizá te perdone la vida! - ¿Quién lo sabe? - pregunté. - No seas estúpido. Si realmente quisiera matarte, ya lo habría hecho. Sólo dime, ¿quién es tu líder? - ¡No tengo líder! Lo he dicho todo, soy un pésimo fotógrafo brasileño... ¡He tenido un día infernal y sólo quiero irme! - ¡Ese es el problema, no deberías haber visto nada de lo que viste! - Tú me trajiste aquí, no me importa quién eres o lo que haces. ¡Déjame donde me encontraste y seguiré adelante como si este día nunca hubiera ocurrido! - ¡Imposible! - ¿Así que realmente vas a matarme? Dime algo definitivo. - pregunté, mirándole a los ojos castaños. - Si intentas escapar o informar a alguien de tu paradero, ¡te juro que pedirás la muerte! Volvió a encerrarme en la habitación y pensé en gritarle e insultarle con todos los nombres que se me ocurrían. Si está tan seguro de su poder, ¿por qué me tiene encerrada así? Pasaron las horas, alguien volvió a abrir la puerta y esta vez era una mujer. Llevaba toallas y algo de ropa, *p*n*s me miró y las dejó sobre el mueble. - ¡Señora! Espere... Se fue sin mirar atrás, ya no siento nada y tengo miedo a cada segundo. Dijo que si quisiera matarme, ya lo habría hecho, pero no sé si debo creer en la piedad de un hombre al que todos temen. Me duché, había toallas blancas y era una habitación doble. ¿Qué clase de cosas esconde esta gente? Crímenes, muertes... - ¡Nunca saldré de aquí! Sólo muertos. Las lágrimas se escaparon de mis ojos, ahora me daba cuenta de todo. Mientras lloro desesperada bajo la ducha, oigo caer algo fuera, salgo envuelta en la toalla que encontré y veo la puerta entreabierta y encuentro una bandeja llena de comida sobre la cama. - La puerta... Esa palabra resuena cinco veces en mi mente, salgo corriendo sin pensar en nada más. Siento unos brazos fuertes que me aprietan contra la pared y un aliento cálido cerca de mi boca... Me aprieta con fuerza. - Sin trucos, lo dije antes y lo repito: ¡está en mis manos! Nada de intentar escapar. - Suéltame. - Le empujo y enderezo la toalla que estaba a punto de caer. Antes de irse, me da las llaves de la habitación... Entro y me encierro. Oigo parte de la conversación de abajo y me dan aún más ganas de comer. - ¿Está ella aquí? - Hice que la trajeran, ¿vas a cuestionar eso? - Eres el capo Benicio, ¡pero aún tenemos un código que cumplir! Conversaciones y más conversaciones, dejo de oír con claridad y hasta me acuesto y pongo la oreja en el suelo... - ¡Yo tampoco tengo mujer! - Oigo a uno de ellos. ¡Y no oigo absolutamente nada más!
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD