Capítulo 3 - El destino en las cartas I

876 Words
Paulah Dejé pasar la velada, esa noche no me darían ninguna respuesta que necesitaba. Bebieron después de la conversación que escuché parcialmente, el sonido de las copas chocando parecía que habían decidido algo sobre mí. Estoy cansada, intentaré dormir un poco o a la mañana siguiente estaré aún peor de lo que estoy. Me puse una de las ropas que había traído aquella mujer, un vestido elegante... Esperé a que pasaran más horas, me levanté y recorrí la casa buscando una salida. Las puertas principales de la casa estaban cerradas con candados y contraseñas, y pasé por delante de la habitación que creía que le pertenecía. Todo estaba en silencio y me di cuenta de que no había rastro de ninguna mujer en su vida. Sólo me queda saber si esto es o no una desventaja para mí. Vuelvo a mi habitación y cierro la puerta con llave, para dormir un poco... Me despierto con los ladridos de los perros en el patio. La puerta de la habitación se abre, la mujer tenía una copia de la llave. Observo a la mujer doblar la ropa en silencio, vacilante. Parecía tan incómoda como yo me sentía en aquel lugar. - Gracias... por la ropa», murmuré, intentando romper el hielo. Levantó la vista brevemente, pero no dijo nada, volvió a organizar la ropa con manos temblorosas y claramente deseosa de salir de allí. - ¿Llevas... mucho tiempo trabajando aquí? - aventuré, intentando un enfoque diferente. Tragó saliva, dudó, pero respondió en voz baja: - Eso es lo que hago. Algo en su tono me hizo insistir. - Pareces... tan incómodo como yo. No tienes por qué tenerme miedo. Ella miró rápidamente a la puerta, luego a mí, y susurró: - No hables así. Puede oírte. La tensión en la habitación era muy grande, pero necesitaba entender. - Por favor, ayúdame a entender. ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién es Benicio para ti? Al oír el nombre, se tensó visiblemente, bajando la mirada. - Él... él lo es todo para mi familia. Sin él, no tendríamos nada. Había algo más, algo que no estaba diciendo. - ¿Y qué pedía él a cambio? ¿Algo que la hace temer incluso mirarlo? - Benicio no es peligroso para aquellos en los que puede confiar. Sigue sus órdenes y estarás bien. Di un paso más cerca, intentando no asustarla. - Sólo quiero salir de aquí. Si sabes algo... lo que sea... Ella vaciló, mirando de nuevo a la puerta, y luego susurró con voz temblorosa: - ¿Tenías un marido ahí fuera? Su pregunta me sorprendió. - No, ¿por qué la pregunta? Antes de que pudiera decir nada más, se dio la vuelta rápidamente, sonriendo, como si se le acabara el tiempo. - Espera, no tienes que hacer esto tú sola -le supliqué, con la voz casi quebrada-. - Puedo ayudar con la limpieza... - Descansa, ¡hoy necesitas descansar! - respondió, y se fue. - ¿Descansada para qué? Un lugar infernal. Tiene miedo, o es una cómplice más y no empatiza conmigo. Hago mi higiene y salgo de la habitación un rato después... No me trajeron comida y parecían querer que saliera de mi escondite. El comedor estaba preparado, había un buen desayuno. - Siéntese, le serviremos. - Dijo la camarera. - ¿Y... él? - El señor Benicio ya se ha ido. Respiro aliviada, consigo beberme una taza de café que me quema en la garganta. Salgo de casa, por primera vez la veo mejor... Los niños que corren por la calle de fuera me miran como si fuera un animal enjaulado en un zoo. - Hola», me acerco a ellos, intentando forzar una sonrisa. - No podemos hablar con ella, aún no es de los nuestros... - Espera, quiero ser tu amiga... ¿Puedes hablar conmigo? Los dos huyen al ser llamados por una mujer, la misma que me trajo aquí. Me mira con más odio que la primera vez y se acerca a mí. - No sientas que perteneces a este lugar sólo porque ese imbécil te ha puesto bajo su techo. ¡Benicio acabará decidiendo acabar con tu vida! ¡Y yo apretaré el gatillo! - ¿Qué he hecho para que me odies así? Ella no contestó, con el mismo desprecio en los ojos... Se alejó. - Vuelva adentro, no puede salir de los confines de la casa -dijo uno de los hombres, que seguramente había sido asignado para vigilar mis pasos. En este lugar no pasan las horas, así que aproveché que el dueño de la casa no estaba. Una de las criadas estaba limpiando su habitación, sacó unas sábanas y dejó la puerta abierta. Sin pensarlo, entré y empecé a mirar a mi alrededor en busca de pistas sobre el pasado de aquel hombre y cualquier cosa que pudiera ayudarme a entender la situación. La cama era enorme, estaba ordenada y la habitación era aún más bonita que la otra. Sobre un sillón yacía una camisa negra, seguramente la última que se había puesto... Me di cuenta por el mismo aroma amaderado que olí cuando me retuvo la noche anterior, olí su perfume y lo devolví al mismo lugar mientras miraba hacia la puerta por miedo a ser descubierta.
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