Paulah
Había un portátil sobre la cama, entreabierto, y me apresuré a comprobar si estaba en alguna página en particular. Estaba bloqueado con contraseña, y no sé por qué pensé que cometería un error tan chapucero como dejármelo accesible.
- ¡Él no sería tan idiota! Ni yo tampoco...
El cajón de al lado parecía estar abierto y dentro había algo que me llamó la atención. Un libro de tapas negras con el nombre: Culla del Crimine y varios nombres, apellidos y fechas de nacimiento. El polvo casi me hizo estornudar, así que lo devolví al mismo sitio. Al ir a hacerlo, una foto que había dentro cayó sobre mi pie derecho y la recogí.
Benicio estaba en ella, parecía mucho más joven y a su lado había una hermosa mujer rubia. Sin duda era su mujer, pero ¿dónde está ahora? ¿La mató él mismo porque había descubierto algo? Devolví la foto a su sitio y salí corriendo de allí, casi chocando con una mujer que había llegado y se dirigía hacia la habitación que yo ocupaba.
- Eres Paulah, nos encargaremos de tu belleza para esta noche tan especial. - Dijo ella.
Entramos en la habitación, ella puso dos vestidos de fiesta sobre la cama y me miró.
- ¡Pruébatelos! - me dijo.
- ¿Puedes decirme para qué?
- ¿Te gusta el póquer? - preguntó, bajando la cremallera del vestido dorado y entregándomelo.
- No mucho...
- Es una tradición aquí, una bella dama atrae una fiesta y una importante partida de póquer.
- ¿Haces una fiesta en mi honor? ¿Es eso?
- No puedo decir más, no es parte de mi trabajo. ¡Le haremos maquillaje y un peinado s*xy!
Salir de aquí no sería mala idea, una fiesta con muchas distracciones me ayudaría a alejarme de este lugar. No puedo seguir viviendo en esta incertidumbre, lejos de aquí no me importarían las respuestas.
Elegí el vestido, actué como ella esperaba que lo hiciera y colaboré con todo el circo. Durante el día, ella me preparó, me vestí como nunca y me miré al espejo, diciéndome que esta era mi fantasía de escape.
- ¡Estás preciosa! ¿De verdad te gusta?
- Me encanta. - respondí emocionada.
La misteriosa criada entró, me vio vestida y me dijo:
- ¡Benicio te está esperando para ir juntos!
Bajé las escaleras y me estaba esperando. Llevaba traje, el pelo peinado con gomina y parecía un villano.
- ¿Nos vamos? - me dijo.
Miré fuera, el coche ya nos estaba esperando y había demasiados guardias de seguridad como para salir corriendo de allí. Nos metimos en el coche y estuvimos dando vueltas durante unos quince minutos hasta que llegamos a un vestíbulo que parecía gigantesco. Había montones de coches, estaba abarrotado y todos los habitantes de la ciudad debían de estar allí... Incluso los niños que había visto antes y la chica me saludaron.
Benicio me puso un vaso lleno de vino en la mano y se paseó entre los invitados a la fiesta, charlando e interactuando con todos los que encontraba. Bebí un sorbo y devolví la copa a la primera bandeja que me encontré, dando vueltas y mirando hacia fuera como si quisiera volar...
- ¡Es la hora del juego! - dijo uno de los hombres, atrayendo la atención de absolutamente todos los presentes en la fiesta, que parecían haber estado esperando este momento.
Benicio, el hombre que me llevó allí, y un anciano que parecía alcohólico... Lo que me intrigaba era que todos miraban en mi dirección.
- ¿Por qué me miran a mí? - pregunté ansioso.
- ¡Están jugando para ganarte! - replicó un niño en medio del pasillo.
- ¿Qué clase de juego es ése? Esto es ridíc*l*. Creía que éste era un pueblo respetable.
- ¡Lo es! - replicó Benicio, acomodándose en su silla y esperando las cartas.
- Si apostar a una mujer a las cartas es normal para ti, ¡entonces deberías revisar tus virtudes!
- No apostamos sólo por una noche, ¡apostamos por el futuro! Si quieres vivir, acepta las condiciones que te imponemos. ¡Ya te lo he dicho! - añadió.
- ¿Matrimonio? ¿Estás en la Edad Media? ¡Vale! Dame las cartas, ¡yo también quiero jugar! - Todos me miraron sorprendidos cuando me senté a la mesa con ellos. - Vamos y si gano, ¡quiero mi libertad!
- Dale las cartas, Benicio, ¿crees que una mujer puede ganarnos en una sola partida de póquer? - se mofó el viejo.
Nunca imaginé que me encontraría en esta situación. Sentada a la mesa, con la mirada de tres hombres fija en mí, pero no por el juego en sí. Lo que estaba en juego no eran fichas, dinero o prestigio. Lo que estaba en juego era yo.
El anciano de mi izquierda se enderezó su maltrecho sombrero, parecía incómodo, pero no lo suficiente como para levantarse de la mesa. Al otro lado estaba el hombre más joven, de sonrisa arrogante, como si ya hubiera ganado antes incluso de que se hubieran repartido las cartas. Y luego estaba Benicio y su expresión de liderazgo. Estaba frente a mí, con las manos apoyadas en la mesa y los ojos fijos en los míos. No necesitó hablar para dejar claro quién estaba al mando.
Se repartieron las cartas. Tomé las mías con manos temblorosas, intentando ocultar mi nerviosismo. Un rey de picas y un diez de corazones. No era un mal comienzo, pero no bastaba para tranquilizarme.
El viejo miró sus cartas e hizo una pequeña apuesta, como si no quisiera comprometerse. El joven rió suavemente y subió la apuesta, empujando las fichas hacia el centro de la mesa.
Benicio le siguió sin vacilar, introduciendo sus fichas con una calma que parecía ensayada. ¿Y yo? No tenía elección.
- Voy», respondí, intentando parecer firme, pero casi me falló la voz.
El flop se reveló: un as de corazones, un diez de picas y un siete de diamantes. Una pareja para mí, pero nada que me garantizara una ventaja.
El viejo dudó, murmuró algo antes de pasar su turno. El joven, con una sonrisa libertina, apostó alto.
- «Subo», dijo Benicio, empujando un montón de fichas al centro, y mi corazón se aceleró.
Mi turno. Respiré hondo y seguí la apuesta, sintiendo los ojos de Benicio clavados en mí.
- Estoy fuera. - El viejo suspiró, tirando sus cartas sobre la mesa.
Sólo quedábamos nosotros tres. El joven, quizá intentando demostrar algo, anunció «all-in», lanzando todas sus fichas al centro.
Benicio sonrió y dijo - Voy.
De nuevo mi turno. Miré mis fichas y luego mis cartas. Sabía que no tenía ninguna posibilidad contra Benicio, pero algo dentro de mí me impedía rendirme. Tal vez fuera orgullo o desesperación.
- All-in -dije, empujando el resto de las fichas hacia el centro.
Aparecieron las últimas cartas: un rey de corazones y un dos de picas. Me dio un vuelco el corazón. Dos pares. Rey y diez.
El joven tiró sus cartas sobre la mesa. Sólo tenía una pareja. Mi mirada se dirigió a Benicio. Con calma, dio la vuelta a sus cartas: un as y un diez. Dos pares también, pero más altos que los míos.
- Mejor suerte la próxima vez -dijo Benicio, recogiendo las patatas. Pero sus ojos estaban fijos en mí, y la sonrisa de sus labios era diferente. No era sólo victoria. Era posesión.
El libro que había encontrado en su cajón estaba allí, en manos de uno de los ancianos que habían estado siguiéndolo todo desde lejos. Querían que ambos lo firmáramos, era un matrimonio...
- Yo, yo...
- No avergüences a Benicio delante de todos. - dijo Elisa, mi primera atormentadora.
- No me encuentro bien... - Me eché un farol.
- ¡Fírmalo! - gritó Benicio.
No tenía elección, tenía que firmar aquel estúpido libro y mis fuerzas casi se habían agotado. Propusieron un brindis nada más firmar, ¡estamos casados! Al oír varias peticiones de beso, Benicio se acercó y me lancé a sus brazos, desmayada. Me estrechó entre sus brazos, cesaron los ruidos y abrí los ojos disimuladamente.
Me llevó a un lugar más tranquilo de la fiesta y oí su voz pidiendo agua.
- ¿Paula? ¿Me oyes? - preguntó.
Benicio me puso el vaso en la mano, ¡una decisión equivocada! Cuando mis ojos divisaron una puerta abierta, no lo dudé... Le golpeé en la cabeza con el vaso y salí corriendo al son de sus maldiciones:
- ¡Bastard*! ¡Hij* de put*!