Paulah
La música de la fiesta seguía sonando a todo volumen, las luces de los coches reflejándose en los charcos de agua esparcidos por el asfalto. Las risas habían sido sustituidas por gritos y pasos apresurados. Ya vienen. Venían todos.
Eché a correr.
Los zapatos de tacón que llevaba antes del alboroto los tiré por el camino. Ahora, mis pies descalzos golpeaban el frío suelo y deseé poder gritar y pedir ayuda. El vestido, antes impecable, estaba ahora roto, sucio de tierra y sudor.
- ¡Ahí! ¡Se fue por ahí! - oí gritar a una voz masculina.
El sonido del metal de las armas que llevaban me hizo acelerar el paso. Me dolía el pecho y sentía que me faltaba el aire, pero el miedo era más fuerte que el cansancio.
Doblé la esquina y tropecé con un cubo de basura caído. El ruido sonó como una explosión en aquella noche silenciosa, y supe que acababa de delatar mi posición.
Las luces de los faroles barrieron la calle y oí pasos rápidos que se acercaban. No lo pensé, corrí hacia el callejón más cercano. Era estrecho, estrecho y el olor era insoportable, pero al menos me escondería temporalmente.
El bosque. Tenía que llegar al bosque.
El sonido de las voces se hizo más fuerte. Algunos estaban nerviosos, otros reían como si fuera un juego. Para ellos, tal vez lo era. Para mí, era la vida o la muerte.
Salí del callejón y corrí en la dirección donde sabía que empezaban los árboles. El cielo estaba oscuro, pero podía ver el contorno de las copas de los árboles a lo lejos.
De repente, el sonido de un disparo. Todo mi cuerpo se congeló durante un segundo antes de empezar a correr de nuevo. No miré atrás. No podía mirar atrás.
- ¡No dejes que se escape! - gritó una mujer, era Elisa.
Pero cuando por fin vi la línea de árboles, algo dentro de mí se iluminó. Era mi única oportunidad. Me adentré en la oscuridad del bosque, sintiendo cómo las ramas me arañaban la piel y las hojas se aferraban a mi pelo suelto. El sonido de las voces se hizo más distante, pero aún podía oír los zapatos aplastando hojas secas. Todavía me seguían.
La oscuridad era total y tropecé varias veces, pero seguí adelante. El suelo era irregular, lleno de raíces y piedras, pero aquel bosque era mi única protección.
- Si Benicio me encuentra, será el fin.
Me temblaban las piernas, pero no podía detenerme. No mientras aún hubiera una oportunidad, por pequeña que fuera...
Fue entonces cuando sucedió.
Mi pie se hundió en algo duro y afilado, y un grito se me escapó antes de que pudiera detenerlo. El dolor era enorme, irradiaba por mi pierna, como si algo me estuviera desgarrando la carne. Miré hacia abajo, jadeé y vi el trozo de madera que me había atravesado la planta del pie y había salido por el otro lado.
- No... no... - gemí, intentando comprender lo que estaba pasando.
Intenté moverme, pero el dolor era insoportable. Todo mi cuerpo empezó a temblar y las lágrimas corrían por mi rostro mientras luchaba por liberarme. El tocón estaba atascado, como si el propio bosque conspirara para retenerme allí y entregarme a Benicio.
En un momento dado, sentí que me iba a desmayar del dolor mientras la sangre fluía profusamente.
Me agarré la pierna con ambas manos y empecé a tirar, ignorando las espinas que me arañaban la piel. El dolor era tan intenso que sentía náuseas, pero no podía rendirme.
- Vamos, vamos, demonios... - susurré para mis adentros, mordiéndome el labio para no gritar.
- ¡Benicio! La hemos encontrado. - dijo uno de los hombres que le seguían.
Las pistolas apuntaban en mi dirección y se acercó directamente, al ver mi situación. Todavía le corría sangre por la cara del golpe que le había dado, y ahora yo sangraba el triple-.
- ¡Adelante! ¡Dispárame una vez! - supliqué y cerré los ojos.
Ningún sonido, el dolor seguía extrañamente igual. Hasta que sentí que sus manos rodeaban mi cintura y apoyaba parte de mi peso en ellas.
- Tira de su pierna - ordenó Benicio.
No tenía fuerzas para gritar y casi me desmayo. Benicio me sentó en el suelo y me hizo un torniquete con su propia corbata. La sangre se detuvo un poco y de repente me levantó en el aire y me echó sobre su hombro como si no pesara nada. Mi cabeza se balanceó hacia abajo y la vista que tuve fue del suelo del bosque, alejándose cada vez más rápido mientras él caminaba con pasos firmes.
Seguido por los demás.
- ¿Te la llevas de vuelta? ¿Te has vuelto loco? - preguntó Elisa.
Benicio no se detuvo a contestarle cuando llegamos a la casa...
- No más juegos por esta noche, ¡vete a casa! ¡Envía a Elton para que se ocupe de ella!
El olor a sudor y sangre se mezclaba con su perfume, una combinación que me producía náuseas. Cada paso que daba hacía que mi cuerpo se balanceara, y la sangre de mi pie magullado goteaba por toda la casa hasta que se acercó la criada.
Con un cuidado sorprendente para alguien tan brutal, Benicio me llevó a la cama. La pierna me palpitaba de dolor y no pude contener el gemido que escapó de mis labios.
- No te muevas. - Su voz era firme, pero no tan dura como antes. Acomodó mi cuerpo en la cama, apartando la tela desgarrada de mi vestido para examinar la herida de mi pie.
Intenté moverme, pero me sujetó el tobillo con firmeza. - No te muevas. Se pondrá peor.
Antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió de repente y un hombre entró corriendo. Llevaba un maletín n***o, que reconocí inmediatamente como un maletín de médico.
- Está aquí. - dijo Benicio, sin mirarme siquiera. - Encárgate rápido.
El hombre de pelo gris y gafas colocó el maletín sobre la mesa junto a la cama. Se abrió con un chasquido, revelando una hilera de instrumentos médicos.
- ¿Ha perdido mucha sangre? - preguntó el hombre mientras se ponía guantes de látex.
- No lo sé. Haga lo que tenga que hacer. - Benicio se cruzó de brazos y se hizo a un lado, observando cada movimiento.
El médico se acercó y me miró con expresión neutra, casi demasiado profesional para la situación.
- Esto va a doler un poco. - advirtió antes de empezar a limpiar la herida.
El dolor era como fuego atravesándome el pie, y me retorcí, pero Benicio me puso una mano firme en el hombro, manteniéndome en mi sitio.
- Te he dicho que no te muevas. - dijo Benicio.