Paulah
Después de la limpieza, la anestesia y unos puntos...
- Mantén la herida limpia, no te pares en ese pie durante unos días y estarás bien. ¡Te he recetado analgésicos y otro para prevenir cualquier infección! - dijo el médico, entregándole a Benicio la receta. - Ahora déjeme revisarle la cabeza.
- Estoy bien, doctor, ¡hará falta mucho más que eso para detenerme!
La respuesta fue para mí, aparte de tanta frialdad... Entendió la situación como un desafío a sus órdenes.
Los dos se fueron un momento, entró la criada.
- ¿Te ha disparado? - preguntó ella.
- Todavía no. - respondí con prontitud.
- No sé por qué, pero me gustas. No luches contra la situación.
- Sólo quiero irme a casa...
- Benicio te salvó la vida, ¡dos veces! - dijo, antes de que pudiera discutirlo-.
- Haga comprar los medicamentos de esta receta en cuanto amanezca. - dijo, entregándole el papel y la mujer se marchó.
Evité mirarle, Benicio parecía hacer lo mismo.
- Mírame a mí. Si vuelves a intentarlo, te juro...
- Dime, Benicio, ¿por qué todo esto?
- Ya estamos casados. Tú perteneces aquí, ¡hace años que protegemos nuestra forma de vida! Esta no es una ciudad ordinaria. Cada persona, cada cara que viste en la fiesta, es parte de algo más grande.
- ¿Qué forma de vida? No sé nada... ¡Lo juro por Dios!
- Somos una ciudad entera de gángsters. Hombres, mujeres, familias enteras, todos unidos por un pacto que se firmó hace muchas décadas. Nadie entra aquí sin ser visto. ¡Y nadie sale de aquí contando historias!
Tragué con fuerza, sintiendo que la sangre se me helaba en las venas, pero él continuó, sin dar lugar a interrupciones.
- Nuestro secreto es lo que nos mantiene vivos. Lo que nos mantiene en el poder. Si el mundo exterior descubre que existimos, todo lo que hemos construido se desmoronará. Yo soy el líder, capo... - Se señaló a sí mismo, con la mirada clavada en mí. - No dejaré que eso ocurra.
- Así que...
- Bajo nuestro regimiento, si algún intruso entra en nuestras instalaciones... ¡Debe morir! ¡Pero encontré la forma de controlarla convirtiéndola en una de nosotros mediante el matrimonio!
Ahora entendía lo que había dicho la criada, si Benicio o cualquiera de esos hombres compitieran por mí en las cartas... ¡Yo ya estaría muerta!
- Así que Paulah, tienes dos opciones. O aprendes a vivir con ello... o desapareces como todos los que intentaron desenmascararnos.
- I...
- No tienes un pasado allá afuera.
- ¿Cómo sabes eso? ¡Estás mintiendo! - Grité.
- Sólo tienes una hermana llamada Lucía, con la que no hablas desde hace ocho años. Una última aventura que terminó hace tiempo... Amistades poco sólidas y una carrera mediocre.
- ¡Buscaste en mi vida! Estúpido...
- ¡Ya basta, descansa un poco! - dijo en voz baja y salió de la habitación.
No pude decir nada más, las lágrimas se sucedían una tras otra. Sin duda Benicio me odiaba y yo sólo pensaba en que nunca podría irme. Tenía razón, mi vida fuera era un fracaso total y él lo sabía...
La anestesia me dio sueño y, a pesar de todo lo que mi mente necesitaba procesar, me dormí.
- ¡Buenos días! - Oí la voz de una niña que me despertó. Era la niña que había visto ayer en la calle y en la fiesta.
- Buenos días...
- ¿Todavía te duele el pie? - me preguntó sentándose a un lado de la cama.
- No mucho. Ayer me lo curó el médico. ¿Cómo te llamas?
- Sara, el tuyo es Paulah.
- Sí. Tus padres... ¿Viven aquí?
- Yo nací aquí, Benicio es mi tío. Pero... ¿por qué intentabas irte?
- Olvídalo Sara, olvídalo.
Benicio entró en la habitación de repente, nunca llama a la puerta.
- Traerán la medicina en unas horas. Veo que has conocido...
- ¡Me gustó, tío!
- Me alegro. Ahora déjanos un momento a solas, Sara.
- Sí, tío. - Contestó ella, dándole un beso en la mejilla y marchándose.
- Todos tenemos algo valioso que perder, ¿verdad?
- ¿Cree que haría daño a un niño, señor Mendelerr? ¡Ustedes son los malos aquí! - Tragó en seco. - ¿Cómo está tu cabeza?
- Mejor que tu pie.
- Entonces sobreviviremos...
Llamaron a Benicio desde fuera de la habitación. Dudó un momento, echándome una última mirada antes de salir. En cuanto se cerró la puerta, solté un suspiro que ni siquiera me di cuenta de que estaba conteniendo.
No sé cómo descifrar a este hombre. A veces parece el mismísimo diablo, con esa mirada fría, como si pudiera aplastar a cualquiera con una simple orden. Su presencia me sofoca, me hace sentir pequeña, impotente.
Luego... hay momentos como ahora. Momentos en los que actúa con cuidado, como cuando me metió en la cama o envió al médico a cuidarme. Por mucho que quisiera odiarlo por completo, hay algo en él que me confunde.
Esta dualidad me vuelve loca. No sé si debo temerle más de lo que ya le temo o si, de alguna manera insana, puedo confiar en él.
Intento levantarme de la cama aunque sé que no debo, camino sobre mi único pie bueno, miro por la ventana y lo veo hablando con Elisa. Siento que una ola me atraviesa la garganta...
- Esta mujer me quiere muerto. ¡Acabará convenciéndole!
De repente, ella lo besa y yo me cubro los labios con la mano derecha... Como si quisiera cubrir los suyos y protegerle de ella. Benicio se gira hacia la ventana y yo esquivo rápidamente para que no me vea, olvidando de paso mi pie herido.
- ¡Mierd*! Espero que no me hayan visto.