—¿Por qué nos contáis semejantes chismorreos? ¿Es asustarnos vuestro deseo?— Uria se alejó fingiendo no estar afectada, pero las manos le temblaban tanto que dejaron caer su mentira.
—Porque, amiga mía, una de las brujas que han capturado es real.— todos abrieron los ojos hasta donde los párpados permitían.
—Oh mi señor, os ruego, la salvéis .— pero Elaia no le buscaba en el cielo, su mirada estaba clavada en el suelo.
—Su nombre es Leyre y me temo que no le queda mucho tiempo a sus doce primaveras.— todos se entristecieron, pero lo que a Lea le provocó fue un ataque de ira.
—Pobre criatura...¿no ha confesado?— Uria temía una oleada que caza ante su confesión.
—No querida, tiene el valor del que nos enorgullecemos las brujas.— asintieron con susurros y gestos.— Tiene más mérito ya que hay cinco efigies, porque han muerto.
—¿Por qué estamos dejando que esto ocurra?— las brujas se lanzaron miradas confusas.— ¡Estoy harta de huir! ¡Dejemos de permitir que se nos veje y se nos considere malvadas!
—Niña, niña, debéis conservar la calma— Uria superó su miedo para sofocar el fuego que la rabia había encendido en Lea.— nada bueno nace de la furia, id a descansar y cuando el sol vuelva a brillar razonaremos con la cabeza fría.