Cuando sonó la puerta de nuevo, descubrió que esa no iba a ser su noche. Media hora antes su vecina del piso de arriba le había tocado la puerta desesperada. Su niñera no podía ir y ella tenía un evento de la editorial donde trabajaba, la misma que había fichado a Ría, y como editora en jefe del área de romántica, no podía faltar. Moira Collins, que así se llamaba la mujer, era una joven talentosa de treinta y dos años, piel oscura, cabello rizado y n***o, ojos verdes y cuerpo delgado, que lideraba todo un piso en el edificio de la editorial; y estaba allí, en el umbral con cara de tragedia, porque su hijo de ocho años, Tyson, era un diablillo que detestaba las fiestas de viejas cursis a las que iba su mamá. Ría iba a terminar el boceto número ocho, pero no había problema; Moira era buen

