PRÓLOGO (I)
Connor solía envidiar la serenidad que Aaron siempre mostraba; él le aseguraba que, para hacer negocios y dirigir una empresa como la que dirigía, había que tenerla. En cambio él, que se consideraba un espíritu libre que definitivamente no podría usar traje y corbata todos los días, no podía manejar muy bien la ansiedad.
Y en ese preciso instante, en el vagón del metro rumbo a la estación Lexington en la Calle 59, estaba que se comía las uñas hasta las cutículas.
Su acompañante soltó una risita cristalina; en otra persona hubiese sido burlona, pero en Aaron era fantástica. Se inclinó hacia él mirándolo directo a los ojos, haciendo que Connor se envarara en su sitio. Recientemente habían conversado sobre la remota posibilidad de hacer pública su relación, así que estaban experimentando tener demostraciones de cariño para ver si se sentían cómodos; solo que en ese momento él no estaba en su mejor estado como para que Aaron intentara un acercamiento cariñoso con él, allí… un viernes a las nueve de la noche, dentro de un vagón lleno de gente que podía mirarlos.
—Connor, tómalo con calma, ¿sí? —le susurró al oído, lanzándole su aliento caliente y con olor a menta que acarició toda la piel, erizándolo de pies a cabeza.
—Sé que debo tomarlo con calma —respondió, tratando de no analizar las emociones y sensaciones físicas que despertaba su cercanía—. Simplemente estoy nervioso, quiero decir, es la primera vez que hago algo como esto.
Cualquiera pensaría que, con su aspecto rebelde, tatuajes y rostro de portada de revista, sería una persona un poco más segura de sí misma, pero que se jodieran todos. No era como si fuesen a cenar; iban a un encuentro s****l con una desconocida, y todo eso podría determinar si ellos hacían pública su relación o no.
«¡Maldita sea!»
Cómo deseaba una helada cerveza en ese momento, o uno de los insípidos escoceses que le gustaban a Aaron.
Llegaron a la estación del tren y bajaron, caminando en silencio en dirección a la entrada del Hotel Concorde en la Calle 55. Hubiesen podido tomar un Uber, pero Aaron consideró que era mejor ir en el subterráneo y luego caminar, para que pudiesen echarse atrás si él no estaba seguro. Envidió su estoicismo; era impresionante cómo el hombre a su lado andaba con pasos suaves, las manos en los bolsillos de su chaqueta y sonriendo con galantería, atrayendo las miradas de varias mujeres que pasaban a su lado.
Alcanzaron la entrada del Concorde, llegaron a la recepción y preguntaron por la señorita Lux. La recepcionista no se amilanó al comérselos con los ojos, los escaneó de arriba abajo sin pudor y sonrió, mientras tendía una llave y les indicaba el piso y el número de habitación.
—La señorita Lux no ha llegado, pero me pidió que les avisara que venía en camino —les informó con naturalidad—. Un compromiso de último minuto, pero espera estar aquí a más tardar a las nueve treinta.
Aaron asintió, tomó la llave y se encaminó al elevador; Connor sintió que su incomodidad se multiplicaba por mil, aquella recepcionista parecía saber para qué iban allí. Cuando las puertas del aparato se cerraron, procuró no explayar sus emociones; su compañero le tomó la mano con discreción y se la apretó con suavidad.
Él se repetía que aquello era una prueba, que iban solo a tener sexo; el plan era provocar a la vieja para que participara y luego decidir si ya habían dado el salto y eran, de manera definitiva, una pareja gay.
Pensó en la clase de mujer que los había contactado; casi aseguraba que era una dama en la cuarentena que quería hombres jóvenes para saciar alguna fantasía; y, por lo que veía, era una con dinero, porque cuando abrieron la puerta se encontraron una preciosa suite de lujo con una cama de tamaño king. Se acomodaron en la sala de estar, que tenía un sofá de color blanco decorado con cojines de tono borgoña y dorado; de las paredes claras colgaban cuadros abstractos que le daban a la estancia una sensación elegante, reforzado por los acabados en madera. En la mesa de centro, de patas de metal pulido y superficie de vidrio, descansaba una bandeja con tres copas, unas botellas de vino y algunos aperitivos sencillos. Al lado reposaba una tarjeta que Aaron se apresuró a tomar, leyendo en voz alta:
“Chicos, no sabía cuál era su bebida favorita, así que opté por la opción más común para los aperitivos, el vino. Pónganse cómodos, espero estar con ustedes muy pronto. Ojalá les guste la habitación.”
Connor se apresuró a descorchar una botella y servir dos copas; la primera se la tomó de un solo trago, y, aunque no le gustaba el sabor del vino, agradeció que la mujer con la que se habían citado tuviese la delicadeza de buscar distensionar el ambiente.
—¿Qué? —le preguntó a Aaron cuando este lo miró con diversión.
—Nada —respondió con tranquilidad—. Solo me causa gracia que estés así. No es el fin del mundo, ¿sabes? Y si al final no quieres hacer nada y deseas que nos vayamos, nos iremos y punto.
Se relajó cuando escuchó las palabras; aquello era lo que lo estaba poniendo tan ansioso: que si él deseaba dar marcha atrás, Aaron no lo siguiera. No es que estuviera enamorado de él, no habían llegado a eso; eran más bien lo que se conocía como follamigos, solo que ninguno de los dos tenía una novia o prospecto de una a futuro.
Seis meses llevaban en eso, después de que ambos se hubiesen conocido en casa de Amber en la fiesta que hizo para la despedida de soltero de su hermano. A Connor lo llamaron para que tatuara, y no se negó porque Amber era una niña mimada que le pagó bastante dinero por el servicio, dinero que le sirvió para terminar de financiar la segunda tienda que abrió en Manhattan.
Todo había sido descontrol: drogas, alcohol, música, desnudistas y tinta… Cada invitado salió con un tatuaje de esa fiesta en un penthouse en Parque Central; incluso Aaron se acercó con una petición simple, un ancla diminuta en la base del cuello, justo donde acababa la camisa.
Su compañero ya se había sacado la chaqueta, dejándola en una de las sillas que estaba en la estancia; se acercó a él y lo despojó de la suya. Lo sostuvo por la nuca un rato, apretándolo con fuerza y descansando su frente sobre la de él. Connor sintió el aliento mentolado de Aaron entremezclándose con el suyo que tenía sabor a merlot; depositó sus labios sobre su boca, dejando que se movieran con suavidad sobre él, sin presión y sin prisas; era un beso que buscaba hacerlo sentir seguro y cálido.
Se escuchó un golpeteo en la puerta y se separaron; la cabeza de Connor se giró con violencia en dirección a la puerta, donde podía oír cómo accionaban la manilla. Aaron se había alejado hasta la silla que había usado de perchero, dejó la chaqueta de él sobre la suya y se colocó a su lado mientras observaban a la mujer que entraba por la puerta.
«Esa mujer no es una vieja», pensó.
La joven se detuvo dentro de la habitación, recostándose sobre la puerta con una mano detrás de la espalda; la otra sostenía un cuaderno de tapas negras. Se examinaron mutuamente, ella con una sonrisita de satisfacción en el rostro, mientras ellos la detallaban de arriba abajo, cada uno pensando que aquella mujer no era nada de lo que estaban esperando.
—Hola, soy Ría.
Su voz sonaba bastante juvenil, lo que les hacía difícil identificar la edad probable; tenía el cabello largo, castaño oscuro, ondulado y algo rebelde; mechones del mismo caían alrededor de sus ojos, que eran de un tono marrón bastante común. Iba ataviada con un vaquero de color n***o y desgastado, botas del mismo tono y una camisa gris debajo de una chaqueta de cuero de color marrón oscuro. Era bastante alta, no tanto como ellos, aunque las botas le otorgaban unos buenos ocho o diez centímetros de estatura. Connor pensaba que podría tener entre veinte y veintisiete años; Aaron apostaba a que alcanzaba los treinta.
Tal vez su mayor atractivo era el aire latino que exudaba, con su piel tostada y las curvas pronunciadas de sus caderas y busto. No era delgada, pero se veía que estaba en buena forma.
—¿Y ustedes no tienen nombre? —preguntó ella tras unos minutos de silencio, enarcando una ceja con mirada divertida.
A Aaron le gustó; se notaba que era inteligente y astuta, alguien sagaz.
—Yo soy Aaron —se presentó—. Este de aquí es Connor.
—Es un gusto conocerlos. —Asintió mientras se encaminaba al único escritorio del lugar, donde dejó su bolso y el cuaderno—. Qué bueno que comenzaron con el vino —dijo encarándolos—, en realidad estoy un poco nerviosa, es la primera vez que hago esto —confesó.
Connor se relajó de manera visible ante su comentario, así que no era el único que estaba que se subía por las paredes.
Ría se acercó a la mesa de centro, sirvió una copa y se dejó caer con cierto dramatismo sobre el sofá. Bebió casi la mitad del contenido y les sonrió.
—¿Qué tal si rompemos el hielo un poco? —propuso la mujer—. Qué tal si toman asiento y hablamos; tampoco es como que quiero que se desnuden y tiren de una sola vez.
—¿Siempre eres así de directa? —preguntó Connor tomando asiento a su izquierda, en el extremo opuesto a ella. Ría asintió con una sonrisita.
—¿Para qué dar rodeos cuando sabemos para qué estamos aquí? —Se encogió de hombros y dio un sorbo a su copa—. No es como que yo quiera intentar seducirte, Connor.
—¿Esta es tu fantasía? —se adelantó Aaron, interrumpiendo. Ella hizo un gesto indeciso con la cabeza.
—Podría decir que sí —contestó con lentitud—. En realidad, soy dibujante y escritora, y lo que deseo es dibujarlos mientras tienen sexo.
Connor se atragantó con su bebida; Aaron tenía la mirada brillante, los ojos ligeramente entrecerrados y una sonrisita perversa. Los observaba de pie desde el centro de la habitación, con las manos detrás de la espalda, sosteniendo la copa con suavidad.
—¿Dibujarnos? —inquirió curioso—. Dibujarnos.
—Tengo una novela que decidí que tenga ilustraciones —explicó sin problemas—, he decidido hacerlas yo, y un par de escenas son eróticas, erotismo gay. —Se encogió de hombros y se enderezó; rellenó su copa—. Sé lo que piensan: que podría ver porno gay y dibujar desde ese punto, pero no es lo que busco.
Connor sí lo pensó; con tantas webs de pornografía y canales por cable, tenía cómo inspirarse.
—En realidad busco algo más que dos tipos cogiendo todos sudorosos —continuó ella—, quiero algo íntimo, erótico, salvaje, real… Me enfocaré en la anatomía y no en sus rostros; esos bocetos me servirán de base para las ilustraciones. No quiero poses para que se vean bien en cámara, quiero sexo real…
Aaron asintió y se bebió el contenido de su copa; Connor observaba a la mujer al otro lado del sofá, que parecía bastante relajada a pesar de que estaba con dos desconocidos en una habitación de hotel.
—¿A qué te dedicas, Connor? —preguntó ella, sacándolo de sus pensamientos.
—Soy artista del tatuaje —respondió.
—Eso es cool —aseguró Ría—. Me gusta el timbre de tu voz, debe ser fantástico escucharte susurrar cuando estás excitado.
Connor se puso rojo; Aaron soltó una carcajada; Ría lo miraba con intensidad, con una sonrisita de medio lado.
—Eres malvada —le dijo tras unos minutos.
—Y tú eres bastante tímido, a pesar de tu aspecto rudo —espetó ella.
Se enderezó de nuevo y se inclinó sobre la mesa, tomó una de las enormes fresas que descansaban en un cuenco y mordió la mitad, mientras regresaba a su posición despreocupada sobre el sofá.
—Entonces, ¿cuáles son los límites? —los increpó.
Connor contrajo las cejas. Aaron cerró los ojos brevemente, pero ninguno dijo nada. Ella se rio.
Se levantó del sofá con un movimiento rápido que denotaba elasticidad. Caminó hasta el escritorio, sacó del bolso una cartuchera de metal, tomó su cuaderno y dejó todo en la mesa de centro.
—¿Y quién es el pasivo? —preguntó Ría con naturalidad. Se servió una nueva copa de vino; con eso se acabó la botella, y la dejó de lado, en el escritorio.
—Somos versátiles —contestó Aaron. Ella asintió.
—¿Y han tenido novia? —inquirió mientras se sacaba las botas y las medias, dejándolas debajo del escritorio; también se deshizo de la chaqueta, que colocó al lado de la botella vacía.
Ambos asintieron.
—Es nuestra primera relación de este tipo —contestó Connor; Ría le sonrió con complicidad.
—¿Y tú has tenido relaciones gays alguna vez? —preguntó Aaron.
—Sí, un par… Aunque no diría relaciones, solo fue sexo con mujeres y nada más —respondió. Ría se sentó en el suelo junto a la mesa de centro, frente a Connor, dejando su espacio en el sofá vacío—. Para que te sientes a su lado, porque esa mirada de gerente controlador apaga cualquier fuego. —Se rio con picardía; Connor la acompañó.
Aaron se acomodó donde ella había estado sentada. Ría estaba abriendo la segunda botella y se dispuso a rellenar las copas de ellos.
—¿Puedo tocarlos si la situación se pone interesante? —preguntó mirándolos a los ojos alternativamente; Connor estaba cada vez más cómodo, y la actitud de ella le parecía divertida.
—Eso decía el anuncio —dijo Aaron, pero ella negó.
—No tocaré si no quieren —soltó con seguridad—. Limitaré las manos a mí misma y nada más. —Soltó una carcajada porque ambos hombres levantaron una ceja suspicaz—. ¿No esperaban que por lo menos me manoseara a mí misma? —Se rio y apoyó ambas palmas en el suelo, inclinándose hacia atrás—. Con lo atractivos que son los dos, como mínimo me hago un par de pajas hoy, y posiblemente unas más cuando esté mejorando los bocetos para el libro.
—¿Y nosotros podríamos tocarte? —preguntó Aaron mirándola con intensidad; Connor sabía que intentaba intimidarla.
Ría no se amedrentó.
—Podríamos hacer un trío, cariño. —Le guiñó un ojo.