PRÓLOGO (II)

3508 Words
A Connor, la idea de que ella pudiese estar entre los dos, mientras él la penetraba desde atrás en tanto Ría le hacía una mamada a Aaron, se le antojaba demasiado morbosa. Empezó a sentir que se excitaba. —Es bueno saberlo —dijo Aaron inclinando la cabeza de lado. —Sí, lo es —le confirmó—. Pero por ahora, la única que tiene menos ropa soy yo. —¿Y has hecho tríos antes? Quiero decir, ¿con dos hombres? —preguntó Connor. Ella lo miró. —Cielo, con esa voz haces que a cualquiera se le moje la ropa interior —le sonrió con picardía. Sí, allí estaba la erección que comenzaba a crecer. La forma en que Aaron miraba a Ría le decía que él también estaba excitado. —Sí lo he hecho, aunque nunca con dos hombres a la vez… Fue una situación un tanto peculiar, ¿cuenta que estaban en el mismo cuarto? —Se rio. Los miró con detalle—. Sería muy interesante hacerlo con hombres tan guapos como ustedes… Ría sí estaba excitada; la forma en que la miraban la hacía sentir jodidamente caliente. Connor, con su cabello rubio y su aspecto duro, le había gustado bastante; se adivinaba un cuerpo torneado debajo de la camiseta de Metallica que llevaba. Los tatuajes que bajaban por su antebrazo derecho y sobresalían por el borde del cuello se le antojaban demasiado sexys; el tipo era un bombón de los buenos, con el plus de la timidez que escondía una bestia en la cama. Lo intuía por la forma en que había cambiado el timbre de su voz y se le había oscurecido la mirada. Esos iris azules arrebatadores debían quitar el aliento si la miraban directo a los ojos mientras se la follaba. Y ni hablar de Aaron; se notaba que era meticuloso y controlador. Mucho más fornido que su pareja, más alto y con el rostro más fuerte, tenía el cabello liso y un rastro de barba que faltaba en la mandíbula del rubio. Sus ojos eran verde oscuro; ella apostaba a que tenían un tono grisáceo que le daba un aire misterioso, y su piel era bronceada, como si fuese del mediterráneo. Ella había sentido su escrutinio, la forma en que la observaba con intensidad, esperando que delatara algún nerviosismo. No pudo evitar que su sonrisa se ampliara. —¿Por qué te sonríes así? —le preguntó Aaron. —Estoy imaginándome cómo se vería él. —Señaló a Connor con la cabeza—. Comiéndote la v***a. —Connor jadeó con sorpresa; Aaron la miró retadoramente—. Quiero verlo —demandó ella con voz firme, pero suave. El rubio sintió el sonido de su voz como un ramalazo de electricidad; volvió el rostro en dirección a Aaron cuando este se levantó del sofá, se desabotonó la camisa y la dejó caer en el cojín, descubriendo su torso torneado y perfectamente bronceado. Era evidente que una erección se escondía debajo de su pantalón de vestir; Connor lo sabía y se estremeció al pensar que, debajo de la tela fina y elegante, lo esperaba el m*****o de su compañero, libre de ropa interior. Aaron dio un par de pasos hacia él, manteniéndose de perfil para que Ría pudiese ver el espectáculo; se bajó la cremallera y fue el propio Connor quien metió la mano dentro para sacar el pedazo de carne erecta. La mujer apretó las mandíbulas; frente a ella había una v***a bastante robusta pero no tan larga, gruesas venas se marcaban por todo el tronco, que fue desapareciendo lentamente dentro de la boca del rubio, que recibía el m*****o con los ojos cerrados y la expresión relajada. Cuando alcanzó el fondo de su garganta, comenzó un metesaca lento en el que Connor alternaba lametazos por toda su extensión y succiones duras sobre el glande. El moreno mantenía sus ojos fijos en ella, que observaba con concentración la escena mientras se mordisqueaba el labio inferior por la parte de adentro. Ría soltó un suspiro, tomó el cuaderno, un lápiz, y comenzó a bosquejar. Aaron decidió darle lo que quería; ella deseaba ver el verdadero proceso detrás del sexo entre dos hombres. Así que cuando comenzó a sentir el cosquilleo en sus bolas, hizo que Connor se detuviera, lo obligó a ponerse de pie y empezó a besarlo mientras le sacaba la ropa. Ambos se abstrajeron de la mujer, enfocándose en el otro. Aaron tomó entre sus manos la erección de Connor, masajeando muy lento su m*****o, que era más largo que el suyo pero también más delgado. Sin darse cuenta se habían movido de lugar, abandonando el estrecho espacio entre el sofá y la mesa de centro, trasladándose más cerca de la cama. El moreno besó el pecho del rubio; fue bajando despacio hasta que su boca estuvo a la altura de su tronco, que se erguía al cielo sin dificultad. Ambos respiraban pesadamente, porque a pesar de que solo ellos estaban en el acto, de vez en cuando percibían a la mujer que dibujaba con movimientos furiosos, sin perder un solo detalle; cuando prestaban atención podían escuchar cómo Ría tomaba aire de forma ruidosa; inclusive podían notar los pezones erguidos debajo de la tela del sostén. Aaron empezó a lamer de arriba abajo el m*****o de su compañero, largos, húmedos y calientes lengüetazos que fueron ensalivando la v***a que iba masturbando tan, pero tan despacio, que el rubio soltaba pequeños quejidos de desesperación. El moreno aprovechó y ensalivó su dedo medio de la mano derecha; cuando se introdujo toda la longitud carnosa de Connor en la boca, lo penetró despacio con ese mismo dedo. Él hacía todo despacio, prolongando el placer casi como una tortura. Cuando estuvo seguro de que Connor estaba listo, lo hizo recostarse boca arriba sobre la cama y se introdujo profundo dentro de él; el rubio soltó un gruñido ronco de placer que le erizó toda la piel. Aaron volteó de inmediato a ver a Ría, que sostenía el lápiz sobre el papel y no perdía detalle de la escena; ese sonido calaba dentro, él le daba la razón. Comenzó a bombear, manteniendo la mirada fija en ella; sus ojos se trabaron uno en el otro. Toda la situación era morbosa; casi quería pedirle que se sacara la ropa y se pusiera sobre el rostro de Connor para que, mientras él se lo follaba, el rubio le comiera el coño con fuerza. La imagen mental lo hizo perder el control por un minuto, y el vaivén lento y acompasado que torturaba a su compañero se volvió violento, como un animal. Connor gruñó con fuerza, un sonido ronco que vibraba en el centro de su pecho; Aaron reaccionó a tiempo para no correrse tan pronto. El rubio se quejó; con voz entrecortada exigió que continuara. Aaron lo besó con lentitud, apaciguando el ímpetu de ambos, volviendo al ritmo acompasado que le permitía convertir el sexo en una experiencia erótica. Salía y entraba despacio mientras mordisqueaba su mandíbula, su barbilla, su cuello y sus labios; una pátina de sudor los cubría a los dos, el olor de sus colonias se entremezclaba haciendo más embriagador el ambiente que el propio vino. El sexo entre ellos era bueno; había conexión. Un ligero gemido le hizo detenerse y concentrarse en la mujer; ya no llevaba pantalón, pero escondía su mano debajo de un blúmer de color n***o de corte bikini. Se acariciaba despacio, observándolos; el cuaderno había quedado abandonado sobre el suelo, donde alcanzaba a vislumbrar unos trazos precisos de ellos dos. —Ven —invitó Aaron, saliéndose de Connor. Tomándolo de la mano, lo hizo ponerse de pie y darse la vuelta. Separó las rodillas del rubio, regó besos por toda la espalda, mordisqueó las nalgas y deslizó su lengua alrededor de su ano. Gimió roncamente; Ría observaba el proceso con tanta atención que ni siquiera se tocaba, se había puesto de rodillas y casi a gatas, registraba en su cabeza toda la imagen, las formas, pero sobre todo, el rostro de Connor arrebolado por el deseo. Aaron se enderezó y escupió un poco en su palma para lubricar su m*****o, luego se deslizó de nuevo por el culo de Connor y se enterró hasta el fondo. El rubio jadeó; Aaron lo obligó a erguirse también, aprisionó ambos brazos detrás de la espalda de Connor y lo hizo caminar firmemente hasta ponerse delante de Ría, que lo miraba con los ojos abiertos por la sorpresa. Aaron no estaba seguro de qué había cambiado en su cabeza, pero le gustaba esa sensación de manejar a su compañero así; lo hizo inclinarse lo suficiente, afianzó los pies en el suelo y comenzó a embestirlo. El gemido ronco de Connor la estremeció; estaba a escasos cincuenta centímetros de ella. Podía extender la mano y acariciar los muslos torneados del rubio; su m*****o se elevaba y brincaba con las acometidas de Aaron. Él la miraba con sus ojos azules brillando de deseo, con la boca enrojecida por los besos. —Tócalo —le ordenó Aaron a la mujer. El sonido de sus cuerpos chocando la aturdía: piel contra piel, como un aplauso. Se sentía tan acalorada que ella también sudaba; nunca pensó que ver a dos hombres cogiendo podría convertirse en una escena tan caliente y erótica. No solo quería tocarlo, quería lamerlo, morderlo, chuparlo. Tuvo razón: Aaron tenía una vena de dominio y control. La pequeña fracción de tiempo en que lo perdió, ella misma casi había alcanzado su orgasmo solo de escucharlos a ambos jadear y gruñir. Se puso de pie; eran bastante altos, por lo menos el rubio le sacaba unos buenos diez centímetros, tal vez más. Se detuvo frente a él y trabaron miradas: la de él turbulenta, la de ella ávida. —Tócame —pidió con voz ronca. Ella dio un paso hasta él, levantó su mano y la envolvió alrededor del m*****o caliente y palpitante. Connor gimió al sentir el contacto; Ría bajó y subió tan lentamente como lo hacía Aaron, era tan desesperante que quería gritar. —Más —demandó, pero ella le sonrió con malicia y ralentizó aún más las caricias. Gruñó de frustración, descansó la cabeza sobre el hombro de ella mientras se removía con la necesidad del contacto; sentir su mano aferrándolo despacio era una tortura. Sintió las uñas de ella arañando con suavidad la piel de su tronco; eso desencadenó un montón de sensaciones nuevas que se arremolinaron en sus testículos, subieron por toda su espalda y explotaron entre las manos de ella y por la boca de él. Por instinto apretó las nalgas y el recto, lo que hizo que Aaron gruñera; llevaba aguantando su liberación, pero el sonido ahogado del rubio y su reacción hizo que se corriera profusamente dentro de él, clavándose hasta el fondo de su ser. Ella se alejó un poco; Connor la miró con la mirada turbia, llena de deseo. Hubiese querido correrse en su boca o dentro de su cuerpo; Ría solo sonreía con satisfacción. Aaron se salió de su compañero, apoyó la frente sobre su espalda y lo abrazó con fuerza. —Creo que necesitan una ducha —sugirió la mujer, que había vuelto al suelo y recogía de nuevo sus implementos, empezando a dibujar. Ambos hombres se encaminaron al baño; el rubio agradeció que la ducha era lo bastante amplia para que los dos dispusieran de la misma. Mientras el agua caía por el cuerpo de uno, el otro se enjabonaba. Se bañaban en un plácido silencio. —Dios, Aaron… —soltó después de un rato, cuando se estaba enjabonando y el moreno se aclaraba el jabón—. Quiero follármela. —Quiso evitar el tono culpable de su voz, pero no pudo. El moreno lo miró. —Yo también —respondió el otro sin cortarse un poco. Salieron de la ducha, Aaron con la toalla alrededor de sus caderas, Connor completamente desnudo y secándose el cabello. Ambos querían lo mismo. A la morbosa Ría, preferiblemente ensartada entre los dos. Ella los miró complacida; Aaron se acuclilló a su lado y examinó los bocetos que se extendían en el suelo a su alrededor. No pudo negarse que eran buenos, y bastante detallados a excepción del rostro, tal y como había prometido. El moreno deslizó su mano por la mejilla de ella, bajando hasta su cuello; contra su piel fría, la de ella se sentía ardiente. —Estás caliente —le soltó en doble sentido. Ella se rio. —No tienes ni idea —respondió. —Entonces debemos bajarte la temperatura —indicó Connor al lado de Aaron, donde su m*****o comenzaba a erigirse de nuevo. Ría sintió una opresión en su abdomen, una mezcla de cosquillas y vacío, como si estuviera en una montaña rusa. Tenía a dos portentosos hombres allí, casi como si hubiesen sido esculpidos en piedra. Se mordió el labio; ellos dos eran pareja, no estaba segura si quería meterse en medio de una relación. La ventaja era que después de esa noche ya no se verían de nuevo. Los músculos de su vientre palpitaban de deseo; podía sentir la humedad acumulándose en su ropa interior. —¿Acaso tienes miedo? —La voz ronca de Connor y el toque burlón le hacían estremecer; casi deseaba escucharlo gemir dentro de su boca. Apenas asintió; las poderosas manos del moreno la izaron casi en el aire y la llevaron a la cama. Ambos hombres la miraban enajenados por el deseo; el moreno se posicionó a su derecha y el otro a la izquierda; las caricias discordantes comenzaron a subir por su abdomen hasta alcanzar su pecho por un lado, mientras por el otro bajaban hasta su muslo y se colaban debajo de su ropa interior. Connor era desesperado y brusco, como si se le fuese la vida en ello; gruñó de deseo en su oído cuando sus dedos entraron en su interior para lubricarse. Ría jadeó ante la intromisión, abriendo más las piernas para que llegara más profundo. Aaron se enfocaba en sus pezones, a los que prodigaba lánguidas caricias mientras su boca regaba besos y mordidas por el largo de su cuello y su nuca. —Estás tan lista —ronroneó Connor, y su voz la hizo estremecer. Se incorporó sobre ella; sin pedirle permiso, a Aaron le sacó el resto de la ropa. Los grandes senos surgieron, coronados por unos pezones de un tono caramelo; la uve de su entrepierna descubrió un monte de Venus carnoso, decorado con una delicada hilera de vellitos oscuros que culminaban allí mismo, dejando al descubierto unos labios perfectamente depilados, gruesos y húmedos. Connor tomó un pezón dentro de su boca mientras el moreno tomó el otro. Ría gemía, absorbida por las sensaciones diferentes, por las manos que la tomaban con fuerza en contraste con las otras con delicadeza, pero firmes. El rubio no se aguantó más; se enderezó entre sus muslos abiertos, la alzó por las nalgas, dejando parte de su cuerpo en vilo, y se clavó en su interior. Un gemido de doloroso placer escapó de sus labios; Connor se mantuvo allí, atento a su reacción. Ría tenía los ojos cerrados, disfrutando los corrientazos de placer que se irradiaban desde todos lados; comenzó a gimotear mientras movía las caderas. El hombre no se meneaba. —Más —exigió abriendo los ojos—, hazlo con fuerza. Connor sonrió perversamente. Los embates comenzaron; ella gemía, Aaron observaba cómo su compañero entraba y salía, jadeando con fuerza, tensando los músculos, con el rostro transfigurado de deseo. Ría se aferró a su muslo, tratando de mover su cuerpo para ir al encuentro de la poderosa v***a que la partía en dos. Ella giró su rostro hacia el moreno, le sonrió con perversidad y desplazó su mano hasta su m*****o, que comenzó a masturbar con fuerza. Él no pudo contenerse; se arrodilló cerca de su rostro y puso al alcance de sus labios la v***a palpitante. Ría no se hizo de rogar; ella misma la introdujo en su boca, permitiendo que los mismos embates de Connor acompasaran la mamada. Ría se detuvo en un punto; sus quejidos se tornaron en gemidos ahogados, sus manos se aferraron a sus pechos donde castigó sus pezones sin piedad. —Me-me-me-cooo-co-coo-me corro —anunció entrecortadamente. Connor gruñó y se detuvo. —Mujer… —jadeó. Ría apretaba los músculos internos con fuerza mientras las convulsiones del orgasmo se sucedían. Connor había llegado profundamente, moviéndose con tanta violencia, sabiendo que ella no iba a romperse. —Sabes que esto aún no acaba, ¿cierto? —preguntó Connor con voz cargada de deseo—. Queremos follarte los dos. —¿Al mismo tiempo? —preguntó ella. Él asintió—. Sé gentil, cariño —pidió a Aaron, que la veía con avidez. Connor se tumbó en la cama; la hizo sentar sobre su erección. Ambos gimieron; ella no pudo contenerse y comenzó a menearse sobre él. El rubio la tomaba por los muslos, aupándola para que lo hiciera más duro. Aaron no sabía cuánto tiempo iban a poder aguantar, porque aunque se habían corrido previamente, la situación era morbosa; Ría se entregaba sin reparos, disfrutando de lo que le daban. Cuando ella se inclinó para apoyarse en el colchón y seguir con el metesaca, Connor la apresó entre sus brazos y la sostuvo allí, inmovilizándola. Aaron aprovechó para trabajar su culo con largos lametones que iban desde el tronco de Connor hasta arriba. Ría gemía entrecortadamente, sonidos calientes que se mezclaban con los jadeos del rubio. Él sentía que dirigía una orquesta, porque podía estimular a ambos, obligando a Connor a que elevara las caderas un poco. Separó las nalgas de Ría todo lo que pudo; penetró el estrecho orificio con su lengua, ensalivando bien la zona. Introdujo un dedo; ella se estremeció, pero con las suaves caricias que él le estaba dando y las palabras de aliento que Connor susurraba en su oído, pronto fueron tres dedos los que estaban dentro de ella, mientras la propia Ría se movía buscando la fricción dentro de la v****a y los dedos en su trasero. Aaron posicionó su glande en la entrada y lo deslizó despacio; el grosor de su v***a era considerable, así que no podía ser violento, no podía estacarse en ella de una sola vez como le apetecía, así que comenzó el vaivén, entrando cada vez un poco más. Los quejidos se transformaron en gemidos; luego fue la misma Ría la que movía su cuerpo para que él se enterrara más profundo. No pudo contenerse; el último tramo lo hizo sin medir las consecuencias. Ría se quejó, pero él se quedó allí, estático, mientras Connor la sostenía sobre su cuerpo, rozando muy despacio su m*****o dentro de ella para estimularla. Aquello era jodidamente magnífico. Podía sentir la v***a de Connor del otro lado, rozando con levedad su propio m*****o. —Deja que yo me mueva —pidió—, podríamos lastimarla. Connor se detuvo, liberó el cuerpo de la mujer y solo la sostuvo de las caderas. Ría se apoyó en la cama, dejando su boca a escasos centímetros de la de él. Aaron se movió muy lento, disfrutando de las sensaciones placenteras que nacían desde su tronco. Aquello era nuevo; nunca había experimentado la doble penetración. Se aferró a la marcada cintura de ella, pellizcó sus nalgas hasta que estas enrojecieron; no supo en qué momento sucedió, pero el vaivén lento se había salido de control. Los tres gemían desesperados; Connor elevaba las caderas deseando llegar más adentro, Ría se movía adelante y atrás; los tres habían conseguido la sincronía ideal. La primera en alcanzar la cumbre fue ella; la estimulación sobrepasó todo en su cuerpo y estalló como si el mismo inicio del universo estuviese sucediendo en su v****a. Connor anunció su inminente orgasmo, y en el último minuto sacó su m*****o, regando su semilla sobre su propio abdomen, aprisionada su v***a entre su cuerpo y el de ella. Aaron se clavó un par de veces más, cada vez más adentro, y gimió sonoramente antes de sentir cómo estallaba en las entrañas de esa mujer. Los tres se desplomaron sobre el colchón en un amasijo de cuerpos y extremidades, con Ría en medio de los dos. Aaron miró a Connor, jadeante, despeinado, condenadamente sexy sobre el colchón. Ambos comprendieron, en esa comunicación silenciosa, que había un problema. Sí, se gustaban, pero esa noche habían comprobado que continuaban gustándoles las mujeres. No obstante, el cuerpo tibio de Ría se sentía bien entre ellos dos; no había motivo para pensar en eso. En la mañana, cuando descansaran, tal vez todo tendría más sentido; incluso podrían repetir. Y se durmieron. A la mañana siguiente encontraron una hoja sobre el escritorio; en esta solo había un dibujo a lápiz de ellos dos juntos, durmiendo. Aaron apoyaba la cabeza sobre el hombro de Connor, mientras este descansaba su brazo y su mano sobre el abdomen de él. Dormían plácidamente, con la confianza de los amantes. De Ría… no supieron más nada.
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