El moreno se despertó sediento y con un ligero dolor de cabeza. Miró el reloj en su muñeca y comprobó, para su horror, que eran las diez de la mañana. Lo primero que vio fue la mano masculina que descansaba sobre su abdomen; se giró un poco y encontró que Connor estaba durmiendo de cucharita con él. Al principio se sintió un poco extraño, más que nada por la cercanía; pero luego cayó en cuenta de lo mismo: la cercanía. El rubio estaba casi respirándole en la nuca, su cuerpo tibio se pegaba a su espalda y, si se movía un poco más, iba a rozar con sus nalgas la erección mañanera del hombre dormido, lo que hizo despertar su excitación. Cuando volvió los ojos en dirección a Ría, tuvo que contenerse las ganas de reír: primero por la sensación pulsante de su cabeza y luego para no despertarlos.

