Se detuvo en el estacionamiento del Monte Sinaí a las dos y veintitrés; bajó del auto llevando sobre los brazos una chaqueta para Ría. Había pasado todo el trayecto de ida y vuelta pensando en los acontecimientos de las últimas horas. Extrañamente todo fue esclarecedor para él; sintió una mezcla de alivio y terror a partes iguales. Pero particularmente se sentía furioso consigo mismo porque tuvo que ser Ría quien lo defendiera de las injustas palabras de su hermano. El problema no era que él fuese o no homosexual; joder, a esas alturas hubiese sido feliz de decir que sí lo era, porque le hubiese quitado un montón de mierda de la cabeza. Pero era la maldita ambivalencia: si no le gustaban los hombres… ¿entonces qué pasaba con él? Suspiró. En el momento en que llegó a la recepción de la em

