Caminó despacio hasta que escapó del escrutinio de Connor, que acechaba sus pasos como un animal. ¡Dios! Esa voz iba a volverla loca, era tan gruesa y ronca que cuando la usaba sentía que vibraba en el centro de su cuerpo y se irradiaba por cada músculo de su anatomía erizándole la piel. Entró al baño de damas, revisó uno de los cubículos y agradeció que estuviera tan limpio. Pasó el pestillo mientras bajaba la tanga hasta sus rodillas y maniobró con la falda para liberar su vejiga. Después de secarse con las toallitas de papel, rebuscó en su cartera una de las toallitas húmedas que Moira le dio en caso de que necesitase acicalarse un poco más profundamente. Sonrió maldiciendo la perspicacia de su amiga; ella quería que, en caso de que sucediese algo con los bombones que tenía como amigos

