El hermoso irlandés se escabulló a una esquina de la barra y le pidió al cantinero que le sirviera un vaso con agua para calmar un poco el ardor que estaba sintiendo. Vio el momento en que Aaron salió por su lado, pero la mirada que le lanzó fue severa, indicándole que lo mejor era que se quedara donde estaba. No había problema, tenía con qué distraerse. Solo debía recordar cómo sabía la piel de Ría; olía a coco, a lavanda y naranjas. Sus muslos eran suaves, sedosos; se moría por volver a su interior caliente, envolverla con su cuerpo y el del moreno para que jadeara sus nombres desbordados de placer. Se arrepentía de no haberla besado, porque no quería arruinar esos labios rojos y sensuales que lo habían traído loco toda la noche y que esperaba rodearan su v***a mientras él se alojaba l

