Connor se aclaró la garganta; una mezcla de emociones lo embargó, tal vez un poco de celos, pero no estaba seguro si por él o por ella. No se podía negar que Ría le había gustado y que durante un tiempo fantaseó con la posibilidad de que, por lo menos, se volvieran amigos y, quién sabía, tal vez algo más. Sobre todo después de aquella noche, cuando despertaron en la suite del hotel ellos dos solos. Pero sabía que no era el único; a Aaron también le había gustado más de la cuenta, aunque en su caso fue claro al decírselo: lo mejor era que ella no se iba a sentir extraña o disgustada por su escarceo gay, o insegura por ello.
La experiencia había planteado muchas más preguntas de las que había resuelto. Aaron, con su acostumbrado pragmatismo y serenidad, sostuvo que no había nada de malo en que todavía se sintieran atraídos por las mujeres; aunque en ese momento solo les gustaba ella, podían continuar con su acuerdo y su amistad sin problemas. Si alguno conseguía a una mujer con la que quisieran probar de nuevo una relación heterosexual, debían hacerlo; se notaba que eran bisexuales, aunque eso tampoco era del todo cierto, porque ninguno de los dos encontraba atractiva la idea de follar con otro hombre.
—Está bien, debe estar trabajando —respondió con ligereza—. Listo, Savannah, te dejaré descansar media hora; la piel se ve genial y casi no se ha inflamado, así que veo posible que salgas de aquí con tu nuevo tatuaje completo.
Se levantó de su silla y se estiró un poco para aflojar los músculos de la espalda. Ría disfrutó de la franja de piel que quedaba a la vista entre el pantalón y el borde de su camiseta. Connor se percató de que ella lo observaba; sus ojos estaban ligeramente turbados.
Eso infló su ego, y también otra cosa. Ella notó que él la observaba, y no precisamente con timidez.
—Voy a ir a buscarte una de esas aguas elegantes que tomas —le informó Ría a Savannah poniéndose de pie—. Seguramente tienes sed.
—¡Oh, sí! Gracias, Tory —le dijo con voz dulce.
Ría salió y Connor la siguió; ella se desvió a la recepción para preguntarle a Sugar-Doll dónde podría ir a comprar el agua.
—…y luego le echaré cicuta, a ver si así deja de llamarme Tory —se quejó; su recepcionista soltó una carcajada—. ¿Acaso tengo cara de exestrella infantil de Nickelodeon?
Ella le dijo que a una cuadra podría encontrar un café donde vendían esos productos orgánicos. Ría agradeció y se giró para marcharse, topándose con el pecho amplio de Connor, que se había detenido detrás de ella esperando que se volviera.
Estaban demasiado cerca; podía oler la fragancia de la loción después del afeitado que perduraba en su piel, a pesar de que eran casi las cuatro de la tarde. Connor escuchó los tacones de la recepcionista que se perdían en algún lugar del local, dejándolos solos.
«Inteligente», pensó ella.
—¿En serio me dejas ser tu primer tatuaje? —le preguntó con voz ronca. Ría se estremeció; nunca había escuchado ese tono particular en ningún hombre. Lo recordaba muy bien de aquella noche, le hacía vibrar la caja torácica y erizaba todos los vellos de su piel.
—Ya fuiste el primero en otra cosa, ¿no? —le respondió lascivamente—. Así que no veo por qué no.
—Fue mal educado de tu parte marcharte sin despedirte —la acusó mirándola desde su altura con cierta severidad. Ría dio un paso hacia atrás para poner distancia, pero su espalda chocó con el mesón de la recepción. Él le sonrió con malicia.
—No quería ser el mal tercio —explicó con tranquilidad. Él frunció el ceño—. Al verlos dormir me di cuenta de que estaba sobrando; se buscaban para tocarse, y… —Se detuvo.
—¿Y? —insistió él.
—Me dio calor. —Se encogió de hombros y le sonrió sin un ápice de vergüenza.
Lo esquivó y salió de la tienda. Connor resopló. Uno de los pensamientos que rondaba en su cabeza era llamar a Aaron para contarle, pero no estaba seguro de qué le iba a decir. Ciertamente la taquicardia que sentía y esa sensación febril era la excitación que se apoderaba de él; se había masturbado montones de veces reviviendo la experiencia de ellos tres en la cama. Incluso el sexo entre los dos se volvió más excitante; se susurraban cosas al oído, incitando a la imaginación a volar. El verdadero problema era que esa mujer loca era un tipo de persona que no habían visto antes; literalmente era una bocanada de aire puro.
Sin complejos, sin reparos, dispuesta a tomar lo que necesitara para su placer, sin exigencias el día después. Sacudió esos pensamientos de su cabeza y regresó a continuar el trabajo.
Savannah se removía, incluso peor después de que tomó el agua que Ría le había llevado. Se quejó de todo y preguntó si podrían parar y continuar después. Connor le aseguró que no faltaba tanto, que si se iba y luego lo pensaba no regresaría. La morena se burlaba sin piedad, esta vez de pie frente a su amiga para distraerla.
Connor la pilló mirándolo de vez en cuando; él le sonreía con malicia, era casi seguro que ambos estaban pensando más o menos lo mismo.
—Terminé —anunció. Savannah casi lloriqueó de gusto. Connor se dedicó a limpiar el tatuaje y luego lo protegió con el papel plástico.
—Oh, Tory, creo que te va a tocar conducir mi Porsche —le informó ella con un mohín. Ría negó con vehemencia.
—No tengo licencia, Savannah —le recordó.
—¡¡Pero tienes licencia de tu país!! —se quejó con un chillido. Ría negó—. No puedo creerlo, Victoria… Tienes ya dos meses viviendo en esta ciudad, deberías sacarte la licencia.
—Esto es Nueva York, pendeja —se burló—. No necesito un auto, para eso está el subterráneo o un Uber, deja de joder.
—¡¡Pero me duele!! —comenzó a protestar. Ría se encogió de hombros.
—No me importa —soltó la morena sin molestarse por el berrinche de su amiga—. Ahora anda a pagar, para irme a mi casa.
Savannah salió de la estación rumbo a la recepción; Ría se sonreía burlona y se dispuso a seguirla, pero Connor bloqueó la salida y cerró la puerta para tener privacidad.
—Entonces… ¿Te voy a hacer tu primera marca? —le preguntó con doble intención.
Ría soltó una risita.
—¿No se suponía que eras tímido? —le preguntó incisiva. Él cabeceó en asentimiento.
—Con las personas nuevas sí; a ti te conocí bastante bien —le respondió.
—Verte follar con tu novio y luego coger entre los tres no es conocerme bien, cielo —le dejó ver con contundencia.
—Podríamos conocerte mejor, si eso es lo que quieres —le aseguró. Procuró incluir a Aaron en la ecuación; tampoco se sentía bien eso de engañarlo.
Ría lo miró de arriba abajo y se relamió con gusto.
—No lo dudo —le dijo con voz ronca, sosteniendo su mirada—, pero no soy de las que rompe relaciones, eso es demasiado complicado. —Se miraron a los ojos, midiéndose mutuamente.
—Así que estás recién mudada. —Connor cambió el tema, pero sin apartarse de la puerta. Ella asintió—. ¿En dónde vives? —le preguntó.
Ría rio con ganas.
—No te lo voy a decir —le aseguró—. Pero voy a hacer una cita con Sugar-Doll para ese tatuaje.
—La cita la haces conmigo —espetó con más confianza—, porque si la haces con ella, no te veré sino en dos años. —Ella se encogió de hombros.
—Puedo esperar dos años —dijo sin preocupación.
—Pero cuando le diga a Aaron que te encontré, no querrá esperar dos segundos —le garantizó. Ría elevó una ceja suspicaz.
—¡Oh, cielo! No me digas que quedaron trastornados —le increpó con malicia, acercándose de manera peligrosa a él. Estaba tan tentadoramente cerca que solo debía inclinarse un poco y podría besarla. Fue entonces que se dio cuenta de que nunca la besaron esa noche en el hotel.
—Sabes, intentamos localizarte —le contó. No mentía; incluso contactaron con la página web, dejaron mensajes e hicieron lo imposible para volver a verla, incluido sobornar a la recepcionista, que les dijo que había pagado en efectivo y solo dejó su nombre: Ría Lux—. Nos gustaba la idea de profundizar en la amistad —aseguró. Ella amplió la sonrisa.
—Sí, apuesto que querían profundizar la amistad —se mofó.
—¿Tory? Ya me voy, si no vienes, te dejo —amenazó Savannah detrás de la puerta. Ría inclinó un poco la cabeza para ver detrás del cuerpo de Connor; en efecto, podía ver la silueta de la rubia.
—Debo irme —le dijo, dando un paso un poco más cerca. Podía sentir el calor irradiando de su cuerpo; Connor estaba respirando pesadamente. Ella colocó su mano sobre el abdomen y la deslizó con delicadeza en dirección al sur; él miraba su mano libidinosa, anticipándose a lo que parecía iba a suceder. Ría bajó hasta el bulto que se marcaba en su pantalón; apretó el tronco con suavidad y lo acarició un poco sobre la tela. Se empinó sobre las puntas de sus pies para alcanzar su oído, mientras Connor miraba su mano traviesa y decidida tocándolo sin aspavientos—. Creo que deberías ocuparte de esto —le susurró.
Ría accionó la puerta, que se deslizó hacia la derecha; se escurrió de lado, rozando su antebrazo y costado con su cuerpo porque él no se movió para dejarla salir. Afuera, Savannah la esperaba con el rostro crispado por el desagrado, moviendo rítmicamente su pie en el suelo, enfurruñada y furiosa porque el guapísimo tatuador al que le había echado el ojo se había fijado en su insípida amiga y no en ella.
Comenzaron a discutir; en apariencia, la diversión predilecta de Ría era torturar a la rubia.
Lo que más detestó de todo lo que había pasado es que ella tenía razón. Tenía una enorme erección entre su pantalón y posiblemente necesitaba echarse una mano para calmarse las ganas.
Él jamás se había comportado de ese modo con nadie, al menos con ninguna mujer. Pero la tal Ría, joder, esa mujer le volaba los tapones, a pesar de que solo habían compartido un buen polvo y una fantasía cumplida.