CAPÍTULO 1 - Ría

2113 Words
—Dices que soy una zorra, pero tú eres más zorra que yo, Tory —dijo Savannah por centésima vez. —Si sigues llamándome Tory te juro que comenzaré a llamarte Demetria —le amenazó—, y no Demi, sino Demetria, con todas las malditas sílabas de tu segundo nombre. Después de recorrer la Quinta Avenida hasta el departamento de la rubia en la Torre Trump, Savannah se había enfurruñado con ella, diciéndole que no podía dejarla sola porque tenía muchísimo dolor de espalda. Ría bufó despectivamente, pero accedió a quedarse porque su prima tenía una buena selección de botellas de licor a la que ella podía echarle la mano. Claro que casi nadie se imaginaba que eran familia; incluso a la misma Ría le costaba asumirlo. El padre de ella y la mamá de Savannah eran hermanos, solo que su papá era un ingeniero retirado que había trabajado toda su vida en una multinacional petrolera que tenía una de sus oficinas en Venezuela, y ahora viajaba por el mundo como consultor privado; así que la relación con su familia del norte no era tan estrecha como cualquiera pensaría. Particularmente, Savannah era una niña mimada. El dinero del que hacía alarde era de su padrastro, que era un portentoso inversionista que tenía entre tantos negocios una casa editorial muy afamada; Ría no pudo creer su mala suerte, porque nunca pensó que el sueño de su vida, ser reconocida como una escritora de talla mundial, se iba a ver empañado por la posibilidad de alguna clase de favoritismo por ser "la sobrina" del dueño. Claro que Savannah era inteligente para lo que le convenía, así que su padrastro no era tal; para ella era papá, aunque su madre se había casado con él cuando la rubia era una adolescente. La ventaja fue que el hombre no tenía hijas, por lo tanto, aceptó de buen grado que la hija de su esposa se sumara a la familia de forma tan efusiva. Su prima se había malcriado demasiado rápido, sobre todo por rodearse de personas que le decían que sí a todo lo que pedía, lo que eventualmente la llevó a reconocer que no tenía verdaderos amigos y que nadie le decía la verdad. Por eso se pegó como una garrapata a Ría, porque ella no temía decirle que era una golfa, zorra, pendeja o que algo no le quedaba bien. Solo que a Savannah le costaba asumir que el mundo no giraba alrededor de ella y que su prima era atractiva a su modo, en particular por su afilada inteligencia y su peculiar sentido del humor, y porque le daba igual que su aspecto físico no fuese del agrado de la fauna neoyorkina, como una vez le había dejado ver la rubia. De cierto modo se complementaban, y ese era el motivo para andar con ella, pero se había cabreado de forma notoria porque el famoso artista del tatuaje, Connor Hayes, no se había fijado en ella, cuando su meta había sido conquistarlo para sobresalir de nuevo en la palestra pública. ¿Cómo le iba a decir Ría a su prima que Connor había sido una aventura de una noche junto a su jodidamente sexy pareja que era otro hombre? No le costó casi nada deducir que ninguno de los dos había salido del clóset. —¿Te acostaste con él? —preguntó arrebatándole el vaso con vodka que había estado tomando. —¡Oye! —le amonestó por la pérdida de su trago. —No me cambies el tema —gruñó la rubia, llevándose el vaso a la boca. —¡No me acosté con él! —le soltó en voz alta mientras tomaba otro vaso y le echaba hielo—, solo posó desnudo para mí. —No pudo evitar picarla con la información. Savannah puso los ojos en blanco. —¡Zorra! ¡Zorra! ¡Zorra! —le recriminó—. Debiste decirme. —No sabía que era un famoso artista del tatuaje —dijo encogiéndose de hombros. Se alejó a la cocina; no le provocaba tomar vodka solo, así que rebuscó entre la nevera y los estantes para hacerse algún cóctel. Encontró jugo de naranja y de arándanos, así que se preparó un Red Rooster. —¡¡Eso es porque no vives en el mundo real!! —le gritó desde la sala. Cuando regresó la encontró recostada boca abajo en el enorme sofá blanco—. ¿En serio no te acostaste con él? —Esta vez su tono de voz fue de incredulidad—. Dios, ese hombre está como para saltarle encima y hacerle cochinadas —dijo con una risita. Ría tenía que concedérselo; estaba asquerosamente bueno, igual que Aaron. Y no era malo en la cama, pero eso no se lo iba a decir a su prima envidiosa. —Tiene buena anatomía —dijo con indiferencia, paladeando un trocito de hielo. —¿Y lo tiene grande? —preguntó con morbosa curiosidad. Ría sonrió ladinamente—. ¡Ooohhh! ¡¡Lo sabía!! El rumor es que tiene una enorme herramienta. —Ambas se rieron. —No es enorme, pero está bien dotado —dijo algo esquiva; mejor darle una media verdad a que siguiera indagando. —¿Por qué no te acostaste con él? —increpó Savannah con disgusto—. Es evidente que le gustaste. —Eso es paja, Savannah —le quitó importancia; era obvio que ambos hombres eran bisexuales, pero una cosa era una aventura de una noche y otra muy diferente gustarse para algo más. Además, ella no estaba interesada en dramas y celos; eso los dejaba para los personajes de sus novelas—. Simplemente se sorprendió, eso pasó hace seis meses. —Por favor —bufó con desprecio. Tintineó el vaso, indicándole que quería otro trago—. Sí le gustaste, pero seguramente como tú eres una zorra pedante, no le paraste porque lo viste todo tatuado. ¿En serio no me vas a servir un trago? —Sírvetelo tú, estúpida —se negó—. Eso no tiene nada que ver, sí me dijo que era artista del tatuaje, pero yo me iba de regreso a Venezuela, así que para qué me iba a complicar la existencia. —¿Complicar la existencia por un bombón así? —preguntó con incredulidad—. ¡Maldición, Ría! Me duele la espalda, por favor sírveme otro trago. —Solo lo hago porque me llamaste Ría —le aseguró con chocancia. Dejó ambos vasos en el bar y se fue a la cocina; recogió las botellas de jugo y se apersonó detrás de la barra para preparar dos cócteles. Sabía que Savannah se iba a antojar cuando ella se sirviera el suyo, así que se adelantó. Mientras mezclaba los componentes de los tragos, el celular de su prima sonó. Ella miró la pantalla y sonrió perversamente. Ría frunció el ceño cuando ella se giró en su dirección y respondió. —¡Connor! Qué lindo que llames a tus clientes para saber cómo están. —Silencio en la sala; Ría se acercó hasta ella y depositó el vaso con el cóctel en la mesita de centro—. Sí, me duele muchísimo, tuviste razón al decirme que era mejor todo en una sola sesión. De nuevo silencio; Ría estaba empezando a ponerse nerviosa. Savannah podría salir con una de las suyas. —Claro que sí, ¿quieres hablar con Tory? Ría puso los ojos en blanco; comenzó a negar con la cabeza vehementemente. —Gracias, Connor… Con gusto te la paso. Savannah le extendió el teléfono con una sonrisita maligna; sabía que Ría no quería hablar con él, pero solo por incomodarla lo estaba haciendo. —No quiero hablar con él —le susurró cabreada a la rubia. —Pues no lo vas a dejar en la línea; si no quieres nada con él, entonces me lo echas a mí —insistió en voz baja moviendo el teléfono en su cara. —No seas zorra —le amenazó entre dientes. —¡Habla! —masculló la rubia. —Grrrrrrrrrrr —gruñó mientras tomaba el teléfono—. ¿Qué quieres? —preguntó de mal humor, asesinando a su prima con la mirada mientras ella se reía con gusto. —¿Por qué no quieres hablar conmigo? —preguntó Connor con esa voz ronca y sensual que se gastaba; se notaba que estaba conteniendo la risa. —Porque no me daba la gana, pero Demetria insiste en que debo responderte —escupió con mal humor. —¡No me llames Demetria! —gritó Savannah. —Te llamo como me dé la gana, zorra; te advertí que dejaras de llamarme Tory —se burló. —De verdad que eres malvada —se rio Connor en la línea. Ella se estremeció. —Esa voz —le susurró en voz baja. Se había desplazado hasta el otro extremo del salón, cerca del comedor, para que su prima no escuchara. —¿Te gusta mi voz? —preguntó él haciéndola más gruesa. —En especial cuando gimes —le soltó ella con atrevimiento. Connor carraspeó un poco y eso la hizo soltar una carcajada. Dijera lo que dijera, era tímido—. Pensé que seguías con Aaron —le dijo Ría. —¿Quién dijo que no seguimos juntos? —preguntó él en una clara invitación. Joder, simplemente él quería repetir la experiencia, y ella también querría dentro de cuatro tragos más. —¿Entonces por qué me buscas? —le preguntó—. Eso es ser infiel, cielo. —¿Quién dice que él no sabe que te estoy llamando? —insistió él con un tono divertido. Oh, diablos, eso se estaba torciendo hacia donde no era. —¿Qué quieres, Connor? —le preguntó con fastidio. —En realidad, Aaron y yo queríamos invitarte a cenar, a conversar y conocernos mejor —dijo sin un ápice de timidez—. Creo que después de esa noche habríamos podido ser amigos, pero tú te fuiste sin dejar rastro. —Me fui del país —le contó—. Regresé hace poco, ahora vivo aquí. —Eso le escuché a tu amiga —aseguró él—. Entonces… ¿qué dices? ¿Salimos los tres? Esa nota esperanzada en su voz le pareció adorable. —No, no creo que sea buena idea. —Oh, vamos, no es como que te esté diciendo que te quites la ropa en medio del restaurante y tú seas la cena —se burló él. —Adiós, Connor —se despidió ella después de reírse de su comentario. —¡No! Espera —exclamó—. Al menos dame tu número de teléfono… Alcanzó a escuchar la última parte antes de colgar; soltó un suspiro. Ría era buena leyendo personas; era al mismo tiempo una bendición y una maldición. Por ejemplo, ella sabía que Savannah necesitaba una persona que no cumpliera sus caprichos, una amiga de verdad en quien confiar y que no estuviera interesada en su dinero o en el estatus que pudiese proporcionar. Savannah O'Brien requería de alguien que creyera que tenía carácter y no era solo una mujer plástica, hijastra de un magnate y que buscaba emular a Paris Hilton o alguien similar. En cambio, Connor y Aaron estaban en un punto crítico de su vida. Aaron sabía lo que quería; era seguro y decidido, estaba dispuesto a enfrentarse a lo que fuese si su destino era estar con Connor. Lo quería y lo respetaba. Ella estaba segura de que estaba en camino a enamorarse de él. Connor quería lo mismo; había algo de por medio que lo frenaba a lanzarse de lleno a compartir la vida con Aaron, seguramente una familia homofóbica o presión del medio en el que se movía. Un tipo como él, con ese aspecto rudo y tatuado no podía ser mariquita, una maldita estupidez si le preguntaban; pero del mismo modo que el primero, estaba encaminándose a aceptar que Aaron no solo le gustaba y lo estimaba, iba rumbo a dar el paso del querer al amar. Ella no era estúpida. No se iba a meter en medio. Mucho menos enredarse en una historia de amor y ser la tercera en discordia. Además, no quería sufrir por nadie más; con treinta años encima le valía una mierda todo lo que el mundo opinara, así que no se iba a poner a resolver conflictos existenciales y amorosos de nadie. Ya había vivido su propia historia de mierda, donde no la aceptaban con su manera de ser y de pensar. Si lo de Connor y Aaron fuese solo sexo, no lo dudaría. Pero no era así.
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