Prologo

2527 Words
Vivía en su edificio hace un par de años, renovaba el contrato porque era cómodo, se ubicaba en el centro de su ciudad, por lo que le quedaba próximo muchos negocios, bares y todos los lugares que acostumbraba a ir, quedaba cerca de su trabajo, podía ir caminando. Sus amigos y amigas vivían en barrios cercanos, o hasta en el mismo barrio, así que también era cómodo y fácil salir con ellos o visitarlos. El departamento era lindo, no te enamorabas apenas lo veías pero si era simple imaginarte habitandola, tenía una habitación, baño, comedor y living en una sala grande y larga y una pequeña cocina en forma de pasillo.  Vivió toda su vida en su casa con su familia antes de mudarse, era numerosa con varias hermanas y estaba acostumbrado a las cocinas grandes donde se puede cocinar y hasta comer, pero tampoco le fue imposible adaptarse a la cocina tipo pasillo, después de todo no era un gran cocinero, ni tenía tiempo para ello con un trabajo de medio tiempo, sumado a que estaba estudiando arquitectura. A cada tanto le gustaba darse un gustito preparando algo rico y grande (le encantaba cuando le quedaban porciones para varias comidas o días, no le importaba comer lo mismo por un tiempo). Después de todo, fue hermano de hermanas pequeñas a las que tenía que cocinar porque su madre era la única que se encargaba de trabajar y traer todo a la familia (su padre los había abandonado cuando él tenía quince, vivió una adolescencia normal aunque sumado responsabilidades de más y el complejo de haber sido abandonado por tu padre). Aunque el pasillo cocina no era algo que le entusiasmaba, sabía que no iba a conseguir un departamento con una cocina grande, iluminada, como sacada de una casa y puesta a la fuerza en un edificio en medio del centro de la ciudad, por lo que era algo que le  daba igual.  Su habitación era pequeña pero tenía suficiente espacio para que entrara una cama doble matrimonial, una mesa de luz y una estantería que se colgaba de la pared, eran las cosas que decidió conservar y llevar de la casa de su familia; aunque tenía un armario, la mayoría de departamentos venía con uno incluido así que no le parecía necesario llevarlo consigo. Su habitación en el departamento tenía uno, ocupaba toda una pared y aunque no tenía tanta ropa, le gustaba poder tener la mayoría de sus cosas guardadas. Era cómodo y acogedor, le gustaba pasar tiempo ahí, leyendo en su cama, viendo series o incluso hasta comiendo o tomando un café.  Lo que le había convencido de mudarse allí era el ventanal que se ubicaba al fondo de la sala, entraba mucha luz y no le hacía sentir que estaba encerrado en un departamento pequeño como lo estaba, le pareció algo importante y a resaltar. Su edificio quedaba en una calle angosta, casi un callejón, por lo que el ventanal daba a un edificio al frente que se veía claramente por la cercanía. Era gris y bastante aburrido, pero tenía ventanas amplias, lo que le hacían pensar a Azariel que tendría lindos departamentos con buena iluminación como el suyo. Su sala no estaba compuesta por muchos muebles, solo tenía una mesa pequeña con dos sillas y un sofá de dos cuerpos a un lado contra la pared. Pero a Azariel le gustaba, le hacía sentir que tenía mucho más espacio del que había. Y con la luz que entraba del ventanal parecía fresca, ordenada y espaciosa, principalmente le gustaba como daba la luz del atardecer o amanecer (aunque no se había dedicado a ver muchos). Las ventanas de las otras habitaciones eran medio insignificantes, tenía una de vidrio cuadrada en la cocina que no iluminaba tanto pero sí lo suficiente para usar la cocina de día sin prender la luz y en la habitación una del mismo tamaño, que al ser más grande, no iluminaba tanto. El ventanal era en definitiva lo que le había hecho mudarse a ese departamento pero no le había llamado la atención hasta que en el edificio de enfrente se mudó un chico de tez palida y cabello rizados. De casualidad, lo vio el día en que se estaba mudando. Estaba llegando tarde para el trabajo, se había cambiado a las apuradas después de haberse quedado dormido, salió de su habitación y cuando estaba tomando sus llaves para salir lo vio por primera vez, dejaba cajas despreocupado en el suelo del departamento, quedaba justo enfrente de su ventana. Le pareció precioso y eso que lo veía de lejos solamente. Era alto y flaco, destartalado, sin conocerlo se imaginaba que era de esas personas que eran torpes, como si no conocieran o identificaran el largo de su cuerpo. Como un cachorro en crecimiento. Quizás era mucho de pensar sobre alguien a quien no conocía pero tampoco era un pensamiento tan significativo, solo algo que le pasó por la mente al verlo dejar cajas y chocarse con otras. Salió de su departamento después de eso.  Lo volvió a ver a los días, todavía no totalmente instalado, tenía cajas por doquier en su sala, pero ya había muebles distribuidos. Se veía bastante despreocupado para ser alguien que acababa de mudarse, Azariel las primeras semanas de haberse mudado se las pasó acomodando y moviendo cosas, el desorden, las cosas guardadas en cajas lo volvían loco; no dramáticamente pero si lo suficiente como para no parar de acomodar hasta tener todo en su lugar.  El precioso chico de tez blanca y cabello rizado lo hacía sonreír con lo calmado que era, o por lo menos que aparentaba. Lo terminó llamando en su mente, “el vecino sexy” medio a manera de chiste pero también para no pensar en él como “el precioso chico despreocupado de tez blanca y cabello rizado” como lo venía haciendo.  Ya avanzando los días, comenzó a sentirse un acosador silencioso, aunque ciertamente no lo era. Solo lo miraba a veces (había comenzado a comer más en su sala para poder apreciarlo pero no quería pensar mucho en ello, o en lo que significaba). Se la pasaba fumando, tomando café y caminando desnudo como si la ropa no existiera y quizás en su universo no lo hacía. No hubiera pensado que cosas tan triviales, del día a día, pudieran ser interesantes de ver, pero le llamaba la atención.  Un día por la mañana, cuando estaba desayunando en su sala un café con tostadas, su vecino pasó desnudo por su ventana, casualmente lo miró como mirando a la ventana, no intencionalmente. El rizado entonces lo notó, no miraba la ventana cuando lo hizo, sino que giró y lo divisó después. Le sonrió por unos segundos, levantó uno de sus brazos y lo saludó con un movimiento de su mano. Con total descaro teniendo en cuenta que estaba desnudo, como si no le importara o fuera totalmente normal saludar a un desconocido.  Frunció el ceño, confundido por su reacción al verlo en su dirección. Era la primera interacción que tenía con él, la primera vez que lo notaba. Lentamente atinó a saludarlo, quedó como un saludo confuso, donde solo levantó la mano, devolviendo el saludo.  Ese día en el trabajo se la pasó pensando si lo habría visto antes, todas esas veces en donde eligió pasar más tiempo en su sala que en su habitación solo porque le gustaba verlo. No se alteró o algo por el estilo porque su vecino lo había hasta saludado, lo que le mostraba una reacción tranquila o despreocupada a que alguien lo estaba viendo desde su ventana.  Tampoco es como si fuera ilegal o invasivo, solo estaba en su casa. Pero fue algo que quedó en su mente por toda la tarde.  Cuando volvió a su casa por la noche, su vecino tenía la luz de su sala prendida, la persiana abierta, porque en general la mantenía cerrada por la noche. Estaba con otros dos chicos, tomaban cerveza y estaban distribuidos por la habitación. Al estar acompañado no le prestó mucha atención y pasó directo a su habitación, donde se desnudo quedando únicamente en boxer. Se quedó leyendo en la cama hasta la madrugada,  fue cuando se levantó  y fue directo a la cocina a buscarse un té, mientras el agua se calentaba, se distrajo caminando en su sala con su celular en mano, aunque ni siquiera hizo falta verlo porque al llegar, en la ventana del frente, su vecino pasaba por la sala. Caminó derecho hasta que lo vio mirando, entonces le sonrió de lado, como travieso y comenzó a quitarse la camisa que llevaba puesta por encima de su cabeza, acarició su pezón en el proceso y le sonrió en su dirección al hacerlo.  Azariel se quedó quieto mirando la escena, no entendiendo bien si era para él o solo hacía eso mirando en su dirección. Tragó saliva con nervios, era una interacción rara. Lo había visto desnudo caminando pero no con intención hacía él.  Apretó la cinturilla de su pantalón, como con la intención de bajarlo y se rió, entonces giró en sentido hacía el pasillo, yendose. Dejó a Azariel confundido y con una erección en su pantalón. Por la mañana siguiente, Azariel desayunó en su sala esperando verlo de nuevo, había quedado ansioso por eso desde la noche anterior. Su vecino dejó cerrada su ventana. No lo entendió pero tampoco pensó mucho en ello, por la tarde se fue a trabajar y por la noche se vio con unos amigos en un bar, cuando llegó a su casa, estaba un poco borracho por las cervezas que había tomado. La ventana estaba cerrada y refunfuñó silenciosamente caprichoso por no poder desnudarse frente a él, excusando al alcohol y sus pasos errantes y torpes por hacerlo para no sentir vergüenza.  Lo venía pensando llegando a casa, caminando jocoso las últimas cuadras hasta llegar a la suya. Nunca le había ocurrido esto de atraerle o gustarle alguien con quien ni siquiera había hablado. Y se quedó con ganas pero no sabía de qué.  Despertó con resaca, pasó horas en la cama, durmiendo, quedando recostado con el celular un tiempo, hasta que llegado el mediodía se levantó y paseó por un parque que estaba cerca de su casa para tomar aire libre y que no le pesara tanto la cabeza como venía haciendo. En un momento creyó ver a su vecino ahí, caminando en el sendero. Estaba recostado en el pasto y se quedó mirando la silueta rizada que pasó no seguro y no pudiendo estarlo si era él o no. Quedó con el pensamiento en mente de que estaba obsesionado con alguien que había visto pero ni siquiera conocía por lo que esa noche, aprovechando su día libre del trabajo, salió de nuevo a un bar para distraerse con alguien más. Terminó en la casa de un desconocido.  Después de eso, pasaron un par de días donde su vecino mantenía su ventana con cortinas, como si le hubiera afectado o dado vergüenza el hecho de semi desnudarse frente a él.   Al otro día, cuando volvió de trabajar, las cortinas estaban abiertas, de par en par. Le llamó la atención y se quedó mirando por unos segundos por si aparecía, no lo hizo hasta más tarde, cuando Azariel estaba cenando en su sala. Aparentaba entrar, lo vio caminar torpemente hasta una repisa que estaba en el fondo de la habitación, dejó algo sobre ella y cuando giró y lo divisó en frente, le sonrió y lo saludó, levantando una mano y sacudiéndola. Parecía borracho o quizás no lo estaba pero sí había bebido. Le había visto movimientos destartalados en su cotidianeidad, a veces hasta se tropezaba solo caminando o cuando estaba fumando (le habían dado ternura y se había reído de ello), pero no eran tan obvios como esos, que ni siquiera eran tantos. Solo dejó unas cosas sobre el buro y giró. Azariel lo saludó de vuelta con timidez moviendo su mano en alto. Parece que el hecho de que le devolviera el gesto le dio confianza porque unos segundos después comenzó a levantarse la remera que llevaba puesta, lo hacía lentamente, sin dejar de ser torpe, y manteniendo la mirada al frente como buscando confirmación. Azariel asintió como pudo, atónito, creía que con la distancia no se había alcanzado a ver su respuesta, pero su vecino continuó, lo que le dijo que si lo vio o de alguna forma entendió.  Prosiguió a quitarse la remera por encima de su cabeza, pasó la palma de su mano abierta por su pecho, se dio apretones en los pezones, primero en uno y luego en otro, abriendo la boca al hacerlo. Azariel tragó saliva, se levantó de la silla y giró caminando alrededor de la mesa para quedar más cerca del ventanal. Comenzó a acariciar el bulto en sus pantalones por encima de la tela. Con esta acción, su vecino continuó bajando sus manos a sus pantalones, pasaban lentamente por su cuerpo. Azariel se relamió ante la imagen de su piel pálida descubierta y siendo acariciada. Deslizó sus dedos por la cinturilla de sus jeans, los desprendió y comenzó a bajarlos, dejándolos a la altura de sus tobillos. Llevaba por debajo un boxer rojo, oscuro, contrataba hermosamente con su piel, Azariel mordió su labio inferior.   Acarició su m*****o erecto por sobre la tela, sus dedos pasando lentamente sobre el color rojo. Fue solo por unos segundos pero para Azariel pasaron horas, estaba ansioso por verlo totalmente desnudo pero más que nada, por ver lo que haría a continuación.  Se relamió, mirándolo fijo todavía. Ya no tenía rastro de estar borracho o haber tomado alcohol, aunque al permanecer en el lugar y estar a la distancia en la que estaba no podía comprobarlo.  Se bajó el bóxer, en un solo movimiento y dejándolo descuidadamente caer sobre su rodillas, quedó allí estancado y no mostró ninguna intención de bajarlo más. Su pene quedó al descubierto y se veía precioso. Atinó a tocarse pero pareció no animarse y sus mejillas lo mostraron, se tiñeron de rosa. Apretó sobre la base, mordió su labio inferior y luego le sonrió amplió, diciendo de alguna forma que era lo que no iba a pasar, aunque Azariel notaba la intención. Le sonrió, también apretándose a sí mismo en respuesta.  Sí, era extraño, lo sintió desde esa primera vez en la que se quitó solo la remera frente a él y desapareció por algunos días por ello; daba vergüenza el exponerte de esa manera. Azariel tuvo que haber tomado antes para siquiera pensarlo, aunque si le hubiera gustado ser más atrevido o tener más autoestima para animarse a ello.  En definitiva esta interacción que veían tan extraña pero atractiva sería el comienzo de algo y ambos se veían emocionados al respecto.  Durante la semana siguiente, verlo caminando desnudo, tomar café sentado en el sillón, fumando o incluso solo estando con su teléfono era diferente. De alguna manera extraña sentía que se conocían. Se saludaban por las mañanas cuando se cruzaban, se sonreían a cada rato, se dedicaban miradas cada tanto.  Lo que no sabía era que también tenía una vecina bastante confundida. 
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