Lo que mal empieza, mal acaba.

1329 Words
Álvaro veía a Lana como una mujer muy hermosa, muy deseable, y en la flor de su juventud, Lana era de las que lucia menos de la edad que tenía. Y dado que aunque Lana ya había cumplido veinte años, parecía como si Lana fuera una adolescente pubert4. Sus delicados rasgos eran finos, cuerpo delgado, aparentando ser una chica frágil, se veía como una adolescente en sus quince. Álvaro no conocía a Lana, así que no sabía lo inteligente que ella era, lo capaz que podía ser. En el futuro, estas mismas características de Lana, de ser apta capacitada, auto suficiente y muy talentosa, lo harían inaceptable ante sus ojos. A Álvaro a quien le gustaba las mujeres que se auto compadecían, las pegajosas, las que caminaban rogando de su atención, las mendigas de amor, de atención. Álvaro llegaría a odiar a Lana por el simple hecho de que ella no era como él esperaba que fuera. Por allí se dice que, el amor es verdadero si no hay una razón elocuente para amar. Amas a alguien cuando ni siquiera tienes razón de amarlo, o sea, el amor no es condicional, te amo porque me amas, o porque me tratas bien. O porque eres guapo y rico o me das la vida de lujo que creo merecer. Lana es una joven mujer que siempre esperó la aceptación de su padre, su objetivo era que Félix la aceptara, tanto así que descuidó los verdaderos deseos de su corazón. Álvaro era del tipo de hombre que le gustaba sentir que la gente a su alrededor lo idolatraban.. A Álvaro le gustaba sentirse admirado y que sus chicas le agradecieran en cada momento, en funcionalidad, eso alimentaba su ego. Lana buscó alejarse para descansar un momento para así se le quitara el dolor en su sien, sin embargo, no esperaba que Alvaro la llamara. Apenas dio unos pasos, la voz de Alvaro la detuvo. —¡Lana! —ella se detuvo abruptamente, sin embargo no se volteó, se mantuvo dando la espalda.. Don Félix se acercó rápido, ante su hija y acercó la tomó del brazo. —¿Qué crees que estás haciendo? —su voz era grave y gruñona. —Tengo migraña, así que iré a recostar a mi habitación —se explicó Lana. —Pues, ve a ver cómo solucionas lo de tu migraña, pídele medicación a tu nana Panchita, pero tú no darás de qué hablar a tus invitados —ordenó don Félix. —¿Qué invitados míos? —dijo Lana apretando la quijada. —A ninguno invité yo. Me da la sensación de que yo no tomé ni una sola decisión en todo este juego de matrimonio. —agregó al fin Lana. Lo que había callado todo este tiempo, al fin lo sacó encima. —¡No importa! —vociferó Don Félix. —Deja de decir que te importa mucho el qué dirán, padre, todo este tiempo no te ha importado en nada mi propia opinión —resaltó Lana, algunos invitados que estaban cerca, volvían a ver. Lana no había acabado de exteriorizar su rabia. —Porque a como veo, te importa mas lo que piensan los demás de lo que yo pienso y siento. —¡Tu! —Don Félix apuntó con el dedo a Lana, quien le devolviera una mirara de frustración. Álvaro intervino, se acercó a Lana y dijo: —¡No es el momento para que discutas! Solo aguanta un rato mas, luego te retiras a descansar, no dejes que los demás vean nuestras diferencias desde nuestro primer día de matrimonio. —Así que sabes que hay diferencias entre nosotros, ¿no es así? — Lana se había vuelto muy afilada de la lengua, pensó, Adolfo, el padre de Álvaro, el propio Don Félix también lo pensó. Álvaro era quien estaba sorprendido, pues todo el mes que la visitó parecía ser alguien fácil de manejar. —No saques los trapos sucios al sol, nuera —dijo Adolfo, quien estaba al lado de su hijo. —Ya había hablado con Álvaro, ya le había dicho del malestar que siento, le dije que me retiraría a mi habitación a descansar un poco para que se me quite el dolor de cabeza. Todos quedaron en silencio, Lana miró a su padre y continuó. —Y no es que le haya pedido permiso al señor Alvaro, sino porque estoy participando en el evento que expliqué antes de retirarme. —¡Es tu marido! ¡No le hables así! —enfatizó Don Félix. Lana resopló con disgusto. —Bueno, siendo así, me manejo a cómo lo veo, no me percibo cercano a “mi marido” dicho eso, dio otros pasos para retirarse, pero don Félix la agarró del brazo y con violencia la atrajo al lado de Álvaro. Todos pudieron ver lo que pasaba, los ojos de Lana se pusieron rojos. Tenía el corazón roto y los ojos llenos de lágrimas. Pensar que ese mismo hombre era quien trataba tan bien a su madre, pero que a ella, la trataba peor que a nadie. —¡Papá! —gritó Lana. —Realmente, ¿Eres mi padre? —preguntó Lana, haciendo que todos los invitados miraran con ojos expectativos. —¿Qué cosas dices? ¡Niña ingrata! —Lana miró a su padre con desdén. —Desde que llegué, me estás tratando como a una de tus vacas del corral —dijo Lana. Tus animales son mas valoradas que yo. En ese momento, Álvaro golpeó el rostro de Lana. Ella tocó su mejilla enrojecida, mirando al hombre con quien se acababa de casar. —Me has golpeado —pudo decir Lana. Álvaro se sintió mal en un primer momento, pero era algo que él veía hacer a su padre a lo largo de su vida. —Perdón, Lana. Lo hice porque estabas perdiendo el control —dijo excusándose. —Es el día de nuestra boda y estás peleando con tu padre, es tu padre, y merece respeto de tu parte, y ahora, yo soy un hijo mas de él —. Las palabras de Álvaro eran todas para ganarse la confianza de don Félix. Y aunque en un primer momento, Don Félix no le gustó el golpe que Álvaro dio a Lana, sí estaba de acuerdo en que tomara el control de la situación. La que sí intervino rápidamente, pero luego su disgusto se desplomó, fue Beatriz, la madre de Álvaro. Ella miró a su esposo de reojo, sabía que con la forma que la volvió a ver Adolfo, era de regaño. —Por si no lo sabes, todos merecemos respeto —dijo Lana siempre con la mano tapando su mejilla golpeada. Fue doña Pancha quien se acercara a Lana y la tomara de su mano para luego decir. —Le pondré un trapo con hielo en tu rostro para que no se le inflame la cara —enseguida la sacó de allí yendo hacia la cocina. Don Félix suspiró con ansiedad, miró a Lana y sintió que las cosas se le estaban saliendo de control. —Álvaro, ven —dijo Don Félix. Álvaro lo siguió, Don Adolfo tenía las intenciones de seguirlos, pero no había sido invitado. Así que se quedó de pie mirándolos desaparecer. En el estudio, Álvaro seguía nervioso. Él temía que don Félix le reclamara por haber golpeado a su hija. Y así fue. —Si te he entregado a mi hija es para cuidar bien de ella, porque confío en ti —dijo don Félix. —Si padrino, lo sé, yo lo siento por lo que acaba de suceder allí afuera. —Me temía que si no la detenía, ella diría mas cosas que no vienen al caso —agregó Álvaro. —Si, mi hija es terca, tiene eso de su madre, lo único que quiero es que ustedes me den un nieto saludable y bien parecido —dijo don Félix sin darse cuenta que al decir lo último, hasta se puso a sonreír.
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