La habitación en la que me habían confinado era un insulto a mi situación. Las paredes estaban revestidas de una madera oscura y costosa, y el ventanal ofrecía una vista panorámica de los bosques de Wisconsin, ahora cubiertos por una sábana de nieve virgen. Era una jaula de oro, pero una jaula al fin y al cabo.
No pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el peso del cuerpo de Jacob White bajo mis manos y el olor metálico de su sangre. A las seis de la mañana, después de dar vueltas en una cama que se sentía demasiado suave para alguien que acababa de cometer un secuestro médico, me levanté.
Necesitaba ver a mi paciente. No por lealtad, sino por instinto profesional; si él moría ahora, yo sería la siguiente.
Salí de la habitación y me encontré con James en el pasillo. No parecía haber dormido ni un segundo. Seguía impecable, aunque se había cambiado la camisa manchada de sangre por una de color n***o carbón que lo hacía parecer una sombra más de la casa.
—Iba a buscarla, doctora —dijo James. No había rastro de cansancio en su voz, solo esa eficiencia cortante que me ponía los pelos de punta.
—Tengo que revisar sus constantes. La fiebre es mi mayor preocupación ahora —respondí, tratando de mantener mi tono profesional, el que usaba con los residentes difíciles en el hospital.
James asintió y me guio de vuelta al sótano médico. Bajamos en un silencio denso, interrumpido solo por el eco de nuestros pasos en la piedra. Mientras caminábamos, me fijé en los detalles: cámaras de seguridad en cada ángulo, sensores de movimiento y hombres con auriculares que apenas nos miraban al pasar. Esto no era una casa; era un cuartel general.
La sombra tras el trono
En el quirófano improvisado, Jacob seguía inconsciente, conectado a los monitores que emitían un pitido rítmico y reconfortante. Me acerqué, ajusté el goteo del suero y revisé el vendaje. No había sangrado nuevo.
—Tiene una constitución increíble —comenté sin mirar a James, que se había quedado apoyado contra la pared, observándome—. Un hombre normal habría entrado en parada cardíaca en la camioneta.
—Jacob no es un hombre normal, doctora. Es una fuerza de la naturaleza. Y Wisconsin no sobreviviría a su vacío.
Me detuve y lo miré. James no hablaba con la adoración de un fanático, sino con la convicción de un soldado que conoce el valor estratégico de su general.
—¿Cuánto tiempo lleva con él? —pregunté, movida por una curiosidad que sabía peligrosa.
—El tiempo suficiente para saber que usted es la primera persona que no baja la mirada ante él —James dio un paso hacia la luz—. Me sorprende, doctora Johnson. Normalmente, la gente en su posición estaría suplicando por su vida o intentando negociar. Usted solo pide suministros médicos.
—He visto morir a gente mucho mejor que Jacob White en mi mesa de operaciones, James —respondí,
sosteniéndole la mirada—. La muerte es el único nivelador real. No me asusta él, me asusta lo que ustedes son capaces de hacer para mantenerlo vivo.
James soltó una media sonrisa, algo casi imperceptible que no llegó a sus ojos.
—Lo que somos capaces de hacer es lo que mantiene este estado en orden. Sin Jacob, las bandas menores convertirían estas calles en un matadero. Él es el mal necesario.
—Es un criminal —sentencié.
—Y usted es su salvadora. Eso la convierte en cómplice, lo quiera o no.
Esa frase me golpeó más que cualquier amenaza física. James tenía razón. Al salvarlo fuera del sistema, había cruzado una línea que no figuraba en mi juramento hipocrático.
El precio de la vigilancia
Pasamos las siguientes horas en una tensa calma. James me trajo café y algo de comer, pero apenas probé bocado. Él se sentó en una silla cerca de la puerta, limpiando un arma corta con una meticulosidad que me revolvía el estómago.
—¿Por qué me eligieron a mí? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio del monitor—. Habrá docenas de médicos en la nómina de la mafia.
James dejó el arma sobre su regazo.
—Porque usted no tiene precio, Kate. Hemos investigado a los otros. Todos tienen una debilidad: deudas de juego, amantes, vicios. Usted es limpia. Vive para su trabajo, no tiene familia cercana y su ética es lo único que la mueve. Jacob necesitaba a la mejor, y la mejor no puede ser comprada. Solo puede ser... persuadida.
—"Secuestrada" es la palabra que buscas —le corregí con amargura.
—Llámele como quiera. Pero mientras él esté en esa cama, usted es la persona más importante de este edificio. Siéntase halagada.
Me levanté, incapaz de seguir sentada. Caminé hacia la cama de Jacob. Su rostro, liberado de la tensión del dolor agudo, era extrañamente atractivo, una belleza cruel esculpida en mármol. Me acerqué para revisarle las pupilas, un procedimiento rutinario para descartar daños por la pérdida de presión.
Cuando mi mano rozó su frente para estabilizar su cabeza, sentí una descarga eléctrica. No fue una metáfora; fue una reacción física ante la intensidad del hombre. De repente, su mano grande, caliente y con una fuerza que no debería tener alguien que acaba de salir de una cirugía mayor se cerró alrededor de mi muñeca como una trampa de acero.
Ahogué un grito. Los monitores empezaron a pitar con fuerza.
110... 120... 140 pulsaciones.
—Jacob —la voz de James fue una advertencia y un alivio al mismo tiempo.
Jacob White abrió los ojos. No hubo confusión, ni el parpadeo lento de alguien que despierta de la anestesia. Sus ojos grises se clavaron en los míos con una claridad aterradora. Me apretó la muñeca con tanta fuerza que temí que me rompiera los huesos.
—¿Dónde... estoy? —su voz era un rastro de ceniza, seca y áspera.
—En casa, señor —James se acercó rápidamente, pero no intervino. Sabía que Jacob no soltaría su presa hasta estar seguro.
Jacob me miró, recorriendo mi rostro con una intensidad que me hizo sentir desnuda. Sus ojos bajaron a mi uniforme manchado de su propia sangre y luego volvieron a mis ojos.
—La doctora —murmuró, y una pequeña sonrisa, gélida y posesiva, curvó sus labios—. Me has traído de vuelta, Kate.
—Suelte mi muñeca, señor White. Me está haciendo daño —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque mis piernas eran de gelatina.
Él no me soltó. Al contrario, me atrajo unos centímetros más hacia él, obligándome a inclinarme sobre su cuerpo herido. Su aliento olía a fármacos y a algo puramente salvaje.
—Daño es lo que te haré si intentas dejarme —susurró, y aunque estaba débil, la amenaza vibró en cada fibra de mi ser—. Ahora me perteneces. No has salvado una vida, doctora... has reclamado un dueño.
James dio un paso adelante, pero Jacob levantó su otra mano, deteniéndolo sin apartar la vista de mí. En ese sótano, rodeada de asesinos y tecnología médica, comprendí que mi vida anterior había muerto en el momento en que su pulso volvió a la normalidad.
—James —dijo Jacob, su voz ganando fuerza—. Prepara la habitación de invitados. La doctora Johnson va a quedarse con nosotros... un tiempo indefinido.
Miré a James, buscando un rastro de humanidad, pero él solo asintió con la cabeza, volviendo a ser la sombra obediente. Estaba sola. Atrapada entre el martillo y el yunque de la mafia de Wisconsin.