CAPÍTULO 2: El santuario de los proscritos

1235 Words
La camioneta se movía como un animal herido pero veloz a través de las carreteras secundarias de Wisconsin. El asfalto, cubierto por una fina capa de hielo n***o, crujía bajo los neumáticos reforzados. Dentro, el aire era espeso, saturado por el olor ferroso de la sangre que Jacob White seguía perdiendo sobre el tapizado de cuero. —¡Ponga presión ahí! —le grité a James, perdiendo por un segundo el miedo que me atenazaba la garganta. Mi instinto de cirujana había tomado el control, desplazando a la mujer aterrorizada—. ¡Si no detiene esa hemorragia externa, llegará muerto antes de que crucemos el siguiente condado! James me dirigió una mirada que habría hecho retroceder a un batallón, pero obedeció. Sus manos, grandes y callosas, presionaron la gasa improvisada contra el costado de Jacob. El "Rey" soltó un gruñido sordo, un sonido animal que vibró en el espacio cerrado de la cabina. Sus ojos se entreabrieron, desenfocados, encontrando los míos en la penumbra. No había súplica en ellos; había una orden silenciosa de supervivencia. —Falta poco —dijo James, su voz era un témpano. No miraba la carretera, sino el espejo retrovisor, vigilando sombras que yo no podía ver. La llegada al abismo Finalmente, nos desviamos por un camino de tierra flanqueado por pinos colosales que ocultaban el cielo. Al final, emergió una estructura de piedra y cristal, una fortaleza moderna disfrazada de refugio de lujo. Los faros de la camioneta iluminaron a dos hombres armados con rifles de asalto que abrieron un portón electrificado con una eficiencia militar. La camioneta no se detuvo en la entrada principal, sino que descendió hacia un garaje subterráneo. Antes de que el motor se apagara, James ya estaba fuera, abriendo mi puerta y tirando de mi brazo. —Baje. Ahora. Me arrastraron hacia una habitación que parecía haber sido arrancada de un hospital de vanguardia y trasplantada al sótano de una mansión mafiosa. Había monitores de signos vitales, una mesa de operaciones de acero quirúrgico, lámparas de haz concentrado y vitrinas llenas de suministros médicos. Todo brillaba bajo una luz blanca, fría y despiadada. —¿Cómo tienen todo esto aquí? —pregunté, aturdida. —El señor White prefiere no dejar su vida en manos del sistema público —respondió James mientras ayudaba a otros dos hombres a pasar el cuerpo inerte de Jacob a la mesa—. Empiece. —Necesito lavarme. Necesito que alguien me asista. No puedo abrir un abdomen sola y manejar la succión al mismo tiempo —mi voz subió de tono, rozando el pánico. James se quitó el abrigo, revelando una funda de hombro con una pistola negra que parecía absorber la luz. Se remangó la camisa blanca y se lavó las manos en el fregadero de acero con una calma aterradora. —Yo seré sus manos, doctora. Dígame qué hacer y lo haré. Pero si él muere, usted no saldrá de este sótano. ¿Fui lo suficientemente claro? Bajo el bisturí y la sombra El mundo se redujo a la circunferencia de luz sobre el cuerpo de Jacob White. El monitor empezó a pitar con un ritmo errático: 130 latidos por minuto, presión cayendo a 80/40. Estaba entrando en shock hipovolémico. —¡Anestesia! —ordené. James me pasó un frasco de propofol. Mis manos temblaban mientras cargaba la jeringa, pero en cuanto la aguja perforó la piel de Jacob, el temblor desapareció. La doctora Johnson había regresado. Con el paciente sedado, tomé el bisturí. La piel se abrió bajo el filo, revelando el desastre que la bala de punta hueca había causado. El proyectil había entrado por el flanco izquierdo, desviándose hacia arriba. Había demasiada sangre. —Succión, James. ¡Ahora! —grité. Él manejaba el instrumental con una precisión mecánica, siguiendo mis órdenes sin cuestionar. Por un momento, olvidé que era un criminal; era simplemente un asistente eficiente en medio de una carnicería. Pero cada vez que levantaba la vista, encontraba sus ojos clavados en mí, juzgando cada uno de mis movimientos, recordándome que mi vida pendía de un hilo de seda. —El bazo está destrozado —dije, más para mí misma que para él—. Tengo que hacer una esplenectomía de urgencia. Si no encuentro el vaso sangrante, se vaciará en la mesa. Metí las manos en la cavidad abdominal, sintiendo el calor viscoso de su vida escapándose. Mis dedos buscaron a ciegas entre el caos de órganos y fluidos. James se mantuvo firme, incluso cuando la sangre salpicó su rostro. No se limpió. Parecía un ángel de la muerte custodiando a su señor. —Lo tengo —susurré al sentir el pulso débil de la arteria. Pinza. Seda. Nudo—. La hemorragia principal está detenida. Pasaron las horas. El tiempo en ese sótano no se medía en minutos, sino en el volumen de las bolsas de suero y el conteo de compresas empapadas. Sudaba frío bajo la mascarilla, y mi espalda amenazaba con romperse, pero no me detuve. Limpié los restos de metralla, suturé el diafragma lacerado y cerré capa por capa. Cuando finalmente puse el último punto de sutura, el monitor emitió un sonido constante y rítmico. 90 latidos por minuto. Presión 110/70. Estable La vigilia del monstruo Me dejé caer en un taburete metálico, mis manos enguantadas todavía cubiertas de la sangre del hombre más poderoso de Wisconsin. James se alejó de la mesa, se limpió la cara con una toalla húmeda y se puso de nuevo el abrigo como si acabara de terminar una jornada de oficina ordinaria. —Ha hecho un buen trabajo, doctora —dijo, aunque no había calidez en su tono. Era el reconocimiento de una herramienta que había cumplido su función. —Quiero irme a casa, James. Él está estable. Cualquiera de sus hombres puede vigilar el monitor. James caminó hacia mí. Su sombra se proyectó sobre la pared, gigante y deforme. Se detuvo a pocos centímetros, obligándome a mirar hacia arriba. —Usted no entiende la situación —dijo en un susurro que me erizó el vello de la nuca—. Jacob White no es solo un paciente. Es un objetivo. Allá afuera hay gente que pagaría millones por saber que está en este estado. Usted es la única que conoce la gravedad de su herida y la ubicación de esta casa. —Soy médico, tengo secreto profesional... James soltó una carcajada seca, carente de humor. —El secreto profesional no detiene las balas, doctora. Usted se queda aquí hasta que él despierte. Y cuando despierte, él decidirá qué hacer con usted. Me llevó a una habitación en la planta superior. No era una celda, era una suite de lujo con sábanas de seda y una vista a los bosques nevados, pero la puerta se cerró con un clic electrónico que resonó en mis oídos como el cierre de una tumba. Me acerqué a la ventana. El amanecer empezaba a teñir de rosa el horizonte de Wisconsin. En un día normal, estaría regresando a mi apartamento, cansada pero satisfecha. Ahora, estaba atrapada en una jaula de oro, custodiada por un monstruo y ligada de por vida al hombre que acababa de arrebatar de las manos de la muerte. Me miré las manos limpias. Aún podía sentir el calor del corazón de Jacob White latiendo bajo mis dedos. Había salvado su vida, pero algo me decía que, al hacerlo, había destruido la mía.
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