Una luz brillante. Eso es lo primero que noté cuando abrí los ojos. Me dolía la cabeza como nunca antes y lo único que quería era ponerme a llorar. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida como para caerme de esa manera? Me consideraba a mi misma una mujer lo suficientemente centrada y hábil, pero el enojo era mi peor enemigo.
—¡Despertaste, Lele!
Me tomó algunos segundos reconocer la voz de Anne Brown. Intenté incorporarme para ver a mi amiga, pero la espalda me dolía sobremanera. Lo único que pude hacer fue emitir un patético quejido de dolor.
—¡No hagas esfuerzos!
Pude notar que tenía los ojos rojos. No podía creer que alguien que no fuera mi familia, se preocupara tanto por mí.
—Estoy bien—fue lo único que atiné a decir.
—Por supuesto—la voz de Anne era sarcástica.
Recordé los sucesos que me llevaron al hospital y empecé a alterarme. Sentía mi corazón acelerado, mis brazos me hormigueaban, estaba a punto de tener una crisis de nervios. No tenía una desde que mis padres descubrieron el origen de todo mi dinero en la preparatoria.
—¡LA CASA!—exclamé, enterrando mi rostro entre las manos—¡Lo siento tanto! ¡Se me fue el tiempo a la hora de lavar ropa!
—No pasa nada, es solo un poco de agua. Lo que importa es que tienes que recuperarte.
—¿Dónde estoy?
—En el hospital, tonta. ¿Dónde más?
Todos los miedos volvieron de golpe. Ya era bastante difícil aceptar que la vida había escogido vivir era una fugaz, como para que yo misma acabara con ella antes de tiempo.
—¡No puedo estar aquí!
—No creo que debas estar en ningún otro lugar.
—¿Te han dicho algo?
Anne negó con la cabeza.
—Adam me llamó desde la ambulancia, diciendo que no reaccionabas y venían para acá.
Fruncí el ceño.
—¿Adam? ¿Adam Harris?
—¿Conoces a otro Adam?
Negué con la cabeza.
—¿Qué demonios hacia él conmigo?
—Puedes preguntarle.
—No quiero verlo.
—¡Lele! ¡ÉL TE TRAJO AQUÍ!
—Pues no me apetece hablar con él.
Lo último que supe de mi fue que salía volando por la ventana. ¿Cómo me había encontrado Adam allí?
—Me estuvo llamando…
—¡Con más razón tienes que verlo!
—Puedes decirle qué desperté y estoy bien.
—No lo estás amiga mía.
—¿Te han dicho algo los médicos?
—Lo que me dijo la enfermera fue que solo te luxaste el omóplato y la rodilla. Tienes suerte.
—¿SUERTE? ¡Carajo! ¿Crees que podré volver a trabajar pronto?
—¡Lele!—me amonestó—Primero debes hablar con el médico.
—Si—murmuré dejándome caer en las almohadas.
Sentía el peso de mi omóplato, generalmente es un hueso que no nos damos cuenta que está allí, pero ahora no podía soportar su existencia. ¡Joder! Nada me había dolido de esa manera antes, no podía estar recostada boca abajo, por no mencionar que no aguantaba la cabeza.
—¿Crees que me pueden dar pastillas para el dolor de cabeza?
—No sé, mi padre está viendo eso.
Me hundí aún más en la cama, girando el rostro para que Anne no me viese llorar.
—¡Pero si no ha pasado nada, Lele!
—Es qué Anne…
Ni siquiera tuve tiempo de desahogarme con ella por que el médico aprovechó ese momento para entrar.
—¿Lele Santillán?
Asentí.
—Soy el doctor Stephen Everett.
—¿Cuándo pode salir de aquí?
Fue directo al grano, olvidando todos los modales que mi madre me había enseñado, pero realmente necesitaba saber.
—Lo más seguro es que sí, pero no le será fácil. Deberá descansar al menos seis meses.
—¡ESO ES IMPOSIBLE!
—Tendrá que hacerlo, pues una de sus vértebras lumbares se ha visto comprometida.
El doctor suspiró, negando con la cabeza.
—Tendrá que acostumbrarse a vivir con dolor.
Ese era un precio pequeño que estaba dispuesta a pagar.
—Su salud es un tema serio, señorita Santillán. Necesitará ir a terapia.
—Claro, doctor.
Iba a decirle lo que quisiera solo para que me dejara en paz. Una vez saliendo del hospital volvería a la escuela como si nada hubiera pasado. Si algo me había enseñado mi padre, y la vida cerca del tequila, es que siempre vuelve a crecer pasto aún bajo la más gruesa capa de nieve. O sea, que la vida se trata de encontrar cómo volver a comenzar.
—Lo harás, Lele. Todo lo que el médico te indique para que puedas volver a casa como si no hubiera pasado nada.
Suspiré, Anne no me conocía tan bien y tendría que aprovecharlo a mi favor.
—Por supuesto, mamá.
—¡Qué graciosa eres!
En silencio, escuché el resto de las recomendaciones del médico acerca de la rehabilitación y los medicamentos que me habían administrado. Todos me repetían que tenía suerte porque la caída puedo haber sido más grave, el dolor de cabeza lo provocaba una contusión muy leve, razón por la que me dejarían internada 24 horas. Bufé resignada, con Anne y el señor Ollivier sabiendo lo que me había pasado, iba a ser imposible poder firmar un alta voluntaria.
—Tienes visitas, Lele—mencionó el señor Ollivier antes de irse.
Fruncí el ceño.
—¿Qué visitas?
—Adam y Michael le llamaron a todo el grupo, así que están afuera.
Parpadeé varias veces.
—¿Todos?
Anne asintió con la cabeza.
—¿Quieres que pasen?
—Puedes llamar primero a Nina…por favor.
La morena asintió con la cabeza y salió de la habitación. Minutos después entró Nina.
—¡Casi te matas!
—Hola, Nina…¿cómo estás?
Como respuesta, se lanzó a la cama y me abrazó. ¡Wow! ¿Qué le había hecho a toda esta gente para que me quisiera? Charlamos un rato y logré convencerla de que no dejara entrar a Adam, no estaba preparada para verlo. Mis amigos cumplieron mis deseos y, aunque intentaron hacerme hablar con él, me mantuve firme en no verlo hasta salir del hospital. La recuperación fue un proceso lento y doloroso. No se confundan, no es que nunca antes hubiese tenido lesiones, lo que pasaba es que nunca había tenido nada tan aparatoso como esto. Iba dos veces por semana a rehabilitación y tomaba una gran cantidad de pastillas para desinflamar. Estuve totalmente inmóvil un mes, pero me las arreglé para convencer a la profesora Vanderbilt de que no era algo para preocuparse.
—De verdad, en un mes estaré como nueva.
—¿Segura, Lele?
La profesora y Dylan me veían con suspicacia. Sabía que esa mujer me ganaba en años de experiencia y podría descubrirme fácilmente pero yo era una excelente mentirosa.
—¡Por supuesto! Solo fue una caída, estaré como nueva.
—Entonces usa este mes para perfeccionar la parte teórica de tu proyecto,
Farfullé. No me quedaba más remedio que aceptarlo. Estaba frente a mi primer y más grande fracaso. Mi padre era el mejor padre del mundo, pero no me enseñó que podía caerme.
—No sé que haré.
Salí de la reunión furiosa conmigo misma. Nina me estaba esperando afuera pues necesitaba de su ayuda para bajar las escaleras. Odiaba necesitar a los demás, yo podía hacer las cosas sola. Desde el día de la caída, sentía como todos mis temores se reunían a mi alrededor. Los miedos tienen la triste cualidad de hacer que todos los monstruos se vuelvan más grandes.
—No tienes que preocuparte de nada, Nina.
—Ni siquiera tendrías que estar aquí—me regañó—hay cosas que se podrías solucionar con un correo electrónico.
Rodé los ojos.
—Pediré un taxi a casa.
—Adam puede llevarte…
—Absolutamente no.
—¿Vas a seguir enojada con él para siempre?
—No estoy enojada, estoy algo decepcionada. Y eso es peor.
—Eso no es justo ni para ti, ni para nadie.
—¿Hablaste con William?
Nina llevaba desde mi accidente evitando a William como si tuviera la peste. Si estaba frente al resto de nuestros amigos, pretendía que las cosas estaban bien, pero notaba como lo miraba.
—¿Para qué?—suspiró–¿Para que me diga que no me puede amar y que yo debo superarlo? No quiero escuchar eso.
La miré con tristeza, no era nadie para decir algo porque yo sabía que evitaba a Adam Harris por una razón parecida.
—Es muy triste que nos gusten los hombres—murmuré.
—Y que lo digas…
—Si tan solo no disfrutara tanto el sexo.
—Mira que Alex ha sufrido una enorme cantidad de decepciones de hombres y mujeres por igual.
—Entonces parece que el remedio no es el lesbianismo, es no sentir.
Ambas suspiramos. Lo que me gustaba de mi amistad con Nina era que, a diferencia de Anne, sabía cuando no presionarme. Era de esas personalidades parecidas a la mía que podían ser sencillas, pero eran mucho más complicadas en el interior.
Fue con su complicidad que pude volver a entrenar seis semanas después de la caída.
—¿Lele?—escuche su voz fuera de una de las salas privadas de los estudiantes para trabajar—¿estás aquí?
—¡Si Nina!
—Te duele, ¿no es así?
—Por supuesto que no.
—No puedes mentirme.
—Claro que puedo.
Se sentó a mi lado, poniéndome la mano en la rodilla. Involuntariamente, solté un gritito.
—¡SI TE DUELE!
—No es gracioso…
—Deberías seguir la recomendación del médico.
—Si lo hago, perderé todo el semestre.
—Debes cuidarte.
—¡MI BECA! ¡Nina!—alcé los brazos—¡Hay demasiadas cosas en juego!
—Seguro que van a entender que tuviste un a c c i d e n t e.
Nina recalcó las letras de la palabra haciéndome enojar más.
—De verdad que puedo hacerlo, solo es cuestión de aflojar el músculo.
—Si terminas en el hospital de nuevo, no iré a llevarte flores.
—Eres un ángel, Ramirez.
Me ayudó a levantarse y se ofreció a comprarme un refresco de cola para recuperar energías. Lo que realmente deseaba era un gran trago de tequila, pero la enorme cantidad de pastillas que estaba tomando me lo impedía.
—Ni siquiera parece que te lastimaste.
—Cada vez será más fácil.
Nina recibió una llamada de teléfono en ese momento, por su mirada, pude ver que se trataba de William.
—Tengo…tengo que irme, Lele.
—No pasa nada. ¿Te veo mañana?
—¡Ni lo dudes!
Una parte bastante chismosa de mi, quería saber que era lo que le había dicho William pero tendría que esperar a que ella me lo contara.
—Ay, me mata la curiosidad…
Sonreí para mi misma, pero me concentré en trabajar. Cuando decidí que había hecho lo suficiente como para empezar a recuperar un poco del tiempo perdido por el mes que estuve paralizada, recogí mis cosas. Iría a casa para ducharme y dormir un rato. El medicamento me daba muchísimo sueño, pero eso no era un precio tan malo para pagar por poder seguir haciendo lo que me apasionaba. Bajé con cuidado las escalera, y para cuando estaba por tomar un taxi escuché mi teléfono celular sonar con desesperación. Era el número de Camila, así que contesté inmediatamente pues sabía que mi hermana estaba preocupada por mí.
—“Hola, tontita…”
—“¿Qué formas son esas de hablarle a tu hermana? Les he dicho mil veces que no me gustan las malas palabras.”
¡Mi madre! Había omitido el detalle del accidente a mis padres durante nuestras llamadas mensuales, por dos razones: no quería preocuparlos y no quería un regaño de mi madre que, sin duda, me diría que debería estar en casa o haber estudiado algo que fuera más seguro y me diera la vida a la rusa que necesitaba.
—“Madre, ¿por qué tienes el teléfono de Camila? “
—“Te he tratado de llamar pero me estás evitando, así que decidí que a tu hermana si le contestarías como siempre lo haces.”
De acuerdo, tenía un buen punto. Desde nuestra última llamada, hacia casi dos meses, nuestras conversaciones eran escuetas y nada de importancia, además de ser solo cuando hablábamos con mi padre. El resto del tiempo procuraba evitar sus llamadas, alegando estar demasiado ocupada con la escuela.
—“Lo siento…”—dije en un susurro—“estaba ocupada.”
—“¿Con qué? ¿Recuperándote de un accidente?”
¡Atrapada! A veces olvidaba que las mamás tienen la cualidad de averiguar todo lo que nos está pasando, aunque estemos del otro lado del mundo.
—“No les comenté porque no era nada de importancia”.
—“Pero lo suficiente para que Camila lo supiera”.
No quería enfrentarme a sus reclamos pero no me quedaba de otra.
—“Es mi hermana, le cuento todo…¿te lo dijo?”
—“Me lo dijo Franco”
Maldito traidor. Iba a buscar un pretexto para que me creyera que no era algo de importancia, cuando mi madre volvió a hablar.
—“De verdad, Celeste. No te entiendo ni un poquito. Tenías la vida resuelta en la ciudad, pudiste tenerlo todo. ¡Mira como está Camila ahora!”
Por supuesto, mi hermana salió a colación. Desde que éramos niñas, no dejaba de compararnos.
—“Mila es feliz, madre, y yo igual. ¿Cuál es el problema de eso?”
—“Tu hermana y Franco van a casarse”.
Eso no me sorprendía en lo más mínimo. Era solo cuestión de tiempo con lo estúpidamente enamorados que estaban.
—“¿Eso qué tiene que ver?”
—“No puedes retener a un muchacho. Esa carrera se te va a terminar antes de comenzar y te quedarás sola, Celeste.”
—“Realmente no me interesa…”
—“Celeste, de verdad no te costaría nada…”
—“No quiero, mamá. No busco un hombre ahorita…ni nunca”.
—“Yo esperaba tanto de ti…”
Una voz interrumpió la llamada.
—“Hermana, lo siento. Yo…”
—“No pasa nada, Cami”—intenté bromear—“aprende a bloquear tu teléfono”.
—“Celeste, ¿qué te dijo?”
—“Nada que no supiera. Dale un beso de mi parte, ¿de acuerdo? Dile que no se preocupe por su atarantada hija mayor, que ya resolverá sus problemas. Te amo”.
Camila iba a decir algo más pero no la dejé porque iba a empezar a llorar, así que terminé la llamada. Me ardía la pierna, así que me senté en una de las bancas que estaban en Central Park. Había caminado durante toda la llamada para distraerme, pero resultó ser una pésima idea.
—¿Lele?—conocía esa voz—Nena, ¿estás bien?
Adam estaba allí, justo en el momento en que me sentía más vulnerable. Podía mentirle, pero la realidad era que necesitaba a alguien en ese momento.
—¿Por qué no puedo ser Camila?—comencé a sollozar, no podía más con todo lo que traía dentro. Mandando al carajo toda la rabia que sentía contra él, me abalancé a sus brazos—¿Por qué no soy suficiente para mi madre? ¿Por qué no puede quererme tanto como a mi hermana? ¿Qué es lo que hace que no pueda aceptarme como soy?
—Nena, no hay nada malo en tí. Eres perfecta.
Adam me acariciaba los cabellos, haciéndome sollozar aún más. No me importaba Dalilah Jones, o lo que hubiera pasado con ella. En ese momento me hacia bien que estuviera conmigo.
—¡No lo soy! Tengo demasiadas cosas que corregir, que perfeccionar…¿Con qué cara voy a volver a México?
—Con la de alguien que lo ha intentado y ha vivido las mejores experiencias de su vida.
—Eso no va a valer nada para mi madre. ¡No tengo nada para darle y que pueda estar orgullosa de mi!
Adam tomó mi cara entre sus manos, limpiándome las lágrimas con sus pulgares. No pude evitar seguir llorando y esconder la cara entre su pecho.
—Me caí…—balbuceé llorando como una niña, estaba siendo una estúpida, sintiendo todo lo que no había podido sacar desde la caída.
—Lo sé, nena, pero ya todo está bien. Te estás recuperando como una campeona.
—¡Camila SE VA A CASAR CON EL AMOR DE SU VIDA Y YO NI SIQUIERA PUEDO MANTENER MI VIDA INTACTA!
Estaba demasiado dolida con todo lo que estaba pasando, sobre todo con Camila. Mi hermana no me había contado, y sus razones tendría, pero sentía que habíamos perdido una parte especial de nuestra conexión. Ese pensamiento me hizo llorar aún más, provocando que Adam me estrechara con fuerza en su pecho.
—¿Qué voy a hacer?—me lamenté.
—Puedes ponerte feliz por tu hermana…y buscar a alguien que te acompañe a la boda de tu hermana para que tu madre te deje en paz.
Solté una carcajada.
—Nadie iría hasta México…o peor, ¡a Guadalajara!
—Yo podría ir contigo.
Esa simple frase hizo que yo recordara todo lo que había pasado en los días anteriores.
—¿Por qué hablaste con Dalilah y no conmigo?
No pude evitar soltar aquella pregunta, tenía que saberlo.
—Es complicado, Lele.
—Hazlo simple.
—Desearía poder…
Adam negó con la cabeza. Yo me abracé a mi cuerpo, poniendo toda la distancia posible entre él y yo. Intentó acercarse pero bajé la cabeza, reposándola sobre mis rodillas. Me empezaba a desesperar que no dijera nada, quería zarandearlo hasta que hablara pero no creía que fuera a ganar nada presionándolo.
—¿Cómo me encontraste?
Adam tenía las orejas enrojecidas. Lo conocía suficiente como para saber que estaba nervioso.
—¿Me estabas siguiendo?
—Quería hablar contigo.
—¡Entonces habla, Adam! ¡Dices algo, pero tu actitud me demuestra lo opuesto!
—Dalilah y yo tenemos demasiados temas pendientes—su voz era firme—además de eso, es una de las amigas más antiguas que tengo. Solo ella podía ayudarme en ese momento.
Dolió. Podría mentirme todo lo que quisiera, pero yo sabía que estaba enamorada de Adam Harris. Si no me hubiera gustado desde el principio no habría aceptado nuestro trato, pero con el paso de las semanas me había enamorado de él. Al principio me negué a aceptarlo, pero después me permití sentirlo cuando me creí correspondida. ¡Vaya decepción! Intenté recomponer la cara, pero él se dio cuenta que algo andaba mal. Me odié tanto en ese momento, ¿por qué el podía conocerme y yo a él nada?
—Nena, dame tiempo para explicarte. Estoy en una situación complicada ahora.
—No me interesa, Harris.
—Lele—se pasó las manos por el cabello, en estos días le había crecido aún más igual que la barba—¿Por qué eres tan necia?
—No soy necia—espeté—Tú eres quien no me quiere decir que pasa, entonces a mi no me interesa.
—¿Y no puedes darme tiempo?
Suspiré.
—La verdad es, que no te conozco Adam. No sé como esperábamos que esto fuera a funcionar.
—¡Si me conoces!
Me levanté del asiento, estaba extrañamente calmada.
—No lo hago, somos buenos amigos y tenemos una química s****l impresionante. Pero no nos conocemos lo suficiente para tener una relación más allá de la amistad, y ¿sabe qué? Creo que está bien.
—Lele…
—Arregla tus problemas, Adam. Si algún día quieres contármelos, yo te apoyaré con gusto.
Con el alma partida, caminé de vuelta a casa. Quizá era lo mejor que las cosas terminaran de una vez y para siempre. Sabía que podía seguirme, después de todo yo no era muy rápida, o me veía muy digna, caminando con una pierna vendada, pero ya no me importaba. Adam no me siguió, y se lo agradecí. No quería que lo hiciera. Yo no había nacido para vivir un romance de película, quizá ni siquiera podía aspirar a algo que fuera medianamente real, y había hecho las paces con ello. La solución eran los amigos con los que podía follar para quitarme las necesidades básicas de toda mujer de veintitantos años, eso era lo más fácil pero a Adam, ni siquiera sabía si tenía segundo nombre, Harris se le había ocurrido aparecer en mi vida.
—¡Lele!
Michael Robinson me sacó de mi momento de autoflagelarme. Estaba saliendo de la casa del señor Ollivier, cosa que me hizo sonreír con malicia. Parecía que Anne se estaba divirtiendo.
—Hola Michael.
—¿Hablaste con Adam?
Asentí con la cabeza.
—Él y yo ya arreglamos lo que teníamos que arreglar. Ahora, debo entrar a sentarme que la pierna me está matando.
—Lo siento, Lele. ¡Qué te recuperes pronto!
Entré a la casa, sin saber muy bien como me sentía. Anne no estaba por ningún lado, pero por el furioso sonido de las teclas super que el señor Ollivier estaba en su oficina. El teléfono tenía poca batería, pero parecía que mi hermana intentaba romper un récord mundial con todos los mensajes que me mandaba. Decidí que lo mejor sería apagarlo después de decirle que estaba demasiado drogada con pastillas para dolor como para contestarle cuando entró una llamada nueva: mi padre.
—“Celeste…”
Me puse a llorar de nuevo. Mi padre, bendito sea, no me preguntó nada. Dejó que yo le contara a mis propios términos lo que estaba pasando. No le dije nada de Adam, pero aproveché la frustración de la caída para sacar todo mi dolor. Mi padre habló cuando yo me callé, hipando de tanto llorar. Sabía que en casa todos estaban preocupados por mi pues las llamadas de mi padre y Camila se hicieron aún más constantes. Mi madre y yo hablábamos de vez en cuando, pretendiendo que no me había afectado tanto lo que dijo, mientras ella pretendía que no había dicho nada y yo seguía siendo su adoración. Quizá para muchas personas fuera algo sin importancia, pero después de tantos años escuchando las mismas frases insidiosas un pequeño ataque se sentía como el fin del mundo. Además, yo no estaba en el correcto estado mental para lidiar con ella.
—¿Vas a venir a la fiesta?
—No lo creo, Alex.
Estaba sentada en la cafetería de Alex. A pesar de que el lugar era pequeño, cada vez parecía tener más éxito. Me daba muchísimo gusto por él, y por Nina, que parecía animarse cada vez más al ocuparse del restaurante.
—Pero es nuestro cumpleaños—Alex hizo un puchero.
¡Mierda! No recordaba que por eso era la fiesta.
—Tengo que estudiar…
—Será después de las presentaciones del proyecto. Nina necesita estar totalmente concentrada. Por favor, ¿qué haremos sin una parte de la triada latina?
Alcé una ceja.
—¿Tríada latina?
—Eso somos y te necesitábamos, amiga.
No me esperaba eso. Sonreí de lado, pensando que valdría la pena deja de evitar a Adam para disfrutar con mis amigos. Porque también los había estado ignorando a ellos.
—En ese caso, no puedo decepcionarlos.
—¡Eres la mejor!
Alex me abrazó, haciendo una especie de danza dando saltitos. Comencé a reír a carcajadas. Valía la pena tener amigos.
Con eso me dejaron ir, prometiendo que llegaría más seguido al restaurante. Extrañaba pasar tiempo con ellos pero, aparte de ignorara Adam Harris, debía hacer el doble de esfuerzo para presentar mi proyecto final.
—Maldita sea.
¿Han vivido con dolor? Es una experiencia que no les recomendaría nunca. A cada paso que daba sentía como una tensa cuerda tiraba desde mi cintura hasta la punta de mi pie. Eso era la peor tortura a la que me había enfrentado jamás. Sentía como los ojos se me llenaban de lágrimas y tenía que morderme los labios para no sacarlas, pues me hormigueaban el pie y la mano del lado derecho, donde había sido la mayor parte del accidente.
—Deberías dejarlo por un rato, ya lo haces perfecto.
Me sobresalté al escuchar la voz de Dylan Vanderbilt. No esperaba que estuviera en la escuela un día antes del ensayo general.
—¿Qué te traer por aquí?
—Mi madre me ha mandado a buscarte.
—¿Por? Soy una chica grande y puedo cuidarme sola.
—Aparentemente no.
Le dediqué una mirada enfurruñada.
—Ve a dormir a casa, pelirroja.
—¿Quién lo manda?
—Tu amigo multimillonario.
—¿Desde cuando eres multimillonario?
—Desde siempre, pero no me gusta presumir.
—Ya veo.
Me acompañó a la salida y pude ver que Adam estaba en aquel lugar, sentando en su motocicleta. Me aproveché de eso, dandole un beso en la mejilla a Dylan como agradecimiento por llevarme en su automóvil.
—¿Ese es tu novio?
—No, ¿por qué?
—Te miraba mucho.
—¿Celoso, Vanderbilt?
—No gracias, eres demasiado para alguien como yo.
—¿Demasiado qué?
—Demasiado complicada, demasiado artística. No sé, ¿ahora me dirás que somos almas gemelas?
—¡Claro que no!
—Además, por preciosa que seas, estoy saliendo con alguien.
—¿Con quién?
—Alguien del trabajo.
—¿Tu madre lo sabe?
—¡Por supuesto que no!
—¿Entonces por qué me lo cuentas?
—Porque sé que no le dirás a mi madre, eres mi amiga. Y si lo haces, le diré que es mentira que te hayas recuperado por completo.
—Tienes un trato, Dylan.
Después de que me dejara en casa, me fui directamente a la cama. El dolor era tan insoportable que no podía estar más tiempo parada. Hice algunos ejercicios de respiración y de yoga que me habían recomendado en rehabilitación, cosa que me alivió un poco. Me despedí de Anne, prometiéndole que tomaría un taxi y no caminaría hacia la escuela. Pronto sería el fin de semestre y yo tenía suficiente dinero como para decidir si iría a México o me quedaría en Nueva York durante los dos meses de vacaciones.
—Buenos días, profesora Vanderbilt.
—Buenos días, Celeste. ¿Estás lista?
—Todavía tienes cosas que corregir.
Lo sabía y eso me enojaba aún más. No estaba completamente recuperada y mi rendimiento lo demostraba. No quería ser perfecta, solo quería volver a hacerlo como antes. Maldije internamente, pero me quedé escuchando las recomendaciones de la profesora. Fue un día demasiado largo, quería terminarlo ya pero no podía.
—Debo irme, Lele, pero quiero que te quedes a ensayar la presentación una última vez.
—¡De acuerdo, profesora!
En cuanto se fue, me quedé sentada unos momentos para poder relajar los músculos, estirándome por todo el suelo hasta que sentí como me dejaba de hormiguear la pierna. Me arrepentí de no tomarme las pastillas en la mañana y me las tomé todas en ese momento con un buen trago de agua. Exclamé una especie de grito de guerra. Pronto, todo se había ido, excepto mi deseo de seguir girando. Era el mejor ejercicio para mi alma y mi mente. Una sombra pasó cerca del escenario, pero decidí ignorarla. No había nadie que me viera, pero no me importaba, la satisfacción de haber conseguido terminar no se me quitaría nunca. Pero el gusto me duró muy poco. Tuve una punzada de dolor tan fuerte que sentí que mis piernas no me responderían nunca más. Afortunadamente, unos brazos me tomaron y evitaron que cayera.
—Nena…
Descubrí la sombra o mejor dicho a la persona que me estaba viendo. No pude más al encontrarme con sus ojos llenos de preocupación. Seguía sin recortarse el cabello y parecía que no hubiera dormido en varios días. Desde que lo dejé en Central Park habían pasado cuatro meses, pero seguía sintiendo la misma emoción en el corazón al verlo. En ese momento me di cuenta que mi alma se moviera por siempre al ritmo de Adam Harris. Abrumada por eso, y por el dolor que me paralizaba, comencé a llorar.
Yo no lloraba nunca, mucho menos enfrente de alguien más. ¿Qué me estaba pasando con ese hombre?
—No voy a poder…—me lamenté—Haré el ridículo…
No dijo nada, simplemente me abrazó y dejó que me desahogara. Intenté moverme, pero cada movimiento era un dolor insoportable que me hacia torcer la cara.
—Necesitas descansar.
—No, Adam. ¡Tengo que seguir ensayando!
—Vas a hacerte daño y entonces no te podrás presentar mañana.
Sin darme tiempo de reclamarle, me tomó en brazos y salimos de la escuela. Me sorprendí al ver que no estaba la motocicleta, sino un viejo auto sedán. Estaba tan aturdida por el dolor que ni siquiera tuve tiempo de preguntarle de quien era.
—Prometí cerrar todo.
—Yo me encargo.
Me recosté en el respaldo del asiento y me quedé profundamente dormida. Cuando desperté, dos horas después, estaba en la cama de Adam.
—Duerme, nena.
—Adam…—tiré de su mano—No te vayas.
Entre las pestañas, lo ví sonreír antes de quitarse los pantalones y meterse a la cama conmigo. Me apretó a su pecho, acariciándome con mimo la espalda. Prácticamente ronroneé cuando su mano daba suave masaje en mi omóplato.
—Gracias por estar hoy.
—Siempre.