—La traigo para devolvértela pero ya nunca vienes—respondí al recuperar la voz.
Hice un puchero, rezando por ser lo suficientemente buena mentirosa para que no se diera cuenta de la realidad.
—Trabajo, señorita.
Me había quitado la chaqueta y se la extendí para dársela pero él negó con la cabeza.
—Quédatela, te luce más a ti.
Me ruboricé un poco, pero volví a ponérmela, no iba a perder la oportunidad de tener esa chamarra entre mis manos. Adam sacó su tableta electrónica para después mirarme y hablar.
—Sé que me has estado evitando—dijo como quien no quiere la cosa.
Tragué grueso, cada vez más nerviosa.
—No sé de que hablas, he estado ocupada con mi proyecto, eso es todo.
—Te he visto avanzar más rápido cuando me ves en el pasillo y eso que no vengo mucho. Sé que es por lo que te dije al final de la fiesta. Quiero que sepas que no me arrepiento.
Para ese momento estaba prácticamente susurrando en mi oido, con su aliento erizándome la piel del cuello.
—Adam…
—Tenemos que hablar de esto, Lele. No podemos negarlo.
Para mi suerte, llegó el profesor en ese momento lo que provocó que Adam se sentara derecho en su asiento. Traté de poner atención porque íbamos a hablar de las primeras expresiones científicas en el mundo, pero era imposible cuando la pesada mirada de Adam envolvía mi cuerpo. ¿Por qué me pasaban estas cosas a mí? Yo solo quería hacer un posgrado en el extranjero. Me tomé unos minutos de abstracción para hacer un berrinche interno, antes de volver a poner atención en la clase.
—Las primeras expresiones de ciencia se dieron desde la edad prehistórica, con las expresiones de la alquimia…
No, definitivamente no estaba poniendo atención. Mi mente no dejaba de vagar a la conversación que había tenido con Camila semanas atrás. ¿Qué tan bien me funcionaría el tener un amigo con derechos? Digo, era solo sexo y a mí me gustaba eso, es más, me encantaba el sexo con Adam Harris, pero ¿Y si él no quería? ¿Qué tal si yo no era lo que estaba buscando? Mis inseguridades crecían más y más mientras la clase avanzaba. Ya ni siquiera estaba tomando apuntes, me limitaba a hacer rayones en la página en blanco del cuaderno. Adam se giraba y me miraba con diversión.
En cuanto terminó la clase, salí prácticamente corriendo, pero Adam me tomó de la muñeca, volviéndome a meter al salón.
—¿Hablaremos ahora, Santillán?
—Nope–dije haciendo un sonido divertido al pronunciar la “p”.
Esperé a que estuviera distraído y me solté de su mano. Quería salir corriendo de aquel lugar, no íbamos a tener esa conversación en medio de la escuela, porque sabía que no iba a salir bien parada. Las ideas de mi hermana, junto a la tensión s****l que sentía cuando estaba con Adam Harris iban a hacer que todo esto terminara con resultados muy malos para mí. Estaba libre y di unos pasos para salir de la habitación al fresco patio de la escuela. Quizá podría tomarme el día libre para descansar de todos aquellos pensamientos. Dios, si mi abuela me escuchara me enviaría de rodillas a la basílica de Guadalupe.
—¡Lele, espera!
Maldito, estúpido y sensual Adam Harris. Caminé un poco más, pero su mano me rodeó la cintura. Nadie nos prestaba atención pues había varias parejas en el patio, declarándose su amor en los jardines sin ningún pudor. Solté un gritito cuando el rubio me atrajo a él, pero me giré con la cara de molestia.
—¿Qué quieres?—espeté.
—En serio, debemos hablar.
Me puso unos ojos de cachorro que me derritieron de ternura, pero me mantuve firme con el cuello en alto.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que nuestra amistad sea rara.
—No va a ser rara, Adam.
Me dedicó una mirada de escepticismo.
—Entonces, ¿por qué me evitas?
—He estado muy ocupada, ya te lo he dicho.
—¿Tan ocupada como para faltar a clases?
Se cruzó de brazos, cosa que imité.
—Tu has faltado también a clases.
—Porque tenía trabajo.
—Y yo de mi proyecto.
—¡Lele!
Se estaba exasperando, cosa que a mí me parecía muy divertida.
—¡ADAM!
—¿Te vas a portar como una niñata malcriada todo el tiempo?
Negué con la cabeza, dejando caer algunos cabellos que se salían de mi moño apretado. Adam se acercó a mí y los acomodó en su lugar, sentía su respiración demasiado cerca y me moría por besarlo, pero no podía hacerlo. No podía hasta que habláramos y justamente eso era lo que yo no quería hacer. Lo miré con nerviosismo, pero me mantuve lo más recta que pude.
—No soy una niña.
—Eso lo note hace unos días, aunque a veces si te comportas como una.
—¡Qué te pasa!
Soltó una carcajada mientras comenzábamos a caminar a la salida de la escuela. Respiré aliviada, pensando que ya no hablaríamos de nada y podría enterrar el tema por siempre y para siempre. Como toda mi vida sin suerte, me equivocaba. Adam nos estaba dirigiendo a su motocicleta.
—Adam debo irme.
—Sé que ya no tienes clases, he visto tu horario.
—¿Me estás acosando?
Se rascó el cuello, nervioso.
—No, pero Nina me dijo a que hora tenías ensayos y sé que la de Cooper es tu última clase hoy.
Maldita colombiana embustera, ya le iba yo a enseñar que pasaba cuando traicionaba a una hermana. Todas las torturas iban a ser pocas para enseñarle a no decir las cosas que no debía.
—Esa…
—No te enojes con ella, estaba preocupada por ti.
—¿Y tú?
—También estaba muy preocupado.
—Ya estoy aquí, ya me viste. Sabes que estoy bien, ahora, ¿puedo irme?
Negó con la cabeza.
—Una copa de vino, es lo único que te pido Lele. Después de eso te dejaré en paz.
Suspiré.
—De acuerdo, ¿dónde?
—En mi apartamento.
Genial, estaría en su territorio pero podría poner mis condiciones para que no pasara nada que no debiera pasar. Eso me daba tiempo para pensar.
—Vale, ¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—Espera…¿qué?
Adam ya había tomado mis libretas y mi bolso para acomodarlos en el espacio escondido de la motocicleta. Me apresuré a tomarlos pero Adam era bastante más alto que yo, por lo que no me dejaba alcanzarlos.
—Adam, tengo que ir al laboratorio.
—Ya no tienes clases.
—Mi casero se va a enojar si no llego a tiempo.
—Ese no parecía ser un problema el día que nos quedamos hasta tarde en la bodega.
Me ruboricé.
—Adam, en serio no puedo ir hoy.
—¿Qué tienes que hacer?
—¿Doy clases de español?
—Yo te pago las horas del día.
No quería que Adam Harris me pagara nada, pero sentía que lo haría con tal de llevarme a su apartamento. Negué con la cabeza, no iba a volver a sentirme tan sucia como aquella vez. Suficiente había pasado viviendo mi juventud con la incomodidad de ser una puta barata que cobraba por sexo.
—No es necesario. Realmente no doy clases—confesé.
—Mentirosa.
—¡No lo soy!
—Me estás inventando pretextos.
—Lo siento—respondí nerviosamente.
—¿Me tienes miedo?
Negué con la cabeza más rápido de lo que debía, haciendo que él se riera mientras se recargaba en la motocicleta. Se veía endemoniadamente sexy, podría haberle quitado las ropas en ese mismo momento pero tenía autocontrol.
—Es que…no sé lo que pueda pasar.
—Te prometo que solo hablaremos.
Finalmente, asentí con la cabeza y pude ver cómo la tensión se reducía de los hombros de Adam Harris quien se sentó en la motocicleta, indicándome que yo hiciera lo mismo. Me subí, maldiciendo mi suerte por haber ido a aquel apartamento la primera vez pues ahora solo me vendrían un tipo de recuerdos a la mente.
—¿Lista, señorita Santillán?
—Lista.
Arrancó la maquinaria y yo disfruté del momento de estar libre en el aire. No saldría jamás de la hermosa sensación de ir en una motocicleta. Adam me había puesto su casco, diciendo que tenía que protegerme y yo me derretí un poco en el interior.
—¿Algún día me enseñarás a andar en motocicleta?
—Si quieres hoy mismo.
Sonreí de lado, porque entonces tendría algo que hacer que no fuera sexo. Con ese pensamiento en mente me aferré a su cintura, dejando ir los pensamientos que me tensaban. Me imaginaba los rostros de mi familia cuando me vieran que sabía cómo andar en motocicleta, aunque quizá nunca se enterarían porque les daría el infarto. Tardamos bastante más que el día que fuimos a mi casa, porque esta vez nos iríamos al corazón de Brooklyn.
Todo el barrio era hermoso, completamente diferente a lo que era cualquier lugar en Moscú. Quería conocer más del lugar, así que anoté en miente que debía preguntarle a Adam los orígenes de aquel lugar, pues solo sabía que en el edificio donde vivía ahora había un apartamento que le pertenecía a su madre. Esta vez, entramos a un estacionamiento sucio, donde el guardia saludo a Adam con una sonrisa desdendetada. Nos bajamos de la motocicleta, Adam tomó mis cosas y me tendió la mano, yo se la tomé y sonreí.
—¡Buenos días, Adam!
—¡Buenos días, Isaiah!
—¿Y la señorita?—preguntó el hombre con cortesía.
—Ella es Lele, espero que la veas seguido.
Me ruboricé. El hombre me dedicó un saludo cordial y se metió a su caseta para volver a sus cosas.
—¿Vamos?
No dije más, me limité a seguirlo y disfrutar la sensación de nuestras manos unidas. Daniel nunca me había tomado de la mano, siempre me llevaba detrás de él, pero con Adam las sensaciones eran diferentes. Todo estaba a flor de piel. Quería pensar que solo lo hacia cuando estábamos solos, pero a mi mente no pudo evitar venir al imagen de la fiesta de Michael y William, donde se comportaba como si fuéramos una pareja. Eso me hacia sentir bien y mal a la vez, no sabía que hacer junto a aquel hombre. Entramos al edificio y nos subimos al elevador, cosa que la vez pasada no habíamos hecho.
—Antes estaba descompuesto, ¿qué te puedo decir?
Solté una carcajada.
—Este edificio es de la época de los dinosaurios.
—¿Y qué me dices de los edificios que muestran en los documentales acerca de México?
—Esos son viejos pero el elevador funciona. ¡Además eso lo hacen para ser ridículos!
Entramos a su apartamento, donde dejó mis cosas en la mesa de la sala. Me senté en el sillón sin saber que decir, llevaba un vestido del tipo ballerina, bastante cómodo para todo menos para tener la conversación que tendría con Adam Harris. Veía a todos lados, notando cómo las fotografías seguían puestas en su lugar. El apartamento cambió poco desde los días en que estuve en ese lugar, pero ahora me sentía más cómoda en él aunque conocía solo la sala.
—¿Vino tinto o rosado?
—Tinto, por favor.
Adam llegó con dos copas de vino y la botella en la mano, depositándola suavemente en la mesa frente a nosotros. Nos miramos por unos segundos, incapaces de hablar, pero después empezamos a reír a carcajadas.
—Esto es incómodo.
Le di un sobro a mi copa, Adam se cambió de lugar para quedar a mi lado, acariciando mi rodilla con cariño.
—Puede no serlo pero necesitamos hablar.
Suspiré, decidiendo ser lo más directa posible al hablar.
—También eres el mejor sexo que he tenido Adam.
El rubio me sonrió orgulloso.
—Eso facilita las cosas.
—¿A qué te refieres?—pregunté con el ceño fruncido.
—Sé que en la bodega hablamos de que ninguno de los dos quiere una relación, me gustaría que me dijeras tus razones y, si quieres, escuchar las mías. Después de eso ponernos de acuerdo en lo que sigue.
—¿Qué quieres saber?
Adam me miró intensamente antes de hablar.
—¿Cuál es tu color favorito?
Reí tan fuerte que un poco de vino se me salió por la nariz, escondí el rostro en la servilleta para ocultar mi vergüenza y esperé hasta que logré recomponerme.
—¿Es en serio? ¿Eso era lo que querías preguntar? ¿Para eso tanto drama?
—No es todo lo que quiero preguntar, pero por algo se empieza. Además, tenemos que conocernos bien.
—Mi color favorito es el anaranjado.
—¿Por tu cabello?
Negué con una sonrisa.
—Por que me recuerda a México, está en sus amaneceres; sus vestidos; sus flores…—comencé a divagar
—Me gustaría conocer tu México, Lele.
—Nunca digas nunca, Adam. Ahora, ¿tu color favorito cual es?
—El azul, me encanta que tenga tantos tonos y me recuerda al cielo.
—Siempre un artista.
Esa platica rompió la tensión, así que comenzamos a hablar de cosas pequeñas. Adam tenía razón en que debíamos de conocernos, pues no sabíamos casi nada del otro. Así fue como aprendí que había aprendido a andar en bicicleta a los seis años y desde entonces estaba obsesionado con las máquinas de ruedas; a diferencia de mí que nunca había aprendido a montar en una. Aprendí también que, aunque crecimos en la misma época, nuestras vidas eran casi opuestas por las culturas en las que vivíamos y por el hecho de que yo tenía una hermana y él era hijo único.
—¿Cómo te llevas con tus padres?—me preguntó con interés.
Eso dio pie a que yo le empezara a contar cosas de mi familia, que él parecía ansioso por escuchar. Parpadeé varias veces al ver que un hombre con el que había follado antes ahora me miraba a los ojos y me ponía atención real, no solo estaba esperando para volver a hacerlo. El vino había quedado olvidado, pues los dos nos queríamos mantener totalmente sobrios porque sabíamos de lo que necesitamos hablar, solo estábamos evadiéndolo.
—¿Por qué no quieres una relación, Lele?
Finalmente, Adam había dado en el clavo de lo que debíamos hablar. Ya no nos andábamos con rodeos, me erguí en el asiento y fijé mi mirada en la copa a medio tomar que tenía en las manos.
—¿Quieres la respuesta larga o la corta?
—Ambas, si te parece bien.
—En corto, tengo muchas ocupaciones como para pensar en una relación en este momento.
—¿Y en largo?
—Tengo demasiado problemas personales, Adam. Yo vine a Estados Unidos buscando una vida nueva, algo diferente, pero primero me debo arreglar conmigo misma antes de tener a una compañía a mi lado.
—Lo entiendo.
—¿A ti que es lo que no te hace querer una relación?
—Me imaginaba que Dalilah sería mi vida entera—comenzó—Pero fui descubriendo cosas que me decepcionaron mucho, aunado con el hecho de que mi padre es una mierda, decidí que yo no estoy hecho para eso.
Quería decirle tantas cosas, pero sería una hipocresía cuando yo justo decidí que no quería nada con él, así que me limité a escucharle. No me dio explicaciones de lo que había pasado con Dalilah Jones y tampoco se las pedí, porque era su pasado y me tocaba respetarlo si él algún día conocía el mío, pero esperaba que nunca lo hiciera.
—Te entiendo.
—Entonces, ambos estamos de acuerdo en dos cosas: los dos no queremos una relación y los dos somos el mejor sexo del otro.
Asentí con la cabeza.
—Lele Santillán, le tengo una propuesta indecente.
—A ver…dime.
—¿Qué opinaría de tener un amigo americano, un buen amigo con el cual pudiese follar cuando quisiera sin ningún compromiso?
Alcé una ceja.
—¿Sin ningún compromiso?
—Ninguno, Lele. En el momento que decidamos que es suficiente, o en el remoto caso que nos enamoremos de alguien más dejamos todo por la paz y tan amigos como ahora.
El problema, minúsculo, de ese trato, era que yo me estaba empezando a ilusionar con él. No creía que fuera a conseguir lo que él me hacia sentir con nadie más, o al menos no pronto, pero no podía decirle eso. Si Adam me estaba proponiendo una relación de folla-amigos quería decir que él no estaba interesado en mi para algo largo, por más que las caricias y las tomadas de mano me pudieran hacer pensar otra cosa.
—¿Te refieres a que seamos amigos con beneficios?
Adam asintió fervientemente con la cabeza. Se veía bastante ilusionado con la perspectiva de que yo estuviera al menos considerándolo, y eso fue suficiente para que yo mandara al carajo todas mis intenciones de decirle que eso no era lo más correcto. Quería verlo con esa carita todo el tiempo, así que me armé de valor. Era hora de vivir una aventura más en mi lista de cosas.
—Lele, no quise ofenderte…
Me percaté que llevaba bastante tiempo en silencio, solo se escuchaba el tic-tac del reloj. El pobre hombre frente a mí no debería estar sufriendo con mi indecisión. Quizá me llevaría tiempo acostumbrarme a nuestro nuevo arreglo, pero sé que lo disfrutaría.
—No es eso, Adam. Solo necesitaba pensarlo.
—Oh…tómate el tiempo que necesites.
—Acepto.
Mi respuesta lo tomó por sorpresa.
—¿Qué?
—Acepto tu propuesta indecente, Adam Harris.
Soltó su carcajada tan sincera que me hizo reír de la misma manera, sintiéndome por primera vez de la edad que tenía. Junto a él no podía ser una vieja amargada. Después de eso, Adam desvió el tema hacia cosas más superficiales para que pudiéramos seguirnos conociendo, pero el aire había cambiando entre los dos. Sí de por si la tensión s****l se respiraba en el aire cuando estábamos juntos, ahora que nos habíamos confesado nuestras intenciones era como si estuviéramos a punto de explotar. Su mano empezó a subir en mi muslo.
—Lele…—su voz había enronquecido de repente.
—Dime…
—¿Te parece si celebramos nuestro acuerdo, ahorita?
Asentí levemente con la cabeza. Eso fue suficiente para que Adam me sentara en su regazo. Comenzó a besar mi cuello, lamiendo y chupando exactamente donde me había hecho gemir la primera vez que estuvimos juntos.
—Ahora sí voy a explorarte toda.
Sus besos iban al ritmo de su mano, que subía presurosamente para deshacerse de mis bragas, que salieron volando por la sala. Sin soltarme, me llevó a su habitación. Apenas pude darme cuenta de cómo estaba decorado el lugar porque mi mente estaba completamente concentrada en los besos de Adam Harris. No supe en qué momento se había desecho de mi vestido. Estaba simplemente con sostén frente a un totalmente vestido hombre.
—Eres perfecta.
Me ruboricé un poco, pero tiré de él para atraerlo a mi. Sus besos comenzaron posarse en mi cuello, haciéndome cosquillas. Sonreí de lado, mientras intentaba tomar su cara para besarlo, pero él tomó mis muñecas alejándome de su cuerpo.
—En la cama, mando yo—susurró antes de morderme el lóbulo de la oreja.
Siempre me habían gustado los hombres que eran dominantes y posesivos en la cama, sin entrar a las prácticas de b**m, porque de un modo egoísta me hacía sentir que podía dejarles todo a ellos y solamente disfrutar, así que eso fue exactamente lo que hice en ese momento. Los besos de Adam bajaron por mi traquea, apretando levemente, lo que provocó un gemido de mi parte. Moví mi cadera para pegarme más a él pero sus manos me lo impidieron. Siguió besándome hasta llegar a mis senos, que se apresuró a morder, succionar y dibujar con su lengua.
—Quiero hacerte tanta cosas—Adam hablaba bastante pero eso no me importaba, de hecho, me excitaba más—Voy a hacerte llegar al orgasmo solo con tus pechos, estás hecha a mano por los dioses, Lele.
Nunca en mi vida me había sentido tan alabada.
—Adam…—a diferencia de él, yo me había quedado sin hablar.
Sus besos siguieron bajando, depositándose un momento en mi estómago, volviéndome a hacer cosquillas. Luego, llegó a mis pliegues y los abrió con un dedo, pasando su lengua por todo el lugar. Grité, sin poder evitarlo, pues toda la tensión s****l que estábamos acumulando desde la bodega estaba por explotar.
—Harris…
—Paciencia, Santillán.
Adam estaba disfrutando esto y sé notaba. Sus manos me habían soltado, lo que me permitía juguetear con su cabello mientras se dedicaba a comerme como un muerto de hambre. Con una mano sostenía mis piernas abiertas y con la otra introducía tres dedos en mi interior, bombeando suavemente. En menos tiempo de lo que yo quisiera, llegué al orgasmo.
—Así me gusta, nena.
Subió a la cara, estaba empapado, para besarme por fin. Probé su sabor y no me disgustó. Mis manos comenzaron a pasar por su cuerpo, quitando la camisa con tal emoción que los botones salieron volando.
—Te compraré una nueva—gemí.
—No importa.
Seguimos besándonos mientras se deshacía de su pantalón. Estimulé su m*****o con las manos, desesperada por sentirlo en mi interior. Los dos estábamos completamente desnudos, en su cama, y era lo mejor que me había pasado en el puto universo. Me penetró de un golpe, lo que hizo que mi cabeza se tirara hacia atrás. Comenzó a moverse lentamente, apretando sus manos en mi cadera. Enrollé mis piernas en la suya para sentir cómo la penetración aumentaba más y más.
—Adam…más rápido.
Me hizo caso, moviéndose cada vez más, hasta que se detuvo. Ninguno había llegado al orgasmo.
—¿Qué pasa?
—¡Mierda! El condón.
Se levantó de un salto, buscando uno entre sus cosas. Maldije para mí misma por haberlo olvidado, porque yo no quería, probablemente ni ahora ni nunca y no era lo más adecuado en una relación de amigos con beneficios. Una vez que se puso el condón, me tomó de la pierna para tirar de mí.
—De rodillas, Lele.
Entendiendo lo que quería hacer, me puse de rodillas, viendo hacia la cabecera de la cama la cual sostuve con mis manos. Adam jugueteaba con mi c******s mientras se masturbaba. Apretaba las piernas para aumentar la estimulación cuando Adam me penetró de nuevo, esta vez más fuerte, después de darme un golpe en el glúteo que me hizo gemir. Me mordí el labio mientras sentía como se sujetaba mis caderas para aumentar el ritmo. Nos movíamos a un fuerte vaivén, yo estaba segura que mis gritos se escucharían en toda la casa de no haber sido porque Adam tenía uno de sus dedos en mi boca. Definitivamente, este hombre sabía lo que hacia.
—¡ADAM!—gemí—¡MIERDA! ¡MIERDA!
Sabía que estaba maldiciendo en ruso pero no me importaba, quería llegar ya al orgasmo. Estaba desesperada, Adam me levantó con sus manos y las puso en mis senos, con los que jugueteaba desesperado. En sus movimientos erráticos notaba como él estaba a punto de correrse también. Bajó una mano y me penetró con un dedo, aumentando la estrechez que tenía al sentir su m*****o en mi interior. Lloriqueé en sus brazos cuando me corrí, mis brazos cedieron pero él me sostuvo hasta que llegó al orgasmo y cayó encima mío. Descubrí que me encantaba la sensación de su cuerpo sobre el mío.
Ambos nos reímos, sintiéndonos satisfechos.
—Este trato va a tener muchas ventajas—susurré.
—Totalmente de acuerdo—me hizo girar sin salir de mi interior—¿Lista para la ronda dos?