Seguimos bailando mientras la música de mi lista de reproducción avanzaba. No había visto la hora en mucho tiempo, pero probablemente estaríamos cerca del amanecer. Bailaba con Michael y William, dejando un poco de lado a Adam cuando este se mareó y se sentó, no iba a perderme la diversión, pero me detuve cuando vi que Nina ya no estaba en la pista.
—¿Y tu hermana?—le pregunté a Alex.
—Se fue al baño.
Decidí seguirla, porque sentía que mi amiga se había quedado algo rara desde que hablamos de las relaciones y parejas. Con tristeza descubrí que no me equivocaba. Entré al baño donde escuché unos sollozos y encontré a Nina sentada en el lavamanos. Se notaba que había tomado muchísimo alcohol.
—Nina, ¿qué tienes?
—Nada…no es nada—murmuró, secándose el rostro.
—Mira, no te conozco de mucho y está bien si no me quieres contar.
—Es que no le quiero contar a nadie.
Mil ideas horrorosas pasaron por mi mente.
—Tienes que hablar. Eso sana, ¿sabes? Yo también viví mucho tiempo sin hablar con alguien y es difícil, pero se puede. Siempre se puede, solo hay que hacerlo.
Nina respiró hondo.
—Hace un tiempo, cuando nos conocimos, Wick Robinson tenía novia. Y yo fui la razón por la qué terminaron. Él no me perdona y yo no puedo dejar de quererlo.
Me quedé muda por unos segundos.
—Lo sé, ahora piensas que soy una zorra.
—¡Claro que no!—yo había hecho cosas peores—Pero, ¿él no te quiere?
—Yo le revelé a su ex que andábamos. Estaba enojada y le dije que le era infiel.
—Nina, pero eso no es tu culpa solamente. La infidelidad es cosa de dos.
—Quizá, el problema es que yo no sé como dejar de querer a William, aunque creo que él tiene ojos para otra.
Sin saber qué decirle, la abracé para que se desahogara. Lloró bajito, por un largo rato, hasta que se sintió mejor. Después se limpió la cara y abrió la puerta, lista para enfrentar al mundo. Nina y yo salimos del baño, pude ver cómo a mi amiga se le llenaban los ojos de lágrimas de nuevo al ver a William bailar bastante pegado a Margot Jones.
—Creo que le diré a Alex que nos vayamos ya. Se hace tarde.
No podía decirle nada, seguramente yo hubiese hecho lo mismo de estar en su situación. Alex se dio cuenta del estado en el que se encontraba su hermana y la encontró a medio camino.
—¡Chicos!—dijo él, con una excesiva alegría—¡Sus gemelos más amados van a tener que retirarse!
Se escucharon algunos abucheos de parte de Michael.
—¡No sean aguafiestas!
—Hay gente que trabaja mañana—se quejó.
Decidida a mostrarle mi apoyo a mi amiga, me apresuré a ir por mi móvil para apagar la música antes de buscar mi bolsa.
—Alex tiene razón, yo también debo irme.
Adam se puso de pie rapidísimo y abrió la puerta.
—Te acompaño.
William soltó un silbido.
—¡Qué caballero saliste, Harris!
—¿Dejarías a una dama ir a su casa a las 4:00 a.m. sola?
William negó con la cabeza.
—Touché. Vamos Lele.
En cuanto salimos vi como Adam se acercaba a una motocicleta.
—Espero que no te moleste, pero debo ir después a casa y no hay metro a esta hora.
—No tienes que molestarte Adam, puedo pedir un taxi.
—¿Y qué se den cuenta que eres extranjera y te secuestren? No gracias.
—Eres un poco dramático—murmuré, resignándome a subir a la motocicleta.
—Es parte de mi encanto.
Sonreí de lado, mientras me apretaba contra su espalda. Adam había puesto mi bolso en el interior de la motocicleta, lo que me dejaba todo el espacio libre. Antes de arrancar, se despojó de su chaqueta de cuero y me cubrió con ellas.
—Te sorprenderás de lo frío que puede ser Nueva York.
No contesté pues me quedé hipnotizada con el olor de aquella chamarra. Me pregunté por un instante si podría quedármela sin que él lo notara. Me daba miedo lo que estaba sintiendo por Adam Harris, pues apenas lo conocía y aparte de las cosas que hablamos el domingo, sabíamos muy poco el uno del otro. Me entretuve en disfrutar las sensaciones que me provocaba la motocicleta, pues solo una vez me había subido a una.
Mis padres odiaban las motocicletas después de, el hermano menor de mi madre, tuvo un accidente en una que le costó la vida. Mi madre solía mirarlas con terror y mantenernos alejadas de ellas. A mí, sin embargo, me causaban fascinación. Quizá porque nunca había aprendido a andar en bicicleta, pero sentía que el equilibrio y la velocidad que proveían esas máquinas me daba aquella libertad que siempre estuve buscando. Tenía muchas fantasías relacionadas a las motocicletas y, sin querer, Adam Harris me estaba cumpliendo una aquella noche. Sentía que volaba por las calles de Nueva York, envuelta en el aroma a perfume masculino y a algo que era propiamente Adam. Desde la noche del domingo ese olor se había quedado impregnado en mi piel, haciendo que volteara a buscarlo de manera inconsciente, cada vez que olía algo parecido. Para mí sorpresa, se estacionó pocas cuadras antes de llegar a la dirección que yo le había indicado. Bajamos de la motocicleta y me tendió la mano, que tomé sin dudar. Me sentía segura, quizá todos mis miedos se podían ir en medio la madrugara, donde no había nadie que nos viera, que nos juzgara. Adam fue el que rompió aquel silencio.
—Quería hablar contigo, a solas…
Nerviosamente, solté su mano, pero él volvió a agarrarla. Amaba cuando los hombres tenían manos grandes y la mía se sentía pequeña alrededor de la suya. Acarició mis nudillos antes de que yo hablara.
—Adam—advertí.
—Tengo ganas de conocerte mejor, Lele. El día de hoy me dejaste pensando.
—¿Ah si? ¿En qué?
—En que podemos ser muy buenos amigos.
Hasta el día de hoy no sé si me sentí aliviada o algo se desinfló en mi interior. Eso no era lo que estaba esperando, pero sí lo que necesitaba en ese momento.
—Claro que sí, Adam. Puedes confiar en mí.
—Y tú en mí, geniecilla. No lo dudes.
—¿Geniecilla?
—Eso es lo que eres, una geniecilla que vino a cumplir deseos a mi vida.
—¿Ese romanticismo qué?—reté.
—Decir la realidad no es romanticismo.
Ambos nos echamos a reír. Desde el día que lo conocí se había desarrollado una especie de complicidad entre nosotros que no había dejado de crecer, ni aunque nos hubiéramos acostado el fin de semana anterior. Eso hizo que mis miedos disminuyeran, yo siempre creía que el sexo podría ponerle fin a una amistad, pero ahora sentía que no. Era hora de darle una nueva oportunidad a las relaciones con hombres, fueran del tipo que fueran. Antes de lo que yo hubiera querido, llegamos a la casa de los Ollivier. Suspiré, tirando de Adam para detenerlo.
—Aquí es.
—¡Wow! Elegante, Santillán.
—No te emociones. Es casa de un padre y su hija, yo solo les rento el piso de arriba.
—Me gustaría conocerlo.
—Espero que algún día.
Adam Harris estaba desbloqueando mis fantasías sexuales en un solo día. Estúpido americano. Sonreí de lado. El rubio se acercó con coquetería a mí, pensé que nos besaríamos y tuve que contar hasta 1350 al revés para recordarme que no viva sola y que le debía responder decentemente a esa familia. Para mi sorpresa, Adam Harris se limitó a besarme en la frente. Nadie me había dado un beso en la frente en toda mi jodida vida y en ese momento mis bragas se fueron al infinito y más allá. Suspiré contenidamente, mientras nos quedamos pegados un rato. Para mí pudo haber sido una infinidad. Yo hubiera muerto feliz en ese momento. Adam se separó de mí, después de repetir la acción.
—Sé que somos amigos y todo eso, pero quiero que sepas que has sido el mejor sexo de mi vida, Lele. Desearía poder repetirlo.
Después de decir eso, emprendió el camino a su motocicleta sin darme derecho a replica. ¡Maldito Adam Harris! Subí las escaleras sin hacer ningún ruido, pensando aún en lo que había dicho Adam. Fue demasiado para “no volveremos a hablar de eso”, pero me sentía halagada. Me dejé caer en la cama, suspirando, al percatarme que traía aún puesta la chamarra de cuero.
—¡Dios mío!
¿Qué estaba pasando entre nosotros? No podía negar que también él era el mejor sexo que había tenido en mi vida, pero no se lo iba a decir de frente, o al menos no de manera directa. Pensé que había sido todo culpa del alcohol, pero ahora debía reconocer que entre nosotros había algo. Adam Harris me provocaba como ningún hombre lo había hecho antes. Yo, que me consideraba algo superior al sexo con sentimientos después de haberlo usado como una forma de obtener dinero, estaba cayendo en los brazos de un tonto americano con la sonrisa más bella que había visto.
—¿Qué voy a hacer contigo, Adam Harris?—murmuré.
Aspiré el aroma de la chamarra, pensando que quizá devolvérsela sería el pretexto perfecto para aclararle algunas cosas. Era bastante noche, por lo que me desnudé, me puse el pijama y me fui a dormir. Pensaba dejar la chamarra colgada en la silla de mi escritorio, pero no pude evitar ponérmela antes de irme a la cama. Olía delicioso, como nadie que hubiera conocido antes de él. Cerré los ojos, cuando escuché el teléfono. Contesté al ver el nombre de Camila en el contestador, era una videollamada.
—“¿Qué quieres, estúpida?”
—“Buenos días para ti también, Lele”.
—“Aquí es de madrugada”.
—¡Es tu culpa por el cambio de horario!
La voz que intervino fue la de Franco. Sonreí al ver a mi mejor amigo, pues la noche anterior lo había pensado mucho al ver a Mila con Michael y Adam.
—“¿Qué pasa, Milli?¿Tienes algún problema?”
—“¡Eres tú la que tiene un problema!”
—“¿Yo?¿Yo por qué?”
—“Me dejas en ascuas. No me terminaste de contar lo que te pasaba”.
—“Estaba en la escuela”.
—“Excusas, excusas. ¿Qué pasó con tu mal de amores? ¿Lo follaste ya?”
Me quedé en silencio porque realmente no supe qué decir, eso fue suficiente para que Camila e Franco se rieran a carcajadas. Sin quererlo, me ruboricé, pues esos dos conocían mis más profundos secretos y podían usarlos en mi contra, aunque dudaba que lo hicieran. Me querían lo suficiente para no hacerlo.
—“¡LO HAS FOLLADO!”—celebró mi mejor amigo—“¿ESTUVO BUENO?”
—“¿Para qué quieres saber eso, Franco?
—“Ignóralo, hermana, está haciendo un baile de la victoria.”
Rodé los ojos. Pude ver a través de la llamada cómo mi hermana corría a Franco de la habitación, cerrando la puerta con llave. Camila me conocía lo suficiente para saber que había más cosas de las que quería hablar que no fuera de lo bueno que estaba el sexo con Adam. Una vez que hubo vuelto a verme en la pantalla, hablé.
—“Tengo miedo, Camila. No estoy lista para nada de esto…”
—“¿Y él que piensa? Porque, ¿fue consensuado verdad? Si no, iré a castrarlo con algún arma química en cuanto digas”.
—“Por supuesto que fue consensuado y ese es el puto problema, Milli. Él tampoco quiere una relación”
—“Primero, deja de decirle él y dile su nombre. Segundo, eso facilita las cosas”.
—“Si digo su nombre se hace real, además no entiendo cómo facilita las cosas”.
—“Si ninguno de los dos quiere una relación, solo follen y ya. A no ser que te estés volviendo asexual.”
—“¿Por qué tan graciosa, Camila? ¿Tomaste curso de Stand up?”
—“Jódete.”
—“Volviendo al tema, creo en serio que no es buena idea.”
—“¿Por qué?”
—“¿Y si me enamoro?”
—“Te regresas a México y ya. Preocúpate si él se enamora y tú no.”
Estaba pensando en eso cuando solté un bostezo, haciendo que mi hermana soltara una carcajada. ¡Maldita diferencia horaria!
—“Vete a dormir, Lele. Me cuentas como te va con tu romeo luego”.
—“¡No es mi Romeo!”
—“De acuerdo, lo que sea su equivalente en americano”.
Colgué el teléfono, sintiéndome mas insegura de lo que estaba antes. Me quité violentamente la chamarra, aventándola de cualquier manera en el suelo, pensando que no quería nada que me volviera a hacer sentir algo, mucho menos con alguien que perdería en cuanto me fuera de este país. Estaba aterrada de que algún hombre me pudiera hacer tanto daño como me lo había hecho Daniel, por mas que tuviera los ojos tristes que tanto me atrapaban.
Realmente no dormí nada, pensando en sí debería o no proponerle a Adam Harris el tener una relación sin compromisos. Además, no sabía que era lo que él quería. Durante toda la velada en la bodega, podía ver en sus ojos cuánto le dolía lo que pasaba con Dalilah Jones. No podía meterme en eso, lo que menos quería era lastimarlo. Fui a la escuela con la decisión de no hablar con él de nada, simplemente entregarle su chamarra.
Lo vi a lo lejos y no pude acercarme, estaba con Nina, iban a entrar a la clase que compartíamos. Se veía tan guapo sonriendo, que sentí cómo las rodillas se me doblaban. No podía hacer nada para no enamorarme de él y me odiaba por eso. Giré sobre mis talones, guardando la chamarra en lo más profundo de mi mochila y me fui a entrenar. No pasaría nada si me saltara una, o dos, o tres clases. Tenía que estar segura que no caería a los pies de ese hombre como una princesa que acaba de encontrar a su caballero andante.
—No seré dulcinea—repetí mientras ponía la música del hombre de la mancha para entrenar—Ni Julieta.
Evité a Adam Harris toda la semana, literalmente escondiéndome entre los pasillos de la escuela. Pedí un permiso con el profesor Cooper, alegando que me iría a un congreso por lo que tenía que trabajar bastante. Me dejó toneladas de tarea, pero no me importaba. Eventualmente tendría que volver a la normalidad, pero no hasta que se me hubiera pasado esta estúpida intoxicación por enamoramiento. En esos días de evitar a Adam, pasé bastante tiempo con la profesora Vanderbilt, después de todo sería la tutora de mi trabajo final del posgrado y mi jefa en el laboratorio. Afortunadamente, nos habíamos caído bastante bien. Junto a Anne Vanderbilt, llegó su hijo Dylan que parecía pasar más tiempo en las oficinas de su mamá que en ningún otro lugar.
—¿No vas a la escuela?—cuestioné—¿O a trabajar?
Había notado que el moreno pasaba todas mis horas de trabajo mirando por encima del cristal de la oficina, notando mis movimientos. Realmente no sabía si trabajaba con su madre o no, pero me estaba poniendo de nervios. Apagué la música para ir a enfrentarlo directamente.
—Tiene años que me titulé, me aburro en el trabajo así que paso mi tiempo aquí.
—Vaya.
—Que te puedo decir, soy un genio.
—Nunca dije que lo fueras—me puse las manos en las caderas, aquel joven me ponía de mal humor.
—Pero si lo soy—dijo con una sonrisa ladeada—Médicamente hablando, soy un genio, mi IQ es mayor a 150.
Abrí los ojos con sorpresa, realmente no pensé que estuviera hablando en serio.
—Así como tú tienes talento en la química, yo tengo talento en las matemáticas.
—¿Y por qué no estás curando la hambruna mundial o algo?
—La hambruna mundial es algo que solo se va a solucionar cambiando el modelo económico cuando todos los países estén de acuerdo en que la prioridad es la humanidad sobre la acumulación de capital. Ya lo dije en una cumbre, pero no me hicieron caso. De resto, las cosas me aburren.
—Pensé que trabajabas con tu padre—Anne me hablaba con mucho amor de su familia—Tiene una industria, ¿no?
Parecía no estar contento con aquel tema.
—Algo así, pero en cuanto acabo mis actividades vengo para acá.
—Prefieres pasar más tiempo con ella, ¿no? ¡Niño de mamá!
—Si te estás burlando es porque tu eres una niña de papi, te lo apuesto.
No pude evitar esbozar una enorme sonrisa al pensar en mi padre.
—Así es.
—Entonces creo que nos podemos llevar mejor.
Me encogí de hombros.
—Supongo que sí, Dylan. Siempre y cuando me dejes de observar como un pervertido mientras bailo.
El moreno se carcajeó y extendió su mano en señal de quien cierra un trato. Se la estreché y ese fue el comienzo de nuestra amistad. Dylan me ayudó bastante para distraerme de Adam, porque insistía en llevarme a comer a donde comía con su madre, lo que hacia que yo pasara mucho menos tiempo en la escuela. Poco a poco, empecé a sentirme cómoda junto a la personalidad de Dylan, que era opuesta a la mía.
—Me da gusto que sean amigos—dijo la profesora una tarde—Mi pobre Dylan está tan solo desde que Adriana lo dejó.
—Espero no entrometerme en su vida, pero…¿Dylan no prefiere trabajar en sus oficinas?
—Para mi desgracia, mi marido y Dylan no se llevan nada bien. Son como el agua y el aceite, así que han llegado a este arreglo para no matarse el uno al otro.
—Oh…
—Las personas son complicadas, Lele, aunque sean familia—mencionó antes de despedirse.
Iba pensando en lo que la profesora me había dicho cuando vi a Nina caminar hacia mí. Igual que con Adam, había estado ignorando sus llamadas porque no quería que me preguntara nada. Sabía que nos vio irnos juntos en la motocicleta. Intente entrar en una oficina pero fue demasiado tarde. Furiosa, Nina me había acorralado en el pasillo, la morena podía dar miedo si se lo proponía.
—¿Qué es lo que te pasa con Adam Harris?
—Directo al grano.
—En estas semanas que llevamos en clases puedo decir que nos hemos llevado bien, te tuve confianza con lo de William así que ahora, ¡dime que te pasa!
—Perdón por evitarte—suspiré, sin saber como continuar conversando.
Nina me miró mal y yo tuve la decencia de bajar la mirada.
—Está bien, me molesta un poco que me hayas estado evitando. Pero quiero saber qué pasa—suspiró—me preocupas mucho Lele.
Fruncí el entrecejo sin poder evitarlo.
—Tengo sentimientos encontrados con Adam Harris.
Al ver que algunos estudiantes nos rodeaban, Nina me tomó del brazo y juntas caminamos hacia los amplios jardines de la escuela, sentándonos en una banca vacía.
—¿Por qué?—me preguntó tomándome la mano.
Quizá me estaba equivocando al confiar demasiado pronto en Nina Ramirez, pero no me quedaba otra opción. La chica prácticamente me estaba orillando a hacerlo, así que suspiré antes de hablar.
—Siento que me gusta, pero no estoy segura y no quiero complicar las cosas.
—¡Es obvio que el sentimiento es reciproco!—respondió emocionada.
—Pero…no debería ser así. Vine a estudiar, a cumplir mis sueños, no a enamorarme.
—¿Qué enamorarte no es un sueño?
Negué con la cabeza.
—Es de todo menos eso. Para mí representa un enorme problema.
—¿Por qué? Adam es bueno, yo meto las manos al fuego por mi amigo igual que lo haría por Alex.
—La cosa es que yo no soy tan buena como él cree. Además, ambos dijimos que no queremos una relación.
—Tu puedes hacerlo cambiar de opinión. Adam necesita apoyo y compañía.
—¿Cómo sabes que yo se lo puedo dar?—la reté.
Nina negó con la cabeza, sabía que yo le estaba dando pretextos para no acercarme al rubio.
—No puedes evitarlo para siempre, necesito que seas mi equipo en los trabajos de Cooper.
Solté una carcajada, sintiéndome aliviada de poder volver a hablar con mi amiga, en verdad la había extrañado bastante. Desde lo que había pasado con Paola, conservaba pocas amigas mujeres, por lo que la relación que tenía con Nina había sido muy bien recibida en mi vida.
—Juro que no te dejaré sola.
—Más te vale, mexicana.
Ambas reímos a carcajadas, aligerando el ambiente. Pude ver que Nina había entendido que no debía impulsarme a hablar más si yo no lo quería, y prefería dejarlo así. Me esforzaba cada minuto por no pensar en Adam Harris. Quizá era muy rápido, pero mi corazón funcionaba así, por mucho que yo lo odiase. Era de sentimientos impulsivos, poco controlados, sin ser límites, pero había aprendido a guardarlos muy bien porque la cultura rusa no da para que las personas sientan como deben sentir.
—¿Volverás a clase?
—Tengo que volver a ella, además me gusta mucho.
—Los hombres pueden ser un problema.
—¡Y qué lo digas!
Nos levantamos de aquel lugar cuando íbamos a entrar a clase, porque nos pusimos al corriente de todo lo que habíamos vivido en esas semanas en las que estuve escondida, en palabras de Nina, “como un ratoncillo cobarde”. Habían pasado tres semanas y media en las que no supe nada de Adam Harris. El verano iba dando paso al otoño y la chamarra del rubio empezó a formar parte de mis atuendos, por muchas miradas pícaras que me dedicara Nina, o quizá a causa de ellas. Volví a clase, un poco decepcionada al enterarme que Adam tenía permiso por un congreso importante que se llevaría a cabo en el acelerador, pero me sentía mejor así. Tomaba todos los apuntes posibles pues sentía que había perdido mucho tiempo al faltar.
—Eso me pasa por tonta—dije para mis adentros.
Nina se había ido temprano pues tenía que preparar un concierto pendiente, por lo que me había quedado sola en mi asiento.
—¡Bonita chamarra, Santillán!
Sentí cómo mi corazón se detenía cuando escuché la voz de Adam Harris. Era día de clase con el profesor Cooper y pensé que pasaría las dos horas sola, pero el rubio se sentó a mi lado con su sonrisa ladeada exhibida en todo su esplendor.