—¡Nena!—exclamó tirando de mi para que me levantara y pudiera abrazarme—¡Todo ha sido increíble!
—¡Yo sabía que tenían que apreciar tu talento!
—Estaré lleno de trabajo con el papeleo, pero valdrá la pena.
Asentí con la cabeza, perdida en su aroma. Una de las cosa que amaba de esta relación era que Adam fuera más alto que yo, así podría sentirme siempre chiquita y protegida a su lado.
—¿Qué dices si vamos a celebrar a casa?—murmuró tirando de mi labio.
¡Autocontrol, Santillán! Me grité a mi misma. Había quedado de ir a la fiesta, aunque mil mariposas hicieron su desfile cuando se refirió a su apartamento en Brooklyn como casa, en el sentido de que se estaba volviendo el refugio de ambos.
—Me encantaría…pero le prometí a Anne que iría por ella, para que no regresara sola a casa.
—¿A dónde?
Por dios, esperaba que me creyera.
—A casa de Michael.
—¿Y por qué no la trae él?
—Dijeron que tenían cosas que arreglar de la bodega.
—Esos dos nunca tendrán vacaciones—murmuró hablando de sus amigos—Te llevaré nena, no quiero que vayas sola.
¡Excelente! La fase uno de mi plan había funcionado. Conseguimos llegar al automóvil y al apartamento de sus amigos sin meternos mano, cosa que yo consideraba uno de nuestros más grandes logros como pareja. Estábamos en un barrio de Manhattan que, a pesar de que se veía viejo, se notaba bien cuidado. Subimos al elevador tomados de la mano, Adam había dejado su saco en el automóvil porque no íbamos a tardar mucho, según él. Abrió la puerta y todos nuestros amigos salieron de sus escondites.
—¡SORPRESA!
Habían adornado aquel lugar y llenado las mesas con cervezas. Adam estaba visiblemente conmovido, soltando mi mano para dejarse abrazar por sus compañeros.
—¡Chicos! ¡Esto es maravilloso!
Yo me sentía feliz de verlo así de feliz. Me encantaba ver esa sonrisa tan tímida en su rostro, se veía como un niño y yo me lo comería a besos encantada de la vida. Daría muchas cosas por compartir mi vida con él, aunque no sabía a donde me llevaría eso. Estaba acostumbrada a que mi vida fuera solo mía, de la manera más egoísta posible.
—¡Gracias por traerlo, Lele!
—¿Tú sabías?—Adam me vio con una sonrisa.
Asentí con la cabeza, haciendo que Adam me tomara en brazos girándome. Todo se reían de nosotros y yo estaba totalmente ruborizada. Sentía mucha vergüenza de que me vieran ta feliz.
—¡Vamos a celebrar que los tres han sobrevivido al primer semestre!
Fue mi turno de estar sorprendida.
—¿Los tres?
—¡Por supuesto!—Adam me había soltado y Anne me pasó el brazo por los hombros—¿Creías que era solo para él? ¡Sobreviviste seis meses viviendo como neoyorquina!
Parpadeé varias veces para no llorar, pero terminé escondiéndome en el abrazo de Anne para poder soltar unas cuantas lágrimas. No me habían hecho algo parecido nunca. Con mis compañeros de México, el que te fuera bien era una razón más para odiarte.
—¡Basta de sentimentalismos!—imploró Alex—¡Vamos a beber!
Nos acomodamos alrededor del apartamento, tomando bebidas a diestra y siniestra. El menú de nuestros amigos consistía en frituras, papas a la francesa y hamburguesas. Moría de hambre, pues Adam y yo no habíamos tenido tiempo de desayunar.
—Lamento que Dalilah no haya venido…—musitó Adam, sentando a mi lado, a Margot quien solo rodó los ojos.
—Ella se lo pierde.
—¿Crees que algún día cambiará?
—Espero que sí, por su propio bien.
Me hice la tonta en esa conversación, no quería participar porque, honestamente, para mí era mejor que no viniera. Charlamos de todo y de nada, por un largo rato, mientras comíamos. Sonaba la lista de reproducción de Alex de fondo. Era de esos momentos en mi vida donde me sentía completamente plena y no me cambiaría por nada.
—¡JUGUEMOS A ALGO!—dijo Alex—Son más aburridos que señores.
—Es que ya somos señores—se burló William.
—¡Ni siquiera tienen 30!
—Esta bien, niño Alex—dijo Margot—¿a qué quieres jugar?
—¿Quién aguanta más alcohol?
Alcé una ceja, yo tomaba más de lo que ellos habían visto. En México era muy común beber alcohol desde jóvenes, por lo que mi tolerancia a las bebidas había ido incrementando. Además de eso, tuve una vida bastante loca en la preparatoria.
—¿Le entras, Celeste?
—No veo porque no.
—¿Qué quieren jugar?
—¿Verdad o reto?
—Muy infantil—dijo Nina.
—Muy común—dijo William.
—¿Beer Pong?
Negué con la cabeza. Tenía una idea mejor.
—¿Y si hacemos retos y quién no los cumpla, bebe?
—Eso se parece a verdad o reto.
—Si—asentí—pero la idea es que los retos sean lo más difícil que se nos ocurra.
Todos se quedaron pensando por unos momentos hasta que asintieron con la cabeza.
—De acuerdo—dijo William—solo que eso no va a funcionar con cerveza.
—¡Por eso estoy aquí!—exclamó Alex.
Se levantó y rebuscó en su bolsa, hasta encontrar una botella de tequila. Nos apretujamos en el sofá principal, cosa que Adam aprovechó para atraerme a su regazo.
—Esto se te está haciendo costumbre—murmuré.
Adam se dedicó a besar mi cuello.
—Me encanta tenerte entre mis brazos.
Prácticamente me derretí allí mismo, girando la cabeza para besarlo en los labios. Sentí como Adam gemía, pero nos detuvimos cuando William le pegó un golpe en la cabeza.
—¡Contrólense!
—Con ella me es inevitable, colega.
Me ruboricé hasta las orejas, escondiendo la cara en el cuello de Adam. Mis amigos se burlaron de mi, pero no me importó. Me sentía bastante contenta donde estaba.
—¡Empieza, Santillán!—dijo Anne alzando una ceja—¡Tu iniciaste el juego!
Pensé un poco que retos ponerles, necesitaba algo en lo que supiera que todos iban a perder para que yo fuera la única que no tomara. Medité por unos segundos hasta que vi como unas latas de cerveza aún reposaban en la mesa.
—¡Ya sé!—exclamé—Tienen que abrir una lata de cerveza…con los pies.
Al momento, mis amigos comenzaron a quejarse.
—¡Nadie puede hacer eso!
—¿No?
Levantándome del regazo de Adam, me quité los zapatos y los puse en la esquina. Puse las cervezas en el suelo y me senté frente a ellas. Concentrándome más en que no vieran debajo de mi vestido que en la acción, estiré los dedos de bailarina para tomar hábilmente una cerveza. Después de varios movimientos, sonreí triunfalmente cuando escuché el clásico chasquido que anunciaba la apertura de la cerveza.
—¡Tienes que tener un truco para hacer eso!
La voz de William sonaba herida, cosa que me hizo reír. Era bastante competitivo, igual que yo, lo que me hizo saber al instante porque nuestra amistad estaba funcionando tan bien.
—Eres libre de probarlo, William—reí—el palco es todo suyo.
—¡Oh, claro que lo haré, preciosa!
Sonreí de lado, volviendo al regazo de Adam que me recompensó con un beso.
—¿Me enseñarás a hacer eso?
—Te enseñaré muchas cosas, Adam.
Nos estuvimos besando, hasta que William tosió bastante falMichaelente.
—¿Qué se te ofrece, Willy?
—¡Qué me veas patearte el culo, Lely!
Bufé por el apodo.
—Vemos…
Se dejó caer en el suelo, viéndose ridículo al hacerlo. No pude evitar la risa cuando vi como fracasaba, no podía ni acercarse la lata al pie sin tirarla. Era bastante bruto con los pies, cosa que a todos nos causaba diversión.
—¡Ríndete, Wick!—dijo Adam con una sonrisa.
—¡NUNCA!
—William—rezongó Margot—¡Esa cerveza va a quedar inservible!
—¡Entonces intentalo tú!
Margot se levantó de su asiento, empujando a William para sentarse junto a él. Al igual que yo, se despojó de sus zapatos de tacón y los puso en una esquina. Puso la lata frente a ella y comenzó a moverla. Se veía bastante tierna, sacando la lengua en señal de concentración, pero no lograba nada con eso. Podía acercársela más que William, sin lograr abrirla.
—¿Cómo lo hiciste?—me preguntó frustrada.
—¡Sigo diciendo que es un truco!
Me levanté, viendo fijamente a William.
—Dame cualquier cosa que se pueda abrir y lograré hacerlo.
—¿En serio?
—¡Por supuesto! ¿Quieres apostar?
Nos quedamos viendo unos tensos momentos, pero al final sonreí.
—Apostamos.
—Si pierdes, le harás un strip-tease a Adam frente a todos.
Mi novio alzó ambas manos.
—¿Por qué me meten a mi?
—No encuentro aún cual otro punto débil tiene Lely aquí presente.
—Vuélveme a llamar así y no van a encontrar ni tu cadáver.
—¡LO DICHO! ¡NARCOTRAFICANTE!
Suprimí un escalofrío, nunca había sido feliz al ver como esa gente aún rondaba por México, sobre todo porque mi abuelo fue forzado a trabajar con ellos cuando mi padre era niño. Sin embargo, ahora me importaba más lo que William había dicho, ¿en qué momento Adam se estaba poniendo mi punto débil?
—Si pierdo, tendrás que salir con una amiga mía—dije al fin.
Nina me miró con los ojos como dagas. Mi amiga sabía lo que estaba haciendo y no parecía tan contenta con mi idea, como yo lo estaba.
—¡Trato!
William se levantó y fue a su habitación. Los demás nos quedamos charlando, porque cada vez se tardaba más. Repentinamente, volvió con una cartera tipo militar, que contenía varios cierres.
—¡Saca las placas militares de Adam!
—¿Por qué las tienes tú?—mi rubio lo miró ofendido.
—Las saqué de tu cuello la última vez que nos emborrachamos los tres.
—¿Y CON QUÉ DERECHO?
—¡TE ESTABAS AHOGANDO CON ELLAS, COLEGA!
Nina, Margot y Anne se echaron a reír a carcajadas. Junto a Alex, habían hecho bastante buen uso de la botella de tequila, después de que Margot y William habían tenido que tomar un shot por haber perdido mi reto. Sus mejillas enrojecidas declaraban que lo estaban disfrutando.
—Está bien—dije sonriendo.
William me entregó la Jonesa, así que la puse en el suelo justo frente a donde estaba Adam. Tenía un muy buen plan respecto a esto, que podría contribuir con el doble de resultados satisfactorios para mi.
—El tiempo corre, Santillán.
Alcé ambas cejas.
—¿Contrareloj?
William asintió con la cabeza. Me limité a verlo con una sonrisa, para después comenzar a mover los pies, sin dejar de ver a Adam quien tragó grueso. Pasé varias veces mis pies por sus muslos, antes de concentrarme en la Jonesa. Tiré suavemente de uno de los cierres, hasta que se abrió. Me sorprendí cuando vi que tenía un botón, pero eso no me detuvo. Halé de la correa del botón, logrando que cediera. Seguí con todos los cierres hasta que finalmente, obtuve las placas. Se trataba de un simple collar militar, con dos placas en el centro. Las estiré con las piernas, hasta pasarlas por el rostro de Adam y después acercarlas a mi rostro. Las tomé con las manos y me las puse.
—¡Listo!
Doce segundos después, el cronómetro de William sonó.
—¡Perdiste!
—Sigo sin saber como lo haces.
Satisfecha, volví a sentarme con Adam, quien me besuqueó el cuello, tirando de la cadena que me acababa de poner. Al acomodarme, me di cuenta que Adam estaba excitado. Sonreí de lado, pensando que la fiesta apenas estaba empezando.
—¡Hey! ¿Estamos jugando o filmando una porno?
El grito de William me sacó del momento en el que me encontraba con Adam. Nos habíamos perdido en nuestro propio mundo, donde solo sentíamos el calor de nuestros cuerpos y nada más. Adam negó con la cabeza, impidiéndome que me fuera a sentar al sofá.
—¡Aquí te quedas, nena!
—¡Yo quiero jugar!—Alex hizo un mohín, tendiéndome la botella de tequila—Yo seguro si puedo, años de corredor de atletismo me avalan.
Crucé una mirada con Nina, quien solo se encogió de hombros. No sabía que su hermano había sido atleta. Realmente no sabía muchas cosas de mis nuevos amigos, pero ¿cómo preguntas esas cosas? ¿Juegas a un maratón de “cuéntame todo de ti”? Nunca fui especialmente buena para socializar. En México, Camila hacia todo ese trabajo por mí, llegando con su melena rubia y una sonrisa envidiable con cualquier persona y presentándonos a ambas. Yo solo me quedaba mirando, con el rostro serio e inescrutable.
—Lele…—Adam me picó las costillas.
—¿Qué pasa?
—Te fuiste un momento, ¿a dónde?
—A México. ¡Vamos Alex!—reté—¿querías intentar abrir una cerveza?
El chico me sonrió, competitivo, y se apresuró a quitarle una bebida de las manos a su gemela, quien lo golpeó. Me impresionaba mucho su hermandad, pues era completamente diferente a la que yo tenía con Camila. Una pequeña parte de mi sintió envidia, pues nosotras jamás podríamos llevarnos así de bien.
—¡Listos o no, allá voy!
Alex hizo el mismo ritual que Margot, William y yo hicimos antes, quitándose los zapatos y poniendo la lata de cerveza frente a él. Nos pidió que nos calláramos en un gesto teatral, en el que parecía que imitaba a un director de orquesta. Nos dedicamos a observarlo en silencio, solo se escuchaba la música electrónica de fondo. Alex luchó bastante con la cerveza, pero al final logró abrirla.
—¡Lo hice!
Se levantó del suelo, haciendo una especie de danza tribal de la victoria. Todos reíamos a carcajadas, menos William, que estaba cruzado de brazos, enfurruñado. Parecía un dibujo animado.
—¿Qué te pasa, Willy?—pregunté, imitando su postura—¿Eres un mal perdedor?
En el gesto más maduro que un veterano del ejercito americano podía hacer, me sacó la lengua. Adam soltó una risotada, tan característica de él, que hacia que las mariposas de mi estómago se convirtieran en millones de velocirraptores corriendo en manada hasta su presa.
—¡Exijo otro reto!
—¿De qué?
Me había levantado y ahora me encontraba frente a él. Me había plantado firmemente en las puntas de los pies, para quedar un poco más alta y verlo a los ojos. Escuchaba las risitas detrás de mí, pero no me importaba, era demasiado competitiva y William había tocado justo esa fibra.
—¿Qué propones?
—Ya probaste tu elasticidad, ahora nos toca a nosotros probar nuestra fuerza.
Me reí.
—¿Qué es esto? ¿La guerra?
—Tómalo como quieras, guapa.
—Pon tu reto, Willy.
Como toda respuesta, William se giró a la puerta que daba entrada a un pasillo, en el que suponía que se encontraban las habitaciones de los muchachos. No me asombré en lo absoluto cuando me di cuenta que tenían una barra de ejercicio montada en el marco de la puerta. Quitándose la camisa, para exhibirse, estiró los brazos y comenzó a cargar su peso.
—¿Eso quieres que hagamos?
Me crucé de brazos. Era guapo, lo reconozco, pero no tanto como mi Adam. Definitivamente ese hombre me había arruinado por completo, pues ya no tenía ojos para nadie más. Margot, Nina, Alex e, incluso Anne, no perdieron el tiempo para checar todo lo que exhibía William frente a ella.
—¿Te atreves?—me sonrió—veamos quien aguanta más tiempo cargando su peso.
¿Por qué los hombres creían que las mujeres solo ejercitábamos las piernas? Estábamos entrenadas para resistir tiempo en la barra, para aguantar nuestra posición sin movernos por varios minutos. ¿Una barra? Eso era pan comido.
—De acuerdo. Pero no solo nosotros.
—¿Tienes miedo?
—Solo quiero hacerlo más divertido. Además, no quiero que lloriquees si solo te gano yo.
En realidad lo que quería era ver a Adam sin camisa, pero eso no se lo reconocería a William en voz alta. Me faltaban bastantes copas de alcohol para hacerlo.
—¿Me estás diciendo bebé?
—Te estoy diciendo llorón.
—De acuerdo. ¿Quién cree que puede ganarnos?
Adam, Michael y Anne se apresuraron a alzar la mano. Sabía que, después de lo que pasó con su anterior novio, el señor Ollivier había puesto a Anne a entrenarse en defensa personal y artes marciales. Contaba con que mi amiga tuviera fuerza, pero nunca pensé que para participar en esto.
—¡Denle!—exclamó Alex, aplaudiendo divertido—¡Quiero verlos caer!
—¿Tienes un complejo de maniaco, acaso?
—Un poco…sí, como todos.
No supe que contestar a eso.
—Empieza, William…—reí—es tu reto.
Él asintió con la cabeza, haciendo toda clase de ruidos absurdos cuando se colgó de la barra. Las chicas seguían inspeccionando su cuerpo, mientras yo solo sentía como Adam me abrazaba por la espalda. Sonreí de lado.
—Todo cae por su propio peso…—fue lo único que le dije.
William duró unos impresionantes ocho minutos colgado.
—¡Te toca!
Negué con la cabeza, empujando primero a Adam, quien me miró ofendido pero prosiguió a quitarse el saco y la camisa para subirse a la barra. Estaba tan embobada viendo su espalda, y como se acomodaban sus músculos, que ni siquiera puse el cronómetro.
—¡Lele!—gritaron todos al unísono.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado?
Adam me miró de reojo, yo me había ruborizado completamente.
—Nena…¿tomaste el tiempo que duré allá arriba?
—Lo siento…
Se acercó a mi, abrazándome contra su pecho. Suspiré, escondiendo el rostro en él.
—¡Me la pagarás!
—¡Adam queda descalificado por su propia novia!
—¡MICHAEL!—exclamé—es tu turno.
—De acuerdo—murmuró el otro.
Ahora fue el turno de Anne de poner cara de lujuría. Lo bueno era que yo tomaba el tiempo. Michael duró menos que William, y por la cara de Adam, supe que él le había ganado a los ambos pero yo no había contado su tiempo.
—Anne, mi cielo, mi amor…
Michael ya estaba bastante borracho, por lo que se acercó a mi amiga empujándola sensualmente a la barra. Anne se giró para darle un beso que hasta a mi me dejó sin aliento. Sentía las manos de Adam apretarme con más fuerza las caderas.
—¿No me quieres acompañar al baño?—susurró en mi oído.
—Aún falto yo—hice un puchero.
—No se darán cuenta…
—William me retó, ¿crees que no espera burlarse de mi?
—Buen punto.
Sonreímos observando como Anne estaba a punto de caerse, mientras Michael corría a socorrerla. La sostuvo bastante tiempo, hasta que sus brazos cedieron y ambos cayeron estrepitosamente al suelo.
—¡No le des más vueltas, Lele!—se rió William, tirando de mi brazo para separarme de Adam—¡Es tu turno!
Maldije por haber decidido llevar vestido, pero en mi defensa no sabía que iría a una fiesta que terminaría en esos resultados.
—Les daré un espectáculo, chicos—dije en voz alta.
—Después lo tienes que repetir solo para mi…—gruñó Adam.
Definitivamente me gustaba jugar con a la ruleta rusa poniéndolo celoso. Le guiñé un ojo y, rezando a los santos mártires de México, me colgué de la barra. Me concentré en la presión que ejercía sobre mis músculos aquel ejercicio, llevando mi mente a los primeros enterramientos de cuando era niña. No supe cuánto tiempo pasó, pero mismo manos empezaron a resbalar. Finalmente, me solté lo más suavemente que pude, evitando caer bruscamente.
—¡Hiciste diez segundo más que William!—Adam me felicitó, tomando de la mano para besarme apasionadamente.
—¡No puede ser!—se quejó William, dejándose caer en el sillón.
—¡Acostúmbrate a perder, Robinson!
—¡Encontraré algo en lo que ganarte, Santillán!
—¡En tus sueños!
William estaba bastante molesto, así que tomó de la botella y bebió directamente de ella, ignorando las muecas de asco que hacia Nina por el desastre causado.
—¿Y ahora?—preguntó Anne.
—¿Otro reto?
—¡NO, POR FAVOR!—exclamó William.
Me reí de lo infantil que era.
—De acuerdo, dejaremos descansar al perdedor.
—¡Estás jugando con fuego, Lele!
—Soy cómo una salamandra—dije encogiéndome de hombros—nunca me quemo.
Alex le subió repentinamente a la música, haciendo que me sobresaltara. Adam sonrió de lado.
—Para ser alguien con tanto temple, te asustas con mucha facilidad.
—No es mi culpa, no estoy acostumbrada a la música de Alex.
—Lo sé, nena, lo sé. Por eso estoy aquí para cuidarte.
Muerta de ternura, besé su mejilla. Adam me tomó del mentón para atraerme a sus labios y nos unimos en un beso. Sus manos bajaban por mi espalda hasta llegar a mi trasero, de donde me sostuvo fuertemente. Podía sentir como su erección comenzaba a formarse, haciéndome gemir quesito en su boca.
—¡Se me separan!—gritó Margot—¡No tengo ganas de verlos hacer eso!
Adam me apretó contra él, pero ambos nos giramos a verla. Margot nos veía conteniendo la risa.
—¿Quieres unirte?—reté.
—Quiero uno para mi—musitó.
—¿Celosa?
—Mucho.
William se acercó a ella, picándole las costillas. Margot se removió, alejándose de él de un salto. Pero el moreno atrapó a la rubia entre sus brazos.
—No huyas, Jones. Yo aquí estoy.
Margot le picó la nariz con el dedo, haciéndolo retroceder.
—Sería una lastima que no quisiera nada contigo.
—¡OOOOOH!
Alex y Michael se burlaban abiertamente de él. Pero yo estaba en otro mundo, con Adam invadiendo mi espacio personal para besarme de lleno en los labios.
—Eso es lo más bello y sensual que he visto…—murmuró entre mis labios.
Seguimos besándonos sin impártanos que el resto de nuestros amigos nos veían. El beso creía de intensidad, hasta que un silbido nos hizo separarnos.
—¡Ls echaré agua fría si no se separan!—William nos señalaba con el dedo indice.
—Cómo si no te hubiera visto hacer cosas peores, Wick.
—Pero aquí hay niños presentes—exclamó, atrayendo a Nina y a Margot a sus brazos.
—Con qué niñas. ¿Eh?—me burlé.
—¡Cállate William!
—Ahora que Lele ha demostrado que es la mejor de todos, ¿quieren cenar?—Anne habló cuando inspeccionaba la lista de comidas a domicilio que William y Michael tenían pegada su refrigerador.
Asentimos con la cabeza y nos acercamos a ella. Hubo una pequeña discusión, pero al final decidimos que lo más fácil sería comer pizza. Escogimos varios sabores porque los soldados juraban que comerían una entera y nos sentamos a charlar mientras esperábamos que llegaran. Adam y yo tratamos de escabullirnos varias veces para poder meternos mano, pero la mirada atenta de William no nos dejaba ir muy lejos.