Terminadas las compras, Anne y yo volvimos a casa. Al siguiente día iría a mi recibir mi última calificación del semestre para ser libre. Ni siquiera tenía planes pero Adam sabía mi rutina el día, entonces muy probablemente lo vería. El solo pensamiento de verlo me hizo sonreír. Dejé de soñar despierta cuando sonó el teléfono, era una videollamada con mis padres. Con una media sonrisa, encendí el video para verlos. Mis padres sonreían a la cámara, tratando que los centrara a todos; mientras que Igor estaba con Camila detrás de ellos.
—¡Están en Guadalajara!
Prácticamente vibraba de alegría al verlos en la vieja casa de mis padres. Era difícil conseguir un vuelo barato en aquella época del año, tan llena de turistas por la ruta del Tequila. Camila sonrió con emoción, corriendo a su novio a un lado para quedar en medio de mis padres.
—Hemos venido a ver unas cosas de la boda. ¿Cuándo vas a venir a medirte el vestido?
—Aún no lo sé. ¿Ya tienen fecha?
—Tenemos anillo de compromiso, que es lo importante—intervino Igor.
—No puedo creer que aún no tengan nada.
Mi madre rodó los ojos.
—Ya sabes como es tu hermana. Nunca se decide por nada, y cuando creemos que ha tomado una decisión encuentra algo que la hace dudar.
Camila la fulminó con la mirada.
—Además, nos queremos casar en inverno.
—¡Están locos! ¿Qué acaso quieren que todos nos muramos de hipotermia?
—Ni que fuéramos a casarnos en el polo Norte, Lele—se rió Franco—Un poco de frío no te hará daño.
Hice un mohín. Claro, yo odiaba el frío con toda mi alma y por eso solía escapar todos los inviernos a trabajar en las playas o en las haciendas tequileras.
—Voy a necesitar un suéter, gorro y guantes para tu boda.
—Mejor consíguete una pareja para que te ayude a mantener el calor.
Fue el turno de mi padre de mirar con censura a Camila, pero yo me mordí el labio. Este era el momento de contarles acerca de Adam, porque realmente esperaba que nuestra relación durara lo suficiente para poder llevarlo a la boda de mi hermanita. Primero, porque me encantaría tenerlo conmigo todo el tiempo, sobre todo en mi amado México y segundo, porque me moriría de satisfacción al ver a todas mis antiguas compañeras de colegio, que habían dejado la escuela para vivir una vida en matrimonios acomodados, se dieran cuenta que su opción para conseguir el amor no era la única.
—De hecho…—murmuré—tengo que contarles algo.
Se hizo un silencio algo incómodo, yo tenía ocho pares de ojos frente a mí.
—¿Qué te pasó?
Los ojos de mi madre estaban llenos de preocupación. Entre el accidente y lo que pasó en los Hamptons, su reacción tenía sentido, pero sabía que se pondría un poco más histérica cuando le contará lo que me estaba ocurriendo.
—Estoy saliendo con un chico.
—¿QUÉ?
No me sorprendió en lo absoluto que Camila y mi padre fueran los que estuvieran más recelosos. A él nunca le gustó la forma en que me miraban los hombres, pero su sobre-protección aumentó cuando Daniel reveló mi pasado. No lo culpaba, de hecho, le agradecía el nunca haberme reprochado nada.
—¿Por qué no lo dijiste antes?—Camila se había recuperado del shock y daba palmadas emocionada.
—Porque es algo…—titubeé—relativamente nuevo.
Mi hermana y yo compartimos una mirada a través de la pantalla, que fue suficiente para que ella supiera que ya habíamos hablado de ese hombre. Supe que me acosaría a preguntas después, ¡qué va! Podía lidiar con ello.
—Supongo entonces que te quedarás en Nueva York para pasar el verano—concluyó mi padre.
—¡Y qué necesitarás dos pases para la boda!
Nerviosamente, asentí con la cabeza a ambas afirmaciones.
—Me da gusto que te quedes—dijo mi padre—eres joven como para venir a encerrarte todo el verano aquí o con tu abuela. Tienes toda una vida para explorar, crecer y conquistar al mundo, Celeste.
—Gracias, padre.
Ese fue el empujón que necesitaba para decidir quedarme en Nueva York. Después de todo, mi familia estaba ocupada y, aparte de ellos, nada interesante me esperaba en Rusia. Aquí, en cambio todo era nuevo y las posibilidades infinitas para una rusa que no tenía nada que perder. Además, debía hacer algo de trabajo de campo si quería entrar tener alguna posición fija en el laboratorio de la doctora Vanderbilt o cualquier otro. Charlé con mi familia hasta muy tarde, por lo que me levanté prácticamente corriendo para la clase en la que tendría que recibir calificación. Se trababa de una clase de cinética experimental, con una profesora bastante estricta. Ni siquiera sabía como había superado aquel curso si estuvo la mitad de él sin poder bailar por el accidente con la lavadora. Me habían puesto una calificación baja, pero aprobatoria, por lo que me despedí de la profesora, con quién tendría que encontrarme para el siguiente curso y salí al jardín. Nina no estaba en la escuela porque su tío Erik se había puesto mal y ella era la única que se encargaba de él, quería saber que pasaba pero ni la morena ni su mellizo hablaban mucho de asuntos familiares. Rumiando el coraje de mi calificación y sin entender como podías amar tanto un curso y odiar a un profesor, no supe en que momento los brazos protectores de mi novio me rodearon.
—Hola hermosa.
Respondí con un beso en sus labios. Cada vez era más adicta a él, tal vez era porque me quería reafirmar a mi misma que era real y que estaba conmigo, que por alguna razón me había escogido a mi, alguien que valía muy poco, para ser su pareja.
—¿Qué haremos hoy, guapetón?—dije acariciando la barba de Adam.
—Te voy a mostrar el Nueva York que yo conozco, nena.
Después de decir esto, me giró tomándome de la cintura, haciendo que mi pelo se soltara del moño flojo que llevaba y volara por los aires.
—¡Tonto!—grité—¡Bájame!
—Lo siento…no hablo español.
Finalmente, me depositó en el suelo, estirando su mano para que yo la tomara. Con nuestros dedos entrelazados caminamos a la salida de la escuela.
—¿Traes tu bolso?
—No, ¿por qué?
—Iremos a pasear, podríamos dejar tus cosas en casa de Anne o en la motocicleta.
Sonreí de lado, pensando como se refería a mi ático como “la casa de Anne” y a su apartamento como “nuestra casa” o simplemente casa. Eran esos pequeños detalles los que hacían que Adam me hiciera sentir segura de qué quería un futuro con nosotros. Ibamos vagando por el Central Park, que se había vuelto nuestro lugar, donde solo hacíamos cosas juntos, sin que nuestros amigos nos acompañaran. Ninguno de los dos hablaba, otra vez nuestros silencios se volvían mutuos y comprensibles. Finalmente, fue Adam quién lo rompió.
—¿Lista para un verano inolvidable a la americana?
Me mordí el dedo pulgar, decidida a juguetear un poco.
—No sé como se puede vivir uno de esos en México—Adam se detuvo en seco, girándose para verme a los ojos. No pude soportar su mirada de cachorro triste, así que lo abracé—¿Qué tiene planeado para mi, señor Harris? No iré a casa hasta las fiestas. Entonces no puedo faltar, porque es la boda de Camila.
—¡No juegues con eso!—dijo llevándose una mano al corazón—No puedo pensar en que, ahora que apenas estamos poniéndole un rumbo a esto, te me vayas tan lejos.
Enternecida, lo abracé.
—No me iré pronto…a menos que tú lo quieras.
—Nunca te vayas, mi muñequita.
Ese hombre era mi verdadera perdición. Otras palabras como esas y me congelaría con él en el tiempo para estar eternamente juntos.
—Tú eres el que tendrá que ir a otro lado.
—¿A qué te refieres?
—Necesito compañía para la boda de Camila—escondí el rostro en su cuello—pensé que mi novio podría ser la opción ideal.
—¿Quieres que vaya contigo?
Asentí con la cabeza. Él me recompensó con un beso apasionado, que se cortó porque nos faltaba el aire. Después de aquello, prácticamente me arrastró hasta llegar al zoológico de Central Park. Abrí mucho los ojos pues, a pesar de estar tan cerca, no había tenido la oportunidad de conocer el lugar.
—Sé que a muchas chicas no les gustan los zoológicos. Dicen que son lugares donde los animales sufren y están encerrados.
—A mi siempre me han dado paz—suspiré—obviamente, en lugares donde puedes ver como los animales están bien cuidados. No es como los circos o esas exhibiciones donde hay maltrato.
—¿Has visto un jaguar de cerca?
Arrugué la nariz.
—No puedo creer que seas tan William.
—¡Oye!
Se cruzó de brazos ofendido, acción que me hizo reír.
—Es que él me preguntó lo mismo. Y sus hermanas también.
—Tienes que entender que es una duda razonable.
—Lo que entiendo es que este verano voy a darles un curso de México 101 a todos.
—Yo encantado de que usted me enseñe todo lo que quiera, profesora Santillán—dijo poniendo ambas manos en mi cadera y atrayéndome a sus labios.
Fantasia desbloqueada en 3…2…1.
—¿Serás un buen estudiante?—murmuré entre sus labios.
—El mejor—prometió besándome la nariz.
Suspiré sin pensar y la sonrisa de Adam se ensanchó aún más.
—Si he visto algunos animales salvajes—respondí a su pregunta—¿recuerdas que te conté que por el trabajo de mi padre vivimos un tiempo en la frontera?
Asintió con la cabeza.
—Una vez…Camila y yo vimos una madre con sus cachorros, pero mamá no nos dejó acercarnos. Con los que si solíamos jugar mucho era con los pequeños venados que crecían en la explanada cerca de nuestra casa. Me encantaban los bebés que se paseaban cerca de nosotras sin miedo y nos dejaban acariciarlos.
—¿Vivias en el campo?
—Amor…—sonreí—prácticamente toda la frontera entre nuestros países es un páramo vacío con pocas casas. De no haber sido por el trabajo de mi padre, jamás hubiéramos estado allí.
—Quiero verlo—dijo con emoción—¡quiero ver todo lo que ven tus ojos!
Nos sonreímos sin dejar de mirarnos, para después entrar al zoológico. Era un lugar enorme, donde había suficiente espacio para que los animales pudieran estar con la mayor libertad posible. Paseamos tomados de la mano, como dos tontos que no necesitaran más que su amor para seguir existiendo. No podía pensar como había vivido antes de eso. El sexo era lo más complaciente que había experimentado jamás, me daba seguridad y me hacia sentir segura conmigo misma; pero nada se comparaba a la compañía que tenía ahora a mi lado. A sentir que él era la persona que me tomaría de la mano para que yo volara todo lo alto que quería, sin tirar de mi para que cayera. Compramos unas graciosas gorras del zoológico, que traían dibujos de animales encima de ellas. Adam hizo cientos de fotografías de nosotros, o de mi cuanto creyó que no me daba cuenta. Ninguno de los dos era mucho de estar todo el tiempo en r************* , pero disfrutaba la idea de saber que mi rostro decoraba su galería de fotos. Cansados de haber pasado toda la tarde vagando por el enorme parque, nos sentamos en una cafetería cercana a tomar algo.
—¿Sabes que más haremos hoy?—Adam alzó una ceja retadora.
—¿Dormir?—bromeé.
—¿No quieres ver Anastasia?
Negué con fervor, aunque su propuesta me parecía bastante atractiva. Había estado buscando bastante la ocasión de ir a ver alguna puesta de escena en Broadway, pero los accesos eran bastante costosos y no me decidía si quería ver el esplendor del teatro musical o algo en donde destacara más mi área de la danza.
—¿Por qué no me llevas a ver algo más americano?
—¿Estás segura de eso?
—Dijiste que era un verano a la americana, Harris. ¡Compruébalo!—reí.
—Tenemos un trato, señorita Santillán. Te llevaré a tu casa, te pondrás lo más guapa posible y te recogeré a las siete de la noche.
Parpadeé varias veces antes de responder.
—¿Qué? ¿Hoy?
Asintió con la cabeza.
—¿Dónde vas a conseguir entradas para Broadway un viernes a la tarde?
—Tengo mis contactos.
Estaba demasiado intrigada por aquello, así que acepté su proposición. Me llevó a la casa de Anne y su padre, dándome un leve azote en el culo y pidiéndome que no me tardara.
—¡Ni un minuto después de las siete!
—¡Cómo la cenicienta!
Riendo, lo ví perderse en la calle, probablemente hasta encontrar su motocicleta. Cerré la puerta y corrí a vestirme. Quería algo sencillo, pero elegante. Me encantaba la moda, nada me hacia más feliz que usar la ropa perfecta para sentirme dueña de mi piel, de mi misma y de todo lo que podía proyectar. Al mismo tiempo, quería impresionarlo, deseaba que Adam siempre me viera con ojos de lujuría y, por supuesto, echaría mano de todo lo que tuviera al alcance para ello. En medio de una mezcolanza de música de mi país, pop y alguno que otro ritmo urbano que había en mi lista de reproducción terminé de vestirme y cinco minutos antes de la hora acordada bajaba por la escaleras. Adam prácticamente me devoró con la mirada, sacando su lado posesivo a floto cuando me besó.
—¿Me extrañaste?—le pregunte.
—Cómo no tienes una idea.
Había dejado su motocicleta y ahora traía el mismo automóvil con el que fuimos a la graduación.
—No iba a llevarte vestida así en la moto—sonrió de lado—el automóvil es algo que aún compartimos con William.
No necesitaba decirme nada de eso, pero de algún modo me enternecía que quisiera darme explicaciones. Yo no necesitaba que él tuviera dinero, después de todo, también era un artista y sabía que nuestras carreras podían tener tanto altas como bajas. Me abrió la puerta del automóvil y condujimos a la afamada sección de Nueva York que era el corazón del teatro musical. Del estacionamiento, caminamos hasta un cartel que me hizo gritar.
—¿Estás de broma?
—Dijiste que querías algo americano—me dijo con una sonrisa—¿Qué hay más americano que el rap sobre uno de los padres fundadores de este país?
—Pero…¡se supone que las entradas están agotadas hasta el año entrante!
—Sip—asintió con la cabeza, haciendo un divertido sonido con la última letra—pero Cooper me debía un favor por trabajar las navidades pasadas. Aunque no creas que son los mejores lugares del mundo.
—¡No me importa!—grité besándolo—¡Eres el mejor novio del mundo!
Se sonrojó, como hacia cada vez que yo me referí a él como “mi novio”. Sin soltarme de la mano, entregamos nuestras entradas para que nos dieran a cambio el programa del teatro. Aquel era el Richard Harris, me parecía enorme desde arriba. Estaba como una niña el día de Navidad, viendo todas las lucecitas brillantes a mi alrededor. Adam simplemente sonreía complacido, mientras me veía. La obra comenzó y apreté su mano con fuerza, el levantó nuestras manos unidas y se las llevó a la boca, dándome un tierno beso. Describir lo que se sintió ver un musical en su lugar de origen es casi imposible. La platea se oscureció, mientras la voz de uno de los actores anunciaba que se apagaran los teléfonos celulares para comenzar la función. Yo estaba segura que daba chillaría de no ser por la parte prudente de mi cerebro que aún seguía prendida. Cuando el primer acto comenzó, no pude evitar un grito ante las ya afamadas notas con las que se coronaba ese musical. Adam simplemente se rió de buena gana, pero ambos seguimos con los ojos fijos en el espectáculo. Cada canción era como si una nueva conexión nerviosa cambiara mis sentimientos, provocando que la mezcla de todas las emociones me hiciera reír y llorar al mismo tiempo. Jamás había expresado tanto como lo había hecho a través de los ojos de un musical. No me quise mover cuando fue el intermedio, aunque Adam se paró al baño. Necesitaba ese momento para mi, para convencerme que realmente estaba frente a ese teatro vacío que pronto se llenaría de magia de nuevo, y del cual yo podría ser parte algún día si me esforzaba lo suficiente. A pesar de las dos horas que duraba la obra, sentí que terminó demasiado rápido. No paraba de aplaudir, en pie, cuando terminó. Salimos hasta que el último de los asistentes se hubo retirado.
—No voy a preguntarte si te gusto—dijo Adam con una sonrisa ladina.
—Gracias—murmuré estampándome sobre sus labios.
—Me gustaría llevarte tras bambalinas—musitó cuando nos separamos—pero eso será en otra ocasión, que hoy está a punto de desatarse una tormenta y no quiero que enfermes.
Asentí con la cabeza, aún demasiado emocionada como para hablar. No hubo necesidad de decir a donde íbamos, porque se dirigió al apartamento en Brooklyn que ya sentía como mi rincón aunque no tuviera nada mío en él. Adam tenía razón, cuando llegamos, una tormenta veraniega ya se había soltado. Entre risas, corrimos al edificio, pero fue en vano, de todas maneras terminamos completamente empapados.
—Tienes que quitarte la ropa.
Me quedé muda.
—Enfermarás, nena.
No sabía como actuar, pero Adam caminó hacia mi, con sus ojos azules llenos de lujuría y me atrajo contra él. Sentía frío por la ropa mojada, y por que no quería tener sexo. No quería después de todo lo que él escuchó de mi. Sus manos bajaron con cuidado el cierre de mi vestido, acariciando con ternura mi espalda. A pesar de tener todas mis voluntades arriba, mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Nena, no haremos nada que no quieras. Solo quiero sentir tu piel contra la mía. No tienes nada que temer.
—No es cobardía—dije con voz temblorosa.
—Tampoco tienes de qué avergonzarte.
Sin dejar de mirarme, dejó caer el vestido lo que provocó que me quedará solamente en bragas, pues aquel vestido no necesitaba sostén. Se quitó el mismo sus prendas, quedándose únicamente con ropa interior. Bajó la mirada hacia mis manos y las tomó, haciéndome salir completamente del vestido. Me guió hasta la mullida alfombra, donde me hizo sentarme. Con cuidado, encendió el calentador y lo acercó a nosotros, para después sentarse viéndome a los ojos.
Respiré profundo. Esta vez éramos solo Lele y Adam, frente a frente. Dos almas que hablan sin tapujos, drogas o alcohol de por medio.
—Vamos a charlar—dijo simplemente.
—¿Algún tema en específico?
—Desde la fiesta en la que escuchamos a Nina y a William me entró una duda.
Esperaba que habláramos de cualquier cosa, pero no de eso.
—¿Duda?—temblé, pensando que se refería a nosotros.
—No es nada de lo que piensas, mi muñequita—su mano tomó la mía, enfocándose en acariciar las yemas de mis dedos—me quedé pensando en que aún tenemos muchas cosas que explorar.
—¿Ah sí?
Asintió con la cabeza. Aún no concebía como podía verse tan tierno y tan maduro a la vez, con esa barba y esos ojos que destilaban juego y coquetería. Adam se había metido en mi mente desde el día que lo conocí, pero tampoco le costó mucho demostrarme que mi corazón no era tan frío como el hielo siberiano, que eso era lo que yo creía.
—Empiezo yo…—se aclaró la garganta—me encantaría follarte enfrente de una ventana, para que todos vieran lo que es mío.
—¿Qué?
Me iba a tragar mis pensamientos y esto terminaría siendo mucho más erótico que follar. Definitivamente Adam Harris era una caja de sorpresas.
—Donde tú quieras, dónde puedan vernos, atraparnos… ¿Cumplirías esa fantasía para este caballero, mi muñequita?
Solo pude asentir con la cabeza, hipnotizada por sus palabras y la humedad que sentía entre mis piernas.
—Ahora es tu turno.
—¿Perdón?
—¿Qué quieres hacer, nena? No lo pienses demasiado, quiero saber cuales son las cosas que no has probado.
Comprendí lo que estaba haciendo y eso me hizo caer un poco más en el enamoramiento. Sonreí de lado, avanzando hacia él para que nuestras rodillas se tocaran. Podía ver como su m*****o estaba semi-erecto por los pensamiento que había dicho en voz alta.
—Quiero…quiero jugar.
—¿Jugar?—la voz de Adam se había hecho ronca, su pregunta me quería decir que aumentara aún más mi pensamiento.
—Hielo, velas. Experimentemos con nuestras sensaciones—susurré.
Estaba segura que él me había escuchado, porque su mano apretó mi muslo con más fuerza que antes. Sabía que estaba haciendo un enorme esfuerzo por no tocarme, cosa que me impulsaba a hacer lo mismo. Los dos nos debíamos esta prueba de confianza y la terminaríamos.
—Te toca…—musité.
—Podemos seguir con los jueguitos—rió con algo de malicia—¿qué te parecería tener una cola de conejito?
Me sonrojé muy a mi pesar. Nunca los había probado, pero había visto los juguetes anales en las s*x shop varias veces. Asentí con la cabeza, curiosa por saber como se sentiría aquello.
—Vas, princesa, ¿ahora que pasa por tu cabeza?
—Quiero que nos masturbemos.
Rió.
—Eso lo hemos hecho muchas veces.
—Me refiero a que tu te toques y yo me toque, solos, frente a frente, sin dejar de mirarnos a los ojos.
Mi recompensa ante aquel pensamiento tan elaborado fue un beso en la mejilla. ¡EN LA MEJILLA! Ya me iba yo a azotar a ese hombre.
—Yo quiero que repitamos lo de Nina y William.
Fruncí el ceño, dudando como eso podría ser una fantasía cuando más bien fue un accidente desafortunado.
—Nena, sabes que a los dos nos excitó mucho—sonrió—así que he pensando, que después, podríamos ir a uno de esos lugares donde vemos a otras parejas.
—Vaya par de exhibicionistas.
—Solo ver…—su mirada era oscura y posesiva—No pienso compartirte con nadie.
Sonreí complacida, siempre era muy halagador ver lo que le provocaba a ese hombre.
—Me toca a mi—dije acariciando su cuello—y lo que yo quiero es que no puedas tocar.
Esta vez fue su turno de hacer un mohín.
—¿Segura?
—Te tendré bien amarrado a la cama—dije con seguridad—con los ojos vendados, donde todo lo haré yo y tu tendrás que soportar la tortura.
—Castígame cuando quieras, nena.
Adam fue el que no aguanto mas, jalándome para que quedara en su regazo. Nos besamos con furia y pasión, como siempre lo hacíamos, pero había algo especial, algo que lo cambiaría todo. Confiábamos en el otro.