Suspiré al sentir el peso de Adam encima mío, estiré los brazos perezosamente hasta enroscarlos en su cuello, podía sentirlo erecto en mi entrepierna, pero lo que más me importaba era su aroma llenando todos mis sentidos. En los seis meses que llevaba en Nueva York, Adam Harris se había vuelto más importante en mi vida que nadie en los 25 años que llevaba en la tierra.
—Te quiero…—susurré rozando su nariz.
Adam me besó de lleno en los labios y yo aproveché eso para enrollar mi pierna en sus caderas. Quisiera o no, estaba lista. Él sabía mi pasado y seguía tratándome con el mismo cariño y respeto de siempre, cosa que yo le devolvería con crecer. Giró hábilmente, dejándome encima. No podía haber nada más perfecto, la lluvia era la música que daba ritmo a nuestro momento de intimidad.
—Preciosa…
A veces creía que amaba sus palabras que sus besos. Pero en ese momento solo me derretía por aquella mirada que confirmaba que, a pesar de todos nuestros secretos, nos seguíamos queriendo con la misma pasión. No puede aguantar más sus ojos sobre los míos así que lo atraje a mi cuerpo para besarlo. Adam me tomó por la cintura y ambos quedamos sentados en la alfombra de su apartamento. Los labios de Adam se separaron de los míos, para llegar a mis mejillas. Me besó con cariño, subiendo a mi frente, bajando por mi nariz, para después rozar suavemente mis labios y bajar a mi quijada. Sabía que esas caricias me perdían, sobre todo cuando sus besos se convirtieron en suaves lamidas por mi cuello; alcé la cara para darle más espacio pero él me apretó contra su cuerpo. Moví las caderas, sintiendo como estaba completamente erecto.
—Lele…
Mi nombre salió como un gemido de su boca, en respuesta al movimiento. Sus manos bajaron de mi espalda a mi trasero, jugueteando con el encaje de mis bragas. Todo se sentía distinto aquel día y, aunque odiaba la cursilería, dentro de mí sabía que estábamos haciendo el amor. Desesperada por no hacer nada, bajé mis labios hasta su oreja, mordisqueándola suavemente. Adam gruñó, tirando de mi ropa interior, la jaló hasta que logró dejar mi trasero al descubierto. Me removí para quitármela, pero no me dejó moverme.
—No quiero que te separes de mi.
—Si pretendes que esto continue, tengo que quitarme las bragas.
Se rió, separándose de mi cuerpo, con las manos detrás de la cabeza. Sonreí de lado, levantándome de nuestra posición para quitarme la ropa interior. Estaba tan perdida en sus ojos, que solté un gemido de sorpresa cuando me tomó en brazos, enrollando mis piernas alrededor de su cadera. Gemí con lujurias cuando me di cuenta que él también estaba desnudo, haciendo que mis pliegues rozaran con su m*****o. Mi interior se humedecía cada vez más, mientras sus besos bajaban por mi cuello hasta llegar a mis pechos. Tomó un pezón entre sus dientes y tiró de él, haciendo que mis talones apretaran más su cuerpo contra el mío.
—¿Te gusta, nena?
Solo fui capaz de articular una palabra.
—Más…
—¿Más que, mi cielo?—la voz de Adam sonó ahogada en la excitación.
—Más fuerte…
No supe en qué momento llegamos a la habitación. Adam trastabilló conmigo en brazos hasta sentarse en la cama, yo seguía sobre su regazo, gimiendo incontrolablemente mientras trataba de aumentar la fricción entre nuestros cuerpos. Mientras su boca seguía entretenida en mi pecho, una mano traviesa bajó a mi centro, acariciando mi c******s con suavidad.
—Estás tan mojada, tan estrecha…
Yo solo gemía, escondiendo la cara en su cuello. Con nuestra conversación anterior había sido más que suficiente para que yo estuviera a punto del orgasmo, así que ahora no faltaba nada. Sus dientes tirando alternadamente de mis pezones, sus dedos jugueteando con mi c******s, mientras su otra mano tomaba algunos de mis jugos para introducir un dedo en mi trasero. Adam era imposible. Grité cuando el orgasmo llegó, deshaciéndome en sus brazos. Me sentía sobreestimulada, no podía aguantar más, pero mis manos lograron encontrar el m*****o de Adam, acariciándolo con mis manos, esparciendo el líquido pre-seminal alrededor de la punta. Adam gruñó, mordiendo con más fuerza uno de mis pezones, mientras se estiraba para tomar un condón de la mesita de noche.
—Mío—gemí, quitándole la pieza de látex de la mano.
Abrí el sobre del condón con cuidado y lo desenrollé, para ponérselo mientras lo acariciaba. Se dejó caer en la cama, apretando mis caderas mientras yo me introducía su m*****o entre mis pliegues. Grité al sentirlo adentro, no importaba cuantas veces tuviera sexo, yo era bastante estrecha y Adam más grande que cualquier hombre con el que hubiera estado antes. Sus manos apretaban tan fuerte mis caderas que estaba segura que al día siguiente tendría moretones.
—Adam…
—Muévete para mi, nena.
Sintiéndome la mujer más deseada del mundo, comencé a perseguir un nuevo orgasmo, moviéndome primero con cuidado y después cada vez más rápido. A Adam le gustaba tener el control, pero yo sabía que estaba haciendo esto para hacerme sentir segura conmigo misma de nuevo. Lo jalé hacia mi, obligándolo a sentarse de nuevo. Sus manos vagaban perezosamente por mi espalda, mientras que nuestros labios volvían a enredarse de nuevo en una lucha desesperada; tiré de su labio inferior consiguiendo que abriera la boca, para introducir mi lengua. Gemimos los dos, provocando que mis movimientos circulares se volvieran más fuertes.
—Eres mía, nena, solo mía.
En otro momento, o con otra persona, el sentirme posesión de alguien hubiera terminado con todo, pero Adam solo logró excitarme más. Tiró de mi cabello hasta dejar al descubierto mi cuello, obligándome a moverme más fuerte. Sentía como mi c******s se presionaba contra su pubis. Era toda una experiencia, pues Adam no desperdició el momento para colar su mano, introduciendo un dedo en mi interior, junto con su m*****o, Su boca volvió a perderse en mi pecho, vagando por mis senos y mis costillas. Me llenaba de besos, mientras sus cadera comenzaba a tratar de alcanzar la mía, penetrándome cada vez más fuerte, Sentía como me empalaba, casi partiéndome en dos.
—¡ADAM!
Mi orgasmo fue suficiente para que él perdiera el control. Unió su boca a la mía mientras me penetraba más violentamente, con las manos en mi trasero para evitar que me separase de él. Me giró hasta dejarme tendida en la cama, abriendo más mis piernas para subirlas a sus hombros. Estaba completamente excitado, con los ojos oscuros por la lujuría. En unos cuantos movimientos se había corrido, llevándome mágicamente a un tercer orgasmo.
—Eres el único capaz de volverme un salvaje—dijo riendo perezoMichaelente cuando salió de mi interior.
Se levantó para tirar el condón y volvió a la cama, besándome con cariño.
—Te extrañaba, nena.
—Y yo a ti, mi amor.
—¿Mucho?
—Mucho, mucho.
Ningún orgasmo se compararía a la sensación de tener a Adam sobre mi cuerpo, los dos desnudos; su cabeza en mis caderas; mientras dibujaba pequeños círculos alrededor de mi piel. No cambiaría ese momento por nada en el mundo.
—¿En qué piensas?—pregunté mientras acariciaba sus cabellos.
—Pienso que quiero aprenderme todo tu cuerpo.
Seguimos en silencio, escuchando la lluvia caer. Parecía que ese día Nueva York había decidido que yo dormiría en los brazos del amor de mi vida.
—Por ejemplo—susurró contra mi piel, tocando mis pechos con cariño—tienes cientos de pecas aquí, mi amor…todas las pecas del mundo.
Reí a carcajadas, sintiendo también las de él vibrar sobre mi estómago, su barba me hacía sentir una comezón deliciosa.
—Y aquí…—acarició una cicatriz en mi cadera, al tiempo que en su frente se formaba una arruga, que me apresuré a disminuir con mi mano—¿qué te sucedió cariño?
Me estremecí, recordando lo que había pasado. Adam lo notó y besó la cicatriz.
—Nena, no tienes que contarme nada que tu no quieras.
—Está bien, amor…—acaricié su cabello—es algo que pasó hace muchos años. Cuando era niña un incendio en la casa casi nos mata a mi hermana y a mí.
Adam alzó el rostro, para acomodarse en la cama, cubriéndonos a ambos con las sábanas. Apoyó su rostro en su mano, para mirarme fijamente.
—¿Quieres decirme qué pasó?
—A decir verdad casi no recuerdo nada.
Era muy pequeña cuando vivíamos en la frontera del país, casi nada de aquella época tenía mucho sentido en mi mente. Todo eran simplemente recuerdos mezclados con las cosas que mis padres o el resto de la familia me habían contado. Nailia juraba que recordaba cosas, pero no tenía ni siquiera un año, así que seguramente era una mentirilla para llamar la atención.
—Tenía tres años…—comencé—Cuando mi padre fue enviado a un almacén de la industria Química del gobierno en Durango. Camila y Sergio tenían apenas un año, habíamos celebrado su cumpleaños en Guadalajara y Joaquín debía tener ocho.
—¿Quiénes?—me preguntó confundido.
—Mis hermanos—dije con una sonrisa triste.
—Pensé que solo tenías una hermana…
—A eso voy.
Realmente era una historia que nadie fuera de mi familia conocía. La razón detrás de la actitud de mi madre ante nosotras y el porque volvimos a Guadalajara y mi padre prácticamente exigió tener un puesto de gerente donde no tuviera que moverse de ciudad en ciudad.
—Nosotros éramos cuatro. Joaquín, Sergio, Camila y yo. Mi padre trabajaba para el gobierno y mi madre era profesora. Vivíamos en el último pueblo habitable de Durango, antes de las montañas.
—Suena lindo…—Adam seguía acariciando mi vientre mientras me escuchaba hablar.
—Era como vivir permanentemente en el polo norte. La mitad del año no había sol. Pero era un lugar tranquilo y seguro, con cabañas muy viejas. Mi madre apenas había vuelto a trabajar después de nacimiento de los gemelos.
Cerré los ojos, tratando de recordar aquello que solo parecía ser una pesadilla en mi memoria. Las manos de Adam y la lluvia me hacían un enorme favor, al recordarme que estaba con él en la cama y no de vuelta en Durango. No quería volver a vivir aquel frío nunca más.
—Era diciembre, pronto sería Navidad. Los mexicanos solemos hacer fiestas enormes antes de la Navidad, comenzamos a celebrar desde el día que se supone apareció la Virgen.
—¿Cómo?
—La expresión de la fe es muy importante en mi país.
—Vaya…
Negué con la cabeza.
—Definitivamente tengo que darte clases.
—Aún no puedo creer que mi novia viene de México.
Arrugué la nariz.
—¿Por qué?
—Es algo que para mi suena tan lejano, como un cuento de terror que nos contaban los gobiernos.
—No era tan terrorífico…creo. Yo tenía apenas seis cuando comenzó la guerra contra el narcotráfico.
—Una bebecita…—Adam me besó entre los pechos—sigues siendo.
Sonreí de lado.
—¿Qué pasó aquella navidad, nena?
—Mi padre llevó un enorme árbol para que adornáramos. Todavía íbamos a hacerlo aquel día, pero mi madre tuvo que ir al mercado para comprar la comida. Joaquín prometió que él se haría cargo de nosotros. Ya era mayor, dijo. Mi madre aceptó, sabiendo que mi padre veía la cabaña desde su oficina y ella no debía tardar más de quince minutos. Era un pueblo bastante pequeño. Los cuatro estábamos en la sala de estar, seguramente jugando…
Jadeé.
—Nena, no pasa nada—Adam me apretó contra él.
—Joaquín dijo que nosotros podíamos adornar el árbol y yo le creí. Dejamos a Mila y a Ser jugando en el suelo y él fue por todas las velas. Las pusimos lo mejor que pudimos en aquel árbol. Recuerdo que era enorme, tan grande que Joaquín se subió a los sillones para poner las velas hasta arriba…
Mis ojos se llenaron de lágrimas sin poder evitarlo. Adam solo me veía fijamente.
—Cuando estuvo listo, dijo que las encendería para que papá lo viera desde su oficina. Yo no pude decirle nada, no entendía mucho. Joaquín tomó un encendedor y comenzó a encender las velas más altas pero una de ellas cayó.
Sollocé.
—Amor—Adam me apretó a su pecho—lo siento tanto…
—Joaquín se asustó e intentó apagarla, pero no pudo. El árbol completo estaba lleno de velas y la casa era de madera. En pocos minutos, una vela chocó contra mi cadera, de allí vienen la cicatriz.
—Princesa…
—Joaquín estaba asustado, eso lo recuerdo muy bien. Decía que nuestro padre lo iba a regañar, que tenía que sacarnos de la casa. Me empujo hacia la ventana, sacándome primero. Sergio se había asustado y se escondió bajo un sillón. No recuerdo dónde estaba Camila.
Cerré los ojos, reviviendo aquella pesadilla. El corazón me latía a mil por hora.
—Mi padre corrió a la casa, yo solo lloraba, gritándole a mis hermanos que salieran, que aquello no era divertido.
—Lele, mi vida…
Adam acunó su rostro sobre el mío, haciéndome verlo a los ojos. Él también lloraba, sintiendo mi dolor.
—Joaquín salió con Camila en brazos, y se desplomó frente a nosotros. Parecía un juguete de esos que se han puesto al carbón. La casa se redujo a cenizas, después de una larga búsqueda encontraron el cuerpo de Sergio.Camila y Joaquín estuvieron varios meses en el hospital, pero solo mi hermanita logró salir de aquello. Y yo…—me reí sin ganas—yo solo me quedé con una estúpida cicatriz que me hizo decirle adiós a los bikinis.
El rostro de mi novio estaba surcado por las lágrimas, entendiendo mi dolor.
—Sobreviviste a eso por algo, tú y Camila. ¿De acuerdo?
Negué con la cabeza.
—Siempre me he preguntado por qué yo y no ellos.
—No te tortures con eso, mi amor—Adam me besó en los labios.
—Abrázame.
Adam me hizo caso y no dijimos nada más. Dejé que el dolor se volviera sordo, como lo era desde hacia tantos años y cerré los ojos, tratando de dormir. Adam dedicó a acariciarme hasta que me dormí. Esa noche soñé con que mis hermanos perseguían a Adam por el bosque, amenazándolo con golpearlo si me hacía sufrir.
La única desventaja de ser novia de un artista es que las vacaciones no existían para él. Llevábamos cinco de nuestras ocho semanas de vacaciones y Adam volvía a tener trabajo porque participaría en un curso de verano para niños. Cada vez tratábamos de hablar más y de pasar todo el tiempo posible juntos.
—No te decepciones. Aún tenemos tiempo para conocer Nueva York.
—Voy a llevarte a Broadway tantas veces que te aburrirás.
—Ya sabes que yo soy feliz estando contigo en el laboratorio o en casa o en donde sea.
Las noches las pasaba mayormente en su apartamento, aunque iba de vez en cuando a casa o Anne me mataría. Aquella tarde, Adam me dejó después de haber paseado por los diversos cementerios de la ciudad, dándome un beso en la nariz y prometiendo que iríamos al cine al día siguiente. Abría la puerta de la casa del señor Ollivier para darme cuenta que Anne no estaba sola,
—¡MARGOT!—grité emocionada—¡Volviste!
La rubia se levantó de su asiento, abrazándome con emoción. No sabía en qué momento nos habíamos vuelto cada vez más intimas, pero yo no dejaba de valorar el hecho de que me hubiera defendido frente a su hermana.
—El viaje fue demasiado aburrido. Debí convencer a mis padres de irnos a Cancún, pero ellos decidieron quedarse.
—Espera, ¿has vuelto sola?
Margot asintió con la cabeza.
—No soportaba estar con Dalilah un minuto más. Mi padre se ha enojado, pero ya se le pasará. He pensando en conseguir un empleo de verano.
—Pero, Margot…
Estaba bastante confundida. Sabía que moría por salir de Nueva York, siempre que nos reuníamos alegaba que estaba harta de la gran manzana y que de buena gana cambiaría esta ciudad por cualquier otra, cosa que yo no entendía. Yo estaba enamorada de Nueva York y no pensaba irme nunca de aquí si pudiera. Y no, no tenía nada que ver con cierto rubio americano que trabajaba en el laboratorio del Acelerador de Partículas y que follaba y amaba como nadie.
—Les juro que es insufrible.
—¿Las islas canarias?
—¡POR SUPUESTO QUE NO, LELE!—dijo tirándose dramáticamente en el sillón—¡LA TONTA DE DALILAH!
—¿Y ahora?
En general, sabía que las dos hermanas se llevaban bastante bien, así que aquello me hizo alzar una ceja.
—Desde mi cumpleaños es insoportable, así que he optado por mejor no hablarle. Mis padres no entienden nada, pero ninguna va a ser la primera en hablar.
Bajé la mirada, Dalilah se estaba comportándose así con Margot por mi culpa. Quizá no debí haber ido a aquella fiesta. No podía imaginarme pasar una vacaciones enteras sin hablarme con Camila. Además, mi hermana y yo tendíamos a resolver nuestros problemas de una forma más física. No iba a olvidar que nuestra última pelea terminó con mi labio roto, su ceja rota y nuestro apartamento en Moscú destrozado.
—Lo siento tanto, Margot.
Mi rubia amiga me miró, igual que Anne, con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué lo habrías de sentir tú?
—Es que…siento que el detonante fue toda la situación de mi trabajo anterior.
—No, el detonante fue que mi hermana es una estúpida que se niega a recibir tratamiento psiquiátrico.
—Pero…
—Pero nada. Dalilah sabe muy bien que hay líneas que no debe cruzar y esa fue una de ellas. Nadie se mete con mis amigos.
Sonreí de lado, nunca había conocido a una amiga más leal que Margot Jones. Era una cualidad que no deseaba que perdiera nunca.
—Aún así…ojalá pudiera hacer algo por ti.
—¡Consígueme un novio ruso!
Me reí con ganas.
—¿Qué?
—Estoy harta de los hombre de Nueva York. O de Estados Unidos en general. Son todos unos patanes idiotas que solo piensan con la polla.
—Creo que estás describiendo a todos los hombres—dijo Anne.
—Amen, Brown.
Margot nos miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué no ustedes dos tienen novios y están muy enamoradas?
—Así es—coincidí—Pero eso no quita que odiemos al maldito patriarcado falocéntrico opresor.
Reímos a carcajadas. Yo no podía ocultar mi felicidad, aparte de Adam, Nueva York me había dado a las mejores amigas que podía pedir. Nada que ver con las chicas envidiosas con las que crecí que no hacían nada más que tratarte con hipocresía hasta que pudieran disfrutar el verte fracasar. El pensar en mis amigas hizo que mi mente se fuera a otro lado.
—¿Han sabido algo de Nina?
Ambas negaron con la cabeza.
—Está muy ocupada con los cuidados de su tío—informó Margot—O eso me dijo Alex.
—Espero que mejoré pronto. Sé que el señor es importante para ella.
—Yo creo que también me está evitando.
Mi mirada se cruzó con la de Anne, ambas volteando a ver a Margot con preocupación.
—¿Por qué lo dices?
—Desde la fiesta y los retos todo es incómodo entre nosotras.
—Ay, Margot.
—No sé que hacer—susurró—y siento que la cosa se va a poner cada vez más complicada.
—¿Por qué lo dices?
Mi mente cruzó cables antes que la de Anne.
—¿Piensas en William?
Margot se mordió el labio y asintió con la cabeza.
—Nunca lo había visto así. Pero también el separarme de Dalilah me ha hecho ver las cosas de manera distinta.
—¿Qué?
—Mi hermana me convenció de que William había vuelto de la guerra como la peor persona del mundo y siempre puse un muro entre él y yo. Aunque ahora no creo que tenga la razón. William es diferente a las personas que conozco.
—¿Vas a hacer algo con lo que sientes?
Negó con la cabeza.
—No quiero ser un juego para Wick, tampoco quiero lastimar a Nina. Sé muy bien lo que ellos vivieron y no pienso repetirlo o entrometerme. Creo que, a su manera Wick quiere a Nina y mientras no la supere no podrá querer a nadie más.
—¿Y tú?
—Yo esperaré a que tu me consigas un novio latino, amiga querida.
Margot sabía muy bien como romper la tensión de un tema y eso era algo que le envidiaba mucho.
—¿Qué clase de latino?
—Espera, ¿hay clases?
—Claro como todos los hombres. Aquí no hay solo Adam Harris, ¿o si?
Anne negó rápidamente con la cabeza y supe que estaba pensando en Michael.
—Pero en México son todos igualitos, ¿no?—Margot ladeó la cabeza.
—Como le decía a Adam, mejor los meto a todos a un curso de cultura rusa este verano.
—¡Lele!
—Para empezar, en México hay muchas etnias. No todos somos iguales, por algo se llama Estados Unidos Mexicanos, porque somos muchos y muy diferentes.
—No entiendo como sabes tanto.
—¿Tú no sabes lo mismo de tu país?—rebatí.
Margot negó con la cabeza.
—Aquí uno aprende lo que quiera. ¡Oh América la hermosa!
—Les vendría bien un poco de la disciplina en la escuela.
—¿En serio?
—¡Por supuesto!
—¿También a tu Adam?
Arrugué las cejas, llevando mi mente a la idea de que yo fuera su profesora.
—Sobre todo a él.
—Los hombres necesitan control.
Margot decidió quedarse a comer con nosotras, pero no nos apetecía cocinar nada y cómo el señor Ollivier se había ido de nuevo, decidimos que seriamos adultas funcionales y pedimos pizza, así como dos botellas de vino. Adam no llegaría hasta la mañana siguiente, por lo que teníamos toda la tarde para nosotras. Había intentado marcarle a Nina varias veces, pero no me respondió.
—3312. ¡Tenemos 3312! Repórtate o iré a patear tu colombiano trasero. Con amor, L.
Después de dejarle aquel mensaje volví a la mesa, viendo como Margot y Anne peleaban por una rebana de pizza.
—Si saben que hay más, ¿verdad?
—¡Pero esta tiene todo el Pepperoni!
Rodé los ojos, sirviendo el vino. Comíamos y charlábamos de cosas sin importancia, mientras veía cómo Anne ignoraba deliberadamente su teléfono.
—¿Qué pasa, Brown?–alcé una ceja—¿Ignorando el trabajo?
—Le diré a Michael que debemos darnos un tiempo.
Eso no lo veía venir.
—¿Estás loca o qué te pasa?—exclamó Margot—¡Si todo el tiempo se miran como en esas películas navideñas de amor! ¡Es asqueroso!
—Michael quiere casarse.
Con esas palabras comprendí un poco lo que pasaba por la mente de mi amiga. Margot, que no conocía esa historia, se encogió de hombros sin comprender.
—¿Y? Estamos en edad de ser muchachas casaderas.
—Esa es la frase más antiguada que ha salido de tu boca, Jones.
—Y vendrán cosas peores, dijo la biblia.
Negué con la cabeza, concentrándome en Anne.
—Le has contado.
—No tiene caso.
Anne Brown podía ser igual o peor que yo en cuanto a guardar secretos se trataba.
—Tienes que decirle o vas a terminar como yo.
—¿Follando a un artista rubio?
Le lancé una servilleta.
—Llorando una relación que deberías disfrutar.
—¡Señoras, no entiendo nada!—exclamó Margot con frustración.
—En resumidas cuentas—suspiró Anne—hace algunos años me iba a casar en secreto con un tipo que no me convenía para nada y desde entonces la idea de las bodas no me agrada para nada.
—Ya veo—dijo Margot—Pero eso fue hace mucho tiempo…
—La cosa es que yo no sé si quiero casarme. Estamos bien cómo estamos. Además, debo pensar en muchas cosas antes que en el matrimonio.
Comprendía bien a Anne. Seguramente, si Adam me dijera lo mismo en este preciso momento, lo mandaría a freír espárragos. Tenía que pensar en mi carrera y en la familia que había dejado en Rusia. Anne debía pensar en su padre, después de todo solo eran ellos dos.
—Entonces debes hablar eso con Michael.
—Por eso le diré que nos demos un tiempo.
¿Por qué las mujeres éramos tan tontas a veces?
—¿Y eso que te va a solucionar?
Anne se encogió de hombros, dirigiendo su mirada a su rebanada de pizza.
—Anne…dime algo.
—¿Qué pasa Margot?
—¿Tú quieres a Michael?
—¡Eso no se pregunta!—los ojos de mi amiga brillaron con lágrimas que no supe comprender de qué eran.
—¿Y crees que él te quiere a ti?
—Supongo que sí.
—Entonces no seas idiota, por favor. Ve, agárrate los ovarios y habla con él.
—¿Qué le digo?
Nunca había visto tanta angustia en la cara de mi amiga. Estiré la mano y tomé la suya, apretándola con fuerza.
—Dile: “Michael, mi pasado es un poco difícil y no estoy preparada para el matrimonio, pero eso no significa que no quiera estar contigo”.
—Eso suena bien, pero…¿y si no quiero casarme nunca?
Decidí que era momento de intervenir.
—No necesitas un papel o una ceremonia para estar con la persona que amas.
—Pero Michael y su familia creen que sí.
—Esas son las cosas que debes hablar con alguien cuando decides tener una relación. Mira, Anne, yo estoy segura que Michael va a entenderte.
—Es el mejor de los tres—completó Margot, a lo que yo la miré con el ceño fruncido—Desde que éramos más chicos, Michael entiende mejor esa clase de cosas que Adam o Wick.
Quise rebatirle, pensando en todos los secretos que había sido capaz de contarle a Adam que nunca pude hacer con nadie pero no lo hice. Este era el momento de Anne y, si quería que mi amiga siguiera a su corazón para hacer lo correcto, no debía hablar en ese momento. Ella debía procesar las cosas a su manera.
—Entonces…—esta vez me miró a mi—¿creen que deba contarle todo?
Asentí con la cabeza.
—No con todos los detalles, si te sientes más cómoda así—susurré—pero es importante que él sepa de donde viene tu negativa.
—Piensa en lo siguiente, Anne—dijo Margot—¿qué pasaría si le ignoras y le dices que quieres tiempo y un día estás lista para casarte con él pero ahora está con otra?
Anne palideció y tomó su teléfono, que no dejaba de sonar. Se alejó de nosotras y supe que le estaba diciendo a Michael que le quería. Mi amiga no iba a dejar ir su segunda oportunidad en el amor así como así. Comimos y disfrutamos hasta muy tarde, cuando Margot tuvo que irse. Anne se despertó temprano para ir a desayunar con Michael, por lo que supe que no volvería hasta la noche. No sabía nada de Adam así que decidí sorprenderlo, preparando un desayuno sencillo y guardando todo en mi bolso de ballet. Caminé las pocas calles que me separaban del laboratorio de mi novio y tomé el teléfono. Adam contestó después del primer timbrazo.
—“Nena…”—su voz sonaba cansada—“Sé que te prometí llevarte a desayunar, pero no he terminado. Sigo atorado en el museo.”
—“No pasa nada, amor. Solo necesito un favor”.
—“Para tí, lo que sea, princesa.”
—“¿Puedes bajar a la entrada de empleados?”
—“Bajo en un minuto”.
Colgamos la llamada y, fiel a su palabra, mi novio estaba allí. Tenía la barba aún más larga, debido al poco tiempo que tenía, y unas ojeras enormes, pero su rostro se dulcificó al verme.
—¡MI AMOR!
Avanzó a mi y me abrazó con fuerza, levantándome del suelo. Feliz de verlo, le cubrí el rostro de besos.
—¿Qué haces aquí?
—Pensé que si el físico no iba al desayuno, el desayuno debía ir al físico.
—¡Eres brillante, mi reina! ¡Brillante!
—¿Entonces?
—El museo está cerrado, así que podemos desayunar en la oficina. ¿Te parece?—me miró con los ojos entrecerrados—¿o tienes otros planes?
—Mi calendario indica que pasaré todo el día con mi novio.
Sonriendo, tomó la cesta y me tomó de la mano, para que entráramos ambos. Subimos a su oficina y me senté en el escritorio después de acomodar todo el desayuno. Estábamos haciéndonos tontos, dándonos de comer en la boca cuando sonó mi teléfono.
—No me jodas.
—¿Qué pasa?—preguntó Adam.
—Es llamada de mi casa—me ruboricé—la olvidé.
—Contestala, nena.