Alcé una ceja, pues él no sabía que se trataba de una videollamada. Ni modo, Adam Harris, te tocaba conocer a los Santillán en un momento en el que no estabas preparados. Negué con la cabeza, pensando que a mi familia le encantaba agarrar a la gente con los calzones abajo.
—¡Hola chicos!
—¡Cielito!
Como siempre, el primer rostro que vi fue el de mi padre. Se me apachurró el corazón cuando ví que tenía aún más canas en la barba. Yo definitivamente le vendería el alma al diablo a cambio de que no envejeciera más.
—¿Cómo estás papá? ¿Qué cuenta el trabajo? ¿El calor? ¿Ya se calmaron los ánimos con lo de presidente?
Adam parecía no entender nada, pues hablábamos de política y en ruso. Alcé la cara para que mi padre no me viera a cuadro y le lancé un beso.
—El viejo México nunca va a cambiar, pequeña, y tu padre menos. ¿Le hablaste a tu madrina?
Me golpeé la frente con la mano, recordando que pronto sería su cumpleaños.
—¿Ha preguntado por mi?
—Sabes que siempre lo hace. Eres su orgullo.
Enrojecí.
—Prometo hablarle más tarde. ¿Sigue con la tía Laura?
—Así es, ambas se vuelven locas mutuamente.
Reí.
—Como era de esperarse. Nadie aguanta a un Santillán más que otro Santillán.
—¿Y yo qué?—Franco entró a la llamada, junto con Camila que estaba sentada en su regazo y mi madre, se había acomodado al lado de mi padre.
—Tú eres un Santillán honorario.
—Touché.
—¡Mira mi anillo, Celestina!—Camila extendió su mano, enseñándome un precioso anillo de diamantes.
En otro momento quizá hubiese sentido envidia, pero ahora solo podía pensar que lo único que quería era que la felicidad siguiera en mi vida como hasta ahora, sobre todo con el rubio que intentaba descifrar la conversación en un idioma que no conocía.
—¡Me encanta!—dije con sinceridad—¡Estoy muy emocionada por ustedes!
Seguimos hablando por unos minutos de México y de mis vacaciones hasta que no pude aguantar más.
—¿Qué tan dispuestos están a hablar en inglés?
—Mi inglés está un poco oxidado—dijo mi padre.
—Sabes que yo solo lo entiendo, no lo hablo—contestó mi madre.
—¡Cuenta con nosotros!—respondieron Franco y Camila al mismo tiempo.
—De acuerdo—dije respirando varias veces. Silenciosamente, me acerqué hasta sentarme en el regazo de Adam, quien apretó sus manos en mi cintura, sin saber que pasaba—Familia, quiero que conozcan a mi novio, Adam Harris.
Se hizo un silencio algo tenso. Pude ver el rostro de mi padre adquirir la formalidad de cuando trabajaba y a mi madre sonreír enormemente, admirando a mi Adam. Mi hermana e Igor solo veían la forma de ponerme más incómoda, aguantando las carcajadas.
—Mucho gusto.—Adam fue el primero en romper el silencio.
—¡Encantada!—chilló mi hermana—¡Camila Santillán!
—Mi nombre es Franco Dávila—saltó mi amigo—Mejor amigo de la señorita que tienes por novia y su cuñado.
Adam alzó una ceja interrogante, a lo que yo me encogí de hombros.
—Te dije que Camila y yo teníamos pocos amigos.
—Pablo Santillán
La voz de mi padre sonó más dura de lo que yo esperaba y, por la sonrisa ladeada de mi madre, comprendí instantáneamente que estaba celoso. Desde Fyodor no le presentaba a nadie y yo juraba a la familia, siempre que me preguntaban, que nunca me volvería a meter en una relación.
—Es un placer—logró decir Adam.
Con la mano que no sostenía el teléfono sostuve la suya y pude sentir que sudaba. Mi pobrecito estaba nervioso. Le di un beso en la mejilla.
—Mamá quiere saber cómo se conocieron—dijo Camila.
En una mezcla de español e inglés, les explicamos que nos conocimos en la universidad, que ambos compartíamos una clase aunque estudiábamos posgrados diferentes. En mi idioma natal, le conté a mi familia lo especial que Adam era para mí, y lo mucho que me había ayudado a adaptarme al mundo occidental. Para cuando terminamos de hablar, mi padre sonreía aún más complacido, mientras que mi madre insistía en que lo invitar a la boda de Camila.
—Ya está invitado.
Mi hermana aplaudió emocionada.
—¡Esperamos conocerte pronto, Adam!
—Cuenta con eso, Mila.
Supe que se llevaron bien y sentí como mi alma descansaba sabiendo aquello.
—¡Exijo un sobrino americano!
Eso fue lo que gritó Franco antes de que termináramos la llamada. Me escondí en el cuello de Adam, después de despedirme, aspirando su aroma por un largo rato.
—Debiste avisarme que conocería a los suegros.
—¿Qué gracia hubiera tenido así?
—La de no matarnos ni a mi ni a tu padre de un infarto.
Solté una carcajada.
—Pero si todo salió maravillosamente bien, cariño. Estoy segura que ya te adoran.
—Parecía que tu padre quería matarme.
—Así era con Franco al principio.
—Tendré que pedirle lecciones de cómo sobrevivir.
Lo abracé. Últimamente me daba por hacer eso todo el tiempo. Necesitaba el contacto de Adam en mi vida, parte de mi tenía miedo de que esto se acabara en cualquier momento, que se diera cuenta que yo no era la mejor mujer para él. Me besó en el cabello y decidí no pensar en eso.
—Debo volver a trabajar.
Hice un mohín.
—Acompáñame—me pidió—Te necesito o moriré de aburrimiento.
—¿Quieres que hagamos lo mismo de la otra vez?
Me besó en el cuello.
—Por mucho que me encantaría, si no terminó hoy la pintura que falta por hacer, Cooper me castrará y no creo que quiera eso.
—¡Definitivamente no!
—Entonces tendremos que portarnos bien, nena.
—¡Qué aburrido!
—Encontraremos como divertirnos aquí, ya verás.
Me levanté, esperando que él hiciera lo mismo. Salimos de la oficina con sus cosas en mano. Adam se puso a trabajar mientras yo jugueteaba con el celular.
—¿No que ibas a ayudarme, Lele?
—No tengo la menor idea de cómo hacerlo—reí— Arruinaré tu trabajo.
—Yo te enseñaré.
Estuvimos un largo rato en silencio, simplemente trabajando. O, más bien, él arreglaba las máquinas y yo solo le pasaba algunas cosas.
—Lo haces muy bien—me elogió.
—Lo estás haciendo todo tú—dije con un puchero.
Adam soltó una carcajada ronca, pero continuó haciendo lo mismo hasta que la máquina estuvo completamente limpia. Su otra mano vagaba por mi vientre, apretujándome contra él. Ese fue uno de los momentos revelación en mi vida, donde supe que podría quedarme en esa posición, o al menos haciendo aquello, por el resto de la existencia. Nunca había sentido lo que sentía estando junto a él y, desesperadamente, quería ser correspondida de la misma manera.
—No sé como lo haces…—suspiró en mi cuello.
—¿Esto? Ya te he dicho que eres quien guía el movimiento.
Negó con la cabeza.
—No entiendo muy bien cómo, pero te has convertido en el centro de mi mundo, en la persona en las que puedo confiar.
Mi respiración se entrecortó pues aquella confesión me había tomado por sorpresa. Giré en sus brazos, para verlo a los ojos. Si me iba a decir aquellos quería que lo hiciera cara a cara, aunque sus susurros en mi piel dejaban marcas que nunca iba a olvidar.
—Adam…
—Nena, verdaderamente me tienes enamorado.
Lo había dicho en voz alta. Era algo diferente a compartir un “te quiero”, era reconocer que entre nosotros los sentimientos afloraban aunque no pudiéramos controlarlos.
—Yo también estoy enamorada de ti—dije con seguridad poniendo las manos en su pecho.
—No lo entiendes.
—¿Cómo?
Su labio besaron mi frente, mientras me apretaba hacia él.
—Nunca, con ninguna persona, había sido capaz de sentir esto. Te quiero con toda el alma, Lele Santillán. Te quiero conmigo esta y mil vidas más.
El hecho de que usara mi nombre ruso me hizo temblar.
—Yo…te quiero como no puedes llegar a entender, Adam Harris.
Seguía con sus labios en mi frente, mientras nos balanceábamos al ritmo de una música imaginaria. En ese preciso segundo, en el universo solo existíamos nosotros dos y yo no sería capaz de cambiar eso por nada.
Cualquiera pensaría que con seis meses en Nueva York; un novio; y los mejores amigos del mundo uno se acostumbraría a la alocada vida de la ciudad, pero era todo lo contraría. Iniciar el segundo semestre del posgrado me estaba costando mucho más de lo que esperaba.
—No quiero—gemí lastimeramente escondiendo la cara en el pecho desnudo de Adam.
Aunque me encantara quedarme aquí, ahora debía dar otra ronda de clases para completar con mis actividades como estudiante de una maestría en Harvard. Además de tomar cursos, lo que hacia imposible que viviera en el apartamento de Adam en Brooklyn, donde prácticamente me había instalado durante el verano.
—Princesa, no vas a llegar mañana a tu primer curso. Te conozco y eres demasiado responsable para hacerlo.
Lancé un sollozo falso mientras las vibraciones de su risa me llegaban. Una de sus manos que descansaba en mi espalda, fue hacia mi mentón, acariciando mi mejilla con cariño.
—¿Por qué tengo que ir?
—Porqué decidiste hacer un posgrado.
—Odio que seas la voz de la razón.
Quitó unos cuantos cabellos de mi rostro y me besó al lado de la cabeza, repetidas veces.
—Encantado de ser su consciencia, señorita Santillán.
—Mi consciente y mi subconsciente.
Ambos reímos. Finalmente, cuando era inevitable, me levanté de la cama. Le di el mejor espectáculo que pude a Adam, deseando que el verme desnuda, bailoteando por su habitación en busca de prendas de ropa limpia, lo hiciera llevarme a la cama para otra ronda de sexo y no tener que irme al Brownstone. Pero no logré más que unos cuantos besitos fogosos.
—¿Cuál es tu problema con las clases?—preguntó, mirándome divertido—Tienes el horario lleno y de lo único que te he escuchado quejarte desde que lo descargaste es de eso.
Bufé.
—Mi madre es profesora y no soy tan fan de estar encerrada con gente a la que le tengo que enseñar cosas. Me desespera.
Alzó una ceja.
—¿No ibas a ser mi profesora de español?
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque puedo castigarte si no me pones atención…y divertirme con ello.
La realidad era que yo le temía a dar clases porque en eso era como terminaban todos los científicos fracasados cuando sus años en alguna universidad de medio pelo terminaban. Yo no quería que eso me pasara. Estaba tan obsesionada con tener todo en control; en mis propios términos; que no dudaba en ser dueña de mi destino profesional. Por eso estaba en Nueva York.
—No se quedarán en la universidad para siempre.
Eso fue lo primero que nos dijeron al entrar a trabajar en la Universidad de México y no dudé en repetírmelo cada día. Necesitaba un plan be, o ce, o incluso un plan zeta por si todo lo anterior fallaba. Así que me propuse conseguir un título extra que me permitiera ser farmacéutica y poner mi propio negocio cuando todo lo demás fallara.
—En verdad no voy a aguantar tanto tiempo sin ti.
Nuestros horarios chocaban bastante, por lo que nos quedaba tiempo para vernos solo los fines de semana. Y sí, mi mente controladora ya se había acostumbrado a tener a Adam dentro del orden natural de las cosas.
—Te prometo escapar a verte. Ahora que seré mi propio jefe podré venir tanto como quiera…o dejarte entrar conmigo al laboratorio.
Se veía tan orgulloso que no pude resistir volver a la cama y besarlo.
—¿Te llevo al brownstone, nena?
—No es necesario, amor. Ya estás calentito en la cama.
—Pero mi chica puede estar en peligro y sola.
—Don posesivo, sabes qué puedo cuidarme.
Negué con la cabeza, pero él ya se estaba cambiando. Así que no tuve más remedio que amarrarme los tenis converse y guardar todo en el bolso, ya tendría tiempo de arreglarlo antes de dormir. Subimos a la motocicleta, cómo era nuestra costumbre cuando hacíamos viajes pequeños, despidiéndonos de Isaiah que seguía cuidando el estacionamiento. En el silencio del viaje, me dediqué a aspirar su aroma, memorizándolo para las horas que pasaría sin él. Llegamos a casa más rápido de lo que esperaba.
—Nena, mañana estaremos juntos de nuevo.
—Nuestros horarios están imposibles en Lunes.
—Mi trabajo contigo es hacer posible lo imposible.
Sonreí de lado y me paré en las puntas de los pies para besarlo. Junto a Adam no tenía la necesidad de tener zapatos de tacón, pero también prefería esa diferencia de estatura. No iba a negar que los hombres altos eran uno de mis fetiches favoritos y mi hombre lo cumplía con creces. Nos besamos hasta quedarnos sin aliento y después nos quedamos abrazados hasta que se hizo evidente que una tormenta llegaría. No pude subir hasta que lo perdí de vista y me entretuve en todo menos en dormir. Me estaba acostumbrando a dormir acompañada y eso me iba a ocasionar un problema.
—¡ODIO LOS LUNES!
La clase no había sido tan mala como yo esperaba. Gracias a todos los cambios cuánticos en el universo, me había tocado dar clases intensivas a un grupo de chicos de alto rendimiento que llevaban años estudiando, así que no fue desesperante. Inmediatamente después de eso, me reuní con la profesora Anne Vanderbilt. Tenía cuarenta minutos antes de mi siguiente clase del día, así que vagabundeé por el patio principal de la maravillosa escuela para buscar un café. Sabía que no me encontraría a mi pobre príncipe Adam porque estaba atrapado en su calabozo llamado Laboratorio Nacional de Aceleradores SCAL. Quizá al terminar mi clase podría ir a rescatarlo como su guerrara en armadura química.
Con un buen café en la mano, el único medio decente que vendían en Harvard, consulté mi reloj. Tenía aún media hora para comenzar con otra clase, así que me tumbé en el pasto abriendo el libro que estaba leyendo y que tuve que pausar en el verano debido a que cierto rubio de ojos de cielo me entretuvo. Había apostado con Franco que leería la mayor clase de clásicos de la literatura americana antes de que regresara a casa, para que nos burláramos juntos de ellos.
—Ahora que estás tan ocupada con una buena polla, los libros se han quedado atrás ¡por fin!
—Jódete, aún te ganaré.
Pronto, me perdí en el mundo de “Matar a un ruiseñor”, donde Scout y sus amigos tratan de descifrar a su intimidante vecino “Boo”. El libro resultó mejor de lo que yo esperaba, mucho sencillo de digerir que la complicada literatura latinoamericana. Lo cambiaba por “El Coronel no tiene quién le escriba” de buena gana el resto de los días de mi vida. Sentí como alguien se sentó a mi lado y fruncí el entrecejo, pues no tenía ganas de hacer charla con mis compañeras de clase. Una vez que me hacia de uno o dos amigos, no me interesaba tener nuevas relaciones interpersonales en mi vida.
Pero la persona que se acurrucó junto a mí fue una de las que más quería.
—Lele…¿estás ocupada?
El rostro de la morena estaba desencajado; tenía unas ojeras enormes y se notaba que se había pasado la noche anterior llorando. Mil ideas pasaron por mi cabeza acerca de lo que le pasó. La abracé y eso pareció empeorar sus situación.
—¿Nina?—la abaniqué un poco con el libro—toma aire, estás comenzando a hiperventilar.
No me hizo caso, parecía una sirena afuera del agua, que había perdido cualquier modo de respirar. La separé de mi cuerpo porque sabía que en ese momento necesitaba aire, pero Nina se negaba a soltarse. Ahora estaba mucho más preocupada, tomándola de las mejillas para hacer que me viera a los ojos.
—Dime, ¿qué pasa? ¿Es tu tío? ¿Alex?
—¡Margot le aceptó una cita a William!
¿Cómo carajo eso la llevó a un pánico total? Realmente no era nadie para juzgarla, puesto que yo había vuelto a mis malos hábitos con Adam, pero yo pensé que ellos ya se habían terminado todo, después de la discusión que escuchamos en el sanitario.
—¿Quieres contarme por qué te sientes así?
Nina intentó hablar, pero solo salieron sollozos de su boca. Como pude, la levanté del pasto y la guíe hasta la cafetería. Ni a ella ni a mi nos gustaba que nos vieran llorar, pero necesitaba que se tranquilara. Pedí un jugo de naranja y esperé a que llorara, sacando un pañuelo, pero Nina no lo recibió. Se limitó a esconder el rostro entre sus manos, levantando la cara de vez en cuando. Realmente no sabía que decirle, con la única persona que tenía ataques de pánico, aparte de mi misma, era con Camila y sabía muy bien como tenerla controlada.
—¿Jugo?
Fue lo único que atiné a decir, pero pareció ser suficiente para hacer que Nina cambiara los llantos por carcajadas. De alguna forma muy rara, logré sacar a mi amiga de tu ataque.
—No sé si reírme o ofenderme.
—Eres una gran amiga, Lele. Aunque a veces no tengas ni puta idea de cómo reaccionar.
—Es que no nací para estas situaciones.
Nina estaba en el asiento junto a mí y me abrazó. La apreté contra mí hasta que supe que estaba totalmente tranquila.
—¿Ahora si me dirás que pasa? ¿Qué es lo que realmente pasa por tu cabeza?
—Es complicado.
—Complicado es hablar español y ambas lo hacemos muy bien.
—Touché.
—Nina—suspiré, no podía dejar que se desviara—Tienes que hablar con alguien o te vas a terminar consumiendo.
—No sé que hacer Lele, en serio no lo sé. Debería sentirme feliz por él, ¿no? Consiguió lo que tanto quería, pero me duele mucho.
Me mordí el labio, pensando en la poca experiencia que tenía en eso.
—Nina…¿qué es lo que te duele?
—¡Qué siempre seré su puta segunda opción!
—Ay…
—¡Cuándo Margot se aburra de él y de su forma de ser, lo va a dejar! ¿Y quién lo va a estar esperando?—se señaló entre lágrimas—¡Yo!
No sabía qué decirle, realmente estaba entre la espada y la pared. Parte de mi sabía que Margot tenía sentimientos complejos por William y que no lo dejaría ir tan fácilmente. Aquí la que debía avanzar era Nina, pero tampoco era alguien tan cruel como para decirle eso. Odiaba que mis amigas sintieran cosas por el mismo hombre. Al menos Dalilah Jones y yo nunca fuimos amigas.
—Nina, ¿qué te digo? Creo que esta es una señal del universo para que te vayas haciendo a la idea de que William no es el hombre de tu vida.
—Pero…
—Amiga, se honesta conmigo, por favor. ¿Realmente crees que tendrás un romance de telenovela con William? ¿Es con quien tendrás un matrimonio, un cachorro y dos hijos que te esperarán en casa?
Mi amiga se limpió las lágrimas con fiereza, pensando un momento en lo que yo le estaba diciendo.
—Creo que no.
—Bien, puedo empezar por un creo…podemos trabajar sobre eso.
—¿Y si no puedo?
—Nina, cierra los ojos y piensa cómo imaginas un futuro. Si William no está, entonces ese no es tu lugar.
—¡Pero estoy enamorada de él! ¡Es la primera vez que siento algo así!—alzó ambos brazos.
—Muchas veces el primera amor no es el amor de tu vida. De hecho, estoy segura que en realidad llega para hacernos daño y enseñarnos que es no es lo que merecemos vivir.
Mi amiga se quedó en silencio y la acompañé. Estuvimos conversando de otras cosas hasta que llegó la hora de mi clase. Aún notaba a Nina más tranquila, pero sabía que estaba confundida. Le dejé un beso en la cabeza y me fui, pidiéndole con desesperación que no se dejara de comunicar conmigo. La morena me producía la misma sensación de protección que Camila, como una hermanita a la que quisiera defender de todo mal. Aunque ese mal fuera su propio corazón. La clase fue tal y como la esperaba, era algo mucho más complicado de lo que estaba acostumbrada a hacer. Había que actuar y eso no se me daba tan bien como debería. ¿Quién me dijo que esta era una buena idea?
—Necesitan preparar un resumen de su trabajo para el final del semestre; del trabajo que los ha traído hasta aquí.
Convencida de que no era tan complicado, tomé mis cosas para irme a casa. Para mi decepción, Adam tenía una reunión con Cooper que probablemente se alargaría hasta la noche.
Llegué al brownstone, meditando si dormir o comenzar a hacer una presentación de “Las 1000 razones por las que Lele Santillán no debe presentar lo que hizo en México como proyecto de invierno” para la profesora Vanderbilt. Sin embargo, me detuve en seco cuando escuche gritos. Era muy raro que el señor Ollivier y su hija discutieran, y cuando lo hacían era algo silencioso, con miradas matadoras que te hacían querer desaparecer de aquel lugar inmediatamente.
—¡Anne, llevamos seis meses saliendo!
—¿Y qué importa eso?—mi amiga estaba cruzada de brazos frente a Michael—¡El tiempo no define nada!
Así que se trataba de Michael y Anne. ¿Por qué me tocaba enfrentarme a todos los males de amores cuando yo estaba tan bien en ese ámbito de mi vida?
—Pero lo define el hecho de que ya somos adultos y tenemos que darle un rumbo a nuestra vida.
—¡Tengo un rumbo!—protestó mi amiga—¡Una prometedora carrera de abogada!
—No vas a vivir solo de eso.
Respiraban fuertemente, viéndose el uno al otro. No sabía si debía meterme; caminar en medio de ellos como si no estuviera pasando; o escalar la ventana hasta el ático. ¡Maldita sea, Cooper! ¡Me había robado en el peor momento de mi vida!
—Sabes mis razones para no casarme, Michael. No estoy preparada para ello.
El moreno tomó a mi amiga de la mano y la obligó a sentarse. Para mi sorpresa, Anne tenía lágrimas en los ojos. ¡Solo la había visto llorar dos veces! Michael la atrajo a su pecho y Anne sollozó en silencio.
—Eso lo sé, linda mía. Pero no te estoy pidiendo que te pongas un velo en este momento o que hagamos una gran fiesta en la Catedral de San Patricio. Solo quiero que pienses en esa idea a futuro.
—No puedo, mi vida—susurró mi amiga—Te juro que no puedo…tengo demasiado miedo.
Michael besó su cabeza y se quedaron callados por un momento. ¿Debía de entrar en ese momento?
—¿Por qué no piensas ni siquiera en la posibilidad de vivir conmigo?
—No puedo dejar a mi padre.
—Anne…—notaba en la voz de Michael que estaba exasperado—Algún día tendrás que salir de aquí. Además, tu padre está con Lele aquí.
Anne frunció el ceño.
—Es más probable que mi amiga se vaya con Adam. ¡Prácticamente ya vive con él!
Enrojecí, cubriéndome el rostro con las manos. Quizá debería pasar un poco más de tiempo en el lugar donde pagaba la renta.
—¿Escuchaste eso?
Los dos se alertaron, buscando el origen del ruido que había provocado yo al moverme cuando me tapé la cara. Agradecí ser demasiado delgada y poder quedarme en el hueco entre la puerta de entrada y el armario de abrigos. Ya había decidido que no iba a salir de aquel lugar hasta que no estuvieran en la sala. Había escuchado demasiado como para pretender que no pasaba nada. Después de buscar por unos segundos, retomaron su charla.
—No te cuesta nada intentarlo. Ya te has quedado conmigo muchas veces. ¡Incluso nos gusta desayunar lo mismo y tenemos los mismos horarios para todo!
Reí para el interior, ante los desesperados intentos de Michael, aunque debía reconocerle que tenía un punto. No conocía a una pareja que estuviera más en sincronía que ellos. Eran lo opuesto a Adam y a mí, que nos completábamos, más que sincronizarnos, aunque éramos un caos el 90% del tiempo.
—Yo lo sé—mi amiga se ruborizó—No quiero que pienses que tengo dudas. Mis sentimientos hacia ti son muy claros.
—¿Entonces?
—Mira Michael. Te quiero y me importas mucho, pero no creo estar preparada para reconocer que voy a compartir el resto de mi vida con un hombre. Tu sabes lo que he pasado.
—Eso no tiene porque atarte.
Anne cambió la forma de actuar, poniéndose a la defensiva.
—No tienes que decidir cuales son mis tiempos, Robinson. ¡No lo voy a permitir!
—Te juro que te voy a convencer de que soy el hombre de tu vida. Dame tres meses, Anne Brown y vas a tener un anillo en el dedo.
Michael la besó con pasión y salió de la casa hecho una furia. Quería creer que no estaban enojados realmente, por la sonrisa idiota que se formó en la cara de mi amiga. Esperé por varios minutos hasta que Michael abrió la puerta y se fue. Respiré profundamente y salí de mi escondite.