Celos

3329 Words
—Eres peor que un ratón para estar escondida, Santillán.  —Qué te digo, sería una gran espía.  —¿Cuánto escuchaste? Me había descubierto así que no me quedaba más remedio que reconocer la verdad. Me senté frente a ella, poniendo mi bolso en el suelo.  —Lo suficiente.  —No me vengas con rodeos.  —Desde que te pidió que te fueras a vivir con él.  Anne contuvo la respiración y por un momento no supe si me mataría o me abrazaría. Me estaba preparando para lo peor cuando volvió a hablar.  —¿Qué opinas que haga?  Debía reconocer que estaba muy sorprendida. Era la segunda vez en un día que me pedían un consejo. ¡A mía! A Celeste Desastres Santillán. Definitivamente el universo había decidido despertar al revés. Nunca diría que del lado derecho, puesto que soy zurda.  —Anne…¿por qué me preguntas a mí? Sabes que mi experiencia en el amor y las relaciones de pareja es prácticamente nula.  —Porque te has convertido en mi mejor amiga y creo que das muy buenos consejos.  Se me enrojecieron las mejillas y me llevé las manos a la cara para ocultarlo, pero mi amiga se dio cuenta y comenzó a reír.  —¿Nunca te había dicho eso? —La única que me había llamado “su mejor amiga” es mi hermana y eso fue antes de que me cambiara por mi mejor amigo.  Ambas reímos. Me cambié para estar en el sillón donde ella estaba, elevando mis piernas encima de las suyas. Ese se había convertido en nuestro pequeño ritual cuando hablábamos de temas serios. Sus manos se acercaron a su cabeza, donde se soltó el apretado moño que llevaba al trabajo.  —No me lo tomes a mal. No es que no quiera vivir con Michael, pero ¿qué va a pasar si las cosas no salen como él espera? No quiero volver a ser esa chica de 21 años que lloraba desesperada pidiéndole a su padre que la rescate.  Bueno, yo hacía eso hasta el momento en el que hablábamos y tenía 25 años.  —¿Y qué si lo haces? ¿Qué es lo peor que puede pasar? —Que salga mal.  —No por miedo a fracasar vas a dejar de intentar.  —Es más complicado que el hecho de que te pongas a filosofar. Sigo estando firme en la idea de que no nos conocemos del todo.  —Ni tu mismo puedes conocerte completamente, Anne. No creo que sea la gran cosa lo que Michael no conoce, seguro no vas más allá de pequeñas manías.  —Tú también le escondes bastantes cosas a Adam, Lele—suspiró Anne—Y sabes que no son precisamente pequeñas.  ¡Atrapada! Me quedé callada por unos momentos.  —No creo que llegue el punto en el que Adam tenga que saber algunas cosas de mí. Pero estábamos hablando de Michael.  Anne se dio cuenta que había encontrado donde picarme para hacer que la conversación se dirigiera hacia mí.  —¿Y si en un momento de estrés Adam te encuentra volviendo el estómago que le vas a decir?  De esa podía salirme hábilmente.  —Resaca.  —¿Y en un atracón?  —¡Vete a vivir con Michael de una vez!—le aventé una almohada—Lo peor que puede pasar es que regreses a casa y tu padre seguramente va a estar esperándote con los brazos abiertos.  —Ese es otro problema. Nunca ha estado solo, no desde que mi madre falleció.  —¿Y cuando por fin te cases? ¿Y si te embarazas?  Se pasó las manos por la cara.  —¿Por qué somos tan complicadas? —Porque si no seríamos de esas mujeres sosas que no tienen nada de sentido.  —Michael me dio tres meses para convencerme—dijo Anne—Y yo te doy a ti misma esos meses para hablar con Adam.  —¡Eso no se vale! ¡Eres una tramposa!—exclamé indignada.  —¿Algo que quieras contarme, Lele?  La voz de Adam me hizo sobresaltar. Por estar tan perdidas en nuestra conversación no lo habíamos escuchado entrar. La espía habías sido espiada, a eso le llamaba karma instantáneo. Respiré profundamente antes de levantarme del sillón.  —¿Qué haces aquí, Adam?—habló Anne, viéndome con algo de culpa. —Dejaron la puerta abierta.  —Voy a matar a Robinson. Así cualquier asesino serial va a entrar y Lele y yo apareceremos en un documental de Crimen Real.  Solté un escalofrío, pero me levanté a saludar a mi novio. Seguramente había venido con el plan de sorprenderme y había terminado siendo al revés.  —Te jodes, Brown. Parece que terminaré ganándote aunque no quiera.  Mi amiga me miró con una mueca de disculpa, pero hice lo mejor que pude por sonreírle. Decidida a convencerlo de que todo estaba bien, enrollé los brazos en el cuello de Adam, tirando de su labio antes de besarlo. Sus manos en mis brazos me dijeron que no lo iba a olvidar tan fácilmente. Resignada, lo tomé de la mano para que subiéramos a mi habitación. Agarré mi bolsa y se la subí conmigo, Anne solamente me levantó los dedos en señal de apoyo pero yo la fulminé con la mirada. Aunque realmente era mi culpa por hablar de temas tan delicados en un lugares donde podía entrar gente. Subimos en silencio hasta el ático, donde abrí la puerta para dejarlo entrar. Se sentó en la cama, viéndome a los ojos.  —¿Qué es lo que pasa, nena?  —Te juro que no es nada importante.  —No me vengas con eso—protestó jalándome para que me sentara en su regazo—Creí que acordamos confiar en el otro.  En eso tenía razón, y era algo que no podía seguirle ocultando. No planeaba tener una crisis en medio de nuestra relación, pero ni yo misma podía controlar eso.  —Sé que es algo que no te va a gustar.  —Me gusta todo de ti, princesita.  —Fui, o soy, no lo tengo muy claro aún, bulímica.  Lo solté en una sola frase y me sonó tan extraña y tan afectada que no pude evitar sentirme aún más avergonzada de mi misma. Miré mis manos con concentración, analizando cada línea y cada vena, pues Adam no decía nada. Ese maldito silencio iba a terminar por hacerme vomitar.  —Había escuchado que eso era algo común, ¿no?  Eso definitivamente no me hizo sentir mejor. Esperaba que dijera cualquier cosa menos eso. Me mordí el labio con fiereza, pero las lágrimas corrieron por mis mejillas. Odiaba llorar por algo tan estúpido como que no me dijeran lo que esperaba escuchar. Adam me apretó contra si, pero yo me quedé con el rostro entre las manos. Con cariño, me acarició las manos hasta que alcé la vista para mirarlo.  —Nena, no tienes que lidiar con nada sola. ¿De acuerdo? Estamos juntos en todo.  No dije nada, solo dejé que me llenara de mimos hasta que tuvo que irse porque una llamad lo interrumpió, y salió corriendo sin decirme nada. Decidí que no iba a quedarme lloriqueando en la cama por algo que no podía solucionar, quería hacer un poco más de ejercicio porque este semestre con tantas materias teóricas me iba a hacer perder la figura. Me vestí con ropa deportiva, haciéndome un moño suelto simplemente para no tener el pelo en la cara. Bajé las escaleras de dos en dos para encontrarme con que mi amiga seguía en la posición en la que la dejamos.  —¡Anne, voy a ir a hacer ejercicio a Central Park! ¿Vienes?  —Paso, quedé de merendar con Michael en el restaurante de Alex.  —Se arreglaron muy rápido.  —No había nada que arreglar.  —Sigue repitiendo eso a ver si te lo crees.  Me pintó el dedo medio, por lo que salí carcajeándome de la casa. Estaba cada vez más acostumbrada a vivir allí, con alguien tan diferente a mi hermana que al mismo tiempo me hacia sentir igual de bien. Simplemente llevaba mi botella con agua y el teléfono con los audífonos. Quería meterme en mi burbuja y pretender que no era una mujer llena de problemas. Caminé hasta mi parte favorita del parque y comencé a tronar a un ritmo suave para no quedarme sin aire tan pronto. Quería mantener mi forma física, no salir en el maratón de Boston.  Troté por unos 50 minutos, entreteniéndome en asignarle una canción a cada persona que pasaba a mi alrededor, hasta que se me terminó la playlist. Viendo que todavía era temprano, me senté bajo la sombra de un árbol a revisar el teléfono celular pues Camila me había enviado una serie de fotografías con ideas para vestidos de dama, uno más simple que el otro. Mi hermana definitivamente no entendía que las bodas eran una cuestión de glamour y para lucirse, justamente la razón por la que nunca quería tener una. Cuando alcé la vista del teléfono me sorprendí al ver qué Dylan y Francis caminaban por el parque, discutiendo seriamente. No sabía si acercarme a ellos o no, hasta que el moreno hijo de mi tutora me vio.  —¡LELE!  —¡DYLAN!  Me levanté de un salto para ser recibida con sus brazos. Desde que pasaría varias horas dando clase y planeando mi proyecto en el aula de su madre, nuestra amistad tendía a ser cada vez mayor. Charlábamos mucho, realmente compartiendo memes y toda clase de chistes tontos que encontrábamos en internet. Dylan era de esas personas que podía hacerme reír aún en el peor día. Sabía que estaba saliendo con una economista llamada Virginia, aunque su fama de mujeriego hacia que lo tuviera en secreto, incluso le decía Gina frente a todos, pero yo sabía que tenía miedo de que su vida pública o su padre arruinaran su relación.  —¡Francis!  No saludamos con un abrazo rápido, pues tampoco nos conocíamos de mucho. Se notaba que el hombre estaba preocupado por lo que sea que hablan y lo único que quería era irse de aquel lugar para continuar con eso.  —¿Qué tanto hablaban?—me crucé de brazos—Parecían bastante consternados cuando llegué. —Tuvimos una situación. con una inversión de un restaurante—dijo Dylan—el dueño nos quedó muy mal y debemos reportarlo a las empresas de mi padre.  —El problema es que Dylan es un imbécil.  Reí.  —Eso no es novedad. ¿Ahora que hiciste, Vanderbilt? —Anuncié que el asunto ya estaba concretado, entonces solo debíamos presentarlo.  —Ahora llegaré el lunes a poner mi cara de estúpido frente al señor Vanderbilt—se lamentó Francis—¡Vamos a perder toda la posibilidad de inversión para el próximo año!  —¿Tan importante era el negocio?  —No lo hubiera sido si Dylan no deseara probarle un punto a su padre.  Crucé una mirada con mi amigo y vi que se encogía de hombros. Los dos sabíamos cuan importante era para él la aprobación de su padre, pero también lo mucho que quería probar que sus opiniones propias eran correctas y tenían sentido, que no era solo un niño caprichoso. Lo entendía, pues así me sentía con mi madre en muchas ocasiones.  —¿Qué era lo que iban a hacer? —Dylan planeaba financiar restaurantes y comercios pequeños, tradicionales, que no tuvieran nada que ver con franquicias.  —Mi punto es que cualquiera que tenga deseo de emprender puede hacerlo.  —A mi me parece una gran idea—concedí.  —El problema es que el restaurante con el que nos habíamos asociado se echó para atrás. El dueño murió de un infarto, y la chica a la que se lo heredó se fue a vivir con su novio a Miami.  Definitivamente estaban metidos en un problema.  —¿Ya habían hecho la primera inversión? —Afortunadamente no, pero la idea era presentar el proyecto de la chica mañana y ahora no tenemos restaurante.  En ese momento tuve una revelación.  —Yo tengo un amigo que tiene un pequeño restaurante aquí escondido en Central Park. Quizá esa podría ser su nueva inversión.  Los dos me miraron como si les hubiera entregado dos vasos con agua fría en medio el desierto.  —¿Lo dices en serio? —Sería cuestión de hablar con Alex, pero creo que podría funcionar.  —¡ERES UN ÁNGEL, LELE!—Francis volvió a abrazarme, emocionado—¿Podemos ir ahora? —Claro, es hora de merendar así que debe tener algo de gente.  Caminamos a paso firme, yo los iba dirigiendo y en verdad esperaba no perderme. Ya tenía hambre y podía aprovechar para merendar algo con Alex. Quizá todo ese asunto me distraería de Adam, que no me había dicho nada desde el beso en la frente después de mi confesión. Mi mente racional sabía que estaba ocupado, pero mis inseguridades tenían inseguridades que me carcomían.  —¿Cómo le haces para tener tantos amigos?—cuestionó Dylan mientras caminamos—Si casi nunca te veo hablar con nadie.  Me encogí de hombros.  —La gente llega a mi.  Llegamos al restaurante de Alex. Yo esperaba que mi idea funcionara, porque así lograría apoyar a dos de mis más queridos amigos. Mi sorpresa fue enorme al ver que todos estaban reunidos en aquel lugar, incluso Adam, Nina y Margot.  —¡Lele! ¿Qué haces aquí? Mis amigas se levantaron a recibirme, pude ver que aunque había una especie de tensión entre ellas ambas preferían ignorarlas, me abrazaron al mismo tiempo y yo les devolví el abrazo. Anne no se les unió pues estaba compartiendo una malteada con Michael, perdida en su propio mundo. Adam estaba atrás de ellas, esperándome con los brazos abiertos.  —Hola cariño…—me derretí en sus brazos—¡Pensé que no habías salido!  Se ruborizó.  —Wick me convenció de que viniéramos por algo. Iba a llamarte cuando Anne me dijo que saliste a correr. Pensé que estarías cansada.  —Así era, pero me encontré a estos dos y me hicieron una propuesta a la que no me pude resistir.  Adam frunció el entrecejo, apretando sus brazos posesivamente a mi alrededor. Negué con la cabeza, desesperada por sus celos.  —¿Está Alex? Tienen algo que hablar con él.  —Fue a comprar unos víveres que hacían falta—intervino Nina—¿qué necesitan hablar con él? —Es sobre le negocio.  —Mi hermano y yo somos socios.  —¡Genial!—intervino Francis—Mi nombre es Francis Lincoln y, junto a Dylan, somos inversores. Lele nos dijo que ustedes manejan solos este lugar. Además, el espíritu latino que destila aquí es genial. Nina asintió con la cabeza, indicándoles que se acercaban a la barra. Francis y Dylan la siguieron y escuché como mi amiga les preguntaba qué era lo que querían de tomar. Crucé los dedos, con la esperanza de que esto saliera bien. Adam avanzó sin soltarme de su abrazo, hasta sentarnos en la mesa de nuestros amigos. William me tiró un beso a modo de saludo, y yo sonreí. Creía que no los vería mucho por mis actividades del semestre, pero era el primer día y ya estábamos todos juntos.  —¿Qué tal estuvo el ejercicio?—Adam acarició mi cuello con la nariz y yo lo separé.  —Amor, no me he bañado.  —Me encanta tu aroma siempre, nena.  Me sonrojé y lo recompensé con un beso en los labios. Había pasado media tarde sin él y ya me hacia falta.  —No sé si me dan asco o me hacen creer en el amor—dijo Margot.  —Ehh…un poco de esto, un poco de aquello—terminó William.  Nos reímos y nos abrazamos, asegurándonos de darles un espectáculo. Pude ver en la forma en la que William miraba a Margot qué quería algo parecido con ella. Quizá la que sobraba en esta ecuación era Nina, pero no era yo la que debía hacerla entender eso, ella soca debía darse cuenta. Justo cuando pensaba en eso, mi amiga regresó con Dylan y Francis que se sentaron a mi lado. —¿Qué opinaste?—le pregunté  —Es una gran idea, Lele. ¡Gracias por recomendarnos a nosotros! En cuanto venga Alex le diré que les expliqué todo el funcionamiento de la cafetería.  —Entonces nos quedaremos a esperarlo.  Se sentía un ambiente medio incómodo, pues eran dos desconocidos. La mano de Adam paseaba en mi muslo, cosa que me relajaba bastante. Sabía perfecto como hacerme sentir bien.  —¿Ustedes tienen mucho tiempo de ser amigos?—preguntó Francis, haciendo conversación.  —Desde niños estos dos idiotas—William señaló a Adam y a Michael—son mis mejores amigos.  —Igual que Francis y yo—Dylan rió.  —No sabía que era tan común tener amigos desde la infancia en los Estados Unidos.  —¿Tú no?—me preguntó Dylan con sorpresa.  —Si cuentas a mi hermana Camila, entonces sí.  —Lo que daría por tener un hermano. —¿Hijo único?—preguntó Adam con voz seria.  Dylan asintió y Adam no dijo nada. Por la forma en que veía a Dylan sabía que aún no estaba seguro de lo que él quería conmigo. Anoté en mi pizarrón de recordatorios mentales hablar con él y decirle que mi amigo tenía pareja.  —¡Tengo que hablar contigo!—dijo William de repente, viendo fijamente a mi novio.  Le hice una mueca, apenas lograba verlo por unos minutos y este menso ya se me lo quería quitar.  —¿Qué pasa? —Ha ocurrido un pequeño incidente con Chaplín.  Adam palideció.  —¿Qué le hiciste imbécil? —Perdón…—pregunté confundida—¿de quién están hablando? —¡De nuestro automóvil!—por la preocupación de Adam supe que no era la primera vez que pasaba aquello. Solté una carcajada, no podía creer que le hubieran puesto nombre—¿Qué carajo hiciste? —Un pequeño ruido en el motor, creo que no es nada pero será mejor que lo vengas a ver.  —Ya vuelvo, nena.  Adam me besó en la cabeza y se levantó para seguir a sus amigos. Nosotros nos quedamos perdidos en nuestra conversación, pues Nina se levantó a atender algunas mesas. No sabía bien cuánto tiempo había pasado pero la verdad es que me la pasaba muy bien con ellos.  —No puedo creerlo. —Si de estúpidos nadie nos gana.  Margot se había ido a contestar una llamada de teléfono, así que me quedé sola en la mesa con los muchachos. Michael y Anne solo nos habían saludado. Los pasos de Adam, William y la risa de Alex delataron que volvían a la cafetería. Podía sentir los ojos de Adam tirarle dagas a Francis y Dylan mientras los tres reíamos en nuestra propia burbuja que tenía el mismo sentido del humor. Mi novio se acercó a nosotros justo en el momento en que Francis y Dylan me daban sonoros besos en la mejilla como parte de una anécdota de como conquistaban chicas en los bares de Los Ángeles cuando estudiaban allá.  —¿Qué pasa aquí?  La voz tan dura de Adam me sobresaltó. Sabía que mi novio estaba molesto y tenía que sacarlo de esa maldita actitud celosa antes de que hiciera algo que nos molestara a ambos. Se mantuvo parado frente a nosotros, con los brazos cruzados, así que me levanté a enfrentarlo. Tampoco iba a dejar que le dijera algo a mis amigos. No me quería conocer enojada.  —Amor…—tiré de su brazo—Mejor hablemos en otro lado.  —Esto se arregla aquí y ahora.  Ojalá hubiera sido más firme para evitar el problema que vendría después.
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