—Esto se arregla aquí y ahora.
Clavé las uñas en el brazo de Adam pero fue imposible que no se acercara a Francis y Dylan que lo miraban de manera divertida. Lo estaban provocando, los muy malditos. Les dediqué una mirada de advertencia, pero no sirvió de nada.
—¿Qué pasa, Celeste?—dijo Francis—¿Tienes un perro guardián que no te deja tener amigos?
—No es el momento, Francis.
—Vamos, fuego latino—la voz de Dylan le siguió el juego a su amigo—Enséñale que eres tú la que manda en la relación. ¡Si puedes tener a los hombres que quieras comiendo de tu mano!
—¡LELE NO NECESITA MÁS HOMBRES!—escupió mi novio.
Odiaba cuando las personas gritaban, pero había odiado más la voz de Adam en ese momento. Me erizó la piel, sobre todo cuando alcé la vista para mirarlo. Parecía un águila a punto de devorar a su presa, lo más erguido posible, con los hombros anchos que lo hacían verse más alto. Sabía que era varios palmos más grande que Adam o Francis, pero nunca había notado que tanto. Inconscientemente me encogí, cosa que bastó para que William y Michael se pusieran de pie.
—Vamos colega, están jugando—dijo William poniendo a su lado—No le vas a arruinar el negocio a los gemelos, ¿o sí?
—¡Nos vamos!—dijo tirando de mi mano.
—¿Ahora quieres irte?—repliqué, molesta.
No dijo nada más, simplemente me jaló con fuerza hacia afuera. En cualquier otro lugar, le habría dado una patada en los testículos, para que me dejara en paz, pero no quería que hubiera problemas en el restaurante de Alex.
—¿Me piensas dejar de arrastrar?—le espeté en cuanto estuvimos en el parque, lejos de los oídos de los demás—No soy una niña. Se caminar sola, y bastante bien, gracias.
—¿Por qué dejas que se comporten así contigo?—me recriminó, viéndome de frente y cruzándose de brazos.
Me encogí de hombros, para cruzarme de brazos también.
—¿Así cómo? ¿Cómo buenas personas?
—Te estaban besando.
—En la mejilla—me señalé el rostro—¡Me estaban molestando! ¡Son mis amigos, por amor a Dios!
—Eso no es de amigos.
—¿Qué tu no llamas “cariño” a Margot y a Nina cuando se te pega la gana?
—Es diferente.
—¿Y eso?
Ambos estábamos exaltados, molestos. Le había dejado muy claro que odiaba los celos. Realmente trataba de ser comprensiva y entender que lo que había pasado con Dalilah lo lastimó mucho, pero no tenía que comportarse como un Neanderthal. Aunque estoy segura que un hombre primitivo sería muchísimo menos posesivo que él. Suspiré, alejándome de él.
—Explícame entonces, Adam. Trato de entenderte, te juro que si, pero no puedo con tus celos.
Se pasó las manos en el cabello.
—¡LE GUSTAS A ESOS DOS!
—¿Y ahora podrías explicarte de una manera adulta? ¡Tienes 29 no 19!
Para mi gusto, enrojeció hasta las orejas.
—No puedo dejar de pensar…
—¿En mi trabajo anterior? ¿En lo que hacía en México?
—En Dalilah.
Esa respuesta fue mil veces peor. Giré sobre mis talones y empecé a caminar por le parque, sentía sus pasos detrás mío pero no iba a echar a correr. Tampoco iba a llorar. Podía conseguirme un buen sexo donde fuera. Antes de que me alcanzara, Dylan lo había hecho.
—Hey, Lele…¿estás bien? ¿Quieres que mate a ese imbécil? Tengo amigos que podrían hacerlo parecer un accidente.
Me recordó tanto a Franco que solté una carcajada.
—No pasa nada, Dylan. ¿Hablaste con Alex?
Adam nos observaba desde lejos, apretando las manos con fuerza.
—Francis se quedó en ello.
—¿Volverás?
—Negocios son negocios, querida.
Me dio un apretón en la mano y volvió al restaurante. Adam volvió a apretarme del brazo y mi sonrisa se transformó en un mohín.
—¿Qué quieres?—espeté.
—¡LE GUSTAS A ESE HOMBRE, LELE!—volvió a gritar.
—¡ESE HOMBRE TIENE NOVIA!
—¿ESO QUÉ?
—¿A ti te gusta otra?
—¡NO HABLAMOS DE MI!
—¿Entonces?
Tenía ambas manos en las caderas, viéndolo con furia. Por un segundo mis inseguridades hicieron mella en mi, preguntándome si le gustaba alguien más.
—Odio que te miren con coquetería y que les respondas.
—Así es mi forma de ser. Me ha costado mucho tiempo tener valor de ser un poco extrovertida.
—No pueden verte así.
Lo golpeé en el pecho.
—¿No pueden?
—¡NO LO SOPORTO!
—¡ESE ES TU PROBLEMA, HARRIS! ¡NO EL MÍO!
—¡Deberías hacer algo!
—¡Si te vas a comportar así estamos mejor de lejos!—estallé, girando para darle la espalda—¡Estoy harta de todo esto!
Su voz se convirtió en un susurro.
—¿De nosotros?
—De tus celos estúpidos y sin sentido—negué con la cabeza—No soy muy dada a abrir mi corazón y tu lo estás haciendo mil veces más difícil.
—Nena, perdóname.
—Voy a necesitar mucho más que una disculpa.
Caminé hasta alejarme de él. No quería verlo a los ojos porque no podría con aquello. Me costaba mucho hablar con la gente, y lo que más odiaba era que abriera mi corazón para recibir actitudes como la de Adam Harris.
—Algunos hombres se engañan a sí mismos al perder a la mujer que aman—susurró.
Me quedé parada frente a él, sin comprender porque me decía aquello. Se acercó en dos zancadas para besarme de lleno en los labios. Estaba tan enojada que no le respondí el beso, cosa por la que hizo un puchero.
—¿Eso qué?—reté—Dijiste que era por Dalilah, ¿no?
—No te enojes. Soy un imbécil.
—¿Cuándo vas a confiar en mí?
Me sentía muy vulnerable, pero no podía evitarlo. Habíamos pasado tanto tiempo dentro de nuestra burbuja de amor que una pelea tan estúpida era la peor forma de tener un golpe de realidad.
—Sabes que confío en ti.
—No lo haces.
No me respondió a eso, simplemente me tomó en brazos y comenzó a caminar.
—¿Qué haces, estúpido?—grité en español, fúrica.
—Nena, me tendrás que hablar en inglés o no entenderé nada mientras te amarro.
Palidecí.
—¿Amarrarme?
—Te amarraré a mi cama para que nunca te escapes de mi vida.
Ibamos con paso firme hasta entrar a la bodega del restaurante. Afuera de nosotros se escuchaban varias conversaciones a la vez, entre ellas la de Alex con Dylan y Francis. Sentí como sus manos se apretaron más en torno a mi trasero y lo golpeé en los hombros, queriéndome separar de él.
—¡Suéltame!
—Quiero que hablemos.
—¿En la bodega?
—Necesito que me entiendas.
—Tu eres quien no entiende nada—no pensaba escuchar razones—¡Deja los celos o déjame a mi!
Me besó con posesión, introduciendo su lengua en mi boca. Mis sentidos me traicionaron y gemí. ¿Por qué siempre terminamos follando en lugares aleatorios y no en la cama como la gente normal?
—¿En verdad te crees que arreglaremos algo follando?
Su mano ya estaba desabrochando mis pantalones de mezclilla y las mías estaban yendo a su camisa. Apreté sus bíceps, mientras sus besos bajaban a mi cuello, besándome con fervor.
—Podemos comenzar con esto—sonrió coqueto—y después continuar con la conversación.
—Júrame que hablaremos—imploré con un gemido, con la mente en otra cosa.
—Todo lo que quieras.
¡Desgraciado! Mientras decía aquello, mi blusa había salido volando y sus pantalones estaban abajo. Podía sentir su m*****o endurecerse en mis manos, así que lo apreté con fuerza. ¡Qué se diera placer el mismo! La que necesitaba mimos ahora era yo, después de sus estúpidas escenas de celos. Los besos de Adam se encontraron con mis pezones mientras que apretaba uno de mis pechos con una mano. Gemí demasiado alto, y me cubrió la boca con su mano. Chupe uno de sus dedos haciendo que él también gimiera.
—Ambos podemos jugar el mismo juego.
Como pudo, me giró haciéndome quedar encima de un viejo escritorio que habían descartado del restaurante, me aferré a él mientras sus dedos comenzaban a juguetear con mi c******s, al tiempo que apretaba alternadamente mis pezones. Yo me mordía el labio para no gritar. Pude sentir su m*****o completamente hinchado entre mis piernas, así que las abrí más, esperando que reemplazara su mano con él pero no lo hizo. Bufé.
—¿Qué es lo que quieres, nena?
—¡Qué te calles, me folles y dejes de ser un celoso!
—¡Vaya manera de pedirlo!
Me penetró de un solo golpe, haciéndome gritar. Sus manos estiraban mis pezones mientras se movía a un ritmo deliciosamente rápido. Me besaba el cuello, su lengua pasaba por él antes de morderme.
—¿QUÉ TE PASA?
—¡Sabes que te encanta, nena!
—Más…Adam, cariño…¡necesito más!
No me respondí, pasando un dedo por mi c******s para después metérmelo a la boca. Estaba tan excitada que sentía que chorreaba entre las piernas. Adam perseguía su orgasmo mientras intentaba que yo llegara al mío. Sabía que al día siguiente tendría enormes chupetones en el cuello, pero a estas alturas ya no podía pensar en eso. Lo único que me importaba era como su m*****o me empalaba, casi partiéndome en dos. Una de las cosas que más me excitaban de Adam era su tamaño, además de la forma en la que me acariciaba. Sus manos se perdían en mi vientre, tocándome. Yo no podía moverme pues mis pantalones, enrollados entre las piernas, me lo impedían. Estaba a su merced.
—Adam…mi amor—me corrí entre gemidos.
Él se corrió después de mi, pude sentirlo en mi interior, como me llenaba completamente. Ambos gritamos con éxtasis, disfrutando el orgasmo mutuo. Estaba recargada sobre su pecho mientras le jugueteaba con mis pliegues que seguían atrapando dentro de mi. Cuando me di cuenta de lo que había ocurrido, reaccioné y me separé de él con violencia.
—¿Y el condón?
Su rostro avergonzado me hizo interpretar las cosas que pasaban por su mente.
—¡IMBÉCIL! ¡ESO ES TODO EN LO QUE LOS HOMBRES PUEDEN PENSAR! ¡EN MARCAR A UNA MUJER COMO SUYA!
—¡NO ES ESO, Lele!—Adam también estaba enojado—¡Fue un accidente!
—¡A la mierda los accidentes! ¿Y SI TENEMOS UN HIJO? ¡NO PENSASTE EN ESO!
—¿CUÁL SERÍA EL PROBLEMA?—dijo con una ceja alzada.
Su actitud y sus palabras mandaron a la mierda lo poco que habíamos solucionado follando. Sentí como mis ojos se llenaban de lágrimas de nuevo, pensando que solamente me veía como un objeto, pues estaba tan molesto que había olvidado las miles de veces que tanto él como yo le dijimos al mundo que no queríamos hijos.
—¡QUÉ NI SIQUIERA ME PREGUNTASTE?—GRITÉ.
Visto en perspectiva, uno de mis mayores defectos siempre ha sido asumir lo que los demás piensan antes de preguntarles si es verdad. Me puse los pantalones rápidamente, tratando de juntar un poco de dignidad aunque mi aspecto era deplorable. Mi ropa estaba llena de los fluidos de ambos, los hematomas de sus mordidas se comenzaban a formar en mi cuello, además se notaba que había llorado y tenía los labios hinchados por sus besos. Me acomodé la blusa cuando se acercó a mi.
—Nena, no lo hice a propósito. Sabes muy bien que te preguntaría…
—¡NO CONFÍAS EN MI!—mis ojos se habían llenado de lágrimas—¡ESE ES EL PUTO PROBLEMA! ¡HACES LO QUE QUIERES CONMIGO! ¡PERO YO NO VOY A PERMITIRLO!
Escuché ruido afuera, pero no me detuve a pensar si nos estaban escuchando.
—No tiene nada que ver una cosa con la otra—Adam intentaba hacerme razonar.
—¡Claro que si! Asumes cosas y creer que yo actuaré como Dalilah.
—¡No estoy asumiendo nada!
—¿Ah no? ¿Entonces por qué los celos?
—¡SOY INSEGURO!
—¡YO TAMBIÉN! ¡Y JAMÁS TE HE ARMADO UN ESCÁNDALO FRENTE A TUS AMIGOS! ¡NI TE HUBIERA HECHO ALGO COMO LO DE AHORA!
—Se me olvidó, Lele. ¡SE ME OLVIDÓ! ¡Debes aprender a perdonarle los errores a la gente!
—¿Entonces porqué tu no perdonas los míos?
Ahora Adam estaba igual de furioso que yo.
—¿Qué errores, Lele? ¡Deja de proyectarte como víctima en todo!
—Estás así por lo que dijo Dalilah Jones—murmuré—¡Yo lo sé!
—¡Claro que no!
—Sé que piensas en eso—acusé—¡No puedes olvidarlo aunque digas que si!
—¿A qué viene eso?
—¿A qué vienen tus celos, Adam? ¡Piénsalo un poco y búscame después!
Bufando de ira, salí de la bodega, dejando a Adam con la polla de fuera y la palabra en la boca. No quería volverlo a ver en unos días, o mesas, quizá no tanto, pero ahora estaba muy enojada. ¡Era un imbécil! Mientras entraba al metro me preguntaba ¿por qué carajo había aceptado tener una relación? La vida ya me había enseñado que yo estaba mucho mejor sola. El metro de Nueva York me parecía uno de los lugares más asquerosos del mundo. Arrugué la nariz, asqueada por el olor y por las sensaciones que sentía en mi interior. ¿Cómo podía ser capaz de pensar eso de mi? Una punzada de dolor me cruzó en el pecho cuando recordé lo que le había dicho Dalilah Jones. Adam tenía toda la razón de pensar que yo podría irme con Dylan, después de todo eso hacía antes ¿no? Irme con el mejor postor. Extrañaba mucho el metro de Ciudad de México, donde podría distraerme en toda el arte y la historia que había dentro de sus estaciones. Quería irme al laboratorio y llenarlo de químicos extraños hasta terminar mareada en el suelo, olvidando todas mis preocupaciones. En cuánto salí, mi teléfono comenzó a sonar.
—¿Qué quieres, Camila?
—¿Así le contestas a todo el mundo, Celeste?
Pude escuchar el sarcasmo en la voz de mi hermana, cosa que me indicaba que estaba de buen humor. Era una lástima que yo no lo estuviera.
—Camila, estoy ocupada.
—¿Con el novio?
—Es en serio, no tengo tiempo.
—¿Podemos hablar de mi tema serio?—insistió mi hermana—Te juro que es importante.
Rodé los ojos, conociéndola muy bien. Un tema importa para Camila podía ir desde una guerra nuclear hasta un producto fallado en su precioso maquillaje. Realmente no tenía tiempo para eso en ese momento. Lo único que quería era llegar a casa a dormir. Me sentía tan extraña en ese momento, al mismo tiempo quería volver a México que no acércame nunca a casa. Si mis padres me vieran así, me interrogarían hasta el cansancio y no pensaba decirles que lloraba porque un hombre me había hecho sentir mal.
—Eres una reina, Celeste—Solía decir mi madre—compórtate como si fueras la reina del mundo…
Suspiré, pretendiendo que no me pasaba nada. Era la mejor forma de hablar con Camila.
—¿Crisis de los misiles o algo así?
—No me queda el vestido que tenía planeado llevar a la boda de Elena.
Entonces si era uno de sus típicos dramas.
—Mila, cómprate otro. No es la gran cosa.
—¡Estoy gorda!—exclamó, lamentándose.
Ambas teníamos problemas por el peso. Los complejos de ambas eran enormes y podíamos ser algo crueles con nosotras mismas. Pero Camila lo llevaba mucho mejor que yo, sobre todo con la presencia de Igor en su vida.
—Haz una dieta o algo—dije quitándole importancia.
—Creí que me ibas a entender.
Me había bajado cerca de la quinta avenida, buscando algo en lo que perderme. Mientras hablaba con mi hermana había llegado a la conclusión de que lo mejor era no volver al Brownstone. Seguramente Anne estaría esperándome, tal vez en compañía de Nina o Margot, y no tenía ánimos para verlas. Mi mal humor podía ser muy pesado y no quería ser cruel con ellas, no lo merecían.
—¿Cuándo es la boda?—pretendí que me importaba lo que mi hermana decía—¿No puedes comprar otro vestido?
—¡Me niego a comprar una talla más grande!
Respiré profundamente.
—Cómpralo así y si bajas de peso, mamá podrá arreglarlo.
—¡No podrá! ¡No sé que voy a hacer ahora!
—¿De verdad estás así por unos kilos de más? Ponte a hacer ejercicio. Te ha sentado mal dejar la gimnasia.
—Sabes porque lo he dejado. Y qué tu seas estúpida con tu salud no quiere decir que yo haré lo mismo.
—No seas cruel, Camila.
—¡Tú has empezado!
Se quejó como una cría malcriada, odiaba cuando se ponía así, cuando a sus 23 años pretendía se esforzaba en marcar que era la hermana menor.
—¡Me has dicho cosas en vez de ayudarme!
—¡Te he dicho que compres otro vestido, joder!
—¡Lo que quiero es bajar de peso antes de la boda!
—¡No sé que quieres que te diga!
—¡Ayúdame en algo!
Estábamos gritando, lo sabía porque la gente me quedaba viendo mientras caminando por la calle. ¿Qué clase de espectáculo estaría dando exclamando en español de esa manera? Sentí un horrible escalofrío al pensar en el racismo que existía en este país. ¿Y si me hacían algo? La única que sabría era Camila, sí lograba entender algo de lo que decían.
—Mila, no puedo lidiar contigo en este momento.
—Ya nunca puedes—se quejó.
Ambas estábamos buscando un motivo para pelear.
—Estoy ocupada viviendo mi vida. ¿No era lo que querías? Siempre estabas diciendo que debía hacerlo por mi cuenta, que te absorbía demasiado.
—Lele, no estamos hablando de esto. Sabes muy bien que lo que quería era que fueras feliz.
—Lejos de ti…y ahora te quejas de que no tengo tiempo. ¡Y no lo tengo! Estoy tratando de hacerme un nombre en Nueva York.
—Eres una estúpida.
—¿Y eso cómo es novedad?
—Eres una egoísta que siempre está centrada en conseguir ser la persona más perfecta posible y si alguien te señala un defecto lo llevas al extremo. Ya ni siquiera dan ganas de estar contigo.
—¿Para eso me llamaste?
—Te llamé para que me ayudarás.
—¿Y no estaba haciendo eso?
—Tu problema no es conmigo, Lele—mi hermana suspiró al teléfono—Estás enojada con otra cosa y no lo vas a solucionar hasta que lo aceptes.
—Vete al carajo.
—Gracias, hermana.
Sin decirme nada más, me colgó haciendo que comenzara a llorar desconsoladamente. Me sentía tan abandonada, además de que Camila me había hecho reaccionar. No estaba molesta con ella, solo había llamado en el momento más inoportuno y ambas habíamos dicho cosas que teníamos pendientes que decir. Sin saber a dónde más ir, me metí a una cafetería cualquiera con la esperanza de que un buen té me tranquilizara.
—¿Te puedo ofrecer algo en especial?—preguntó la barista.
—Un té muy caliente, por favor.
—¿Alguno en especial?
Dudaba que tuviera alguna de mis mezclas favoritas y no tenía ganas de preguntar.
—De lavanda, por favor.
En algún momento de la escuela secundaria, Paola y yo habíamos tomado un pseudo curso de magia y brujería, en el que aprendimos que la lavanda siempre servía para calmar los nervios, así que habíamos hecho un habito el consumirla en todas sus formas. Apenas pagué y recibí mi bebida, busqué un rincón para sentarme. Para mi mala suerte, Dalilah Jones estaba en aquel lugar, acompañada de sus amigas. Ahora yo estaba en desventaja. Cobardemente bajé la mirada, esperaba que no me viera, de esa manera podría evitarla pero ese día el mundo decidió pintarme el dedo medio.
—¡Lele!
Su voz chillante me irritó más que nunca. Compuse una sonrisa que terminó siendo una mueca y levanté mi bebida en señal de saludo. Pensé que habría sido suficiente, pero esa mujer se acercó a mí. Sus amigas le hacían señas, pidiéndole que regresara, pero no lo hizo.
—Hola Dalilah—saludé—¿Cómo te va?
—Mejor que a ti, por lo visto. ¿No te funciona el negocio con Adam?
¿Acaso no le había bastado la bofetada que le había dado en la fiesta de Margot? Yo podría desaparecerla del mapa y nadie se enteraría. Conocía mis fortalezas y el ballet conseguía que pudiera ahorcar a alguien usando solo mis pies, o al menos eso decían los profesores. Era hora de probar esa teoría con Dalilah Jones.
—No veo porque eso es de tu incumbencia.
—¿Qué haces por Manhattan tan sola?—murmuró viendo mi bebida—¿No traías a Adam como perro faldero el otro día?
—Yo no tengo porque estar con él todo el tiempo—las palabras me supieron amargas—Confió en él lo suficiente.
—Es una lástima que lo hagas.
Me levanté de la mesa, depositando suavemente mi bebida en ella, Iba a encararla las veces que fuera necesario para que me dejara en paz. Yo no merecía que me hicieran sentir menos que nadie.
—¿Qué es lo que te pasa, Dalilah? ¿No te das cuenta acaso que alejas todo lo que tocas?
—¿Qué estás diciendo?
Me miraba bufando y ofendida ¡Punto para México! Al parecer le había dado al clavo.
—¡Oh vamos!—exclamé—Hasta tu hermana está harta de ti.
—¡No puedes decir nada de Margot!
—¿Por qué dejó el viaje familiar?—estaba desquitando en ella todas mis frustraciones y lo estaba disfrutando—¿Por qué será que te dejó Adam?
—¡YO LO DEJÉ A ÉL!—había enrojecido, un de sus amigas intentó acercarse, pero la apartó de un manotazo—¡Lo dejé por alguien mejor!
Yo tenía las manos en la cintura, cansada de su actitud. Con orgullo, vi como se encogía un poco ante mí. Aplicaría la los dictadores de Latinoamérica y si no era querida, iba a ser temida.
—¿Entonces por qué lo sigues buscando?
—Nunca vas a significar nada para Adam. Simplemente eres una prostituta—me miró de arriba a abajo—y por lo que vi que cobraba una barata, he de decir.
No supe en que momento me lance encima de ella. Desde pequeña había tenido un temperamento fuerte. Mi madre me contó que en una ocasión unos niños habían empujado a Joaquín y yo salí en su defensa, mordiendo y arañando a cualquiera de ellos. Mi hermano mayor solía decirme que era su pequeña serpiente ponzoñosa. Odiaba no recordarlo bien, pero si le hacia honor en todo lo que me había enseñado y una de esas cosas era a defenderme. Comencé de la misma manera que la vez pasada, pegándole una bofetada pero esta vez ella fue más rápida y me tomó la mano, evitando que la golpeara. Con mi mano sostenida, estiró la suya pero en vez de abofetearme me arañó el rostro con sus largas uñas.
—¡Regresa a tu país, latina!—gritó—¡Recolectora de bayas!
—Racista de mierda—rebatí.
Había logrado soltarme y estaba encima de ella, tirándole del pelo. Le iba a demostrar quien mandaba. Si ya me había rebajado a su nivel, ¿qué mas daba? Chilló cuando tiré con más fuerza de ella hacia atrás y lo disfruté. Pude ver que la gente se aglomeraba a nuestro alrededor y, aunque por un momento me visualicé en un programa tipo “Preso en el extranjero” no cedí.
—Escúchame bien, niñata—amenacé con fuerza, haciendo salir mi acento y dando la mejor impresión de los narcotraficantes de la televisión—¡Nos vas a dejar a mí y a Adam en paz!
Me miró con una expresión divertida.
—Y si no lo hago, ¿qué?