Capítulo 4: Sangre... ¿Letal?

2080 Words
Samuel estaba desesperado. Le rogó y le suplicó a su adorada prima que no tocara su sangre ¡Pero lo hizo de todos modos! ¿Por qué era tan osada e impulsiva? El corazón del muchacho latía con violencia. Esperaron unos instantes en silencio. Fueron los minutos más largos de toda su vida. Él estaba aterrorizado ¡Su sangre era la más dañina del planeta! Quería a Isabel más que a nadie en el mundo, si ella moría, no sería capaz de continuar viviendo. La señorita Medina se tomó el trabajo de sacar un pañuelo de su bolsillo, y apoyarlo sobre la herida de Samuel. —Intuí que no me sucedería nada —comentó la muchacha, limpiándole el corte—. Ezequiel me mostró un video en donde vos matabas a un prisionero ¿Te acordás? El efecto había sido inmediato: convulsiones, y luego la persona murió. Ya han pasado varios minutos… y sigo igual. El joven Aguilar se sentía profundamente aliviado: el alma le había vuelto al cuerpo. Isabel no había perdido la vida. Temía que pudiera sufrir secuelas por haber tocado su sangre, pero lo principal es que aún respiraba. Pronto, sus pensamientos fueron interrumpidos por el ingreso de Heredia y Aguilar al cuarto donde estaban la señorita Medina y su primo. —Excelente trabajo, Isabel —la felicitó el padre de Samuel—. Has obedecido sin que tuviéramos que insistir en ello. La adolescente suspiró, y luego preguntó: —¿Cómo puede ser que su sangre no sea letal para mí? —Por alguna razón, vos sos genéticamente compatible con él. Antes de que la sangre de Samuel fuera alterada, era del mismo tipo que la tuya. Sus características son casi idénticas… Ni siquiera su madre era inmune a su veneno. Hemos extraído una muestra de ADN de Juan Cruz para analizar, pero dudamos que pueda armonizar al cien por ciento con el material genético de mi hijo. —Son tan compatibles como si fueran hermanos —acotó Heredia, esbozando una sonrisa siniestra—. Se ve que los Medina tienen algún gen bastante rudo en sus cuerpos… El padre de Samuel le hizo una seña con la mano a su compañero para que se callara. Evidentemente, quería hablar él. —Ustedes dos no podrán tener hijos sanos, a menos que alteren el ADN de los fetos cuando aún no han nacido, ya que tienen altas posibilidades de que éstos les nazcan mal formados debido a su compatibilidad genética ¿Me comprenden? —explicó Horacio, y luego continuó—: de todas maneras, si quieren concebir dentro de una década, podré ayudarlos para que éstos no salgan defectuosos —no le alcanzó experimentar con Sam, sino que también quería intentarlo con su descendencia ¡Estaba loco!—. Supongo que la medicina avanzará aún más para entonces. Samuel tuvo que contener las lágrimas. Se sentía profundamente desdichado: acababa de tener la certeza de que Isabel no tenía futuro con él. No podría formar una familia a su lado, ni ser feliz, ni tener un buen pasar económico… No podría brindarle absolutamente nada, sólo amarguras y disgustos. —No quiero tener hijos —replicó Isabel, alzando la cabeza. Era la persona más orgullosa del valle—. En primer lugar, tengo sólo diecisiete años ¡Tengo dos décadas o más para arrepentirme de esa idea! En segundo lugar, si en algún momento deseo ser madre y no puedo, hay muchos niños que necesitan un hogar. —¿Estás diciéndonos que no te importa no poder tener hijos con Samuel? —preguntó Heredia, divertido. —No. No me interesan los bebés —masculló—. Sólo quiero que Sam esté a mi lado, y que se sienta bien. A Samuel se le hizo un nudo en la garganta ¡No merecía el amor de Isabel! La había puesto en peligro, la había hecho sufrir, lo había visto matar, se había enterado de que no podría tener hijos con él… Sin embargo, no lo había abandonado. La quería con toda su alma, era la persona más generosa que jamás había conocido. —¿Qué pasa si mi cuñado se entera de tu relación amorosa con Samuel? —preguntó Horacio. Él no se burlaba como Heredia, más bien se mostraba bastante curioso al respecto. —Lo enfrentaré, y le diré la verdad. No le contaré de ustedes, se los prometo. Tampoco volveré a investigar. Sólo quiero volver a mi vida normal, junto a Sam y mi hermano. —Esta chica definitivamente tiene más agallas que vos, hijo —replicó Horacio, algo sorprendido por la respuesta de su sobrina política—. Bien, creo que por hoy los dejaremos ir. Probablemente te necesitemos para algunos experimentos en el futuro… Samuel, quien se había mantenido en silencio hasta el momento, abrió la boca para protestar. Sin embargo, Isabel apoyó su mano contra los labios de él, obligándolo a callar. —Tienen mi teléfono, saben cómo comunicarse ¿Verdad? —Claro. —¿Pueden liberar a Samuel? Quiero que él me acompañe a llevar a Juan hasta la casa de mi papá. Ambos cuidaremos de mi hermano. Heredia le lanzó una llave digital a Isabel, y ella la atrapó rápidamente. —Las cadenas pueden controlarse desde el dispositivo de Horacio o abrirse con esa pequeña llave —comentó el amigo de Aguilar—. El joven Medina ya está listo para marcharse, los enfermeros les indicarán qué medicación deberá tomar el muchachito. La señorita liberó a su primo, y le devolvió la llave digital a su tío político. —¿Qué le sucedió a mi hermano? ¿Por qué debe tomar remedios? —Ha sufrido una conmoción. Los enfermeros te lo explicarán de camino a casa ¿De acuerdo? Samuel sabía que algo le habían hecho a su primo, y que habían aprovechado la oportunidad para experimentar con Isabel. Salieron de la sala, y el joven Aguilar notó que las pantallas aún estaban proyectando la sala en donde él se había hallado prisionero en más de una ocasión. Seguramente habían visto y oído su interacción romántica con la señorita Medina. Soltó un largo suspiro. Estaba agotado mentalmente: no sólo odiaba a los Fraudes, sino que había aprendido a aborrecer la sociedad completa de Culturam. Saludó a Salomé con la mano, quien se veía algo consternada ¿Estaría preocupada por Juan Cruz? —Por aquí, muchachos —indicó uno de los enfermeros. Una vez que llegaron hasta la vivienda de Benjamín Medina, a alrededor de las siete de la tarde, tocaron timbre. Samuel cargaba a Juan en su espalda ¡Era muchísimo más pesado que su hermana! —Necesito hablar con vos cuando tengamos un momento a solas —le susurró Isabel—. Hay algo que no me cierra en todo lo que sucedió. —A mí tampoco. Debo revisar yo mismo a Juan antes de creer en las palabras de los Culturam —replicó Samuel, justo en el momento en que su tío abría la puerta. Se trataba de un hombre de mediana edad. Tenía el cabello oscuro y varias arrugas de expresión alrededor de la boca y de los ojos. Vestía un pantalón caqui algo holgado y una camisa blanca. Probablemente estaba trabajando en línea y los jóvenes lo habían interrumpido. Abrió los ojos como platos al ver a Juan Cruz inconsciente sobre la espalda de un desconocido. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó, sin poder ocultar su preocupación—, entren, por favor. —Hola —lo saludó Samuel con timidez—, ¿Dónde debo acostar a Juan? —En el dormitorio de mi papá, que está por allí. Dejaremos la puerta abierta y activaremos los sensores para saber si se despierta o si necesita algo. Samuel cargó a su primo por la vivienda de su tío, hasta una cama de dos plazas que había en un pequeño pero cálido cuarto, y lo depositó allí delicadamente. Isabel le acomodó las extremidades a Juan Cruz, para que no se cayera de la cama, y se aseguró de encender los sensores de la habitación. —Respira tranquilamente —observó Sam—, se pondrá bien —luego le susurró a Isabel en el oído—: lo revisaré en profundidad cuando tu papá se vaya a dormir. La joven Medina asintió. Benjamín configuró la máquina de hacer cafés, para que se prepararan tres tazas enormes de brebajes calientes. Una vez que las bebidas estuvieron listas y servidas, abrió un paquete de galletitas para compartir con los jóvenes. Samuel se sentía un poco incómodo. El hombre que se hallaba frente a ellos era el hermano de su madre, y a su vez, el padre de su prima quien, al mismo tiempo, era su novia. O lo había dejado de ser por un tiempo, pero ahora lo era nuevamente. Qué complicado. —¿Qué pasó con Juan Cruz? —fue lo primero que preguntó Benjamín, para romper el silencio. —Se drogó —mintió Isabel con rapidez—. Tuve que llevarlo al médico porque lo encontré en este estado en la plaza. El doctor le dio una medicación para que se ponga mejor… Samuel tuvo que ayudarme a traerlo hasta aquí. —¿Toda la noche se drogó? ¿Está bien? ¿Qué le ocurre a Juan? Tu madre me llamó porque no podía localizarlo. Deberías enviarle un mensaje contándole la situación. —Le diré que encontramos a mi hermano, no le explicaré por qué. No quiero que tenga más problemas con Damián. Es por culpa de esa horrible convivencia que Juan ha vuelto a consumir sustancias nocivas… El joven Aguilar bebió un poco de café, y tomó una galletita con timidez. Se sentía muy incómodo, como si estuviera invadiendo la privacidad de la familia Medina. Benjamín soltó un largo suspiro. Se veía sumamente preocupado. —Será mejor que mañana mismo se muden aquí. Ya preparé una de las habitaciones… —Yo no puedo compartir el cuarto con Juan Cruz —lo interrumpió Isabel—, él es desordenado y… —Ya lo sé —la detuvo su padre—. La habitación que ya está lista será para vos, creo que te la has ganado. Juan Cruz dormirá conmigo y lo vigilaré de cerca ¡Este niño necesita rehabilitación y muchos cuidados! Samuel se sentía un poco mal por su primo. Estaba seguro de que, aunque los Culturam habían insistido en que Juan había sufrido una conmoción por una supuesta discusión con su familia, no era cierto ¿Qué le había sucedido al joven Medina? ¿Por qué aún no había despertado? ¿Qué sustancias le habrían inyectado? —Nosotros nos quedaremos al lado de Juan para cuidarlo esta noche —comentó Isabel—. ¿Estás de acuerdo? Él me ayudará en caso de que haya que levantar a mi hermano. En ese momento, Benjamín fue consciente de la presencia de Samuel. —Disculpá que te haya ignorado hasta recién, jovencito… Como verás, estamos resolviendo algunas cuestiones familiares. Tu nombre es Samuel ¿No es así? —Así es, señor. Mi apellido es Aguilar —sintió que Isabel lo pateó. Le había pedido que no revelase su identidad ese día, demasiado tendría que lidiar su padre con Juan Cruz—. Trabajo en la tienda de pirotecnia que está a la vuelta de la vivienda de Isabel… Benjamín lo observó fijamente, y preguntó: —Veo que así se conocieron… —se quedó callado unos segundos, y continuó—: Por casualidad… ¿Sos algo de Horacio Aguilar? —No sé quién es —mintió. —Entiendo… tu apellido es muy común en el valle. Pregunté porque tu rostro me resultaba muy familiar… Bueno, te agradezco por haber ayudado a mis hijos. Podés quedarte acompañando a Isa si querés. Samuel se asombró de cuán distinto era Benjamín a Isabel. Él había optado por no preguntar cuál era la relación entre su hija y aquel muchacho de rastas: se veía reservado y prudente. La señorita Medina, en cambio, hacía más interrogatorios que la policía y era el ser humano más impulsivo que había conocido jamás. —Voy a llamar a mi mamá —Isabel había terminado su café, entonces se levantó de la mesa para telefonear a la esposa de Damián Bustamante. Samuel deseaba preguntarle sobre su madre a su tío, pero sabía que aquel no era el momento indicado para hacerlo. Sin embargo, podría tratar de entablar otra especie de vínculo con él. —Señor… ¿Usted mira programas deportivos?
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