Miro el reloj por enésima vez y me pongo de puntitas para ver al grupo de expedición comenzando con la excavación en el pequeño cruce que se forma desde la tumba de Ramsés VI hasta la de Tutankamón. La competidora que llevo dentro se entra a desesperar un poco al mirarlos tan entusiasmados por encontrar algún mínimo indicio de Nefertiti. «Apenas termine con la guía, pondré todos mis conocimientos de lleno para encontrarte, querida reina» pienso mientras le sonrío al pequeño grupo de turistas tomando fotos en cada rincón de la zona.
No me molesta en lo absoluto narrar una y otra vez la historia del niño faraón; todo lo contrario, encuentro realmente fascinante la idea de que su tumba haya sido la única en haberse hallado intacta e incluso, con los mismos arreglos florales que se le colocaron aquel día de su muerte. ¿Sabían que se dice que todavía conservaban una pizca de su fresco aroma? Si, lo sé. Es maravilloso que algo con más de tres mil quinientos años se haya preservado así debajo de la tierra.
—Atención, por favor—alzo la voz para que se vayan acercando—. Sean todos bienvenidos a la tumba KV62, mejor conocida como el descanso real del faraón Tutankamón—digo acariciando el cartel amarillo de la entrada—. Último monarca de la dinastía XVIII, gobernó el Antiguo Egipto entre el 1334 y 1325 antes de Cristo. Quizás, uno de los datos más interesantes de este personaje es que su nombre real era en realidad Tutankatón, que significa ¨La viva imagen de Atón¨. Sin embargo, tras tomar el poder y convertirse en faraón a sus escasos nueve años, cambió su nombre a Tutankamón, que quiere decir ¨La viva imagen de Amón¨.
—¿Quién es Amón? —pregunta un señor rellenito de barba pelirroja y cachetes chapeados—¿Es una especie de deidad?
—Así es—sonrío—. Amón es el antiguo dios egipcio del sol y el aire. Era considerado uno de los dioses más importantes del Nuevo Reino. Tenía el don de la fertilidad, fecundidad y se decía que era el creador del mundo y todos los seres. Para hacerlo más sencillo, era muy parecido al dios Ra o Min.
—Esto me gusta, Marta—susurra el mismo señor a su mujer, quien lo mira entusiasmada mientras le toma foto al cartel de la tumba—. Tómale, tómale varias fotos.
—Bien, mientras escuchan un poco acerca de la historia en los audífonos que les proporcionaron en la taquilla, vayamos bajando, por favor—camino hasta el barandal y bajo con cuidado los pequeños escalones de piedra.
En tanto que todos se detienen a contemplar las imágenes repletas de información cerca del corredor principal, me apresuro para descender aún más hasta llegar a lo que yo le llamo ¨el palco presidencial¨. ¿Por qué? Bueno, desde ahí puede observarse el sarcófago de Tut junto con su máscara funeraria y los jeroglíficos que aún siguen nítidos en las paredes; toooda una maravilla. Ahora, esta tumba no es la más sorprendente ni tampoco la más bonita, sin embargo, hay algo que siempre me llamó la atención más allá de la historia que la rodea. ¿Y qué es? Ja, este hueco bajo tierra no es ni fue jamás el merecido descanso para un faraón como él. ¡Tan solo vean la tumba de Nefertari en el Valle de las Reinas! ¡Es un palacio mortuorio nunca visto! Tiene el mismísimo cielo azul dibujado en el techo y unos jeroglíficos que parecen recién acabados de pintar. Es amplia, cómoda, elegante; digna de una esposa real. ¿En cambio la de Tut? Parece el closet de un departamento c***o. Yamile dice que son meras especulaciones mías debido a mi ¨fanatismo¨, pero, lo que pienso es que ese tal gobernador Ay fue quien robó su verdadera tumba real. Ya lo verán, en algún momento lo descubriré.
—Como habrán escuchado en la grabación, la tumba fue descubierta el cuatro de noviembre de mil novecientos veintidós por Howard Carter y su grupo de excavación—digo colocándome a un costado del barandal para que puedan acercarse a tomar fotos—. Se encontraron mas de cinco mil objetos incluido su trono. Estaba recubierto de arriba abajo por oro macizo y ricamente adornado con vidrio, fayeza y piedras preciosas.
—Aquí dice que esas sillas eran símbolo de autoridad y prestigio—expresa una chica pelirroja alzando la famosa revista del Valle de los Reyes; un pequeño presente que se les da a los que pagan un poquito más para ver la tumba de Tut—. La del rey niño era hermosa. Hace unos días atrás pude verla en el museo de El Cairo.
—Así es—asiento sonriéndole—. Quizás un dato curioso del trono es que, en el respaldo revestido de oro, había una escena intima del faraón. Se lo muestra sentado junto a su esposa y hermanastra, la reina Ankhesenamón, quien frotaba su cuerpo con esencias y perfumes delicados.
—¿Quién fue su padre?
—El faraón Akenatón, quien estuvo casado con la famosísima reina Nefertiti.
—¿Pero ella no fue su madre, o sí?
—No—digo acercándome hacia ella—. Se desconoce por completo quien fue su madre, aunque, según el arqueólogo Victor Loret, fue The younger lady, descubierta en mil ochocientos noventa y ocho y que se encuentra en la tumba KV35 por si gustan pasar en otro momento a conocerla.
—¿Han descubierto la tumba de Nefertiti? —cuestiona otro de los turistas filmando con su teléfono.
—Lamentablemente todavía se desconoce el paradero de su momia—respondo mirándolo de frente—. Existen muchas especulaciones, pero por el momento se están llevando a cabo excavaciones dentro del Valle para poder obtener más información. Eh, si, tú—sonrío señalando a una pequeña con la mano levantada.
—Mi maestra Joana de historia nos dijo que el sarcófago del faraón era muy pesado. ¿Es verdad?
—Tu maestra tiene toda la razón—asiento observando sus enormes ojos marrones—. Eso que ves allí abajo, se le llama cámara de entierro. Adentro de ella, había tres sarcófagos, uno adentro de otro. En total, pesan ciento catorce kilos debido al oro sólido que los cubre.
—Wooooow—susurra con su carita repleta de emoción.
—¿Hay alguna otra cosa que deseen saber?
—Si—responde un hombre altísimo y musculoso caminando por el corredor con las manos en los bolsillos—. ¿Qué opinas de que se diga que hay una cámara oculta dentro de esta tumba y que podría ser la de Nefertiti?
Lo miro de arriba abajo sorprendida no solo por su pregunta sino por lo imponente que es y la seguridad con la que camina sin dejar de examinarme con atención. Definitivamente no venía en el grupo; un rostro así sería muy, pero muuuuy difícil de olvidar. Diosito santo, ¡es que solo mírenlo! Lleva un pants n***o de rayas rojas bien ceñido al cuerpo, tenis blancos y una increíble barba abundante y cortada a la perfección que debe ser super suavecita al tacto. Otra, a juzgar por su blanquísima sonrisa perfecta y la brillante expresión en sus ojos oscuros, se ha dado cuenta de cómo lo estoy escudriñando enfrente de los curiosos turistas que tampoco pueden dejar de contemplarlo. ¿De dónde ha salido este tipo? ¿De alguna tumba? Imhotep, ¿eres tú?
—Y bien, ¿tienes alguna respuesta? —dice deteniéndose a poco menos de tres metros de mí.
Si, es demasiado alto, guapo y musculoso. «¿Serás acaso la reencarnación de Kefrén?»
—Si mal no recuerdo—logro responder bajando la mirada hasta su camiseta blanca—, hace dos meses atrás, la Universidad Ain Shams de El Cairo había iniciado una investigación con ciertos artefactos tecnológicos en la zona este de la cámara. Habían logrado entre comillas descubrir un pasadizo de la misma profundidad que ésta, pero…—lanzo una sonrisa burlona.
—Pero ¿qué? —alza una ceja—¿Crees que el arqueólogo Mamdouh Eldamaty se haya equivocado?
—Ese hombre casi nunca se equivoca—reconozco—, pero decir que existe un pasadizo de dos metros de altura y diez de longitud a un costado de la tumba, es algo loco. Además, tampoco podemos basarnos en lo que su GPR marca en el terreno. Es bien sabido que ese tipo de radar no es preciso.
—¿Qué hay de la investigación de Nicholas Reeves en 2015 o la del 2017 bajo el sucesor de Eldamaty quien arroja que las grietas pintadas son signo clave de paredes falsas?
—Son teorías y palabras lanzadas al aire—niego con la cabeza—. Basada en Zahi Hawass quien cuenta con más experiencia y que, dicho sea de paso, ahora lidera una nueva excavación en el Valle, podría decirte que hasta el momento ningún georradar ha descubierto algo importante en Egipto. Es más, el simple hecho de decir que Nefertiti puede estar descansando en aquella pared—digo señalando el frente de la cámara—, es ridículo. Bien se sabe que no fue su madre y que el único vínculo entre ambos fue Akenatón. Por otro lado, supongamos que hay una habitación oculta… Quien pudiera encontrarse en todo caso sería su esposa Ankhesenamón.
—Te equivocas en algo—sonríe con superioridad—. Hay pruebas genéticas que indican que la madre de Tutankamón en realidad fue Nefertiti, prima hermana de Akenatón.
—Y según tú, ¿quién llevó a cabo esta serie de pruebas? —le pregunto marcando comillas con mis dedos.
—Marc Gabolde, director de la expedición arqueológica de la Universidad Paul Valery Montpellier III hace dos meses atrás.
Vaya, vaya, vaya… Esta información es nueva para mí. ¿Cómo es que no estoy enterada de tal hallazgo y él sí? No solo es hermoso, alto y profesional, sino que también tiene conocimientos que me hacen falta. «Que envidia». ¡Oh! ¿Y su español? Hmmm, tiene un acentito muy suave, pero varonil. Marca bien las erres, eses y raspa la garganta con algunas palabras también dándole un toque sensual y exótico. Nah, a mí no me engaña, este es un árabe bien preparado. ¿Lo habrá enviado el museo? ¿Quizás sea un supervisor de Qatar?
—Gabolde argumenta que las malformaciones de Tutankamón son resultado del consecutivo matrimonio entre tres generaciones de primos hermanos.
—Sifahamu (No entiendo). ¿Cómo sabes tanto? —susurro frunciendo el ceño. Miro la hora en mi reloj sorprendida de que el tiempo haya pasado volando—. Eh, bien, la guía ha concluido. Les agradezco a todos el tiempo y espero que vuelvan a visitarnos muy pronto. A la salida de la tumba encontrarán el transporte que los llevará de regreso a la entrada del Valle, ¿de acuerdo?
—¡Gracias! —expresan al unísono para después ir saliendo poco a poco.
—¿Cómo es que se llama? —pregunta la misma niña de hace ratito.
—Nathifa, preciosa—sonrío agachándome frente a ella—. Soy la egiptóloga Nathifa Hannia Lojero, para servirte.
—Espero algún día ser como tú—suelta batiendo su mano mientras camina hacia la salida—. ¡Adiós!
La miro con ternura por lo que acaba de decirme y le vuelvo a sonreír. Es la primera vez que alguien me dice una cosa tan bonita como esa.
—Nathifa…—susurra el misterioso hombre árabe a mi costado—. Ma ajmil asmak (Que hermoso nombre).
—Con permiso—digo sin entender un rábano de lo que acaba de decir—, debo reunirme con mis demás compañeros para continuar con la excavación—inclino mi cabeza retomando el camino del corredor hacia arriba—. Que tenga buen día.
Acelero mis pasos hasta llegar a la reja principal de la tumba. Me recargo en uno de los carteles y doy un suave suspiro de alivio. Sonrío pensando en lo que ahora me espera con la búsqueda de mi querida Nefertiti. ¡Al fin mi momento llegó!
—¡¡Khamseen!! ¡¡Khamseen!! —me grita uno de los guardias desde arriba—Run and hide! (¡Corre y escóndete!)
Me cubro el cabello del viento fresco y subo los escalones de piedra para saber qué es lo que sucede. Estoy acostumbrada a los repentinos cambios de clima en Egipto. Muchas veces me tocó experimentar lluvias fuertes, calores infernales e incluso una que otra tormenta de arena, pero esto que está pasando ahora, jamás lo había visto. El viento se ha vuelto muy agresivo de la nada, el sol ha desaparecido gracias a las gruesas nubes oscuras y el Valle es un total descontrol de personas corriendo de un lado a otro.
—¿Qué está sucediendo?
—Khamseen. Viene una gigantesca tormenta de arena hacia nosotros—dice el árabe desconocido a mi lado—. Nunca había visto nada parecido.
Cubro mis ojos y observo el templo de Hatshepsut a lo lejos siendo comido por la espesa masa de arena. ¡Es como si se la hubiese tragado en menos de dos segundos! Bendito, ¿eso viene hacia nosotros?
—Yamile—digo tratando de caminar—. ¡Debo ir a buscar a Yamile!
—¡¿A dónde vas?! —exclama tomándome por el brazo—¡No hay tiempo! ¡Debemos escondernos!
—¡Mi amiga está en la excavación! ¡No puedo dejarla sola!
—¡En menos de dos minutos esa cosa cubrirá por completo el lugar y no podrás ocultarte! ¡Vamos! —me sostiene por la cintura y me levanta como si nada para volver a bajar hacia la tumba.
—¡Si le pasa algo a mi amiga será por tu culpa, ¿me oyes?! —exclamo con el corazón en la boca y el miedo golpeando mi estómago.
Nunca, jamás le tuve miedo a nada. Siempre fui valiente y muy arriesgada gracias a mi padre y las aventuras que solía narrarme cuando era más pequeña. Me enseñó a pelear, a hacerle frente a todo lo que se me pusiera en el camino, pero ¿esto? Creo que no estaba en la lista.
—¿Dices que nunca habías visto una tormenta de arena así?
—Nunca—sacude la cabeza observando el cielo cada vez más n***o—. Conozco toda clase de tormentas, pero…
—¿Qué? —digo mirando su mueca de preocupación—¿Qué sucede?
—Es como si algo o alguien estuviera molesto por tenernos aquí. No me sorprendería que… Oh, ya alhi (Dios mío), ¿lo oyes?
Trago saliva y asiento aferrándome a su brazo mientras escucho el estruendoso silbido del viento acompañado de fuertes golpes. ¿Acaso eso es granizo?
—Aquí viene—pega mi espalda contra la pared de piedra y me cubre con su enorme cuerpo. Hundo mi cabeza en su pecho y cierro los ojos esperando lo peor.
—¡¿Cómo te llamas?!
—¡¿Qué?!
—¡Que cómo te llamas! —grito dando brincos con el fuerte ruido en el cielo.
—¡Ghali!
—¡No me sueltes, Ghali!
—¡No lo haré!
¿Alguna vez miraron la película de La momia? Hay una parte en donde Imhotep despierta y forma una terrible masa de arena para atrapar a Rick O’Connell en el desierto. ¿Ya se acordaron? Bien. ¿Por qué siento que está pasando lo mismo justo ahora? ¿Acaso este árabe tiene razón y algo o alguien no desea tenernos aquí?
—Nathifa…—susurran mi nombre por el corredor de la cámara—Nathifa…
—¡¿Oyes eso?! —exclamo alzando la cabeza.
—¡¿Qué?!
—¡Alguien me llama allá abajo! ¡Quizás sea algún turista atrapado!
—¡Imposible! ¡Yo fui el último en salir!
—Nathifa…
¿Cómo es posible que pueda escuchar esa voz con semejante tormenta?
—Nathifa… Ataa waqtuk (Tu hora ha llegado).
Las manos comienzan a sudarme a la vez que mi corazón late desbocado. Siento como si estuviera teniendo un pico de adrenalina tan gigantesco que podría ser capaz de enfrentar cualquier cosa.
—Nathifa…
—No, no, no—sacudo mi cabeza y me acerco más hacia el hombre que me sostiene en estos momentos con fuerza.