II Valle de los Reyes

2637 Words
Al Qarna, Luxor Rove café 12:35pm Desde siempre, Egipto ha sido uno de los destinos preferidos por los viajeros de todo el mundo. Llamó la atención de los romanos en la antigüedad, a los europeos hace más de trescientos años y ahora, a mí. Egipto no es un simple viaje de turismo, es una experiencia que merece ser disfrutada a detalle, con paciencia; manteniendo los ojos bien abiertos a todas las maravillas que posee y que narra a la perfección en sus jeroglíficos bien cuidados sobre sus paredes y tumbas. —Oh, wow, ¿quién es el que canta? —pregunta Yami llevándose una buena porción de kufla a la boca—Que voz tan chula, por favor. —Hatim Ammor. Canta Bla 3onwane—responde Malek viéndola comer—. ¿Disfrutas la kufla? Cordero, bien asado en brasa. Mantendrá fuerte para tu expedición. —Me encanta este platillo, si—sonríe echándome una miradita al escuchar mi leve carraspeo—. ¿Mulatita? ¿Quieres decir algo? —¿Yo? Nada—digo partiendo mi aish, una especie de pan plano cocido en horno de leña—. Me gusta que Malek hable español. Para haberlo aprendido con turistas, se comunica bastante fluido. —Muchas gracias, Nathi. —No hay de qué, amigo—respondo guiñándole un ojo. —Ahora que estamos los tres, dime una cosa. ¿Sabes algo de nuestro superior? —indaga Yami abanicándose con la servilleta—.  Muzza comentó ayer durante nuestro turno de la mañana que estaría presente durante las excavaciones. —Mmm—responde alzando las cejas—, escuché rumor también. No sé si viene. Adib Masud es un jefe ocupado, bastante ocupado. Tiene buen corazón y principio, pero no tiempo para venir hasta aquí. —¿En dónde vive? —Kuwait. —Bueno, sí, era de suponerse que no viviría en medio del desierto del Sahara—digo sonriendo de lado—. Kuwait es uno de los países árabes más ricos. —Su hijo mayor decidió vivir en Samalek, zona centro. Buen hombre también, pero muy envuelto en su trabajo. —¿Cómo se llama? —pregunto curiosa. —Ghali Masud—responde bebiendo lo último de su té—. Tiene treinta y tres años, es solo, no pareja. Habla mucho idiomas y cuenta con maestría en Egiptología y Arqueología subacu.. subec… —Arqueología subacuática—decimos Yami y yo a la vez—. Encargada de investigar restos de naufragios o poblaciones situadas en regiones actualmente sumergidas. —Ya 'iilahi (Dios mío), saben mucho. Me gusta. —Ashkurk sadiqi (Gracias, amigo mío)—respondo tratando de pronunciar el árabe lo mejor posible. —Oigan, ¿Kuwait es más rico que Qatar? —Es segundo país más rico, Yam—expresa Malek—. Petróleo representa cincuenta por ciento de producto interno, noventa y cinco exportación y ochenta de ingreso gubernamental. —Vaya, vaya… No somos las únicas inteligentes en esta mesa—sonríe mi amiga recargándose en su mano para verlo—. Me sorprendes, ojitos divinos. —Y luego dicen que yo soy la loca que se encandila con sus ojos—susurro muy bajito mirando el río Nilo a lo lejos—. ¿Cuánto falta para llegar al valle, Malekito? Debemos estar ahí a la una. —Diez minutos y llegamos a tiempo—responde levantándose de la mesa. Deja unas cuantas libras egipcias sobre la bandejita de madera y estira su cuello de un lado a otro haciendo que Yamile suspire—. Largo día y noche espera, alfatayat (chicas). Voy y prendo camioneta. No tarden. —Ya vamos para allá—sonrío. Saca las llaves de su pantalón beige y se da la vuelta para caminar hasta la Ford blanca F-150 doble cabina que se encuentra estacionada bajo las palmeras de la cafetería. Malek Hilel fue la primera persona que conocimos al llegar a El Cairo y quien nos ayudó a conseguir trabajo en el museo rosado. Tiene veintiséis años, mide metro setenta y ocho, es moreno claro y por supuesto, volvemos a lo mismo… Sus ojos son impresionantes; diría que son de un verde grisáceo bastante peculiar y que además resaltan en extremo cuando lleva su turbante blanco los fines de semana. Por otra parte, su manera de ser es muy tranquila, amigable, servicial y alegre; tiene una habilidad innata para tratar con los turistas y de tanto en tanto, hacer de las suyas también gracias al encanto que posee en el habla. —Llevamos casi un año de conocerlo y sigues sin aceptar que te gusta—digo levantándome para estirar mis brazos—. Tienen buena química. —Bien, bien, lo admito. Me gusta, ¿contenta? —suspira—. Me encanta tanto como los taquitos al pastor con su piñita, pero ¿y a Antonio? ¿Dónde lo dejo? —En el templo de Luxor si quieres—sonrío divertida—. Lo consagramos al dios Amón y que se lo lleve de regreso a España para que tengas tu historia de ensueño con Malekito. —Estás loca, mulata—responde aguantando la risa—, pero comienzo a creer que es una estupenda idea. —Discuuulpa, darling, pero mis ideas siempre son estupendas—recalco poniéndome mis lentes de sol—. Lo que pasa es que tú no quieres dar tu brazo a torcer. —No es eso. Es que, Malek es árabe y… —Y encantador—digo sonriendo de lado—. Vamos, te gusta demasiado. ¿Qué importa si es árabe, japonés, inglés o islandés? ¿Alguna vez fue irrespetuoso contigo? —Jamás. —¿Te pidió algo material o monetario? —Nop. —¿Quiso aprovecharse de ti contándote como su padre enfermó y necesita medicinas carísimas con urgencia? —Típico engaño árabe. Te piden dinero para un familiar cercano y después desaparecen—sonríe negando con la cabeza—. No, nunca me pasó con él. —Entonces, dale la oportunidad de acercarse más a ti. Quien quita y ¿terminan juntos? —No sé, no me gustaría arriesgarme para que luego… —Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación—me cruzo de brazos—. Es un proverbio egipcio que te calza a la perfección, querida amiga. —Me fascinan tus proverbios y dichos egipcios, pero ya sabes lo que opino con respecto a los árabes de la región. —El amor y la tos no pueden ocultarse, Yamile—respondo utilizando otro proverbio del antiguo Egipto—. Si no deseas nada serio con Malek, lo mejor será que no le hagas ilusiones a lo tonto aceptando sus flores, regalos y miradas tiernas cada diez minutos. Es más, ábrete y dale paso a Chloe, la de taquilla. Está loquita por él. —¿Qué? —expresa inclinándose hacia mí—Esa no me la habías dicho. —No lo creí necesario teniendo en cuenta que no quieres nada con él—sonrío entrecerrando los ojos—. Te apuesto un té Shai a que lo invita a salir el próximo fin de semana. Tomo mi mochila, le agradezco al dueño del lugar por su amabilidad y voy directo a la camioneta con la loca de mi amiga corriendo atrás mío picadísima por la bomba que acabo de lanzarle. 1:30pm Valle de los Reyes «Si tan solo pudiéramos encontrar la tumba de Akhenatón… Todas las incógnitas estarían resueltas con respecto a ella» pienso mirando el valle iluminado. Akhenatón fue faraón de la dinastía XVIII de Egipto, esposo de la hermosa Nefertiti y padre del rey niño Tutankamón; mi favorito desde que vi su máscara fúnebre a todo color en el libro azul de papá.  No se sabe casi nada acerca de Nefertiti, es más, no hay conocimiento de su verdadero nombre o el de sus padres; solo se tiene registrado que fue criada por su niñera Tiy, mejor conocida como la esposa del oficial Ay, tutor de Akhenatón y sucesor de Tutankamón una vez fallecido en el año mil trescientos veinticinco antes de Cristo. A pesar de no ser de sangre real, fue escogida entre lo más selecto de la sociedad egipcia. Y repito, aunque no conocemos el nombre de sus padres, lo más probable es que su origen fuera egipcio, y no oriental, como muchos autores y ciertos arqueólogos han planteado a lo largo de los años. El nombre de ¨Nefertiti¨, que significa ¨La bella ha venido¨, lo adquirió al convertirse en esposa real por ahí del mil trescientos cincuenta antes de Cristo. Algunos relieves destacan situaciones cotidianas como la escena donde se encuentra sentada sobre las piernas de su esposo mientras juegan con sus hijas, otra donde están abrazándose, dándose un cálido beso o caminando juntos tomados de la mano. Estas, y muchas otras escenas, son inscripciones reveladoras de cuán ejemplar era esta mujer y del amor tan transparente que tenía por su marido. Hay incontables especulaciones, misterios y dudas con respecto al paradero de sus restos; tantas, que no sabría por dónde comenzar a cavar. ¿Su momia podría encontrarse en el valle de las reinas en Luxor? ¿Qué hay de la vieja ciudad de Karnak donde reinó junto a su esposo? ¿O quizás lo mejor sería iniciar la búsqueda por la tumba de su hijo Tutankamón? —Tengo los nervios a flor de piel con la búsqueda, Nat. No puedo esperar a comenzar de una vez y ver qué tesoros encontraremos en este bendito suelo. —Gracias al cielo que estamos en el mes de Marzo—digo poniéndome el chaleco beige del museo sobre mi blusa blanca de algodón—. Ahora mismo, debemos estar a unos veinticuatro grados y parece ser que las nubes nos harán compañía. —Nada comparado al bello verano de cuarenta grados que nos tocó presenciar apenas llegadas al país—responde sacando sus herramientas del maletín—. Trajiste tu equipo de trabajo, ¿verdad? —Si te refieres a mi eterna compañera de metal y la libreta de Frida Khalo, pues sí—sonrío sentándome junto a ella—. Mi rasqueta va conmigo a todos lados, haya o no excavación. —Esa espátula es indispensable. Ahora, déjame ver…—abre la mochila que compartimos y revisa todo lo que se me ocurrió empacar ayer durante la noche—. Crema solar, gorra, guantes, repelente… Hmmm, ¿y el cubo, la escobilla y el recogedor? —No seas payasa—doblo los ojos—, las tiene Malek. —¿Y las botellas con litros y litros de agua? —Malek—alzo los hombros con una sonrisa—. Todo, tooodo, se resume en él. —Ajá si—murmura dibujando una mueca en su cara. —Ponte abusada, mija. No sea cosa que ese árabe sea la última agüita del desierto y te lo quieran robar. —Ya vas a empezar—me da un codazo y se levanta para mirar al grupo de personas que viene caminando por el valle—. Mira, creo que ese es Abdel. Alzo la vista y sonrío al notar que, en efecto, se trata del asistente del famosísimo Zahi Hawass, mejor conocido como el Indiana Jones egipcio. Son incontables los documentales que he visto, los libros y archivos que pude también leer acerca de sus cuatro décadas descubriendo piezas del Antiguo Egipto. Oh, bendito. ¿Y ahora? Tengo el privilegio de formar parte de su misión más preciada y especial… Encontrar a nuestra hermosa Nefertiti y sacar a la luz el setenta por ciento de la historia aún no descubierta de los reyes y reinas de este lugar. Si tan solo pudiera conocerlo en persona, cruzar algunas palabras con él… —Sabah alkhayr, good morning, buenos días a todos—dice parándose con su equipo de excavación frente a nosotros—. Mi nombre es Abdel Chait, asistente personal del egiptólogo Zahi Hawass y el encargado de que su misión se lleve a cabo con suma precisión durante estas semanas. Como ya habrán leído en sus respectivos correos, la excavación tendrá inicio el día de hoy en la zona oriental del valle, es decir, cerca de la tumba KV62 que es la del faraón Tutankamón. Si todo marcha bien, para Abril, habremos finalizado en la zona occidental frente a la tumba WV22. —La tumba de Amenhotep III—susurro. —Tengo entendido que hay muchos egiptólogos nuevos entre nosotros—expresa observando a cada uno—. Gracias por acompañarnos, por haber decidido tomar el reto. Todos estuvimos en sus zapatos y sentimos al igual que ustedes la emoción, el deseo por descubrir cosas grandiosas de esta atesorada tierra. Les pido, de favor, que nunca dejen que ese sentimiento se detenga durante su trayecto profesional. Vivan, sientan, huelan, y enamórense de la historia—sonríe mientras aplaudimos sus cortas, pero emotivas palabras. —Discurso sencillo, pero encantador—dice Yamile a mi lado. —Me gusta lo sencillo—concuerdo con ella. —Antes de que nos traslademos hacia la zona oriente—continúa Abdel con la vista en su cuaderno n***o—, ¿habrá alguien entre ustedes que tenga conocimientos a detalle sobre la historia de Tutankamón? —Ella, señor—dice Yami señalándome sin parar. A pesar de que varios levantan la mano, Abdel no presta atención a ninguno más que a mí. —¿Cómo te llamas? —pregunta abriéndose paso entre el grupo. —Nathifa Hannia Lojero, señor—respondo mirándolo. —Nathifa—dice apuntando en su libreta—. ¿Qué tanto sabes del faraón? —Datos importantes de su vida, aportes culturales, religiosos—murmuro frunciendo el ceño—. Conozco con exactitud todo acerca de las riquezas encontradas en su tumba y me sé de memoria cada palabra que Howard Carter narró el día de su descubrimiento. No sé si eso le sirva de algo. —¿Cuánto pesa la máscara funeraria? —indaga de golpe. —Alrededor de unos once kilos. Está elaborada en dos capas de oro puro de alto calibre. Diecinueve quilates se encuentran en la cara y el cuello y veintitrés quilates están dispersos por el resto de la máscara. —¿Por qué el oro y no otro metal? —El oro no solo representaba la inmensa riqueza del faraón, sino también se utilizaba por su semejanza a la luz del sol. Creían que les brindaría poderes de las deidades solares—hago una pausa y continuo al ver su cara de total satisfacción—. Es bien sabido también que este metal no se deteriora ni pierde su brillo con el paso del tiempo. —¿Cómo lo consideraban los antiguos egipcios? —¿Al oro? Como la piel de los dioses, sin duda alguna. —Excelente, ven conmigo—dice dando la vuelta. Cruza algunas palabras con su equipo y da la señal a todos para que comiencen a trabajar—. Te necesito en la tumba de Tutankamón. ¿Crees poder ser guía turística durante una hora? Regresarás a la excavación apenas se cierre el sitio. Lo prometo. —No será problema—asiento caminando a su lado—. Soy guía en el museo de El Cairo y me encargo de analizar, limpiar y estudiar el tesoro del faraón Tut. —Entonces no será problema como dices—sonríe—. Gracias. Le sonrío de vuelta pensando una y otra vez en ese proverbio de antaño que dice: «Al conocer, uno alcanza la fe. Al hacer, uno alcanza convicción. Cuando sabes, te atreves». No esperaba que mi gran día comenzara de esta manera; no obstante, aprovecharé el momento de guía exprés para investigar con sumo detalle cada esquina de esa pequeña, pero poderosa tumba. 
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