I Sueño hecho realidad

2261 Words
Actualidad El Cairo, Egipto 7:00am —Nathi, bebé de mi corazón, ¿estás segura de estar comiendo bien allá? —pregunta mamá con una pizquita de preocupación—Sabes muy bien que, si no te alimentas a horario, tu glucosa puede bajarse ocasionando… —Dificultad para concentrarse, memorizar y todas esas cosas que siempre nombras en cada llamada, mamá—respondo recargándome en uno de los muros del balcón—. ¡Ah! Y si, también puedo presentar fatiga, mareos y un cuadro de obesidad mórbida. —Nathifa Hannia Lojero, no te burles de tu madre. Si te repito las cosas es por tu bien y porque conozco lo tremenda cabezota que eres para todo. —Maaaamá, tafadhali (por favor), te lo he dicho miles de veces; el museo se encarga de nuestra alimentación, hospedaje y de que ningún suministro nos falte—sonrío mirando los autos pasar por el puente 6 de Octubre—. Además, aquí entre nos, me siento afortunada de tener un jefe tan rico, amable y considerado. ¿Sabías que es dueño de todos los edificios lujosos en Zamalek? —Zamalek es la isla esa en donde estás hospedada junto a tu amiguita de pelo rebelde, ¿verdad? —Se llama Yamile, y si, Zamalek es un gran barrio de lujo asentado en esta pintoresca isla al oeste de El Cairo. Se encuentra ubicada justo en medio del río Nilo y son cerca de unos… —Mulunwu wuanga (Dios bendito), no pierdes oportunidad para sacar tus dotes de historiadora—dice riendo. Cielos, que encanto es escucharla hablar el idioma que solía utilizar papá… El suajili. —Vivo rodeada de historia antigua, má. ¿Qué esperabas? —suspiro melancólica mirando el reloj del teléfono—. Dentro de media hora vendrán por nosotras. Después de dos meses, al fin podremos ir al Valle de los Reyes para realizar algunas pruebas y excavaciones. —Ya era hora, cariño. Llevas esperando ocho meses y medio en ese desierto. Pensaba que te dejarían desempolvando vitrinas del museo por siempre—dice aclarando su garganta—. Digo, no es un mal trabajo teniendo en cuenta tu gran locura por la arqueología, sin embargo, quiero que encuentres aquella dichosa tumba por la que has estado esperando tanto tiempo. —La tumba de Nefertiti—murmuro con la emoción golpeando mi pecho—. El arqueólogo Zahi Hawass envió un aviso al museo diciendo que estará a cargo de una serie de excavaciones tanto en Luxor como en el Valle de los Reyes. Estoy viviendo un sueño del que no quiero despertar, má. ¿Sabes lo que será trabajar para el equipo de esa tremenda leyenda de la Egiptología? —No tengo idea, pero comparto tu felicidad, hija. Después de tanto esfuerzo y sacrificio, vas escalando poco a poco hacia cada una de tus metas. Tu padre estaría tan orgulloso… —Má…—susurro escuchando el silencio al otro lado—Yo también lo echo de menos. Mi padre, Franz Hannia, era un arqueólogo muy cotizado en la ciudad de Boca del Río, Veracruz. A pesar de ser originario de Tanzania, amaba a México con todo su ser; tanto, que además del suajili y el español, logró aprender náhuatl, otomí y también parte del zapoteco. Alcanzó a participar en importantes excavaciones en zonas arqueológicas de Tabasco, Veracruz, Chiapas y Yucatán logrando codearse con los grandes museos del país y aportando su granito de arena en la historia prehispánica. Ay, recuerdo mis tardes de domingo sentada en la alfombra de la sala escuchando sus anécdotas, empapándome de las historias antiguas y soñando despierta con los descubrimientos maravillosos de los viejos códices. «No te olvides nunca, upendi (amor), que nuestro trabajo como arqueólogos no es cavar en el pasado o presente, sino en el futuro, para que nuestras próximas generaciones sepan su raíz de proveniencia, se sientan orgullosos de sus ancestros y de la cultura que viaja por sus venas». Esa, era la frase que siempre usaba, la que me hacía recordar que si quería llegar al nivel en donde él se encontraba, debía entregar mi vida completa por amor a nuestra historia. Una noche, jugando a ser Dora la exploradora, me topé con un libro mágico en la biblioteca de su oficina. Tenía tantos dibujos, formas, palabras raras y monumentos tan majestuosos, que terminé por enamorarme. Todos los días, a las tres en punto de la tarde, iba a buscar ese dichoso libro de pasta azul para zambullirme en los tres milenios de historia que, dicho sea de paso, hasta el día de hoy me sigue sorprendiendo. No por nada se dice que es la civilización más importante de la humanidad. A lo que voy con todo esto es que, papá supo cómo llenar mi corazón de la misma pasión que él tenía por la arqueología. Es decir, vivía, disfrutaba, respiraba y comía historia todo el tiempo. Gracias al cielo que a pesar de no tenerlo presente se encuentra mamá conmigo; apoyándome, soñando conmigo a la distancia. —Él era único—dice sorbiendo su nariz—. Se habría casado con la arqueología de no ser porque me conoció durante un viaje de turismo por Tabasco. Bendito, lo extraño tanto. —No perdamos la esperanza, mamita. Lo vamos a encontrar—respondo haciendo memoria del informe policial de hace dos años—. Su cuerpo no estaba en el cenote subterráneo. Eso puede ser un mínimo indicio de que esté vivo en algún lugar de Zacatecas. —Si, pero ¿sabes cuán gigante son esos pozos de agua en la tierra? Si fuera como el que visitamos en Yucatán durante tus vacaciones de verano, la historia sería distinta. En cambio… —El Zacatón mide trescientos cuarenta metros, lo sé. —Solo espero algún día poder llorarlo como se debe—murmura con dolor—. No sé en qué momento empezamos a hablar de tu padre, pero bueno, apresúrate que hoy te espera un día lleno de emociones. —Sikomo (Gracias), má—respondo asomándome para ver a Yamile acostada en el sofá de caña con sus audífonos puestos—. Te llamaré en cuanto me desocupe, ¿de acuerdo? —Vive tu aventura, mija, y sácale provecho a esta oportunidad. —Tómate un lechero por mí, ¿si? —digo refiriéndome a los cafés con leches típicos de mi Veracruz—. Tuko pamoja (Siempre juntas). —Tuko pamoja, mijita, tuko pamoja. Besitos. Termino la llamada y cierro los ojos para sentir la caliente brisa levantándose en la ciudad. Bendito, llevo casi un año viviendo en El Cairo, pero no hay día en que no extrañe los lecheros de la Parroquia, una especie de cafetería pintoresca de mi ciudad. —¡Yamile! —exclamo asomándome por el balcón—La camioneta acaba de estacionar en la recepción. Me apresuro hasta la pequeña sala del departamento para tomar mi mochila de la silla roja y me coloco rápido el gafete de la fortaleza rosa, o, mejor dicho, del museo de El Cairo. —Oye, hazme caso. ¿Estás lista? —Nací lista, mulatita—responde para continuar tarareando esa canción que tanto le gusta de Vicente García—. Comoo vino tu voooz, y me dijo que el amooor eres tuuu. —¿Cuándo será el día que cambies de melodía? —doblo los ojos. —Nunca—sonríe deleitándose con la empalagosa bachata—. Mi Toñito me la dedicó para nuestro aniversario número dos. —¿Aniversario numero dos? —frunzo el ceño sintiendo la burla asomándose por la comisura de mis labios—Yami, conociste a ese madrileño hace cuánto, ¿dos semanas? No juegues, porfi. —Piensa lo que quieras, pero él es el amor de mi vida. —¿El amor de tu vida? —inclino la cabeza y abro los ojos con diversión—El amor de tu vida debería de ser Ramsés II, Cesarión, Kefrén o ya de plano Seti I, no un español que conociste durante nuestro recorrido con camellos por la meseta de Guiza. —Admite que es lo más apuesto que has visto en toda tu existencia. —No pienso admitir algo que no es verdad—alzo el mentón y cruzo mis brazos—. Todavía sigo pensando que es mejor dedicarme a hablar con los muertos que perder el tiempo con alguien de carne y hueso. —Eso de hablar con los muertos sonó raro, Nat—dice levantándose del sofá para recargarse en el respaldo de una de las sillas—. ¿Sabes qué? Deberías casarte con Tutankamón, ese del que tanto te apasiona hablar y hablar todo el tiempo en el museo mientras admiras sus cinco mil y pico de piezas exhibidas en las vitrinas. —Al menos reinstauró la religión politeísta del Antiguo Egipto, enriqueció al país y fue generoso con los cultos de aquel entonces—sonrío orgullosa—. Fue un gran faraón, en cambio Toñito… —Lástima que tu novio Tut haya nacido deforme—chasquea la lengua mientras ajusta su cola de caballo—. Jaque mate. —Eso es irrelevante en esta conversación. Ahora, toma tu mochila—digo tirándole sus cosas para que las agarre en el aire—, tu gafete y no olvides el café. —Prefiero el Shai—responde batiendo sus largas pestañas—. Ese té n***o con hojas de menta me encanta. —A mi también, pero no tenemos tiempo para eso ahora—digo caminando hasta la entrada—. Vámonos, que nos espera un largo día en el Valle de los Reyes. —Oye, ¿si supiste que es posible que hoy conozcamos al jefe de nuestro jefe? —¿Te refieres al señor Masud? —pregunto cerrando la puerta—No, no lo sabía. ¿Quién te dijo? —Muzza, el chismoso del museo. —Ese tipo inventa cualquier cosa con tal de que todos le hablen y lo ovacionen. —Pero, bien dicen que todo chisme tiene su pedacito de verdad. ¿Crees que nos lo encontremos? —No lo sé, pero más vale que lleguemos a tiempo si no queremos que el dueño de este edificio nos deje fuera de la expedición—digo apresurándome al ascensor. —Solo espero no haya venido Malek a recogernos—murmura apretando el botón de la planta baja. Frota sus manos con cierto nerviosismo, pero se detiene al darse cuenta de que la estoy observando—. ¿Qué? —Malek te gusta. —Nada nadita que ver, Natilla de mi corazón—responde haciendo uso de mi apodo favorito—. A mí me gusta el majo de Antonio. —Tienes que aceptar que Malek posee unos ojos de infarto yyyy—alzo el dedo para callarla—, se encuentra bien enamoradito de ti. No me vayas a salir con tu famosa frase de ¨Pos quédatelo tú si tanto te gustan sus ojillos¨. —Es que es la puritita verdad—dice mirando la pantalla con los números en rojo descendiendo de a poco—. Nomás hablas de sus ojos y hasta parece que vas a volar. —Ya estás haciéndote ideas en tu cabeza. Yo solo digo lo que veo todos los santos días cuando va y viene con nosotras en la camioneta del museo. Aparte, ¿cómo no va a fijarse en ti? Estás bellísima—expreso señalando su cabello castaño cobrizo—. Eres blanquita, con facciones finas y una mirada matadora que ya quisiera yo poseer. —Mulatita, tal parece que nunca pasaste por un espejo. Tú—dice golpeando mi frente con su dedo índice—, tienes una piel envidiable. Tus ojos tan preciosos y llenos de vida jamás pasan desapercibidos y, lo más importante… Tus chinitos son tan esponjositos y perfectooos. —Una lástima que tenga que llevarlos siempre atados—digo tocando mi moño alto—. En fin, somos unas diosas amantes de la arqueología que podríamos haber sido escogidas para modelar los atuendos de Francisco Cancino, pero la vida prefirió asarnos en el calor de Egipto. —¿Cancino? ¿El diseñador chiapaneco? —sonríe negando con la cabeza—Ese hombre es fuego. Recuérdame que apenas tengamos vacaciones vayamos a visitarlo a la ciudad de México. Sirve que nos postulamos para modelar su nueva colección. —Estás loca, pero me agrada la idea—digo saliendo del ascensor. Caminamos por el vestíbulo rumbo a lo que será nuestra primera expedición oficial desde que pisamos El Cairo. A pesar de mis nervios y alguno que otro vago pensamiento, las ansias por pisar el Valle de los Reyes no como turista sino como toda una Egiptóloga, me consumen y me llenan a la vez de una indescriptible emoción. Y es que, esto no es algo fugaz, tampoco se trata de conformarme con encontrar una vasijita o un espejito antiguo; no señor. Yo voy por el pez gordo, el lingote de oro y la joya más buscada año tras año, década tras década… Si, me refiero a mi preciosa Nefertiti, la reina y esposa del gran Akenatón. —Allá está Malek—susurra entre dientes alzando la mano para saludarlo—. Nos espera un largo día. —Aquí vamos—digo dando un gran suspiro. «Un hombre que no se alimenta de sueños, envejece pronto» recito una y otra vez en mi mente la frase de Shakespeare mientras salimos del edificio hacia mi próximo sueño hecho realidad.
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