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La Profecía de los Dioses Antiguos...

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Blurb

El Cairo ya no le pertenece a los vivos. Lo gobierna La Sombra de Seth, el dios que asesinó a Osiris y condenó a Isis al olvido. Ahora lo llaman "El Elegido".

Sophie no cree en maldiciones. Hasta que pisa Egipto y la marca de Isis arde en su piel. Hasta que sueña con un hombre de ojos como el Nilo que jura protegerla... o destruirla.

Él es Jad. Heredero de un imperio que sangra criminal. La Sombra que hace temblar El Cairo. Y el único que reconoce el poder antiguo que despierta en ella.sxmkyi desde$

Porque no son humanos. Son el eco de un amor que Seth ahogó en sangre hace tres mil años. Y el ankh que los unió, ahora los marca para morir.

Esta vez, Isis no va a arrodillarse. Esta vez, Osiris no va a caer. Aunque el Nilo se tiña de rojo. Aunque los Haris lojiAl-Abad tengan que romper su juramento.

Un romance maldito entre dioses, arena y traición.

© Todos los derechos reservados. Obra registrada en Safe Creative.

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El Despertar
El vacío era absoluto. Una oscuridad pesada que se apoyaba sobre mis hombros como mantas de lino empapadas. No había suelo, no había cielo. Solo ese n***o infinito que, sin embargo, no aplastaba. Sostenía. Y no sentía miedo. Sentía una presencia. —Amada mía... La voz no llegó a mis oídos. Vibró directo en mi pecho, tal que mi corazón fuera un instrumento afinado durante siglos para escucharla y solo ahora recordara para qué había sido hecho. Era una melodía antigua, dulce, cargada de una paz anterior al tiempo. Quise moverme. Buscarlo. Pero mi cuerpo era miel: lento, pesado, incapaz de obedecer. —Sabes que te amo más que a mi propia vida —continuó la voz, ahora un susurro cálido contra mi nuca—. Hoy y siempre será así, como desde el primer instante en que respiraste. Supe que serías mi otra mitad, mi alma gemela, aunque para algunos nuestra unión estuviera marcada por lo prohibido. He desafiado a las estrellas y a la misma muerte para decírtelo cada día: te amo... y lo haré por los siglos de los siglos. Sentí el roce de una mano invisible en mi mejilla. Una caricia que quemaba y consolaba al mismo tiempo. Quise responderle. Gritar su nombre. Pero, ¿cuál era? La palabra danzaba en mi lengua, poderosa, sagrada, igual que si pronunciarla Pudiera salvar mundos. Pero antes de que pudiera hacerlo, la oscuridad se resquebrajó. Una luz blanca y cegadora estalló frente a mí. Un estruendo metálico me arrancó del abismo. —¡Ya basta! —gruñí, incorporándome de golpe. El despertador saltaba sobre la mesa de luz como si disfrutara torturarme. Estiré el brazo y lo lancé contra la pared. El plástico se rompió en mil pedazos satisfactorios. Me dejé caer otra vez sobre la almohada, con el corazón acelerado y la voz del sueño todavía resonando en algún rincón del pecho que la vigilia no alcanzaba. —¿Cuántos van este mes? —murmuré—. ¿Tres? ¿Cuatro? Había perdido la cuenta. Lo extraño no era el despertador roto. Era la sensación en mi piel. Todavía sentía el calor de aquella mano sobre mi mejilla, como si alguien hubiera velado mi sueño con una devoción que no entendía, pero reconocía, de la misma manera en que se reconoce una canción de la infancia: sin saber la letra, pero sabiendo que pertenece. Me obligué a levantarme. El calor húmedo de Luisiana ya se filtraba por las persianas, mezclándose con el aroma a café y el perfume del jazmín del jardín. Arrastré los pies hasta el baño. Cuando encendí la luz frente al espejo, me quedé inmóvil. Durante un segundo, apenas un parpadeo, mis ojos no eran los de siempre. En lugar del verde habitual, un destello dorado brilló en mis pupilas, como oro líquido bajo el sol del desierto. Antes de desaparecer. —Definitivamente necesito dormir más —susurré. Me lavé la cara con agua helada, me puse un vestido ligero de flores y me recogí el cabello en una trenza descuidada. No era momento para volverse loca. Al bajar las escaleras, el ruido cotidiano me devolvió a la realidad. Mi padre, Jawad Arafat, ya estaba en la cocina, tarareando una canción árabe mientras revolvía el café. A sus cincuenta años conservaba una energía que lo hacía parecer el hombre más contento del barrio. —¡Buen día, _Nur el-Ain_! exclamo al verme, abriendo los brazos. _Luz de mis ojos._ Me abrazó con la fuerza tranquila de siempre, como si temiera que el mundo pudiera llevarse lo que más amaba si aflojaba demasiado. Mi madre, Leila, entró con un fajo de solicitudes bajo el brazo. Profesora de historia contemporánea en la Universidad de Luisiana, tenía ese aire de elegancia firme que imponía respeto incluso en pantuflas. Me miró de arriba abajo. —Sophie, otra vez leyendo hasta tarde. Tienes ojeras. —Solo un poco, mamá. El examen me pone nerviosa. Y entonces apareció Matthew, mi hermanito de cinco años, arrastrando su dinosaurio con la seriedad de quien lleva a cabo una misión importante. —¡Sofi! Hoy soy un dragón. —Entonces cuida el castillo —le dije, revolviendo su cabello. Me llamo Sophiane Arafat, aunque todos me dicen Sophie. Me llamaron así por mi abuela, una mujer que, según mi madre, irradiaba una luz imposible de explicar. Tengo veintitrés años y soy lo que muchos llamarían extraña: piel clara, cabello rubio, ojos que cambian de color según mi humor. Verde esmeralda cuando lloro. Celestes o grises cuando estoy en calma. Y últimamente, en ciertos momentos que no sé cómo nombrar, algo parecido al dorado. Mis padres huyeron de Egipto cuando yo estaba en camino. Abandonaron El Cairo para protegerme del caos que devoraba el mundo. Como inmigrantes musulmanes en Nueva Orleans, enfrentaron prejuicios que los curtieron, pero no los rompieron. Mi padre prosperó con su empresa y mi madre se convirtió en una de las profesoras más respetadas de la misma universidad donde ahora estudiaba su hija, lo cual era un honor y una forma elegante de no tener escapatoria. Curso Restauración de Obras de Arte. La elegí porque amo la idea de que algo roto puede volver a ser entero. Mientras desayunábamos, la televisión murmuraba de fondo. _"...nuevas ejecuciones públicas en la capital del Nuevo Egipto..."_ _"...El Elegido promete estabilidad..."_ _"...La Sombra se adjudica otro sabotaje..."_ El mundo ya no es lo que fue. Hace cincuenta años, la Tercera Guerra Mundial casi borró a la humanidad. De las cenizas surgió el Nuevo Egipto, que al principio trajo orden. Después llegó él. Azael Walk. _El elegido._ Nadie lo ha visto jamás, pero su miedo gobierna todo. Lo que empezó como causa justa se convirtió en tiranía, donde cualquier resistencia se paga con sangre pública. Frente a él se alza La Sombra, una organización rebelde que lucha por devolvernos la libertad. Pero la mayoría prefiere sobrevivir antes que resistir. —¿Sophiane? El café se enfría —dijo papá. —Lo siento. Pensaba en la beca. Era mi gran oportunidad. La facultad otorgaba pasantías en los mejores museos del mundo, y entre todas las opciones, la que me quitaba el sueño era una: el Museo de El Cairo. Quería ganar esa plaza. Necesitaba pisar la tierra que mis padres describían como sagrada, sentir la arena entre los dedos, entender qué parte de mí venía de ahí y seguía sin terminar de llegar. _Tawakkal 'ala Allah_, hija —dijo papá con calma—. Lo que sea para ti, llegará. Asentí, aunque un nudo me apretaba el estómago. Había algo más que no le había contado a nadie. No eran solo los sueños, ni los ojos que cambiaban de color. A veces, en medio de la noche o entre la multitud, escuchaba voces. Murmullos que parecían guiarme. Advertirme. En un idioma que no reconocía, pero que, de algún modo imposible, entendía. Si lo confesara, terminaría en un consultorio que no podía pagar. Así que guardaba el secreto bajo siete llaves y seguía desayunando. Me quedé mirando la taza de café como si en el fondo oscuro pudiera leerse algo que todavía no estaba listo para ser leído. Un viento frío se coló por la ventana, helando mi piel a pesar del calor de la mañana. Matt dejó su dinosaurio sobre la mesa y, sin que nadie se lo pidiera, dibujó con el dedo sobre el vidrio empañado un símbolo preciso y extraño: el Ojo de Horus, abierto, rodeado de líneas que irradiaban hacia afuera como rayos o como advertencias. —¿Qué es eso, dragón? —pregunté, intentando sonar divertida. —No sé —respondió, encogiéndose de hombros—. Solo lo vi en mi cabeza. El aire se volvió pesado. Mi madre frunció el ceño. Mi padre encendió la radio, buscando alejar con música lo que acababa de entrar a la cocina sin ser invitado. Pero yo no podía apartar la vista de ese dibujo. El ojo permanecía ahí, imperfecto y exacto al mismo tiempo. El ojo parecía observarme. El ojo parecía reconocerme. El murmullo volvió, más claro, sin idioma y sin embargo completamente comprensible, como si hablara a algo anterior a las palabras: _"El destino ya despertó."_ Sacudí la cabeza, tratando de ignorar la sensación que me recorría la columna. No sabía que aquel gesto inocente sería la primera señal. No sabía que aquel día marcaría el inicio de algo imposible de detener. Ese sería el último día de mi vida tal como la conocía. Y el café ya estaba frío.

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