El peso del mañana

1161 Words
El aroma del café recién hecho inundaba la cocina, envolviendo cada rincón como un abrazo cálido. El vapor ascendía lento desde la taza, dibujando figuras caprichosas en el aire, serpientes blancas que se disolvían en el techo. Pero para mí, el ambiente seguía teniendo ese rastro imposible de lluvia y arena de mis sueños, como si el desierto hubiese decidido colarse entre las paredes de nuestra casa en Nueva Orleans. Era absurdo. Estaba sentada en mi cocina, con los azulejos color crema, el reloj marcando las siete y media de la mañana y la radio murmurando noticias sin importancia... y aun así, juraría que podía oler el polvo caliente del desierto mezclado con el café. Me obligué a concentrarme. En el sonido de la cuchara chocando contra la cerámica. En el crujido de la tostada al partirse bajo mis dientes. En la voz baja del locutor hablando de tráfico y calor. Trataba de volver al presente. A mi familia. A la seguridad tibia de nuestro hogar. Pero mi mente era un satélite rebelde que se negaba a entrar en órbita. Las imágenes regresaban una y otra vez: Un sol abrasador, Columnas de piedra partidas por el tiempo, el olor del incienso, Y una voz grave pronunciando mi nombre con un acento antiguo que no reconocía... pero que sentía. Sacudí la cabeza, como si pudiera expulsar los restos del sueño. —Hija, te sigo notando algo distraída. ¿Qué le preocupa tanto a esta cabecita? —la voz de mi madre me trajo de vuelta de golpe. Alcé la vista. Ella me observaba por encima de unos exámenes corregidos, con esa ceja arqueada que usaba cuando uno de sus alumnos intentaba copiar en una prueba. —¿O es mi impresión? Te llamé tres veces y estabas ida, como si de repente hubieras decidido mudarte a Marte. Me forcé a sonreír, aunque sentía los músculos del rostro rígidos. —No, mami, no me pasa nada. De verdad —mentí, con la torpeza de quien no sabe mentirle a su madre—. Bueno... solo estoy un poco nerviosa. Ya sabes, las notas... El miedo a no haber logrado ganar la beca es como una sombra que no me deja tranquila. No quiero decepcionarlos después de todo lo que han hecho por mí y sacrificado por esta familia. El silencio que siguió fue breve, pero pesado. Mi madre dejó los exámenes sobre la mesa y me tomó las manos. Sus dedos estaban tibios, reales, diferentes a la frialdad de mis pesadillas. —Escúchame bien, Sophie —dijo con esa voz dulce pero firme que solo ella poseía—. Nadie se va a decepcionar de ti. Estamos orgullosos de la mujer que eres, no de un papel con una calificación. Sus ojos brillaban. —He visto cómo te quedabas hasta la madrugada... cómo tus ojos se ponían rojos de tanto leer... cómo, aun cansada, te levantabas cada mañana para dar lo mejor de ti. Incluso cuando trabajabas en esa tienda de ropa, o cuando cuidabas de Matthew como si fueras su segunda madre. Tragué saliva. —Si Alá decide que este no es tu momento, Él sabrá por qué —continuó—. A veces nos cierra una puerta solo para probarnos... para ver si realmente deseamos lo que pedimos o si tiene algo mucho más grande preparado para nosotros. Mi padre, que había estado escuchando en silencio mientras secaba un plato, se acercó y se sentó a mi lado. Sus ojos estaban empañados, señal clara de que el hombre fuerte y protector estaba dejando paso al padre sentimental. —Tu madre tiene razón, mi niña —susurró—. Nos enfrentamos a tantas cosas desde que eras pequeña... especialmente cuando nació Matthew. Te convertiste en su segunda madre sin que nadie te lo pidiera. Sonreí con nostalgia. —Trabajaste en esa tienda de ropa, sacrificaste tus tardes libres para ayudarnos con los gastos... —continuó—. ¿Decepcionarnos? —soltó una risa suave y triste—. Si no ganas esa beca, Sophie, voy a ser el primero en llorar de felicidad, aunque suene egoísta. Mi bebé se quedaría conmigo un poco más. Sentí el pecho apretado. —Pero si ganas... —Hizo una pausa y una lágrima rebelde rodó por su mejilla—, seré el primero en gritarlo al mundo. Nadie se ha esforzado tanto como tú. Vales más que mil tesoros, hija. Nunca dejes que un resultado defina quién eres realmente. El nudo en mi pecho se rompió. Las lágrimas brotaron sin permiso y me lancé a sus brazos. Mi madre se unió al abrazo, envolviéndonos en una burbuja de amor. —Gracias, papi... mami —logré decir—. Pase lo que pase, un día iremos todos juntos a nuestra tierra. No oímos que alguien nos veía desde el pasillo hasta que una voz infantil irrumpió: —¡Maná! ¿Estuviste llorando? Matthew apareció con Toby, su dinosaurio verde, colgando de una mano. Se acercó y con torpeza intentó secarme las mejillas. —No, peque —le guiñé un ojo—. Me entró una basurita en el ojo. Pero no le digas nada a mamá. Él asintió solemnemente, como si acabara de recibir una misión secreta. La ceremonia Horas más tarde, el ambiente en la universidad era radicalmente distinto. El nerviosismo se palpaba en el aire, espeso como electricidad antes de una tormenta. El salón de actos estaba repleto de estudiantes y familias. Risas nerviosas. Murmullos. Suspiros. Antes de bajar del auto, Matt decidió que era el momento perfecto para una travesura y me pateó la espalda antes de salir corriendo hacia mamá. —¡Pequeño monstruo! —le grité—. ¡Mi venganza será una sesión eterna de cosquillas! Mis padres rieron, pero al cruzar el umbral sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Los directores de museos estaban sentados en el escenario como jueces antiguos. Por un segundo, tuve la sensación de que no estaba en una universidad... sino ante un tribunal milenario. Pasaron los nombres. Uno tras otro. Mis manos sudaban. Entonces el Director subió al estrado. —Y ahora... el premio más importante del año. Una persona que no solo destaca por su excelencia académica, sino por su integridad y respeto hacia sus compañeros. Mi respiración se detuvo. —El primer puesto para el Museo del Cairo es para... ¡Sophiane Arafat! El mundo se volvió borroso. Aplausos. Gritos. El corazón golpeando como un tambor antiguo. Me levanté con piernas temblorosas. Caminé como si no fuera yo. Recibí el diploma. Sonreí sin sentir mi rostro. —El Museo del Cairo tiene una oferta especial para usted —me dijo el Director—. La decisión final será suya tras el posgrado. Mi familia me abrazó. Pero al mirar la salida del salón... La luz del sol se transformó en arena. Y lo entendí. No había ganado una beca. Había despertado algo. Egipto me estaba llamando. Y esta vez... No desde los sueños.
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