Anteriormente...
Miro a mi familia y comprendo que cada noche de desvelo valió la pena.
Gracias a mis padres, hoy comienzo un nuevo camino en Egipto.
Solo espero que ese lugar maravilloso no me golpee con una realidad que no pueda soportar jamás...
Sophie
Han pasado casi dos semanas desde que mi mundo dio un giro completo.
Un día estaba preocupada por un examen de Historia Contemporánea, y al siguiente tenía en mis manos un pasaje a Egipto, un carnet de vacunas lleno de sellos, documentos oficiales con mi nombre escrito en árabe y una maleta que parecía resistirse a cerrarse... como si también ella tuviera miedo de despedirse, porque sabía que no podía dejarlos aún, sabiendo que en Egipto.
La tierra de sus padres.
El país de los faraones.
Las arenas eternas.
El mismo lugar del que ellos huyeron para salvarla cuando aún crecía en el vientre de su madre... ahora ella lo reclamaba para su futuro.
Desde niña escuché historias. Historias que no aparecían en los libros de texto.
El calor que quemaba los pulmones.
Las noches sin electricidad.
Las protestas.
Los disparos lejanos.
Los nombres de amigos que ya no estaban.
Pero también escuché otras cosas.
Las canciones antiguas que mi madre tarareaba mientras cocinaba.
El olor del pan recién hecho.
Los mercados llenos de voces.
Las mezquitas al amanecer.
La fe como única riqueza.
Y el Nilo... como una serpiente azul atravesando la tierra.
Egipto era miedo...
y hogar al mismo tiempo.
Durante años pensé que ese lugar pertenecía solo a los recuerdos de mis padres.
Un sitio del que se hablaba en voz baja, como si al nombrarlo pudiera despertar fantasmas.
Y ahora yo iba hacia allí.
Es por eso que me prometí dejar todo en orden.
Si las cosas salían bien y la situación política lo permitía, mi plan secreto era llevármelos a todos conmigo algún día.
No como refugiados.
No como exiliados.
Sino como familia.
Nueva Orleans era mi casa.
Sus calles húmedas.
El olor a café.
El jazz nocturno.
Las tormentas de verano.
Pero sentía...
Que una parte de mí nunca había estado realmente aquí.
Era como si mi alma ya estuviera volando sobre el Nilo mucho antes que mi cuerpo.
No estaría sola.
Saya me esperaba.
La conocí hacía un año, cuando vino por intercambio en mi misma universidad.
Nosotros la recibimos como una hija.
Mi madre fue su tutora legal.
Compartimos habitación, secretos, risas, lágrimas e incluso, desde que ella llegó, le he contado alguna vez que soñé con faraones, guerras antiguas y varias cosas más, que se fue cuando ella partió y me olvidé hasta el día de hoy, que esas visiones y sueños me vuelven a llamar.
Con ella aprendí que la amistad no necesita sangre para ser familia.
No era solo mi mejor amiga.
Era mi hermana elegida.
Aun así...
El vacío en el pecho al mirar a Matthew y a mis padres era difícil de ignorar.
Matthew fingía que no le importaba.
Se burlaba de mi ropa, de mi maleta, de mis nervios.
Pero lo conocía demasiado bien.
La noche anterior lo encontré sentado en mi cama, abrazando mi almohada como si fuera un escudo.
—No vayas a convertirte en una desconocida —me dijo sin mirarme—. Prométeme que no vas a olvidarnos.
No supe qué responderle a ese infante, hasta que lo hice y le dije: —Eso jamás va a pasar, mi pequeño, siempre van a estar en mi corazón y nadie, escúchame bien, podrá alejarlo de mi lado.
Hoy, a tres días antes de mi partida, el ambiente en casa era una mezcla extraña de carnaval y funeral.
Mi padre decidió organizar una "despedida de soltera"...
Aunque sin boda.
—Porque mi hija se casa con su destino —anunció solemnemente.
El patio estaba lleno.
Vecinos.
Familia.
Viejos amigos.
El humo del asado subía como una nube espesa.
El jazz sonaba desde la radio del vecino.
Las risas flotaban en el aire como si quisieran tapar la tristeza.
—¡Jawad, vas a quemar las costillas si sigues hablando! —gritó mi padrino desde el patio.
Mi padre respondió con un gesto exagerado de dignidad herida.
Dentro de la casa, mi madre y yo teníamos un momento de calma.
Ella me observaba mientras yo acomodaba platos que no hacía falta acomodar.
Los movía...
Los ordenaba...
Los desordenaba...
—Hija... Pareces una astronauta antes del despegue —dijo con una sonrisa triste—. Tienes la mirada en otro planeta.
—Es que siento que me voy... y todavía no me fui.
Mi madre dejó el repasador sobre la mesa.
—Egipto no es solo un lugar —dijo—. Es una herida... y una promesa.
—¿Te arrepentís de haberme sacado de allí?
Ella negó con la cabeza.
—Jamás. Pero tampoco quiero que vayas sin saber que ese país también te pertenece.
En ese instante, mi madrina entró en la cocina interrumpiendo el silencio; nos propuso algo para matar el tiempo.
—Vamos a jugar a algo liviano. "Verdad o reto", pero sin traumas familiares.
Aceptamos.
Las preguntas fueron tontas.
Los retos ridículos.
Todo era risas... hasta que me tocó elegir.
—Reto —dije.
—O comes un huevo crudo... o dices quién fue tu primer amor.
La imagen de mi mejor amigo cruzó mi mente cuando era adolescente.
Tragué saliva.
Agarré el huevo.
Las carcajadas explotaron cuando lo bebí con una mueca de asco tan grande que me dolió la cara.
Por un momento...
Olvidé que me iba.
Y así, entre risas y tragos recién hechos, nos olvidamos por un instante que era mi despedida.
****
La noche cayó entre luces colgadas en el patio.
Las estrellas parecían más brillantes que nunca, como si quisieran acompañar mi viaje.
Mi padre golpeó su vaso y pidió la palabra mientras me hablaba.
—Mi princesa... —dijo, y su voz se quebró.
—Para mí siempre serás el bebé que cargué en mis brazos. Has crecido, Sophie. Pero siempre serás mi luz. Solo Alá sabe por qué vuelves ahora a tus raíces. Ve. Aprende. Vive. Pero recuerda: esta siempre será tu casa.
Brindamos.
Yo miré cada rostro.
Las arrugas.
Las manos.
Las sonrisas cansadas.
Quise guardarlos en la memoria como si fueran reliquias sagradas.
Sabía que este viaje no era casualidad.
Lo sentía en los huesos.
Como si algo antiguo me estuviera llamando por mi nombre.
****
El abismo
Lejos de Luisiana... muy lejos...
En un punto donde los mapas ya no existen y las tormentas borran los caminos, el desierto egipcio ocultaba algo antiguo.
Bajo toneladas de piedra caliza, en una sala excavada con símbolos prohibidos, un ser observaba desde su trono n***o.
No era humano.
Su sombra se movía sola.
El aire temblaba a su alrededor.
—Mi hora... ha llegado... —Susurró con voz que parecía arrastrar siglos.
Se levantó lentamente.
—Tejí el destino de mis elegidos con paciencia. Les di fe. Les doy sueños. Y ahora... les daré ruina.
Las antorchas chispearon.
—Isis... Osiris... vuelvan a nacer si quieren. Esta vez los destruiré desde la raíz.
Su risa recorrió los túneles como un eco maldito.
Y muy lejos de allí...
Sophie no sabía que el brindis de su padre había sido una señal.
Narrador omnisciente
Esa noche, mientras se acostaba en su cama por última vez en Nueva Orleans, sintió que el aire estaba distinto. El viento golpeaba las ventanas como si quisiera arrancarlas.
Cerró los ojos y vio arena.
Arena infinita.
Y una voz grave que la llamaba por su nombre.
Se despertó con el corazón acelerado.
Sabía que el viaje ya había comenzado, aunque su avión aún no hubiera despegado.