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RASTROS DE MENTIRAS

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Blurb

Alison Foster creyó haber sobrevivido a la peor traición de su vida… hasta que volvió a verlo.

Dos años después de un divorcio que la dejó destrozada, Alison regresa al imperio Walker convertida en una mujer que ya no suplica, ya no perdona y ya no se arrodilla por amor. Pero hay algo que no ha cambiado: Max Walker sigue siendo igual de peligroso.

Más frío.

Más poderoso.

Más irresistible que nunca.

Y también más prohibido.

Porque mientras Alison intenta salvar Walker Couture del desastre, debe ver cómo su propia hermana disfruta del mundo que una vez fue suyo… y cómo el hombre que la hizo caer parece decidido a no dejarla escapar otra vez.

Max la mira como si siguiera siendo suya.

La toca como si el pasado no hubiera muerto.

Y la provoca como si no recordara que fue él quien la rompió.

Entre escándalos, secretos familiares, deseo contenido y una batalla feroz por el poder, Alison descubrirá que regresar fue un error… porque hay heridas que todavía sangran cuando el hombre correcto —o el equivocado— vuelve a rozarte.

Él la traicionó.

Su hermana la reemplazó.

Y ahora todos quieren verla caer.

Pero olvidan algo:

las mujeres como Alison no regresan para rogar. Regresan para cobrar.

Y cuando Max Walker entienda que puede perderla para siempre, quizás ya sea demasiado tarde para suplicar una segunda oportunidad.

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La mujer que volvió
El Metropolitan Club olía a rosas recién cortadas, madera centenaria y perfume caro. Alison Foster cruzó el umbral sin detenerse, con la espalda recta y el paso exacto de quien no necesita recuperar un territorio porque nunca aceptó haberlo perdido. Dos años. Dos años sin pisar un evento Walker, sin dejarse fotografiar bajo esas lámparas, sin permitir que nadie confundiera silencio con derrota. El vestido n***o, sin joyas ni emblemas, no dejaba lugar a lecturas amables. No estaba allí para reconciliarse con nadie. Tampoco para mendigar una reintegración elegante a un mundo que había ayudado a construir desde adentro, mesa por mesa, campaña por campaña, crisis por crisis. Había vuelto por una razón simple y brutal: porque las deudas cambian de forma, pero no desaparecen. El salón principal ardía en luz dorada y conversación controlada. Walker Couture había suspendido la nueva colección en estructuras de cristal que daban la impresión de que los vestidos flotaban. Era una buena idea. No excelente. Buena. Alison lo supo al primer golpe de vista. El recorrido visual se abría con una pieza blanca demasiado etérea, luego caía hacia una secuencia de tonos fríos que rompían el pulso antes de tiempo. Alguien había intentado imitar un lenguaje sin entender su respiración interna. Lo había inventado ella. La sala tardó tres segundos en registrarla. Una mujer con perlas le rozó el brazo con teatral sorpresa. Un galerista la saludó con una inclinación de cabeza cuidadosamente neutra. Un fotógrafo, más rápido que el resto, bajó la cámara, volvió a levantarla y disparó una sola vez. La imagen que quería no era de moda: era de conflicto. Alison sonrió. No demasiado. Lo justo para que nadie pudiera decir que estaba herida. Eleanor Walker estaba al fondo del salón, junto a la terraza de cristal. Llevaba un vestido de crepé marfil y la expresión de una mujer que había pasado demasiados años confundiendo disciplina con grandeza. A su alrededor orbitaban tres miembros del consejo, una socialité con apellido bancario y un editor de una revista italiana que adoraba escribir sobre legados familiares como si el talento se heredara por protocolo. Las dos mujeres se vieron desde lejos con la claridad fría de quienes han calculado muchas veces la distancia exacta a la que resultan tolerables. Alison levantó levemente la copa a modo de saludo. Eleanor desvió los ojos. Bien. Alison se permitió moverse con calma por el salón. Se detuvo frente a uno de los vestidos suspendidos, leyó la ficha técnica, enderezó apenas el ángulo de una tarjeta que nadie más habría notado torcida y dejó que dos personas la vieran hacerlo. No era vanidad. Era lenguaje. En ese circuito, un gesto correcto podía valer más que una declaración. Quería que miraran. Quería que tomaran nota. Eso también era parte del plan. Pero no había vuelto solo a ser vista. Se acercó a la segunda barra, pidió agua mineral y dejó que el vidrio frío le enfriara los dedos mientras localizaba salidas, puntos ciegos, fotógrafos, mesa de prensa y núcleo Walker. Si Max la evitaba, tendría que cruzarse con él. Si Eleanor intentaba invisibilizarla, tendría que hacerlo delante de demasiados ojos. Si alguien cometía el error de preguntarle por qué había vuelto, ella ya tenía preparada la respuesta. Quince minutos después, Diane Marsh la interceptó con la eficiencia de quien huele sangre antes que escándalo. Columna semanal, sonrisa precisa, grabador rápido. —Alison. Nadie esperaba verte esta noche. —Lo sé. Por eso vine. Diane ladeó la cabeza. —¿Me das un minuto? —Una pregunta. La periodista no desperdició la munición. —¿Volviste por la marca o por él? El salón no se detuvo. Nadie lo hace en ese tipo de eventos; la educación cuesta demasiado para permitirse la vulgaridad abierta. Pero sí cambió. Un camarero aminoró la marcha. Dos mujeres bajaron levemente la voz. El fotógrafo volvió a levantar la cámara. A ocho metros, un hombre del consejo giró apenas el cuerpo, fingiendo buscar a alguien más mientras afinaba el oído. Alison notó, al mismo tiempo, otra cosa. El aire cambió de temperatura detrás de Diane. Demasiado tarde. No necesitó mirar para saber que Max había aparecido en el radio de la escena, ni para reconocer el patrón. Siempre llegaba. Siempre tarde. Tarde para detener una pregunta, tarde para desactivar una humillación, tarde para impedir que otro decidiera por ambos el relato de una sala. Alison sostuvo la copa sin mover un músculo. Tenía tres segundos. Si sonreía y esquivaba, perdía. Si se indignaba, también. Si hacía de la herida un espectáculo, el salón la archivaría como exesposa dolida y el resto de la noche quedaría escrito por otros. Dejó la copa sobre la barra. —Walker Couture tiene una colección que necesita un relato —dijo, con el volumen exacto para que Diane la oyera y el círculo alrededor también—. Yo soy la mejor en construir relatos para marcas que olvidan demasiado rápido quién las volvió memorables. Diane no parpadeó. El fotógrafo disparó dos veces. Una editora de moda alzó las cejas. Un inversor murmuró algo demasiado bajo para oírse, pero no para perderse. El comentario corrió por la sala con esa velocidad silenciosa que solo existe entre gente entrenada para no parecer curiosa. —Eso es una cita —dijo Diane. —Lo sé. Alison la sostuvo un segundo más con la mirada, lo suficiente para dejar claro que no había improvisado nada, y recién entonces se giró. Max Walker estaba a doce metros. Esmoquin oscuro. Mandíbula tensa. Los ojos grises clavados en ella con esa mezcla insoportable de culpa, deseo y cálculo que durante años había confundido con amor bien administrado. Parecía a punto de acercarse. Parecía a punto de explicar. Parecía a punto de reparar algo que ya llegaba roto. No le dio esa cortesía. Alison apartó la vista y caminó hacia el centro del salón, hacia las estructuras de cristal y los vestidos flotantes, como si acabara de terminar una entrevista cualquiera. No corrió. No se endureció. No buscó refugio. Dejaba detrás una frase en circulación, y eso, en esa ciudad, era casi tan útil como un arma. Diane ya escribía en su teléfono. La cita saldría esa misma noche. Antes de que la familia Walker pudiera fijar una versión menos incómoda. Antes de que Max decidiera qué parte de la verdad estaba dispuesto a pronunciar. Antes de que Eleanor desplegara su maquinaria de compostura. Alison tocó con dos dedos el borde de una base de cristal. Fría. Perfectamente alineada. El estilismo de sala buscaba transmitir continuidad. Permanencia. Control. Fue entonces cuando la vio. Juliette Foster entró por la puerta lateral, la que usaba la familia. Llevaba un vestido color piel con escote en uve, el cabello recogido con un descuido cuidadosamente ensayado y una sonrisa tan pulida que parecía practicada frente a una ventana. Pero no fue el vestido. No fue la sonrisa. No fue el tono de labios. Fue la pulsera. Alison la reconoció antes de que su defensa pudiera hacer algo útil. Diamantes y esmalte n***o, cierre de oro con pequeño broche interior, pieza única de una colección privada de aniversario. Max se la había entregado la noche en que Walker Couture firmó la expansión en París. No como joya cualquiera, sino como símbolo. Una mujer no olvida ese tipo de objetos porque no olvida el momento exacto en que comprende qué significaban cuando todavía significaban algo. Ahora estaba en la muñeca de su hermana menor. Juliette levantó el brazo para saludar a alguien del fondo. No mucho. Lo justo para que la luz atrapara la pulsera y la convirtiera en una declaración. Después encontró los ojos de Alison con una precisión que no podía ser accidente. Y sonrió. No una sonrisa abierta. No la de alguien sorprendido por una coincidencia incómoda. Una sonrisa mínima, limpia, casi tierna. La clase de sonrisa que decía: la vi, la elegí, y sé exactamente lo que hace. Alison sintió primero el golpe; después, la claridad. La tarjeta aún no estaba sobre la mesa de cenas, la noche todavía no había enseñado todos los cuchillos, y aun así Juliette ya había conseguido lo que quería: no entrar como invitada, sino como reemplazo visible. Alison sostuvo la mirada tres segundos exactos. Luego tomó otra copa de la bandeja de un camarero que pasaba. Que la vieran. Que tomaran nota. La guerra, al parecer, ya había empezado.

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