Prólogo
Hace trescientos años.
Perspectiva de Kael Volkov
La sangre tenía un olor distinto bajo la Luna Roja
No era el aroma metálico que impregnaba los campos de batalla después de una guerra, ni el perfume cálido de una presa recién cazada. Aquella noche, la sangre olía a promesas rotas.
Kael permanecía de rodillas sobre la roca más alta del Valle de Aster, mientras que el viento agitaba su cabello oscuro y llevaba consigo los últimos suspiros de quienes habían muerto defendiendo la frontera de la Manada Negra.
Abajo, cientos de cuerpos cubrían la nieve.
Humanos.
Licántropos.
Brujas
Incluso vampiros.
Durante siglos habían sido enemigos irreconciliables. Sin embargo, cuando el Abismo se abrió bajo la montaña y las criaturas que dormían en él comenzaron a emerger, todas las razas comprendieron demasiado tarde que existían horrores mucho más antiguos que sus propias guerras.
Kael había sobrevivido.
No sabía si aquello podía llamarse una victoria.
Sus manos aún temblaban.
No por miedo.
Por culpa.
Frente a él yacía el cuerpo inmóvil de Aylin.
Su compañera.
Su Luna.
Su destino.
El vestido blanco que llevaba aquella mañana apenas conservaba su color. La tela estaba teñida por la sangre que seguía brotando lentamente de la herida que atravesaba su pecho.
Kael apoyó la frente contra la de ella.
Su piel ya comenzaba a enfriarse.
- No te marches.
El susurro se perdió entre el viento.
Ninguna respuesta.
Solo el silencio.
Había aprendido, siendo apenas un cachorro, que un Alfa nunca lloraba delante de su manada.
Aquella noche no había nadie para verlo.
La primera lágrima cayó sobre la mejilla de Aylin
Después llegó otra.
Y otra.
Hasta que el hombre más poderoso de los licántropos dejó de luchar contra un dolor que ningún enemigo había conseguido provocarle.
La había protegido de monstruos.
De guerras.
De reyes.
Pero no había podido protegerla del destino.
Una voz femenina rompió el silencio.
- Aún respira.
Kael levantó la cabeza de golpe.
Entre la niebla apareció una anciana envuelta en un manto plateado.
No dejaba huellas sobre la nieve.
Sus ojos eran completamente blancos.
La Gran Oráculo.
Nadie recordaba su verdadero nombre.
Solo aparecía cuando la Luna decidía cambiar el curso de la historia.
Kael se puso de pie lentamente.
- Sálvala.
La anciana negó con tristeza.
- Ni siquiera yo puedo desafiar aquello que ya ha sido escrito.
El Alfa sintió cómo algo dentro de él comenzaba a romperse.
- Entonces ¿por qué has venido?
La mujer observó el cielo.
La Luna Roja ocupaba casi todo el horizonte.
- Porque este no es el final.
Sacó de entre sus ropas un pequeño colgante de obsidiana.
En el centro brillaba un símbolo antiguo: un lobo rodeado por un círculo lunar.
- Dentro de trescientos años, cuando la Luna vuelva a teñirse de sangre, nacerá una mujer marcada por este mismo sello.
Kael frunció el ceño.
- No quiero otra compañera.
- No será otra.
Aquellas palabras hicieron que el viento pareciera detenerse.
- ¿Qué significa esto?
- Las almas destinadas no desaparecen. Esperan.
La anciana colocó el colgante entre las manos frías de Aylin.
- La Luna volverá a unir aquello que la guerra separó.
- ¿Y si me niego?
Los ojos blancos de la Oráculo parecieron atravesarlo.
- Puedes desafiar a los hombres. Puedes desafiar a los dioses. Pero jamás podrás desafiar a la Luna.
El silencio regresó.
Cuando Kael volvió a mirar hacia donde estaba la anciana...
Había desaparecido.
Solo quedaban la nieve, el viento, y el cuerpo de la mujer que había amado durante toda una vida.
El Alfa cerró los ojos.
Aquella misma noche tomó una decisión.
Abandonaría el Consejo.
Rompería toda alianza.
Levantaría una fortaleza donde ningún humano volvería a entrar.
Y si la profecía era cierta...
Si realmente existía otra posibilidad...
Juró que nunca volvería a permitir que el destino decidiera por él.
La Luna Roja iluminó el valle por última vez.
Muy lejos de allí, en las profundidades del bosque, una criatura abrió lentamente los ojos.
Había esperado tres mil años.
Y la espera estaba llegando a su fin.