Calla y escucha

2238 Words
Mis brazos rodearon su cuerpo casi de forma involuntaria y solo me di cuenta de lo impertinente de la acción hasta que noté su debate sobre dónde poner sus manos; sí que, sin darle más largas al asunto, lo separé de mí inmediato pero sin perder la sonrisa que se había plasmado en mi rostro. — ¡Mi pequeño Jacob! —solté fascinada, subiendo una mano a su rostro para evaluar mejor su condición— Han sido tantos años, ¡mira cuánto has crecido! Su expresión denotó vergüenza y retiró suavemente la mano que para este momento ya apretaba su mejilla. — Hola de nuevo, Charlie. El chico frente a mí no había cambiado nada ante mis ojos; seguía teniendo su cabello rubio lacio y un par de iris del color de las hojas. Había crecido, era un hecho, ahora era un poco más alto que yo pero al verlo no podía pensar en él de forma diferente a cuando era un niño que lloraba por todo, ni siquiera su vestuario de seminarista logró romper esa imagen. — He estado buscándote todo el día entre las monjas —suelta—, no creí verte vistiendo aún de blanco. Le suelto un golpe juguetón con el palo del rastrillo. — Aún no digo mis votos, están programados para dentro de un mes —explico, pero rápidamente recuerdo un detalle—. Espera, espera, ¿qué haces tú aquí? — ¿Yo? Soy el nuevo sacerdote, ¿no te dijeron? Finge arreglar su cuello clerical y se ganó otro golpe con el rastrillo, cosa que solo provocó su risa mientras frotaba el área afectada. — ¿Es así como el monasterio San Leonardo educa a sus estudiantes? —regaño. — Creo que tú metodología es muy similar a la de allá —responde, pero el ademán de otro posible golpe lo hace darme las respuestas que quiero—. ¡De acuerdo, de acuerdo! Estoy aquí como aprendiz, vine hoy en la mañana. Mi ceño se frunció al escucharle. — ¿Aprendiz de qué?, ¿trabajarás con el padre Luis? Suelta un suspiro y niega, intentando alcanzar el rastrillo que aún tenía levantado, cosa que impidio alejándolo de él. — Casi —corrige—, vengo como aprendiz del padre Elijah. Ahora sí que mi desconcierto fue más grande. — ¿Por qué de él? Me mira curioso. — ¿No te han contado sobre el caso extraño de una supuesta posesión aquí, en el convento? — Claro que lo oí —suelto, pero la incredulidad en su rostro solo incrementó. — ¿Y estás tan tranquila con eso? Solté un suspiro y por fin baje el rastrillo para poderme apoyar en él. — No, no lo estoy, pero el padre dijo que no es nada muy grave. — ¿Elijah dijo eso? — Refiérete a tus superiores con respeto —regañé antes de cualquier otra cosa. Al verle levantar las manos en señal de disculpa continué—. Él me lo dijo ayer. — Como si fuera a decirte la verdad —se burló—. En el monasterio hubo un caso, yo estuve ahí y al principio nadie hubiera sospechado algo. Oí sus palabras sintiendo que tras cada una de ellas la preocupación que antes me había agobiado regresaba. Tenía sentido, ¿por qué iba a decirme? No podía encontrar respuesta alguna. De repente el rostro de Jacob entra en mi rango de visión, la cual había caído entre el lapso de mis pensamientos, y alza una ceja, viéndome inquisitivo, por lo que sacudo la cabeza. — No es nada —le resto importancia para evitar dar respuestas que no yo tenía—. Pero qué sorpresa que estés interesado en volverte un exorcista, siempre te vi como el cura de una modesta parroquia. Se le escapa una risa y niega, dejándome cambiar el tema. — No está en mis planes ser exorcista pero tampoco lo está seguir recluido en el monasterio. Prefiero seguir a Elijah —admite—, con un poco de suerte y me lleva a Roma. De nuevo me invadieron las ganas de corregir con mano dura a este insensato niño, pero repentinamente parece recordar algo y empieza a rebuscar en sus bolsillos. — Te traje algo, futura madre superiora Charlotte —avisa, pareciendo dar con lo que buscaba y sacándolo de una de sus bolsas—, estaba deseando llegar para tu cumpleaños pero creo que aún no pierde validez. Su puño se abre frente a mí como una invitación para acceder a aquello que un pañuelo blanco resguardaba. Estoy segura de que mis ojos se iluminaron cuando mis dedos deshicieron el nudo y vieron ahí apilados una torrecilla de ovalados dulces color miel. Mi paladar saboreó su recuerdo. — Me los dabas cuando era niño —menciona con una sonrisa—, pensé que sería bueno si te devolvía el favor. Sujetó mi mano y puso el pañuelo junto a las golosinas en mi palma, la cual los acogió mientras le miraba sin poder ocultar mi alegría. — Muchas gracias, Jacob, voy a recompensarlo cuando tenga la oportunidad. — Tranquila, ya he sido recompensado —respondió, mirándome fijamente. En ese momento, sin darme tiempo a pensar en lo que en ese par de ojos se dislumbraba, un par de campanadas se dejan oír y me hacen consiente de que nuestras manos siguen juntas. Suelto nuestro agarre como si quemara y volteo frenéticamente hacia todos lados, asegurándome de que nadie nos había visto. No importaba el pasado que me unía a este chico, a los ojos de los demás era un hombre y estaba prohibido mantener cercanía con uno. Si la hermana Fátima me viera... — Ya son las diez —señalé, contando las campanadas— debo ir a clases o estaré en problemas. Me apresuré a buscar un lugar para guardar los caramelos y sacudí cualquier rastro de polvo que se hubiese pegado a mí, como si pudiera delatarme. — ¿Debería acompañarte? — ¡No! —exclamé, pero al ver la sorpresa del rubio chico hice una mueca— No hace falta, recuerda que está prohibido que hombres y mujeres convivan. Mejor barre un poco. Le doy el rastrillo, indicándole con mis manos que vaya a barrer el patio que yo no había ni siquiera tocado y luego camino a pasos rápidos hacia la habitación para ir en busca de mis libros y luego encaminarme a los salones; todo sin antes olvidarme de dar una última mirada a lo lejos hacia aquel seminarista que obedientemente había empezado a apilar las hojas. Un sentimiento de nostalgia me invadió. Jacob es el sobrino del concerje quien, debido a la muerte de su madre, tuvo que venir a vivir con su tío. A pesar de esto, como era de esperarse, un hombre solitario con el señor Brown poco o nada sabía hacer con el pequeño niño de solo cuatro años para ese entonces; flaco, enfermizo y llorón; por lo que yo, siendo solo cuatro años mayor que él, tuve que hacerme cargo en mi tiempo libre. La tarea de cuidar niños no me era muy ajena, antes muchas niñas eran dejadas en la puerta del convento por lo que cuidar de Jacob no fue un problema. Le cuidé como a un hermano hasta los diez años, el momento en que las hermanas consideraron que era hora de que abandona el convento, así que le enviaron al monasterio San Leonardo. Solté un suspiro de camino a las aulas, pero por primera vez en días fue uno agradable. Estaba feliz de verlo de nuevo. Abrí la puerta correspondiente, rogando por que la clase aún no empezara, y grata fue mi sorpresa al ver a todas las chicas hablando entre ellas ante la ausencia de la madre Sonia, nuestra maestra. — Charlotte, aquí —llama Lucía, apartando sus libros para que pudiera sentarme—, ¿a qué se debe la tardanza? Negué con una sonrisa, negándome a decir algo de la llegada de Jacob con tantos oídos atentos. Lucía hace una especie de puchero y es hasta entonces que la veo con detenimiento y se me escapa una risa al ver que traía una pluma en la cabeza. — ¿Las gallinas fueron amables? —suelto divertida, quitándosela. Sus ojos azules se ruedan. — Cuando toque comer gallina para el almuerzo, voy a disfrutarlo —se queja—. Bueno, eso sí volvemos a comerlas antes de que mueran todas. Me giré hacia ella, solicitando más información. — Hoy amanecieron muertas tres más —explica—, han sido doce esta semana; el padre Luis dice que es viruela. Mis cejas se juntaron al escuchar la noticia. La agricultura y ganadería eran nuestra única fuente de subsistencia y parecía estar tambaleándose demasiado. Ahora mismo habían muchos gastos en el convento, siendo el más grande la reparación del edificio del ala oeste, pero ¿cómo se va a reparar si nuestras aves están mueriendo? — Quizá decidan vender alguna vaca para conseguir más polluelos —especulo. — Las vacas no están en mejor condición que las gallinas —responde Laura, quien ocupaba la banca detrás de nosotras junto a Berta, quien también parece interesada en la conversación—. Ayer una trató de saltar la verja y se rompió una pata, creo que están considerando sacrificarla. Lucía y yo nos miramos en silencio. Las raciones de comida habían disminuido notablemente, ¿llegará el día en que no tengamos algo que comer? Interrumpiendo ese dilema, la hermana Sonia entró en aula y todas dirigimos nuestra mirada al frente de inmediato, sellando nuestros labios durante la siguiente hora. Las clases para novicias de nuestra edad eran mucho más cortas y podrían considerarse un repaso, por lo que cuando un tema conocido se grabó con tiza en la pizarra, mi cerebro vió la oportunidad de volar nuevamente hacia el problema de los fondos y, también, hacia el de Rita. — Recuerden repasar las oraciones —indica la hermana Sonia mientras todas abandonamos el salón—. Charlotte, aguarda un momento. Le lanzo una mirada a Lucía para que se adelante y me quedo de pie frente al escritorio mientras la hermana organiza unos papeles. — ¿Sí, hermana? — Llévale estos papeles a la madre superiora, debe estar en su oficina ahora mismo. Los recibo en mis manos y bajo la cabeza en señal de respeto antes de marcharme para cumplir con la encomienda. El camino no me era desconocido, por lo que di entre en el edificio principal en un par de minutos. Sin embargo, cuando solo había dado un paso adentro, un cuerpo colisionó con el mío de manera brusca, haciéndome dar un par de pasos atráspara estabilizarme. La culpable había sido una pequeña chica que al verme pareció haber expulsado toda la sangre de su rostro. — H-Hermana Charlotte —pronunció, alejándose de inmediato—. Le pido disculpas, no estaba viendo el camino. Sonreí para tranquilizarla. A pesar de que no era muy común que me llamaran hermana al ser todavía una novicia, la generación más joven solía dirigirse a mí de esa manera. — Descuida —respondo, notando que su reacción era un poco sospechosa—, ¿a dónde ibas? Las palabras empezaron a enredarse en su boca, algo que me confirmó que había algo que me estaba ocultando, pero que debido a su mirada, la que se había dirigido a las escaleras en varias ocasiones, ya podía hacerme una idea. — Ven conmigo —invité, enlazado mi brazo con el suyo de manera amable, pero su rostro me dijo que estaba a punto de colapsar. Subimos junta las escaleras de caracol y mientras ella intentaba no lucir demasiado rígida, yo me dediqué a buscar con la mirada la causa de su nerviosismo, hasta que un par de risillas me dió la respuesta. Puse un dedo sobre mis labios para indicarle que guardara silencio y ella cerró sus ojos con fuerza al saber que había sido descubierta. Avancé hacia el lugar de donde provenian las voces y di con uno de los balcones. Las cortinas se habían desplegado para ocultarlo, algo muy extraño para estas horas del día, pero fue lo que me ayudó a cubrir mi presencia. — ¡Solo míralo! —chilló una voz que rápidamente fue callada por una serie de siseos y risas nerviosas. — Te va a oír, baja la voz. Volteé con una ceja alzada hacia la chica que había traído conmigo y ella solo cubrió su rostro avergonzada. Con un dedo aparté un poco la pesada tela de la cortina y vi ocultas tras los barrotes del balcón a al menos cinco chicas, casi montadas unas sobre otras para ver entre cuchicheos hacia los corrales. Mis ojos subieron para ver el objeto de su curiosidad y la molestia se apoderó de mí al ver de cuclillas examinando una vaca al padre Elijah, quien llevaba la camisa arremangada y con algunos botones sueltos por el calor. Volví a mirar a las chicas emocionadas y empecé a memorizar sus nombres para poder reportarlas. Estaba en eso hasta que algo me hizo prestar atención a su conversación. — Oí que ella va a ir ahora a su oficina antes del almuerzo. Varias voltearon a verla. — ¿Y a qué va a ir? Una sonrisa pícara se plantó en el rostro de la indiscreta informante. — ¿Tú qué crees?
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