La curiosidad no es una virtud

1838 Words
Entre sus risas y empujones y yo habiendo tenido suficiente de su plática, abro la cortina de golpe haciéndolas soltar un grito y girarse espantadas. — Vamos a hablar sobre lo que acabo de oír y no quiero recibir ninguna objeción o mentira si no quieren ir con la hermana Fátima —adverti alzando un dedo, sin dar espacio para sus quejas. Las ví tragar grueso y mirarse entre ellas, decidiendo si hablar o intentar resistir, pero yo estaba decidida a no dejar pasar este asunto por ningún motivo. — Hablen. Ante mi exigencia suspiraron por lo bajo y parecieron darse por vencidas. — ¡Fue Catalina quien nos trajo a ver al padre Elijah! —exclamó una de ellas, señalando a su amiga. La incriminada le miró con sorpresa y la señaló de vuelta. — ¡Fuiste tú quien dijo que quería verlo, traidora! Y así empezó una guerra sobre quién había tenido la idea de venir a espiar a este lugar, cosa que, aunque igual ameritaba un buen castigo, no me importaba demasiado en este momento. — De acuerdo, paren —detuve, presintiendo que tendría una jaqueca si las dejaba seguir—. Lo que quiero saber es quien irá hoy a ver al padre Elijah a su oficina. Sus gritos pararon de golpe y todas parecieron mirar a una chica en particular, la que había revelado tal secreto. — N-No irá nadie... Me encogí de hombros. — Bueno, quizá la hermana Fátima obtenga una respuesta favorable. ¿Por qué no las llevo con ella? Fingí darme la vuelta y de inmediato oí como se adelantaron para determe. — ¡No, hermana Charlotte, lo dijo Rocío! Volteé nuevamente para mirar a la chica que parecía querer arrancarse la cabellera de pura frustración al haber soltado la verdad. Crucé los brazos a la altura de mi pecho y sonreí. — Muy bien, estamos avanzando. Ahora dime, ¿qué irá a hacer Rocío ahí? Sacudió la cabeza. — No lo sé, no soy su amiga, solo lo oí de otras personas. — Parecías muy segura al insinuar lo que iría a hacer —recordé—. ¿Crees que está bien divulgar cosas que no conoces y que pueden perjudicar a otra persona? La expresión en su rostro empeoró. — Lo siento, no era mi intención. Hablé de más. Resoplé un poco. Quería obtener más información pero estaba consciente de que no la iba a obtener de ella, después de todo lo que decía era verdad, conocía a Rocío y era un par de años mayor que estas jovencitas, su círculo de amigos también era diferente así que no había probabilidad de que ella se lo hubiese confesado. Además, el padre Elijah sigue interrogando chicas, ¿la habrá citado y eso fue lo que estas pequeñas curiosas oyeron? Me llevé la mano a la sien, mi jaqueca era inevitable. — Voy a tenerlas vigiladas —aviso—, si vuelvo a verlas en una situación como la de hoy las llevaré directamente a recibir su castigo, ¿entendido? Todas asintieron a la vez por lo que no tuve motivos para seguirlas deteniendo. Me hice a un lado y las cinco se levantaron y bajaron presurosas por las escaleras sin olvidarse de llevar a su amiga, quien, por los regaño que pude oír, era la designada para hacer guardia. Antes de retomar mi camino, recogí las cortinas para que no hubiera nada fuera de lo normal y estaba a punto de marcharme cuando la sensación de ser observada me hizo mirar hacia el patio. Desde ahí el padre Elijah, con una mano cubriendo sus ojos del sol, me veía y al verse descubierto sonrió en mi dirección. Solo le miré unos segundos más antes de dar la vuelta. Sería mejor si se marchara pronto, solo llevaba dos días en el convento y ya estaba causando problemas entre las chicas. ¿Yo fui así a esa edad? Una risa se me escapó al siquiera considerarlo. «Jamás he tenido ese tipo de pensamientos» me respondí, pero como quien le calla la boca a otro, una marea de imágenes sacadas directamente de mi sueño anterior me llenó la cabeza, haciendo mi rostro calentarse de la vergüenza a tal punto que tuve que darme en la cabeza un par de veces con los documentos que llevaba en la mano como castigo. — Para, para, para —mascullé. — ¿Todo bien, Charlotte? Di un brinco del susto al escuchar la voz de la madre superiora, quien me veía desde la puerta de su oficina al final del pasillo de manera extraña. — Sí, todo en orden, madre superiora —respondo, retomando la compostura y acercándome a ella—. La hermana Sonia me pidió que le trajera estos documentos. Asiente, abriendo la puerta de su estudio e invitandome a pasar. Mi intención era solamente entregarle los papeles pero no pude negarme, así que entré y tomé asiento cuando me lo indicó. — ¿Te dijo de qué son? —inquiere, ocupando su lugar frente a mí. — No, no me lo dijo. Se los entrego y los ojea sin mucho ánimo. La madre superiora, de nombre Marta, es una mujer de pocas palabras pero estricta, ha ocupado el puesto más alto en la administración del convento desde que tengo memoria y, aunque los años han hecho de las suyas en su rostro ahora envejecido, su mirada sigue gustando de aquella firmeza que recordaba de mi infancia. Cierra los papeles mientras se quita las gafas y los deja de lado antes de fijar su mirada en mí, sin decir nada, como si me estudiara en silencio. No pude enviar sentirme nerviosa bajo sus ojos que parecían escudriñar mis pensamientos; me concentré en permanecer inmóvil y respirar de forma silenciosa pero sentí que debía hacer más. De repente empecé a pensar que mi ropa estaba demasiado sucia, con arrugas, quizá mi rostro se había manchado o... — Se te sale el cabello —soltó de repente, de manera inexpresiva. Parpadeé con rapidez, procesando lo que había dicho y cuando lo comprendí me apresuré a palpar mi hábito y dar con que este se había deslizado un poco—. Ya te he dicho que no seas descuidada con eso. — Lo siento mucho, madre superiora. No volverá a pasar. Su garganta emite un sonido, estando de acuerdo, y luego se dedica a ordenar los papeles en su escritorio. — ¿Qué pasó con tu reclusión? —pregunta sin mirarme— Debías entrar ayer. Bajé un poco la cabeza. — Me disculpo, pero con todo el asunto de Rita mi espíritu no podría estar en paz si me retiraba. Me lanzó una breve mirada antes de sumirnos nuevamente en el silencio. No me gustaba admitirlo pero la presencia de la madre superiora lograba ponerme muy tensa, sentía que jamás sería suficiente para llenar sus expectativas por lo que frente a su notable disgusto abrí mis labios para hacerle saber que entraría en reclusión mañana, pero sus palabras me interrumpieron. — Me parece que has tomado una decisión sensata, yo también iba a aconsejarte aplazar la reclusión. Mi vista subió para verla, sin creer que estaba dándome la razón. Aquella mujer estoica suspiró, entrelazando sus dedos sobre el escritorio antes de mirarme — He visto tu esfuerzo, Charlotte, y sabes que tienes mi visto bueno; eres la más sobresaliente de tu generación y nadie puede dudar que estás dispuesta a consagrarse a Dios —empieza, pero yo ya presentía la siguiente parte—. Sin embargo, Rita ha sido alcanzada por el mal y tú, siendo cercana a ella, puedes también estar expuesta. La miré sin comprender lo que intentaba decirme, algo que pareció leer en mi rostro. — Lo que digo es que es mejor es que estés a la vista mientras descartamos cualquier probabilidad, vamos a tenerte vigilada. — ¿Eso retrasará mi ceremonia de los votos? —cuestioné, quitándole importancia a la parte de la vigilancia. — Solo si así lo crees —respondió—. ¿Sientes que tu fe no es suficiente sin la meditación en completa soledad? — Mi fe sigue siendo la misma, sin importar el lugar en que me encuentre —aseguré. — Entonces dejemos al padre Elijah hacer su trabajo, si todo sale bien no tendremos que posponer tus votos. El nombre mencionado rechinó en mis oídos, pero no permití que fuera notable en mi expresión, por lo que tras un par de indicaciones más que me invitaban a colaborar de buena voluntad con cualquier investigación realizada por el recién llegado, pude salir del estudio. Parecía que nadie aparte de mí sentía que algo estaba mal con el padre Elijah, pero, ahora que lo pensaba, ¿qué bases tenía yo para juzgarlo? En el momento en que esa idea cruzó mi mente, estaba al frente de su estudio. No sabía por qué, pero había una energía magnética en el lugar que atrajo los recuerdos de las palabras de Jacob diciendo como un eco "Como si fuera a decirte la verdad." seguido del recuerdo de los papeles que señaló cuando habló del protocolo. ¿Será el caso de Rita más complejo de lo que parece?, ¿es la sensación de que me está mintiendo lo que me hace aborrecer su presencia? Miré la puerta de reojo y mi mirada se deslizó hasta el pomo. Es imposible que esté abierta. Con discimulo dirigí mi mano a la perilla y, sin ninguna esperanza, la giré suavemente con mis dedos. Colosal fue la sorpresa que experimenté cuando cedió y una sutil corriente de aire besó mi rostro desde la hendidura de la puerta entreabierta. «¿Debería tomar esto como una señal?» Miré hacia los lados, cerciorándome de que nadie vería la muy reprobable acción que había decidido cometer, y entonces entré. El lugar estaba tranquilo, casi inmóvil si no fuera por la ondeante cortina que cubría la ventana abierta. El orden perfeccionista delataba sus buenos hábitos pero también representaba el riesgo de delatarme a mí si llegaba a dejar mi huella en algún lugar visible, por lo tanto, intenté ser lo más discreta y ágil posible. Me lancé a los papeles sobre el escritorio sin demora en busca de aquel que figurara como el informe del caso de Rita. Habían muchos informes con distintos nombres y fotografías anexadas, con una ojeada pude darme cuenta por su encabezado que se trataban de resúmenes de las entrevistas, pero de repente noté que no estaban escritos en español, sino en...¿Latín? Mi ceño se frunció y empecé a comprobar que, en efecto, todos estaban escritos en ese idioma, o eso fue hasta que di con el mío. El sonido de unos pasos me sacó de mi consternación, llevándome al pánico puro. Le oí saludar a alguien y ese voz me confirmó mis peores sospechas. ¡Estaba a punto de ser descubierta con las manos en la masa y no podía dar con un lugar para esconderme! Y entonces la puerta se abrió.
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